Consecuencias de retar a un conde Escena 8
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Escena 8

Un camino hacia ninguna parte

—¿Cómo se llama este valle? —inquiere Margot, fascinada por la exuberante belleza de los parajes que atraviesan.

—Es el valle del río Koto.

Admira la vasta extensión de laderas y mesetas de hierba alta, punteadas por flores de colores vistosos.

Atrás han dejado los cultivos de arroz, surcos de agua de la que brotan los elásticos tallos del cereal, formando cuadrículas de simetrías perfectas.

Algunas incluso en niveles distintos, como escalones de espejo hacia el cielo.

Recorren senderos poco transitados, más agrestes, pero más seguros.

Tocados por los cónicos sombreros sugegasa y vestidos con unas modestas túnicas de cáñamo llamadas kosode , pasarían por campesinos.

Los hombres cargan unas varas sobre los hombros equilibradas con sendos sacos de junco de pesos similares, donde portan víveres y armas.

Los tres marineros ingleses supervivientes del naufragio, Angus, Freddy y Daniel, se han convertido en compañeros de aventuras forzosos.

Liam les dio la opción en la costa de elegir entre acompañarlos sin hacer preguntas o que siguieran su propio camino.

Angus, el mayor, un hombre adusto, timonel de profesión, abogó por separarse de ellos y embarcarse en cualquier bajel que arribara a aquellas costas.

Su decisión no fue secundada por los dos jóvenes marinos, alegando que desconocían aquellas tierras y el idioma, prefiriendo la compañía de Takeshi como guía y traductor y la de Liam como protector.

Entre Freddy y Molly ha nacido una complicidad evidente. Las miradas, las risitas y el acercamiento presagian una relación incipiente. Ambos suelen buscarse y caminan juntos, inmersos en conversaciones triviales, que de algún modo restan algo de gravedad a la situación, lo que el grupo agradece.

Margot, en cambio, rumia en silencio sus desazonadores pensamientos, en una puja constante dominada por emociones encontradas.

El aguijón del rechazo se topa con la armadura del motivo, y, a pesar de saber que la honorable decisión de Takeshi alberga sentimientos hacia ella, algo en su fuero interno la incita a rebelarse.

Aquel beso apasionado, aquella entrega en la orilla del río, ha despertado en ella el voraz monstruo del deseo.

Ahora entiende lo que la duquesa quiso mostrarles en la hermandad de «Las Ciceronas» con el libro de Fanny Hill: Memorias de una mujer de placer .

Y ella ha saboreado las mieles del goce lo suficiente para ansiar más, mucho más.

Y ni el férreo sentido de la protección de Takeshi ni su propia prudencia van a privarla de buscar abrasarse en ese fuego que ya ha comenzado a devorarla.

—O te hacen daño estas infernales sandalias, o estás sufriendo una indigestión o quieres matar a alguien. Desde que regresaste de tu entrenamiento con el arco parece que tengas un limón en la boca. ¿Vas a contármelo ya o tengo que imaginarlo?

Margot mira a Rose, olvida que a su amiga no puede ocultarle nada.

Mira en derredor para asegurarse privacidad. Takeshi e Hiroshi van delante, Raiden y Liam cierran la marcha, el resto camina en el centro a una distancia prudencial por parejas. No obstante, baja la voz todo lo que puede.

—Takeshi ha despertado a la Fanny Hill que llevo dentro —comienza, y sus mejillas se arrebolan ligeramente—, bueno, en realidad yo lo he provocado.

Rose clava en ella una mirada comprensiva.

—Y tú estás barruntando si derribas la valla que te ha puesto para proteger tu honor y tu corazón o si, como te susurra tu sentido común, la dejas intacta.

—Algo así.

La mirada turquesa de Rose confraterniza con su situación. Nadie puede entenderla mejor que ella. Margot ya se congratula internamente porque espera que ratifique la decisión que ya ha comenzado a asentarse en ella.

—He hablado con Liam sobre... esta situación, y aunque sé que esperas que te apoye, incluso que te aliente, no puedo hacerlo.

Margot agranda los ojos y la observa perpleja.

—A ti, a vosotros os fue bien. Decidiste guiarte por tus emociones y luego por tu corazón y funcionó. —A su voz asoma un reproche que es incapaz de estrangular.

Rose guarda silencio un instante, meditando bien su respuesta. Sabe que debe elegir sus palabras con extremo tacto.

—Si solo es deseo, aún estás a tiempo de enfriarlo, y me temo que es lo que debes hacer. Sé que entre vosotros hay conexión, siempre la hubo, pero pertenecéis a mundos diferentes, y si sucumbís al placer, ese vínculo crecerá y se convertirá en un sentimiento que unirá vuestros corazones.

—¿Y qué problema hay en que eso ocurra?

—Takeshi no regresará a Inglaterra, Margot.

—¿Y qué te hace pensar que yo quiera hacerlo?

Rose la observa con aguda preocupación. Baja la mirada y la clava en el horizonte, su gesto se muestra sombrío. Un rictus vacilante se aposenta en torno a sus labios, finalmente inspira profundamente y la mira de nuevo con determinación.

—Se queda para vengarse y reparar el honor de su familia.

—Y yo sería un escollo en su camino —completa ella.

—No solo eso, Margot, en Japón solo hay un modo de reparar el honor.

Contempla a Rose con expresión inquisitiva.

—El seppuku —responde—, un suicidio ritual.

El impacto de esa revelación la conmociona tanto que se detiene y jadea.

—¡No pienso permitirlo! —exclama consternada.

Rose cierra los ojos con gesto contrito. Cuando los abre, la contempla compasiva.

—No es solo deseo, ¿verdad? —adivina suspicaz.

—No te atrevas a compadecerme, Rose, voy a recorrer este camino sea lo que sea lo que me depare.

Ella asiente, aunque su gesto se ensombrece.

—Si conoces los riesgos y aun así decides continuar, cuentas con todo mi apoyo. —Hace una pausa y la toma de la mano, su rictus se enternece—. Admiro tu coraje y el arrojo de tu corazón.

Margot logra esbozar una sonrisa trémula, aunque percibe el fétido aliento de pánico abriendo las fauces ante ella.

Reconocer sentimientos por alguien que ha decidido entregarse a la muerte a cambio de limpiar su apellido no solo es temerario, también inconsciente, pero, además, involucrarse en ello para impedirlo, pasando por encima de los códigos éticos de un hombre de honor, es absolutamente una locura.

¿Quién es ella para cambiar el destino de nadie?

Ni siquiera sabe si él siente algo más que cariño por ella o una simple complicidad nacida de la diversión y de los momentos compartidos.

Se siente ilusa, estúpida e ingenua, además de entrometida.

Pero no concibe la idea de cruzarse de brazos mientras el único hombre que ha logrado despertar sentimientos en ella se entrega a un destino tan ingrato.

La comitiva se detiene.

Takeshi hace ademanes urgentes para que se oculten en la vereda del camino.

Al cabo, ella misma siente el temblor de la tierra bajo sus pies.

Se precipitan por el terraplén y ruedan hasta caer entre los matorrales que lindan con el sendero.

Rose gime a su lado mientras se agazapa tras la espesura.

Respira aliviada al comprobar que el resto ha logrado esconderse a tiempo.

El sonido hueco de los cascos de monturas anticipa la llegada de un grupo de jinetes uniformados.

Portan blasones llamativos y estandartes flameando al viento.

Margot contiene el aliento, resultan sobrecogedores.

Continúan su camino, dejando atrás una fumarola de polvo suspendido en el aire y el lejano retumbar de la cabalgada.

Los hombres emergen de los aligustres cercanos y los ayudan a subir la cuesta hasta el camino. La preocupación en sus rostros resulta inquietante.

—¿Quiénes son? —pregunta Rose. Se sacude el kimono y se ajusta de nuevo el sombrero.

—El sashimono lleva el blasón de los Genji —responde Takeshi. Su gesto se tensa.

—¿ Sashimono ?

—Los estandartes que lucen los jinetes —aclara Liam.

Hiroshi y Raiden se acercan a ellos y se dirigen a Takeshi en ese idioma seco y hosco, de consonantes tan marcadas. Liam escucha atento. Sus ojos grises adquieren gravedad a medida que prosigue la conversación.

Rose se aproxima a él y se enlaza a su brazo. Liam se afana por sonreírle, aunque el gesto no le alcanza los ojos.

Angus carraspea y escupe en el camino, se refriega la boca con la manga y los mira frunciendo el ceño.

—Si esos mocosos me hubieran hecho caso, ya estaríamos en algún barco rumbo a casa. Y ahora a saber a qué nos enfrentamos.

—También podríais haber sido vendidos como esclavos en una alguna mina de cobre, o empalados en algún camino, o asesinados por saqueadores, o perdidos en alguno de los muchos bosques insondables de la región, quién sabe —replica Liam enfrentándolo—.

Además, todavía estás a tiempo de regresar y probar suerte, nadie va a impedírtelo.

Angus tuerce el gesto ofendido, emite un gruñido contrariado y se aparta molesto.

Freddy y Daniel observan la escena junto a Molly, los tres miran a Angus con irritación.

—Ese tipo nos traerá problemas —vaticina Rose al oído de Margot.

—Pues ya tenemos suficientes, porque si esos jinetes son del clan Genji, quiere decir que ya saben que Takeshi ha vuelto —cavila Margot.

—Así es —corrobora Liam.

Takeshi se acerca, su gesto es torvo; su porte, rígido.

—Iremos a campo través, los jinetes regresarán en nuestra busca —informa—. No era un grupo de recaudadores, al mando iba un dōshin , un agente local de justicia.

—¿Y si saben adónde vamos? —calibra Margot preocupada.

—Por eso pasaremos dos noches en otro lugar mientras vigilamos las cuevas.

Si en ese tiempo no acude nadie, es que es un lugar seguro.

—Hace una pausa y fija la vista en Margot—.

De todos modos, las cuevas son profundas, laberínticas, hay muchas salas, y aunque es temerario adentrarse en ellas, Liam y yo conocemos una en particular que tiene una salida oculta a un robledal, en caso de que alguien se aventure a buscarnos.

Todos asienten, Margot se limita a sostener su penetrante mirada hasta que él se aparta y se dirige hacia el lugar donde aguardan Hiroshi y Raiden.

El anciano samurái cabecea y gesticula en desacuerdo con lo que propone Takeshi. Tras un pulso tenso, Hiroshi asiente y, acompañado por Raiden, regresa al camino.

Apoyado en su bastón, avanza encorvado por el peso de los años sobre un cuerpo enjuto y lleno de cicatrices.

Takeshi los alienta a seguirlo a través de un bambusal.

Margot alarga las zancadas para ponerse a su altura.

—Tu maestro no parecía muy contento con la decisión que has tomado.

—Era reticente a regresar a la aldea, pero es lo más seguro para todos.

—Tampoco tiene edad para tanto ajetreo.

Takeshi enarca una ceja con sorna y sonríe misterioso.

—¿He dicho algún disparate?

—No, en realidad lo que has dicho es justo lo que busca que crean.

—¿Es otro de tus famosos proverbios japoneses?

—No, pero bien trabajado podría convertirlo en uno —masculla sarcástico.

Margot comienza a impacientarse.

—¿Vas a decírmelo o tendré que suplicarte?

—Hiroshi simula ser un anciano inofensivo, es su mejor escudo. Pero si lo vieras manejar ese bastón, descubrirías que no solo sigue siendo el mejor guerrero de estos lares, también el más letal.

—¿Mejor que tú?

—No he conseguido nunca desarmarlo.

—¿Lo has intentado?

—Sí, y si la humillación tiñera, yo tendría ahora mismo la cara roja.

—Tampoco la tienes amarilla.

Clava en ella una mirada de divertido asombro.

—Quizá no me has mirado con la suficiente atención.

—Créeme que sí —confirma sugerente.

La intensidad en los ojos de Margot atrapa la mirada de Takeshi. Entre ellos crepita de nuevo ese deseo incómodo, acuciante y apenas disimulable.

—Necesito estar atento para reconocer el camino, vuelve a la fila con Rose —ordena él con sequedad.

Margot asiente bruscamente herida en su orgullo, retrocede con porte altivo y se aleja con las mejillas teñidas de humillación.