Escena 7
Ansias de venganza
El tremolar del viento ulula entre las ramas de los árboles como los inconexos acordes de un flautín. Su silbido es agudo, siniestro, y cabriolea entre las hojas como si las alentara a emanciparse.
Takeshi conoce ese sonido, es un preludio de la tormenta que ya se está gestando tras las oscuras nubes. La luna es apenas un orbe desdibujado entre retazos espesos y huraños. Su nácar delinea relieves cercanos para acabar diluyéndose derrotada, incapaz de aligerar el ceño de un cielo irritado.
A pesar del bullicio de una noche desapacible, percibe un sonido diferente: el susurro regular de unos pasos sigilosos. Se incorpora en el futón y atisba por la ventana.
Fuera solo contempla los evidentes vestigios de la tormenta que se aproxima. No obstante, su instinto despierta todas sus alarmas. Siente que ahí fuera alguien lo observa.
Desvía la vista hacia el interior de la casa y comprueba que las mujeres duermen plácidamente en sus futones. Vacila un instante, pero enseguida decide salir a inspeccionar.
Posa su mano diestra en la empuñadura de la catana que Hiroshi le ha prestado y sale al exterior.
El viento bate sus ropas y casi lo empuja por el sendero enlosado. Dirige sus pasos hacia la parte trasera de la vivienda e inspecciona cada rincón. De repente, una figura se abalanza sobre él.
Caen al suelo y ruedan sobre la hierba. Intenta zafarse de su atacante lanzando codazos contra su costado. Uno de ellos consigue su propósito. Se libera y se cierne sobre él.
—¿Por qué nos espías?
—Para protegeros, mentecato.
La respuesta en inglés lo hace bajar la guardia y resoplar furioso.
—Una maravillosa noche para dormir a la intemperie —murmura poniéndose en pie.
—Rose está ahí dentro, y aunque sé que cuenta con tu protección, no puedo dormir lejos de ella, y más con la sensación de que corremos peligro.
—¿Tú también lo sientes?
—Sí, siento que nos vigilan.
Liam derrama una mirada recelosa a su alrededor.
—Hiroshi ha apostado vigías en la entrada del pueblo —recuerda Takeshi.
—Lo que significa que también puede haber ordenado que nos vigilen.
—¿Con qué intención?
—Que confíe en ti, o incluso en mí, no implica que lo haga en el resto. Y es un hombre prudente.
Takeshi baraja esa posibilidad.
Entrecierra los ojos y otea las sombras aguzando la mirada.
Las primeras gotas puntean la tierra, indecisas al principio, impetuosas a continuación.
—Será mejor que pasemos... tú dormirás frente a la puerta, yo bajo la ventana principal —propone.
Liam asiente y lo sigue hacia el interior.
La lluvia arrecia y la tormenta ruge en el exterior, lo que dificulta la guardia.
La inquietud cubre sus semblantes. Ambos han desarrollado ese agudo instinto de supervivencia en los momentos más duros de sus vidas.
Y, gracias a él, siguen vivos. Saben que algo no va bien, que unos ojos ponzoñosos siguen sus movimientos y que deben permanecer alertas y suspicaces ante la más leve amenaza.
Ya no están solos, cargan con la responsabilidad de otras vidas que se han visto inmersas en su tragedia personal.
Su propia familia ya ha pagado la fatalidad que lo persigue.
Se pregunta si ha hecho bien en regresar, se lamenta de haberlo hecho tan tarde.
Pero decide no flagelarse con opciones imposibles.
Si algo ha aprendido ha sido a aceptar lo que no puede cambiarse y luchar por lo que sí, sin mirar atrás, sin reproches absurdos, con la certeza de que cada paso dado a veces fue empujado por el destino, y otros guiados por el corazón.
El budismo enseña a no aferrarse a la culpa, a entender que remordimiento y arrepentimiento son conceptos dinámicos que surgen de reconocer errores que estimulan el deseo de sanar.
Una vez se admiten los errores, se abre la puerta al perdón y se busca la manera de corregirlos.
Si una acción, una emoción o un sentimiento no van acompañados de enseñanza y crecimiento personal y espiritual dejan de tener sentido.
Inmerso en sus cavilaciones, permanece despierto hasta que la alborada asoma entre las cumbres, tímida y desvaída, perfilando la floresta que los rodea.
Un único pensamiento lo desazona con ominosa insistencia: dejarlas solas mientras recupera a su hermana.
Confía en Hiroshi, pero conoce la maldad de su hijo Haru, y sospecha que vigila a su padre de cerca por temor a una revuelta, lo que implica que probablemente haya infiltrado espías entre los vecinos de la villa.
Y si está en lo cierto, corren un grave peligro.
Un bostezo largo y distendido es acompañado de gruñidos y murmullos de mantas.
—Las princesas regresan al mundo —masculla Liam divertido.
—Irrumpen, más bien, como una bandada de ocas ruidosas —replica Takeshi con sorna.
—¿A quién estás llamando oca?
Rose se despereza tras incorporarse y refregarse la cara con ademanes bruscos.
—A ti —responde Liam.
Ella abre asombrada los ojos y una sonrisa luminosa se abre en su rostro al localizarlo.
Otro bostezo, más ruidoso y vulgar, concluye con un carraspeo irritante y una tos seca.
—Lo malo de estos jergones es que debajo no puedes meter el orinal —barrunta Molly.
—Gracias al cielo —rezonga Florence ceñuda—. Solo nos faltaba presenciar eso... Con ver gente descalza comiendo con los dedos tengo más que suficiente.
La muchacha corre con urgencia hasta la puerta en dirección a las letrinas.
Takeshi posa la vista en Margot. En un inusual silencio, enrolla su futón y lo acomoda junto a la pared. Su gesto es torvo y sus ademanes, secos.
No es el único que la observa con preocupación. Rose muestra extrañeza ante el malhumor que exhibe su amiga.
Él conoce el motivo, en el camino de regreso a Mine, decide no dirigirle la palabra. Sabe que ha herido su orgullo y que su rechazo la acicatea como el roce de una ortiga, pero también sabe que debe apagar la pasión que tan inoportunamente ha estallado entre ellos.
Aunque se reconoce a sí mismo que se sintió atraído por ella desde el mismo momento en que la vio, fue descubrir su fingido tartamudeo, su carácter impetuoso y su mordaz ingenio lo que acentuó todavía más su interés en ella.
En un principio su acercamiento se basó en la diversión, luego en un reto y, conforme la conocía, la pasión comenzó a florecer acompañada de un germen bastante más preocupante.
Cuando se despidió de ella y embarcó, no pensó que volvería a verla.
Mucho menos que ella pudiera albergar algún tipo de atracción hacia él; lo más que creía haber conseguido era pasar del rechazo más absoluto a esa camaradería traviesa compartida por dos espíritus díscolos.
Ella, en su afán de liberarse de los corsés sociales y de su deber como debutante, y él como una vía de escape, una liberadora evasión a la rigidez impuesta de una vida marcada por una disciplina extrema y una obediencia ciega.
Provenía de una larga dinastía de samuráis de alto rango, de una casa ilustre como los Mōri.
Casi había aprendido a andar al mismo tiempo que a empuñar un sable.
Su infancia y su pubescencia habían transcurrido entre extenuantes jornadas de instrucción, agotadoras clases de erudición e interminables lecturas de suras y mantras budistas.
No recordaba un solo momento de ocio ni de esparcimiento.
A veces incluso llegaba a pensar que su libertad había comenzado el día que su vida se desmoronó.
Molly aparece con sonrisa de bobalicona. Tiene las mejillas encendidas y la mirada pudorosa. Pasea la vista de uno a otro entre risillas que sofoca fútilmente con la mano.
—¿Ocurre algo, Molly? —pregunta Margot intrigada.
—Ocurrir no ha ocurrido nada, menos mal, porque es lo último que deseo que ocurra, en caso de que ocurriera, porque con lo que he visto dudo que pudiera ocurrir, al menos no en.
.. ese estado, pero tampoco debería haber visto esa.
.. cosa, dada mi condición de señorita, que no seré de alcurnia, pero tengo mi honra intacta, mal que le pese al deshollinador.
Liam suelta una carcajada abrupta. Florence se sulfura y Margot y Rose ponen los ojos en blanco.
—A partir de ahora, señoritas, nadie hará sus necesidades en solitario —decide el ama escandalizada.
—Será lo mejor —concuerda Takeshi—, y no por recato, sino por prevención.
—Creía que aquí estábamos seguras —replica Margot.
—Nunca hay que dar nada por hecho, aquí aún menos.
Las miradas entre ambos rezuman un entendimiento que abarca mucho más de lo que el resto puede captar.
Margot adopta un rictus grave, tenso, y termina asintiendo. No obstante, detecta un leve brillo desafiante en su mirada.
—Se acercan unos hombres —anuncia Molly desde la puerta.
Takeshi camina hacia el umbral, hace una seña a Liam y ambos se dirigen hacia los recién llegados.
Hiroshi y Raiden, su discípulo más fiel, se inclinan ante ellos. A su espalda, tres guerreros más permanecen vigilantes a una distancia prudencial, cargados con sacos.
—Creo adivinar a qué vienes, maestro.
El anciano contempla a Takeshi indagando en su mirada con gesto preocupado.
—Debería haberlo supuesto —se lamenta—, a veces uno olvida que la ambición es tan peligrosa como el miedo, y que ambos son causantes de las peores hazañas.
—¿Los has capturado?
—Uno escapó refugiado en la tormenta.
Liam aprieta los puños y sacude irritado la cabeza.
—Eso significa que debemos marcharnos ya.
—Sí, a eso venimos, a conduciros a las cuevas.
—¿Quién sabe lo de las cuevas? —pregunta Liam receloso.
—Solo Raiden y yo.
Takeshi clava su mirada en el joven guerrero, escrutando su expresión.
Ya no es el muchacho cándido y ávido de enseñanzas que había ocupado el lugar del hijo perdido en el corazón de su maestro.
En su rostro no solo se han cincelado rasgos más maduros, también se ha tallado en él un aplomo, una seguridad y una sagacidad que configuran al guerrero que hoy es.
Percibe nobleza en su mirada, lealtad en su porte, honestidad en su gesto.
—Os acompañaré a las cuevas —musita—, y protegeré con mi vida la seguridad de vuestras mujeres.
Se inclina reverente para rubricar su promesa.
Liam asiente complacido. Takeshi se inclina en señal de gratitud.
—Tres de mis mejores hombres y yo os acompañaremos para rescatar a Akira.
Los hombres miran hacia la casa, de donde surge el parloteo incesante de las mujeres rivalizando con el trinar de los vencejos que revolotean entre las copas de los árboles.
Hiroshi frunce el ceño reprobador. Raiden no oculta una mirada curiosa.
—Será mejor que les hagáis entender que el mejor refugio, el más seguro, es el silencio.
Y, tras ese consejo, se alejan caminando hacia la salida de la aldea.
—Reúne a las mujeres y a los marineros para la partida —aduce Takeshi—, yo tengo que hablar antes con Hiroshi.
Liam asiente y se dirige a la casa con apremio.
Takeshi alcanza a su maestro frente a la herrería. Raiden está dando instrucciones sobre un forjado samurái.
—He ordenado forjarte una espada con el lema de tu familia —confiesa—. No ha dado tiempo a acabarla, pero te la haré llegar cuando esté. Habría deseado reponerte la daishō , pero solo tenemos acero tamahagane para la catana.
La daishō es una pareja de espadas tradicionales, catana y wakizashi , que solo pueden portar los guerreros samuráis. Las suyas las había heredado de su padre, pero fueron quebradas cuando su cargo y su apellido fueron repudiados por el shōgun .
Aquel gesto emociona a Takeshi.
—Ese acero es muy costoso, maestro, pero no solo aprecio el esfuerzo que debe de haber supuesto adquirirlo, también el riesgo de forjarlo sin autorización.
En todo el país, solo unas pocas familias herreras de renombre cuentan con el permiso para forjar espadas así.
—Ya que no puedo ayudarte a reponer tu honor, al menos me consuela saber que puedo devolverte parte de lo que te arrebataron.
Takeshi se postra en una reverencia sentida. Cuando se incorpora descubre en la expresión del anciano un acopio de emociones contenidas.
—Vas a ayudarme a algo más importante: a recuperar a mi hermana de las garras de Murakama.
—Fui casi un hermano para tu padre. Akira, tú y Raiden sois lo único que me queda.
—Maestro, ¿sabes algo sobre Saori?
Hiroshi inspira hondo como si la respuesta tuviera que ser empujada al exterior.
—Se ha convertido en una poderosa geisha en Edo, regenta una de las más populares casas de té del barrio de Yoshiwara.
Aquella noticia lo impresiona. Saori había sido una muchacha dulce y tierna, proveniente de una familia de comerciantes reputados.
Cuando la conoció, su belleza y su candidez lo cautivaron.
Y cuando la prometieron a un alto magistrado, añoso e iracundo, ella acudió a él en busca de ayuda.
Solo encontró una solución, y fue desposarla primero.
—¿Cómo ha llegado a...?
Hiroshi se encoge de hombros y frunce el ceño con pesar.
—Ella fue otro peón derribado por el temporal de la traición que nos arrasó a todos. Tu ausencia la dejó desprotegida y tu deshonra, ultrajada, así que supongo que tuvo que valerse por sí misma de la mejor forma que pudo.
Han transcurrido cinco años desde aquello. Tres años como convicto en los campos de trabajo de Ishikawa-jima, en la bahía de Edo. Otro más como proscrito en el bosque de Aokigahara, y el siguiente, la travesía y la estancia en Inglaterra.
Demasiados años para una mujer mancillada y sola. Siente la acometida de la culpa como un punzón candente en su vientre, es incapaz de imaginar las penurias que habrán empujado a Saori a convertirse en un mero objeto de entretenimiento.
—Regresé en busca de justicia, ahora solo ansío venganza.
A su tono asoma un impetuoso filo de ira, cortante y sediento de sangre.
El anciano asiente quedo. Su rostro, arado por la edad y la sabiduría, compone una mueca desaprobadora.
—Solo si las piedras no hieren tus pies podrás llegar al final del camino.
Takeshi entiende el consejo y baja la barbilla en gesto respetuoso.
Debe apartar cualquier emoción, pensar con frialdad y centrarse en su objetivo sin más anhelo que el de satisfacerlo para librarse de él.