Consecuencias de retar a un conde Escena 6 #2
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Escena 6 #2

—Algo parecido a « gosusa ».

Takeshi sacude la cabeza y frunce el ceño confuso.

—¿Dónde te ha golpeado?

—En la espalda.

—Déjame verla, quizá necesites que te cure, ¿te duele mucho?

—No, estoy bien, a lo sumo me saldrá un moratón.

Margot se afana por ignorar la quemazón que se extiende por su espalda y vuelve a maniobrar con el arco.

—Por hoy ya es suficiente.

Takeshi coloca la mano en su hombro y se lo quita.

—Has dicho que era cuestión de práctica y yo todavía tengo energía para continuar.

—Aquí no, no ha sido buena idea alejarnos tanto de la aldea.

Se lo cuelga al hombro y le arrebata la aljaba. Alrededor de su cadera lleva una ristra de conejos muertos, atados por sus patas traseras.

—¿Has dejado alguno para procrear o llevas encima toda la colonia de la zona?

Takeshi estira las comisuras en una mueca divertida y agita la cabeza.

—Soy un hombre respetuoso con la procreación.

Le guiña un ojo socarrón y le indica que lo siga. Margot agacha la cabeza ocultando el inesperado arrebol en sus mejillas.

Avanzan dando un rodeo, en un silencio solo roto por el crujir de hojas y el silbido del viento. Margot lo sigue a pesar de que le cuesta mantener el ritmo.

Se detienen en la orilla de un arroyuelo que se desliza sinuoso entre rocas calizas.

Los arropa el cascabeleo del agua y el trinar de varios petirrojos que revolotean entre las ramas.

Takeshi se agacha en cuclillas, desanuda el odre que pende de su cadera y lo introduce en el río.

Margot admira cómo el sol destella en los negros cabellos del hombre, jugueteando con sus relucientes mechones azulados.

—Hay muchas cosas que me gustaría saber de ti —confiesa en apenas un susurro.

Él se gira ligeramente. Su perfil no denota ninguna expresión, se mantiene hierático, no obstante, percibe una tensión pulsando su mentón.

—Pregunta lo que quieras.

—¿Qué te hizo caer en desgracia?

Se pone en pie, cierra el odre y clava su mirada en ella.

—Todavía me lo estoy preguntando. He pensado mucho sobre ello y, aunque al principio barajé la rivalidad, la envidia, incluso el infortunio, he llegado a la conclusión de que solo era una pieza que apartar para ascender al poder.

—¿A quién servías como samurái?

—Al daimio de Awa, Narimasa, un gobernante justo y pacífico.

—¿Tu maestro también estaba a su servicio?

—Hiroshi era el karō , administrador de la provincia y asesor del daimio, además de samurái de mayor rango y uno de los generales más respetados de todo Edo.

—¿Qué pasó?

Su rostro se ensombrece, un velo furioso lo cubre, sus facciones se contraen un feroz instante. Al cabo, un paño contrito apena su gesto.

—Murakama alentó a varios daimios para sublevarse contra el shōgun , Narimasa se negó a participar en la conspiración y fueron a por él.

Convencieron al shōgun de que él era el traidor y tendieron una trampa a Hiroshi.

Narimasa fue ejecutado, Hiroshi fue destituido de todos sus cargos, y así fue como me convertí en un rōnin .

Sin embargo, no me conformé, quise reclamar justicia al shōgun , pero no tuve tiempo, me apresaron y me encerraron en un foso cavado en la tierra.

Fue ahí donde conocí a Liam. Compartimos foso, miseria y penurias, hasta que un día logramos escapar.

Margot se pierde en la tormenta que ruge en los ojos del hombre.

—Más tarde, cuando fuimos en busca de Hiroshi, lo encontramos en una tarima con una soga al cuello. No hay muerte más deshonrosa para un samurái que morir como un vulgar ladrón. Ni dolor más grande que la traición de un hijo. Liam y yo conseguimos liberarlo y nos ocultamos durante un tiempo.

—¿Su propio hijo lo traicionó?

—Así es, a cambio de ser el nuevo daimio.

Margot traga saliva. Además de lo sufrido en el pasado, se suma ahora la pérdida de su familia y el rapto de su hermana. Es incapaz de imaginar el dolor que estará sintiendo el hombre que con tanto temple narra su tragedia.

—¿Lograron derrocar al shōgun ?

—No, no hizo falta, consiguieron ampliar sus dominios y obtuvieron más poder. Además, Murakama se ha convertido en la mano derecha del shōgun , en el chambelán de la corte. Muchos piensan que es él quien realmente toma las decisiones.

—Si tiene el poder que ansiaba, si tú ya no suponías una amenaza, no entiendo por qué...

Deja la frase en el aire lamentando su impulsividad.

—Tampoco yo, pero lo pienso averiguar —responde cortante.

Ella posa su mano en el brazo de Takeshi y lo presiona ligeramente en señal de consuelo.

Se sostienen la mirada un largo instante.

Indaga en los ojos del hombre, su mirada penetrante la atraviesa; sin embargo, es incapaz de adivinar sus pensamientos.

De nuevo, emerge, molesta, esa necesidad de abrazarlo.

Sabe que tras ese escudo con que se protege, un mar de emociones lo devastan.

Sabe que las contiene. Sabe que si las libera no podrá llevar a cabo su venganza con la meticulosidad y la frialdad que precisa.

—No te acerques a mí, Margot —advierte—, eres una mujer lista, mantén las distancias.

Ella alza el rostro y compone un gesto retador.

—¿Ya no quieres cortejarme?

Aunque su semblante simula entereza, en su tono reverbera un matiz anhelante. Takeshi admira el carácter indómito de Margot.

—No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que debo querer para ti.

—¿Y qué quieres para mí?

Takeshi ablanda su gesto, sus rasgados ojos relucen preñados de ternura.

—Quiero que no sufras. Quiero que estés a salvo. Quiero que regreses a la vida que no deberías haber abandonado.

Ella arruga el gesto con un mohín discordante.

—No obstante, soy yo quien decide qué quiere de ti.

La mirada de Takeshi se entrecierra presa de un inesperado interés. Acerca más su rostro. Margot evita mirar la boca plena y tentadora del hombre.

—¿Y qué es lo que quieres de mí?

Sus miradas se engarzan, sus respiraciones se agitan. Entre ellos crepita de nuevo ese anhelo que los hostiga.

—Lo que quiero simplemente lo tomo —responde ella alzándose de puntillas.

Enlaza sus brazos en la nuca del hombre y apresa su boca con voracidad.

Espera un rechazo, una amonestación, pero encuentra una inaudita y fogosa entrega.

Takeshi la ciñe contra sí, saborea su boca, se pierde en ella, derrama en ella gruñidos hambrientos, prendiendo en la joven un deseo acuciante.

El beso se vuelve imperioso, exigente, duro, ansioso. .. las manos, ávidas, la ropa, molesta.

La pasión los consume en un fuego que calcina sus sentidos.

Takeshi ha perdido el control, aparta hoscamente la ropa de la mujer.

Enfebrecido, amasa sus pechos, contonea sus nalgas, delinea su espalda, aferra sus caderas, sin despegar su boca de ella.

Margot se deja arrastrar a esa vorágine apasionada con la misma necesidad que él.

Con esa desesperación que alienta a fundirte en un cuerpo que no es el propio, como si la vida dependiera de ello.

Takeshi la alza y ella abraza sus caderas con sus piernas. Siente la dureza del hombre que palpita bajo el tergal y gime ansiosa. Una extraña humedad la prepara para la incursión. Un hormigueo anticipatorio se instala en su bajo vientre. Está preparada para recibirlo.

Arquea la espalda, una boca hambrienta apresa sus pechos, los devora sin piedad. Margot se precipita hacia el insondable pozo del deseo más inclemente. Y en el punto más álgido de excitación el hombre la aparta y la deposita en el suelo.

Trémula, parpadea confusa.

—No... no puedo..., no voy a mancillar tu honra —barbota entrecortado. Tiene los labios inflamados, la mirada turbia, el cabello revuelto y el gesto constreñido por un deseo no satisfecho. Retrocede tambaleante y gruñe furioso.

—No lo mancillas, yo te lo entrego gustosa —confiesa con las mejillas arreboladas.

—No tengo nada que ofrecerte —susurra con voz quebrada.

Se acerca a él sin cubrir su parcial desnudez, se muestra tentadora, confiada y sugerente.

—Puedes ofrecerme lo que yo ansío en este momento.

—Margot... —gime tortuoso cuando ella, de nuevo, se enlaza a su cuello.

—Ni siquiera sabemos si tenemos un futuro —musita ella contra su boca—. Así que disfrutemos del presente.

—No puedo estar contigo.

—¿Porque soy una gaijin ?

La mira atormentado, su gesto se prensa con un férreo paño de determinación.

—Porque eres mi gaijin .

Le da la espalda y se aparta.