Escena 6
Gaijin
El alba despunta entre los altos cedros cuando se adentran en la espesura.
Margot se refriega los ojos con energía para espantar el sueño que todavía se adhiere a sus sentidos como una resina viscosa.
Camina aturdida sorteando arbustos y ramas, encogida bajo una capa de bambú y tocada con un aparatoso sugegasa , un sombrero con forma de cono confeccionado con caña de bambú.
Una neblina brumosa se deshilacha entre sus pies, opacando el lecho boscoso y dificultando su avance. Le maravilla que la figura que camina delante de ella rezume tanta seguridad, como si conociera cada piedra, cada arbusto, cada relieve de aquel paraje tan agreste. Y seguro que así es, se dice.
A pesar del sopor que aún la invade y del cansancio que arrastra, se siente excitada ante la perspectiva de aprender a cazar.
Alcanzan un claro y Takeshi se detiene.
Se descuelga el arco que lleva al hombro y la enfrenta:
—¿Hay alguien debajo de ese sombrero?
—Creo que sí, solo falta que se despierte.
Takeshi esboza una sonrisa divertida y asiente quedo.
—Esperemos que las presas estén tan abotargadas como tú, aunque primero practicarás puntería en ese árbol.
Señala un tronco que muestra un enorme ojo de rebordes leñosos en su centro.
—Tiene pinta de haber soportado muchos entrenamientos —aprecia, a tenor de las innumerables marcas que lo puntean.
—También me ha sufrido a mí —confiesa—. Y ahora, quítate el sugegasa , precisas ampliar tu campo de visión.
—Preparada —masculla obediente.
Takeshi entrecierra los ojos evaluándola con evidente desconfianza.
Margot se pone de puntillas, acerca su rostro al suyo y abre los ojos exageradamente. Takeshi la observa divertido.
—Veamos si es cierto.
Takeshi apoya el arco en su hombro, monta la flecha y tensa la cuerda hasta que la pluma roza su mejilla. Aguza la mirada, apunta ligeramente hacia arriba y dispara. El astil cimbrea cortando el aire, ejecutando una parábola perfecta que agoniza hasta morir en el centro mismo del ojo de cedro.
—Impresionante —alaba Margot—. No esperarás que haga lo mismo, ¿no?
—No espero que aciertes en la diana, pero sí que aprendas a lanzar una flecha sin clavarla en tus pies.
Margot esta vez abre los ojos con alarma. Takeshi le pasa el arco y se pone tras ella.
—Afloja los hombros, deja que sea yo quien te indique cómo cogerlo.
La cercanía con el hombre la envara. Siente la calidez de su torso tras la espalda y la rotundidad de sus brazos en torno a su cuerpo. Un inoportuno cosquilleo revolotea en su vientre. Maldice para sus adentros.
—Cierra tu mano izquierda con firmeza en el centro del arco, es importante que esté equilibrado.
Su voz, convertida en un susurro sugerente, acaricia su oreja sumando más desasosiego a sus agudizadas emociones.
Margot se limita a asentir, más centrada en apartar esas desazonadoras sensaciones que en las instrucciones que recibe.
Se conmina a centrarse y alejar esa molesta distracción que ejerce sobre sus sentidos.
Le entrega una flecha, pero no la suelta. La insta a que siga sus movimientos, superponiendo la mano sobre la suya.
—Encaja la muesca de la pluma en la cuerda y sujeta la cola con dos dedos, pero debes ejercer la presión suficiente para que no se te escape cuando apliques la tensión.
Takeshi maneja su mano, monta la flecha y tensa la cuerda hacia atrás.
Ella se deja hacer mientras combate el hormigueo que le provoca el roce de los labios del hombre contra su oreja.
Siente la tibieza de su aliento como una caricia y se rinde a la excesiva e incómoda complacencia de su cuerpo traidor, saboreando cada sensación.
—Cuanto más tenses, más impulso tendrá el disparo, más efectividad, pero debes calcular muy bien el tiempo de tensión, porque si te excedes te cansarás y la flecha se desmontará.
Ella se limita a asentir, completamente abrumada por la proximidad entre ellos.
—Ahora debes apuntar, pero debes tener en cuenta dos factores: el viento y la posición del objetivo.
Si la presa está a la altura de tus ojos y a una cierta distancia, debes apuntar algo más arriba, considerando que la gravedad la atraerá al suelo.
Si está por debajo de tus ojos o más cerca, apunta directamente al objetivo.
—Entendido —logra pronunciar.
—Bien, vamos a ellos. Primero lo haré contigo, para que sientas cómo se hace, luego lo harás sola.
Siente el poderoso brazo de Takeshi ejerciendo la fuerza de tensión. Los dedos del hombre envuelven los suyos. Eleva el arco calculando la distancia y susurra:
—Ahora.
Ambos liberan la flecha y esta recorre la distancia con un siseo amenazador. La flecha, de nuevo, traza un arco y se clava en la diana elegida.
—Parece fácil —reconoce ella.
—No lo es, es cuestión de mucha práctica. Ahora inténtalo tú, replica los movimientos y aplica los consejos.
Takeshi se aparta de ella y al instante su cuerpo lamenta el frío que transmite su vacío, añorando aquella envoltura protectora y aleccionadora que tanto caos emocional ha provocado en ella. Ese anhelo la enfurece.
Acomoda el arco en su hombro izquierdo y monta la flecha encajando el culatín de la pluma en la muesca, sujeta la cola con dedos firmes y comienza a tensionar lentamente.
—Al principio te costará un poco mantener la fuerza mientras apuntas, pero con entrenamiento tus brazos se tonificarán. Pon la mirada en el punto en el que deseas que la flecha se clave, no mires nada más.
Margot siente la presión picoteando su antebrazo. Frunce el ceño y se concentra en las dos flechas que ya están clavadas en el tronco. Eleva ligeramente el astil y lo libera. El trayecto muere a escasos pasos, abocando la flecha hacia la hojarasca. Margot chasquea la lengua con irritación.
—He hecho todo lo que me has recomendado —se queja.
—Has elevado demasiado el disparo y además ha faltado tensión —resalta.
—Si me entretengo en apuntar, mi brazo se cansa —justifica ella con el ceño fruncido.
Takeshi asiente quedo y se cruza de brazos.
—Repítelo hasta que sientas que no puedes levantar el brazo y no te desanimes por no acertar un solo tiro. Debes familiarizarte con cada movimiento, con el peso del arma, convertirlo en una extensión de tu propio cuerpo, y, después, solo después, podrás aspirar a acertar alguna diana.
Takeshi se gira y comienza a alejarse.
Margot observa boquiabierta su espalda.
—¿En serio vas a dejarme sola en este bosque? —lo increpa a voz en grito.
Una bandada de cornejas alza el vuelo entre batir de alas y graznidos molestos.
—No, voy a cazar, y te agradecería que no me espantaras las presas.
—Puede atacarme cualquier... bicho, en tu ausencia.
—Te bastará con gritar para alejarlos.
—Eres odioso.
—En tal caso, debe alegrarte que te deje sola.
Margot gruñe, bufa y lo maldice en silencio. Takeshi se vuelve hacia ella y le sonríe con suficiencia. Ella se agacha y le lanza un guijarro que no alcanza su objetivo.
—La puntería no es tu fuerte —masculla divertido.
Reanuda su camino y se interna en la espesura.
—Voy a demostrar a ese necio de lo que es capaz una inglesa tozuda —murmura para sí.
Una y otra vez, carga el arco, apunta y dispara.
Herida en su orgullo, ignora el cansancio y continúa la práctica sin descanso impelida por las monsergas de su madre, que bullen en su mente acicateando su determinación.
«No, madre —se repite mientras monta cada flecha—, no solo sirvo para adornar una silla, para concebir bebés, para aporrear un pianoforte, para bordar en un bastidor, para recitar poemas que animan al suicidio, para leer aventuras que nunca podré vivir, para asentir como un borrego recién destetado y para elegir telas en la sastrería.
Soy capaz de muchas cosas y pienso demostrármelo. »
Imbuida en sus reflexiones, no percibe el murmullo de unos pasos acercándose. La descubre de soslayo. Una figura esquiva se asoma tras el tronco de un árbol; tras ella, un niño pequeño la observa curiosa.
Es una mujer madura que la mira con gesto torvo y mirada recelosa.
— Gōdatsusha! —pronuncia con evidente desprecio.
Aturdida, Margot alza la mano a modo de saludo y compone una sonrisa afable.
Intenta dar un paso en su dirección, pero la mujer toma al niño de la mano y ambos desaparecen entre frondosos helechos.
Prosigue con el entrenamiento, cada vez más alentada con los avances.
La última flecha reposa indolente en la base del tronco.
Al menos ha conseguido el suficiente impulso para llegar al objetivo.
Le duele el brazo, el hombro y el cuello, pero no piensa detenerse.
Camina para recoger las saetas fallidas.
Las va colocando una a una en la aljaba y vuelve hacia el punto de partida.
De repente, una piedra impacta en el centro de su espalda.
Trastabilla hacia delante y cae de rodillas sin aliento.
Se gira consternada y dolorida. No descubre a su agresor. De inmediato, piensa en la mujer que la estaba observando y se pone en pie alerta. ¿Y si no está sola? ¿Y si son salteadores?
Sin dudarlo, comienza a llamar a Takeshi pidiendo ayuda.
Ante su asombro, él no tarda en acudir en su auxilio.
—Me han atacado —anuncia jadeante.
Takeshi se pone en guardia, desenvaina un pequeño puñal y mira en derredor.
—Ponte tras de mí —aconseja.
Cuando comprueba que nadie se va a lanzar contra ellos, se gira hacia Margot con gesto preocupado.
—¿Qué ha pasado?
—Apareció una mujer y me dijo algo en tu idioma, iba acompañada de un niño, no parecía muy contenta de verme; luego desapareció, pero cuando me di la vuelta alguien me lanzó una piedra y me derribó. He supuesto que era ella, pero no puedo saberlo.
—Mis compatriotas son muy recelosos con los gaijin , no sois bienvenidos por estos lares —se disculpa.
—¿ Gaijin ?
—Forasteros.
—Entiendo, pero una cosa es que desconfíen de los extraños y otra muy distinta que los ataquen.
—No es lo habitual —reconoce—, debe de ser alguien que no está muy cuerdo. Por cierto, ¿podrías reproducir lo que te ha dicho?