Escena 5
Para alguien preparado no existe el peligro
Llegan a los dominios del clan Ikeda bien entrada la tarde.
Las mujeres admiran la encantadora simpleza en las construcciones.
Pequeñas casas de madera con paneles deslizantes y un modesto porche exterior, comunicadas por senderos enlosados ribeteados de musgo.
Más allá se alza un pequeño aljibe, un huerto y lo que parece una capilla abierta.
Un riachuelo circunda el poblado, cascabelea alborozado entre las rocas que sobresalen, imbuyendo más placidez al paraje.
Varios cerezos se mecen en el abrazo de una brisa amable, sus hojas se arremolinan en el camino, como notas de color moteando un fondo gris.
La comitiva despierta el recelo entre las gentes con las que se cruzan.
Varios niños corren a anunciar su llegada.
Los murmullos se suceden y la curiosidad aumenta.
No tardan en ser interceptados por tres hombres de mirada huraña y pose defensiva.
El mayor lleva un curioso sombrero de paja con forma de cono atado bajo el mentón.
Los otros, más jóvenes, tienen sus diestras apoyadas en las empuñaduras de unas espadas largas encajadas en una especie de funda de madera lustrada.
—Hiroshi-senséi —saluda Takeshi.
Se inclina en una acentuada reverencia y, cuando se incorpora, el hombre agranda su mirada, impactado por la identidad del visitante.
Al cabo, su gesto se torna apesadumbrado. En aquel silencio, cargado de emociones, ambos parecen conversar con un entendimiento que evidencia la estrecha relación que los une. Pero no se estrechan la mano ni expresan de ningún modo físico la afectación que muestran en el reencuentro.
—Takeshi-sama —pronuncia respetuoso el anciano—. No esperaba volver a verte, y menos en tan extraña compañía. —A sus rasgados ojos asoma un profundo regocijo.
—Me fui siempre con la esperanza de regresar, pero con un plan muy diferente.
Su antiguo maestro asiente. Su rostro añoso se ensombrece. Acto seguido derrama su aguda mirada por el resto de la comitiva con gesto escrutador.
—Esos gaijin que te acompañan no tienen pinta de guerreros, si lo que buscas es justicia.
De repente, en su faz aparece un brillo reconocedor al reparar en Liam.
—Al menos cuentas con el coraje de uno de tus mejores aliados —murmura congratulado.
Liam se inclina mostrando su respeto.
—Un honor estar en su presencia de nuevo —saluda—. Aunque otra vez sea la fatalidad la que nos lleva a encontrarnos.
—Es en la adversidad cuando mejores lazos se forjan.
—Maestro, me presento a su puerta para pedirle hospitalidad y protección, con la humildad de quien no tiene nada que ofrecer a cambio.
—Soy yo el que está en deuda contigo, así que mi hogar es el tuyo.
El viejo samurái esboza una sonrisa afable y los alienta a seguirlo.
Imparte instrucciones a dos mujeres que barren el porche y sacuden esterillas de bambú contra la baranda. Ambas asienten y se adentran en el hogar.
—Tenemos una cabaña abandonada donde tus hombres se pueden alojar —espeta—. Liam y tú podéis compartir mi casa.
—Algunos no son hombres —confiesa Takeshi.
Hiroshi frunce el ceño y entrecierra suspicaz los ojos.
Dirige la vista hacia las cuatro mujeres que se han agrupado bajo el alero del porche con semblantes confusos. Liam está con ellas, explicándoles la situación.
—No entiendo —masculla el anciano desconcertado.
—Sus ropas son de hombre, pero son mujeres. Una de ellas es la esposa de Liam, las otras dos son doncellas, y la más alta es una dama inglesa que se ha fugado de casa.
El ajado rostro del samurái comienza a transfigurarse en un abanico de emociones cambiantes, desde el asombro hasta la más desazonadora consternación. Finalmente se consolida en un gesto reprobador que tensa sus facciones y endurece su mirada.
—¡Que los dioses nos protejan!
—No acudiría a ti si mi situación no fuera desesperada.
—Lo sé, Takeshi, sé lo de tu familia, y lo de tu hermana, y es fácil imaginar qué pretendes. Pero, si fracasas, ¿qué será de ellas? No sé cuántos años me quedan por vivir, pero no serán muchos.
—No fracasaré, incluso si no tengo salvación alguna, te haré llegar la cabeza de Murakama. Con ella, podrás embarcarlas en el navío de Duarte el contrabandista de regreso a Inglaterra.
Hiroshi inspira profundamente y sacude la cabeza con abatimiento.
—Mi hijo Haru es el nuevo daimio —informa, y su semblante se tensa de nuevo—.
No tardará en aparecer alguno de sus emisarios para la recaudación de impuestos, acompañado por un ejército de samuráis; temen una revuelta.
La hambruna de Tenmei todavía asola estas tierras, el escorbuto y la disentería han mermado la población.
Ha sido un invierno duro y las cosechas se han malogrado, sin embargo, el shōgun ha aumentado el diezmo y el pueblo comienza a sublevarse.
Hace una pausa, su mirada se pierde en un punto en el horizonte. Sus facciones se contraen presas de una preocupación teñida de rabia. Su mirada, en cambio, adquiere un matiz apesadumbrado.
—Lamento que las cosas no hayan mejorado en mi ausencia. —Takeshi agrava su gesto—. Y entiendo que lo que en realidad quieres decirme es que no estamos seguros aquí, y además ponemos en riesgo a los tuyos.
El anciano asiente circunspecto.
—Tengo hombres apostados en las inmediaciones de la villa, darán la voz de alarma con tiempo suficiente de poder trasladaros a las cuevas de Akiyoshi. No voy a negarte mi ayuda, Takeshi-sama, solo pretendo ponerte al corriente de los peligros que nos acechan.
—¿Sigue Raiden a tu servicio?
Por fin una tenue sonrisa rompe la frialdad de su gesto.
—Mi buen Raiden sigue a mi lado, tan fiel y leal como siempre. Ha ido a la ciudad a comprar tamahagane para el herrero, no tardará en regresar.
Tamahagane es un acero samurái de gran calidad y elevado precio.
Solo se usa para fabricar las mejores daishō y únicamente un samurái tiene la potestad para encargarlas.
Hiroshi, al igual que él mismo, es un rōnin , un samurái sin señor y sin sueldo.
Si la pobreza asola la región, se pregunta cómo puede permitirse semejante dispendio.
Hiroshi desliza los fusuma y los invita a entrar. Takeshi se descalza y se gira hacia los demás.
—Debéis dejar el calzado fuera —advierte.
—¿Por qué? —se queja Molly—. Tengo un callo como una patata con raíces, y además tengo frío y hambre y...
—Y menos conocimiento que un boniato —replica Margot resoplando.
Molly se cruza de brazos y la mira ceñuda.
—Porque es una costumbre aquí —explica Liam—. El suelo está cubierto por un tatami, esterillas de bambú, no te dolerá el callo, Molly, confía en mí.
—¿Y si me roban los zapatos?
—Nadie querrá tus zapatos —rezonga Florence con impaciencia.
—Aquí usan eso —aclara Margot señalando varios pares de zuecos de madera.
—Se llama geta y, sí, es el calzado típico —confirma Liam.
Con evidente desconfianza, la muchacha comienza a descalzarse. El resto la imita.
—¿Estos paneles son las puertas? —Molly toquetea el fino papel de arroz de las cuadrículas de madera.
—Sí, se llaman fusuma , y se deslizan.
Liam los descorre con suavidad ante el asombro de la muchacha.
—Me bastaría con un dedo para echarlos abajo —calibra—. ¿Aquí no hay ladrones?
—No hay nada que robar —concluye Takeshi.
Se adentran en una sala amplia pero modesta.
Varias esterillas enrolladas se apilan en las paredes, bajo las ventanas.
En el centro hay un fogón cuadrado delimitado por listones de madera, donde un fuego crepita bajo una tetera que cuelga de un gancho.
Sobre las cenizas aún candentes reposa una marmita.
—¿Dónde están los muebles? —inquiere Florence desconcertada.
—No los hay.
—¿Y dónde comen, se sientan y duermen?
—En el suelo.
Las mujeres se miran atónitas.
Molly le da un manotazo a Florence y estalla en risotadas.
—Y luego soy yo la ingenua... Deberías verte la cara, Florence, ¡te lo has creído! El conde es muy gracioso.
Todos la miran como si hubiera perdido el juicio.
Hiroshi la observa censurador con gesto confuso. Takeshi agradece al cielo que su maestro no entienda una palabra.
—No está bien de la cabeza —alega condescendiente con intención de disculpar su comportamiento. El anciano asiente.
—Estaba hablando en serio, Molly —aclara Liam—. Los japoneses hacen su vida en el suelo. Comen sentados sobre el tatami, duermen en esas esterillas que llaman «futones» y viven de manera sencilla.
—Por Dios bendito, ¿y no se rompen la espalda? —se asombra Florence.
—Se la rompen en los arrozales y en la dura vida diaria —espeta Liam—. Son campesinos habituados a privaciones y penurias. De todos modos, cuando te acostumbras, no resulta tan incómodo.
—¿Vamos a alojarnos aquí? —pregunta Rose—. Espero que nuestra presencia no los prive de su rutina.
—Vosotras cuatro sí, nosotros nos quedaremos con los hombres en otra casa, hasta que partamos.
Takeshi le comunica la petición a Hiroshi. El anciano niega con la cabeza.
—No pueden quedarse solas aquí sin un intérprete, sin alguien que les advierta de nuestras costumbres.
Debes instalarte con ellas, yo me mudaré con Raiden.
Y cuando os vayáis, lo más aconsejable es que se queden en las cuevas, mandaré sirvientas para que les proporcionen víveres.
Es importante que os camufléis entre nosotros sin llamar demasiado la atención, esas ropas inglesas os señalan como antorchas.
Os proporcionaremos vestimenta de campesinos y alertaremos a todos del peligro que supone que os descubran aquí.
Takeshi siente una punzada de culpa en el pecho.
Hiroshi advierte el malestar en su antiguo discípulo y chasquea la lengua.
—Para alguien preparado no existe el peligro.