Consecuencias de retar a un conde Escena 4
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Escena 4

Lealtad forjada a fuego

—No puedo creer que nadie en este barco sea incapaz de ver que llevan a bordo a cuatro mujeres pésimamente disfrazadas de hombre —murmura Liam con voz pastosa, dirigiendo la mirada hacia ellas.

Están sentadas bajo la cubierta superior, con poses recatadas, masticando tiras secas de pescado ahumado con tal refinamiento que es imposible no distinguir su condición femenina.

—Para los orientales los occidentales sois todos iguales, criaturas excéntricas de ojos redondos —remeda Takeshi, tras apurar su cuenco de sake.

Liam alza el suyo y lo imita.

—¿Otra ronda? —propone.

—Ni se pregunta.

Acerca el cuenco vacío y Liam aboca la botella de barro hasta casi desbordarlo.

—¿Tienes algún plan respecto a tu hermana?

Takeshi bebe el contenido de un solo trago y asiente.

—He barajado dos alternativas. Ninguna goza de las garantías necesarias para recuperarla. Pero debo decidirme por una y, a tenor de nuestra compañía en esta ocasión, y de que nuestro brazo armado se reduce a un rōnin prófugo y a un inglés acomodado, me declino por pedir justicia al shōgun .

—Los Genji son un clan poderoso leal al shōgun —replica Liam reflexivo—. Además, te recuerdo que estás en busca y captura por alta traición al shōgun .

—La idea es ir a Edo, al palacio imperial, y entregarme a cambio de reclamar justicia para mi hermana.

Liam confronta su mirada con gesto contrariado. Aquella firme resolución reverbera en su oscura mirada con la firmeza de una roca anclada al fondo del mar.

—¿Un intercambio? ¿Tu vida por su libertad?

El japonés asiente con gesto circunspecto.

—Y necesito que me concedas un último favor.

Liam suspira profundamente, su mirada se agrava y su gesto se tensa.

—Que me lleve a tu hermana Akira a Inglaterra.

Takeshi asiente con gesto sombrío.

—El favor que me pides es mucho mayor de lo que crees.

Me estás pidiendo que permita que te sacrifiques a cambio de una promesa que no sabes si se cumplirá.

Estoy solo, con tres hombres y cuatro mujeres, nada les impedirá no solo arrebatarme de nuevo a Akira, sino también ajusticiarnos a todos.

Como bien has mencionado antes, no tienes ninguna garantía de que tu muerte sea la solución, debes plantearte que quizá también implique la muerte de todos nosotros.

—No sé qué más hacer, solo sé que debo hacer algo.

Liam se sume un instante en sus cavilaciones. Su mente maquina otra alternativa que los mantenga a todos con vida.

—Rescatemos a Akira —sugiere.

—¿Nosotros solos contra todo un clan? —inquiere. Desliza su mirada hacia el grupo de mujeres y sacude la cabeza en desacuerdo—. Y, dime, ¿qué haremos con ellas?

—Dejarlas bajo la protección de Hiroshi.

Takeshi estira ligeramente las comisuras de los labios en una suerte de sonrisa cínica.

Hiroshi Ikeda, el gran maestro samurái al servicio del daimio, traicionado por su propio hijo, convertido en un mercenario descastado para poder sobrevivir. Leal amigo y compañero de batallas.

—Le salvaste la vida —recuerda Liam—, está en deuda contigo.

—¿Y cómo demonios vamos a infiltrarnos en territorio Genji para rescatar a Akira?

—Convirtiéndonos en shinobi —responde él—. No sería la primera vez.

—Si te refieres a aquella incursión la noche que nos emborrachamos, dista mucho de lo que hacen los shinobi .

Takeshi inspira hondo, en su mente se reconfigura un nuevo plan, más sensato, más lejos de ese honor extremo que exige de sacrificios humanos para compensar una situación.

En su mundo, los códigos de honor son la guía vital por la que transitar, a no ser que quieras convertirte en un paria, en un proscrito, pero a él ya lo habían convertido en eso.

A su regreso quiso convencerse de que podría revertir su condición y reparar su honor en favor de su familia.

Su intención era conseguir una prueba lo suficientemente sólida para poder pedir justicia al shōgun y explicar que había huido víctima de la más infame de las traiciones.

No obstante, la situación ahora era mucho más delicada y urgente.

Liam lleva razón, no hay tiempo que perder ni confianza que depositar en el joven e impetuoso shōgun .

Fija la vista en Liam, que aguarda su decisión impaciente, y finalmente asiente.

—Liam, la situación ha virado de una manera trágica, asumo que tu plan es el único factible, aunque no deja de ser temerario y quizá suicida.

Por eso, no puedo permitir que me acompañes.

Rose no me lo perdonaría, ni creo que yo pudiera perdonármelo en caso de que no regresaras.

Te quedarás con ellas en el hogar de los Ikeda.

Le pediré a Hiroshi que me acompañe en esta última misión.

Y si tenemos éxito regresaréis a Inglaterra con Akira.

Liam emite un gruñido discordante.

—¿Y por qué no vuelves con nosotros?

—Porque debo limpiar el nombre de mi familia. Porque mi deber como primogénito de los Mōri es restablecer el honor mancillado por la codicia y la maldad.

—Déjame que recapitule. —En el tono de Liam rezuma su malhumor—. Me estás pidiendo que no te ayude a rescatar a tu hermana, que la instale en Inglaterra y vele por ella y que, además, te deje aquí para que mueras con honor. Si la aritmética no me falla, eso son tres favores.

Takeshi guarda silencio ratificando así las palabras de su amigo.

—Solo pienso concederte un favor como me has pedido, pero seré yo el que lo elija —decide Liam con gesto resuelto—.

Y ya te adelanto que liberaremos juntos a Akira, y mi decisión es irrevocable.

Rose me conoce y no sería el hombre que ella ama si me cruzara de brazos mientras mi más fiel amigo se enfrenta solo a la muerte.

—Ya me salvaste la vida una vez. Y el plan inicial era regresar para terminar lo que dejamos a medias, no arriesgar tu vida y, menos, la de ellas.

—Los planes son como el océano, se rigen por el clima. Respecto a salvarte la vida, volvería a hacerlo mil veces más, como tú a mí dado el caso.

Sus miradas se entrelazan en un poderoso vínculo de lealtad forjado a fuego tras compartir tantas vivencias amargas.

—De acuerdo —claudica con semblante afectado—, juntos de nuevo en la adversidad.

—Ardo en deseos de ver la cara de Hiroshi cuando aparezcamos con ellas, ya sabes lo que piensa de las mujeres —aduce Liam con una sonrisa.

—Es bastante probable que nos eche a puntapiés de sus dominios.

Ambos sonríen imaginando al viejo general despotricando contra ellos.

Avistan la costa entre retazos de bruma deshilachada. El sol comienza a declinar sobre el horizonte, alargando las sombras de los mástiles y el velamen sobre la masa de agua que los envuelve en un abrazo meloso.

Arriban a tierra firme cuando el arrebol del ocaso tiñe los relieves con un refulgente matiz de cobre bruñido. La prieta vegetación de la orilla deja entrever un sendero serpenteante que coletea travieso entre un alto bambusal.

Duarte se acerca a ellos.

—Cada dos semanas arribamos a esta ensenada para esconder mercancía. Si necesitáis subir de nuevo a bordo, seréis bien recibidos si a cambio traéis la cabeza de Murakama como pago.

—Esa cabeza satisfaría muchas deudas —asegura Takeshi.

Duarte se inclina a modo de despedida.

—Mis hombres os acercarán a la orilla, que el dios Shinigami os ayude en esa empresa.

Sí, precisaba la ayuda del dios de la muerte para completar con éxito su venganza. Murakama debía pagar con su vida las atrocidades cometidas.

* * *

Duarte tiene la deferencia de aprovisionarlos con víveres para unos días. También los provee de ropa de abrigo, varios cuchillos y un arco con una aljaba repleta de saetas afiladas. Sabe que aquellos favores, antes o después, serán reclamados.

Cuando llegan a tierra, Takeshi corta varias cañas de bambú a modo de bastones y los entrega a las mujeres.

—Tendremos que recorrer travesías complicadas, en esta zona la vegetación es abundante y a menudo traicionera —explica mientras los reparte.

—¿No podemos contratar un carruaje? —se queja Molly—. Porque aquí hay carruajes, ¿verdad?

—Y caballos y personas y... mordazas —responde Florence admonitoria.

Takeshi mira a Liam y este asiente. Toma aire y se detiene frente al grupo.

—No podemos transitar las vías principales porque soy un proscrito y en este momento nadie debe saber que he regresado.

La situación ha cambiado y se ha tornado más delicada, por tanto, el plan inicial ya no es el mismo.

Debemos llegar a la provincia de Sūo, a dos jornadas de viaje de aquí.

Allí os alojaréis en la aldea de Mine, en casa de un viejo amigo, mientras Liam y yo ultimamos unos negocios que dejamos a medias.

Luego regresaremos a Inglaterra para seguir con nuestras vidas.

Le sorprende no encontrar reticencia alguna.

Emprenden la marcha entre un bosque de cañas enhiestas, que sortean en fila. Takeshi va delante guiando al grupo. Liam camina al final, cerrando la retaguardia, tan alerta como él. Avanzan en silencio a buen ritmo mientras las sombras los acechan insidiosas.

Tras atravesarlo llegan a un claro rodeado por un robledal. Takeshi se detiene y examina el entorno en busca de refugio. Se deciden por acampar junto a un gran tronco caído. Recogen ramas y piedras y prenden una hoguera. Cobijados entre el aligustre, se agrupan para pasar la noche al sereno.

—Yo haré el primer turno de guardia —anuncia Takeshi. Carga el arco en su hombro y se apuesta a la sombra de un gran árbol, arropado por una gruesa manta.

Una figura femenina se acerca a él. Sabe de quién se trata.

—Sé lo de tu familia —comienza con algo de vacilación—. Solo quería expresarte mis condolencias.

Inclina la cabeza en ademán respetuoso y clava la mirada en la fogata.

—Regresa al hogar, el relente de la noche se te adhiere a los huesos, y procura descansar, nos queda una dura jornada de viaje a campo través.

Una mano ligera como una pluma se posa con ternura en su hombro. Observa con asombro a la hacedora de aquel gesto y siente cómo su aterido corazón se caldea ligeramente.

Sus ojos se entrelazan en una mirada llena de matices anhelantes.

Cree percibir en la mujer la contención de un deseo que pugna por liberarse.

Aguarda el final de aquel pulso interno, en el que prima la retirada.

Se gira sobre sus talones y camina hacia la hoguera.

Takeshi la sigue con la mirada intrigado por aquel acercamiento.

¿Ha despertado finalmente el interés de Margot?

¿O simplemente se está mostrando compasiva?

Sacude la cabeza alejando aquellos pensamientos.

Sea como fuere, a tenor de lo acontecido, su destino es otro y en él solo moran la venganza, la reparación y quizá la muerte.

Puede sacrificar su vida, pero nunca el corazón de una mujer.

No debe alimentar lo que palpita en su pecho y quizá, quién sabe, en el de ella.

Bien al contrario, debe apagarlo y entregarse por completo a su único objetivo.

Se arropa bajo la manta y escudriña las sombras.

A su mente acude la imagen de sus padres, de su tío y sus primos pequeños, y una puñalada abrasadora le atraviesa el pecho.

Cierra los ojos, contrae el rostro y permite que el dolor lo arrastre en un llanto silente.

Cuando era samurái, uno de los más respetados del imperio, una de las enseñanzas a los aspirantes era alejar toda emoción del filo de la espada.

Un consejo más fácil de dar que de llevar a la práctica.

Debe apartar el dolor y la rabia si quiere tener alguna oportunidad de vencer a Murakama.