Consecuencias de retar a un conde Escena 3
7%

Escena 3

Rumbo al nuevo mundo

Margot lleva el largo cabello oscuro recogido en un prieto moño que oculta bajo una gorra de grumete, viste calzones de lino, camisa y chaqueta bastante raídas, por fortuna lo suficientemente holgadas para ocultar sus formas femeninas.

Todas abrazan el mutismo para ocultar su género en la medida de lo posible.

De todas ellas, Molly es la más imprevisible.

La vigilan inquietas, para evitar que cometa algún desatino; parece que es incapaz de estarse quieta como el resto, que permanecen sentadas en el enjaretado bajo la cubierta de popa.

Pero lo que realmente preocupa a Margot es el semblante grave de Takeshi. Lo cubre un velo funesto, contrito, casi se atrevería a asegurar que dolido. Liam le susurra al oído y él asiente inexpresivo, con la mirada perdida en el horizonte.

—Creo que ha recibido una mala noticia —murmura a Rose.

—Yo también lo creo. Nunca lo había visto tan abatido.

—¿Qué demonios está haciendo?

Rose sigue la mirada de Margot y pone los ojos en blanco.

Molly, apoyada en la baranda de la cubierta de popa, saluda zalamera a uno de los marinos que maniobran con la jarcia.

—Meternos en un lío.

Florence resuella furiosa y se dirige hacia ella.

—¿Crees que la tirará por la borda? —murmura Margot.

—No merece menos —repone Rose disgustada.

Observan cómo el ama de cría asciende la escalinata trabajosamente, sus generosas hechuras se bambolean en el ascenso.

Se aproxima a la atolondrada doncella y la coge de una oreja.

La arrastra escaleras abajo entre quejidos y súplicas en tono demasiado agudo.

Varios hombres murmuran recelosos entre sí.

—Están llamando demasiado la atención —se lamenta Rose, advirtiendo las miradas curiosas de la tripulación de cubierta.

Margot se pone en pie y busca con la mirada a Takeshi. Cuando lo localiza, se acerca rauda hacia él.

—¿Cómo se dice «ballena» en japonés?

El hombre la mira con acentuada extrañeza.

—¿Por qué?

—Porque quiero saberlo —apremia impaciente.

— Kujira —responde desconcertado.

Se gira sobre sus talones, avanza hacia el centro de la nave, se apoya en la baranda, ahueca el lateral de la mano sobre su frente a modo de visera y grita a pleno pulmón:

— Kujiraaaaa!

Una horda de marinos acude en tropel en su dirección.

Uno de ellos enarbola un catalejo con el que otea el líquido horizonte.

Otros dos ascienden como monos por la escala hasta la cofa.

Una suerte de entusiasmo generalizado se extiende por toda la borda.

Un hombre de aspecto zafio y pendenciero se pone a su lado y comienza a hablarle en japonés.

Ella se limita a asentir y señala un punto al azar.

A su lado aparecen hombres pertrechados con arpones, otro desenrolla una enorme red de pesca que desprende un olor nauseabundo y el timonel aguarda paciente un nuevo rumbo.

Una campana tintinea insistente en la cubierta superior y la tripulación entera se moviliza.

Duarte emerge de su camarote con gesto contrariado. Detiene a uno de sus hombres y este la señala directamente.

Margot traga saliva. Busca a Takeshi y a Liam con la mirada. Rose la flanquea, tan tensa como ella. El japonés ya camina hacia ellas con semblante iracundo.

—Buena distracción —susurra mordaz—. Ahora, en lugar de un posible problema, tenemos uno garantizado.

—Tenía que hacer algo, las iban a descubrir —se defiende entre dientes.

Duarte se planta ante ellas.

—¿Qué has visto exactamente? —pregunta en un perfecto inglés.

—Yo... —carraspea, y agrava el tono todo lo que puede—: Una aleta muy grande.

—¿Estás seguro? No suele haber ballenas en esta época del año.

—Me lo pareció, señor.

Dos marinos le comentan algo en japonés. Duarte niega con la cabeza.

—Seguramente ha sido un efecto óptico —interviene Takeshi—. La juventud, ya sabes, es impetuosa.

Duarte le dirige una mirada reprobatoria. Sacude la cabeza y chasquea la lengua con hastío.

—Controla la impetuosidad de tus hombres, Takeshi, no tengo tiempo que perder. Ahora debo calmar los ánimos de los míos, nada los excita más que la caza.

Se retira con el ceño fruncido y el gesto huraño.

—¿Te has vuelto loca? ¿Acaso crees que esto es otro de vuestros jueguecitos en las fiestas de sociedad?

—increpa Takeshi furioso—. Nos estamos jugando la vida.

Aquí no existe esa frivolidad aburrida de los ingleses que lo reduce todo a vanos escándalos, que el único peligro al que se enfrentan es a un escarnio social estúpido o al chismorreo maledicente de alguna urraca aburrida.

Aquí, un mero tropiezo, una mirada, una palabra, un gesto puede suponerte la muerte, ¿entendido?

En la rasgada mirada del hombre reluce una furia teñida de preocupación.

—No estaba jugando —alega ella con la barbilla alzada y la mirada brillante—. Precisaba de una distracción para evitar que...

—No me valen las excusas —interrumpe irritado—, nada justifica esto. Duarte nos está ayudando, pero es peligroso, codicioso y artero. Si no os hemos mandado a la bodega es para no quitaros la vista de encima.

Margot sostiene su mirada reprobadora sin amilanarse.

—Aparta tu orgullo, muchacha, aquí solo te causará problemas —masculla grave antes de alejarse en busca de Duarte.

Liam suspira largamente y contempla a las amigas con semblante censurador, aunque su gesto no es tan áspero como el de Takeshi.

—Lo hizo para evitar que Molly se desenmascarara. No es justo que la trate así —alega Rose disgustada.

Liam chasquea la lengua y sacude paciente la cabeza.

—Lleva razón, este país dista mucho de todo cuanto conocéis. Él solo pretende que toméis conciencia sobre ello. Es su modo de intentar protegeros.

—No somos estúpidas —replica Margot disgustada—, aunque él crea que sí.

—No lo cree —lo defiende—, simplemente no quiere perder a nadie más.

Ambas lo contemplan afectadas.

—¿A quién ha perdido?

El tono de Margot revela su turbación.

—A toda su familia, padres, tíos y primos, excepto a su hermana, que está en manos de su enemigo, Murakama Genji.

—¡Santo Dios! —exclama Margot conmocionada.

Fija la mirada en la ancha espalda del japonés y nota el filo de la aflicción en su pecho. Siente el impulso de consolarlo. No obstante, no puede, ni debe rendirse a sus emociones.

—Ve con él —aduce Rose pesarosa—. No soy capaz de imaginar cómo debe sentirse.

Liam derrama sobre ella una mirada tan rebosante de ternura que, si alguien estuviera pendiente de ellos, no tendría duda alguna del profundo sentimiento que los une.

Margot presencia la contención de la que ambos hacen gala para evitar tocarse.

La tensión los embarga cargada de una necesidad casi desgarradora, hasta que él logra darse la vuelta y alejarse de ella.

—Será mejor que no nos separemos ni un instante de Molly —aconseja Rose, todavía siguiendo a Liam con mirada anhelante.

—¿Sabes? Gracias a ti me consta que el amor verdadero existe.

Rose le regala una sonrisa afable.

—Espero de corazón que, además, también lo encuentres.

Sus ojos buscan a un hombre en particular, cuando se apercibe de ello se reprende a sí misma y se acoda de nuevo en la amura, con la vista fija en el horizonte. Aun así, no puede evitar pensar en el sufrimiento de Takeshi y en cómo aliviarlo.

—¿Qué te parece si ponemos a Molly de vigía en busca de ballenas? Al menos la mantendremos ocupada.

Rose emite una risita divertida.

—Solo espero que no aviste ninguna.

—Por cierto, ¿dónde se han metido?

—Será mejor que las busquemos.

Se encaminan hacia la bodega inferior, donde se topan con una Florence ansiosa e inquieta.

—¿Dónde está Molly?

—Eso me gustaría saber, pero te aseguro que cuando la encuentre pienso arrancarle las dos orejas. Ha aprovechado el alboroto para escaparse de mí.

—¡Esa condenada cría nos traerá problemas! —aventura Margot furiosa.

—Fue un error traerla —se lamenta Florence—. Debería haberme mostrado firme cuando me pidió venir.

—Era imposible adivinar que nos encontraríamos en una situación tan delicada.

Rose inspira hondo y enfila hacia uno de los pasillos que atraviesan las entrañas de la nave, seguida por las dos mujeres.

—Será mejor que nos separemos, este barco es inmenso, y tenemos que encontrarla cuanto antes.

—¿Encontrar a quién?

Las tres se giran hacia la voz cantarina que acaba de surgir de uno de los pañoles.

—¡Por Dios, Molly, vas a acabar conmigo! —exclama Florence con la mano en el pecho.

—Estaba buscando las letrinas.

—¿Y las has encontrado?

La muchacha compone un gesto travieso y asiente mirando subrepticiamente a su alrededor.

—He encontrado algo más —confiesa en tono misterioso.

Introduce la mano en el bolsillo con intención de sacar algo; Florence le da un manotazo.

—Ni se te ocurra sacar lo que quiera que hayas cogido. Sea lo que sea, devuélvelo de inmediato —impreca el ama.

—Solo es una pipa, no creo que la echen de menos, pensé que le gustaría al conde.

Florence compone su ceño más amenazador.

—He dicho que la devuelvas, si descubren que...

Una voz gutural y estentórea atruena furiosa rebotando en los maderos del barco.

Las mujeres se envaran sobresaltadas.

Un marinero añoso sacude los brazos con ademanes apremiantes. Sus ojos, apenas dos ranuras excavadas en un rostro labrado por la edad, que el sol taladra con afilada desconfianza.

Vuelve a gritarles y ellas se aprestan a alcanzar la escalinata de forma atropellada, escapando de la ira del anciano.

—¡Por Cristo Redentor! —jadea Florence—. Si no llegamos pronto a nuestro destino, yo misma me tiraré por la borda.

—Entonces Margot podrá asegurar que ha visto una ballena —replica Molly. Suelta una risotada y se aleja a la carrera.

—¡Niña insolente! —exclama el ama ofuscada.

Sale tras ella con las manos cerradas en puños y los dientes apretados.

—Creo que ya sé quién será lanzada por la borda.

—Sí, y la lanzaré yo misma cuando la pille —barbota Rose.