Consecuencias de retar a un conde Escena 2
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Escena 2

El rōnin desterrado

Dos falúas emergen de la rotunda sombra de un inmenso buque que se mece contra la bahía. El coloso es una mole oscura recortada contra el profundo azul de un mar calmo. Una silueta aterradora, ribeteada por decenas de bocas de cañón, como los dientes afilados de una criatura abismal.

—¿Es un atakebune ? —inquiere Liam—. He leído sobre ellos, pero no esperaba que ninguno siguiera a flote.

—Ningún barco extranjero tiene permitido fondear en nuestros puertos, por eso los piratas portugueses reacondicionan esas antiguallas.

—¿Cómo sabes que son portugueses?

—Hace un par de siglos Saikaidō se convirtió en uno de los puertos comerciales portugueses más importantes del país.

Cuando intentaron implantar el cristianismo, el shōgun los expulsó, algunos permanecieron ocultos en la isla convertidos en fugitivos.

Fueron perseguidos y torturados para que renegaran de su fe.

Solo se les permitió quedarse si se convertían al sintoísmo.

Algunas familias lo hicieron, pero nunca fueron aceptadas, sus descendientes se han convertido en lo único que los dejan ser: proscritos.

—Sin embargo, tengo entendido que se han establecido comunidades de comerciantes holandeses —aduce Margot ante el regocijado asombro de Takeshi.

—Compruebo que te has interesado mucho por mi país.

—Confieso que despertaste mi curiosidad por tu cultura.

—Los holandeses dejaron su religión al margen de los negocios —responde Liam.

—¿No hay piratas nipones? —pregunta Rose.

—Por supuesto, pero se dedican a asediar las costas de China.

Los hombres intercambian una mirada cómplice, sus rostros se ensombrecen un fugaz instante. Es fácil imaginar que comparten vivencias al respecto, y no muy halagüeñas.

—Lo único que nos importa sobre ellos es si son peligrosos —ataja Florence ansiosa.

Todos dirigen la mirada hacia la mujer, que, con gesto circunspecto y los brazos cruzados bajo el pecho, aguarda con impaciencia un plan de salvación.

—Lo son —asegura Takeshi—, pero los necesitamos.

—Si son piratas querrán algo a cambio —cavila Rose—, podemos entregarles las pocas joyas que hemos rescatado del naufragio.

—Takeshi y yo negociaremos con ellos, con algo de fortuna nos llevarán a tierra firme. Una vez allí, volveremos a por vosotras.

Las mujeres se miran boquiabiertas.

—¿Vais a dejarnos aquí? —farfulla Margot ceñuda.

—Vosotras sois más valiosas que ese puñado de joyas. Si os descubren, estamos perdidos. Permaneceréis ocultas hasta nuestro regreso, los marineros os protegerán.

Liam acompaña sus palabras de un gesto determinante.

Rose oprime los labios, un rictus desaprobador tensa su faz.

Frunce el ceño y permanece un instante en silencio con gesto circunspecto.

Margot casi puede ver cómo el cerebro de su amiga se ilumina con el nacimiento de un plan alternativo.

Sonríe para sí, anticipando lo que esa mente creativa está urdiendo.

—A mi parecer, es lo más sensato —opina Florence, mirando a Rose de soslayo. Por su expresión teme alguna ocurrencia desafortunada.

—No siempre lo sensato es lo más conveniente.

Aquella aseveración arranca un resoplido del ama. Pone los ojos en blanco y sacude la cabeza.

—Niña, no estamos en la seguridad de nuestra verde Inglaterra. Estas tierras son peligrosas y como mujeres, nuestra vulnerabilidad es mayor —reprende.

—Rose, no tenemos otra opción —recuerda Liam. Se acerca a ella y la toma por los hombros—. Detesto la idea de separarme de ti, créeme que no lo haría jamás si no estuviera en riesgo tu seguridad.

—Pero es que hay otra opción, y una de la que presumo experiencia.

Liam la contempla con temerosa curiosidad.

—Ni hablar —zanja adivinando su idea.

Compone una mirada admonitoria y niega con la cabeza.

—Tenemos ropa de hombre, no diremos una palabra, pasaremos por simples grumetes, no es tan difícil.

—Secundo esa decisión —se apresura a replicar Margot con una sonrisa radiante.

—He dicho que ni hablar —repite severo.

—Por favor, sé razonable... —suplica Rose.

—No, sé razonable tú, es una completa locura y no lo voy a permitir.

—¿Y cómo lo vas a impedir, atándonos a una palmera? —reta alzando la barbilla.

Liam parece barajar la idea. Su ceño excava un surco profundo entre los ojos, el acero de su mirada anuncia la tormenta que se está librando en su interior.

—El mar es así de grande porque no menosprecia a los riachuelos —recita Takeshi ante el desconcierto de su amigo.

—No estoy para proverbios en este momento.

—Pues deberías, pero si quieres que lo adapte a la situación te diré que ninguna palmera será capaz de detenerlas. Además, puede funcionar.

—Si las descubren...

El semblante de Liam se preña de preocupación.

—Estaremos preparados —lo tranquiliza Takeshi.

Rose se abraza a su esposo y lo cubre de besos.

—Estoy dispuesta a asumir mil riesgos, pero a tu lado.

Liam la envuelve en sus brazos, claudicando a disgusto.

* * *

El sol alcanza su punto de máximo esplendor cuando descienden la arenosa loma rumbo a la playa. Liam y Takeshi caminan a trompicones, fingiendo debilidad, con semblantes desesperados y asustados, adoptando a la perfección el papel de náufragos esperanzados.

Cuando son descubiertos, los piratas los apuntan con arcabuces y sables. El líder es moreno, de cuerpo espigado y rostro huraño, de claros rasgos europeos. El resto son nipones.

Takeshi se adelanta y se pone de rodillas en actitud sumisa. Liam lo imita.

—¡Por fin los dioses nos han escuchado! —gime sobreactuado—. Llevamos semanas atrapados en esta isla. El temporal hundió nuestro barco.

La boca de un cañón presiona su frente.

—¿Estáis solos?

—No, ha sobrevivido parte de la tripulación. Están ocultos en el palmeral.

El líder asiente y posa su mirada en Liam.

—¿Quiénes sois y adónde os dirigíais?

Takeshi vacila en revelar su verdadero nombre. Al fin y al cabo, él también es un proscrito.

—Mi nombre es Takeshi Mōri, regresaba a la provincia de Sūo, hogar de mi clan, desde Inglaterra, con mi socio inglés.

—Yo soy Duarte, capitán de esa preciosidad y el contrabandista más buscado de estos lares.

Takeshi se limita a asentir.

—Así que eres un Mōri...

La mirada del portugués se amusga evidenciando un repentino interés.

—¡Isamu, acércate! —vocea con impaciencia.

Un hombre añoso encorvado y enjuto con una larga barba cana se aproxima con una ligereza inusitada. Duarte señala a Takeshi.

—¿No tenías amistad con alguien del clan Mōri?

El hombre asiente.

—¿Te resulta familiar?

—¿Cómo dice que se llama?

—Takeshi.

El anciano lo escruta con suma atención.

—¿Eres el primogénito maldito? ¿El rōnin desterrado?

Aquellos apelativos invocan de nuevo a la mente de Takeshi la ignominia sufrida por su daimio.

Asiente con gesto torvo ante los amargos recuerdos que lo asaltan.

El hombrecillo clava en él una larga mirada en la que titila un extraño paño de conmiseración. Al cabo, se inclina respetuosamente juntando las palmas de las manos.

—Mis condolencias, Takeshi, tu familia no merecía un destino tan ingrato.

—¿A qué destino se refiere?

—Hace unos meses fueron masacrados por el clan Genji.

La sangre se le paraliza en las venas. Sus latidos se desacompasan presos del impacto de aquella revelación.

Los Genji eran el clan rival de su familia desde tiempo inmemoriales, a pesar de provenir de la misma estirpe. No obstante, las rivalidades se acentuaron sanguinariamente en la gran guerra civil que culminó en la batalla de Sekigahara.

—¿Han... muerto todos?

—Todos menos tu hermana, que se ha convertido en la concubina de su líder, Murakama.

Cierra los ojos un instante. Su pecho arde con un fuego abrasador que amenaza con reducirlo a cenizas. Murakama fue el samurái que pertrechó la conspiración contra él.

Siente la cálida mano de Liam sobre su hombro, en señal de apoyo.

—¿Es el mismo Murakama que yo conozco? —interviene Duarte.

El anciano agita la cabeza afirmativamente.

—Poneos en pie —ordena—. Compartimos enemigo, así que te considero aliado.

Ambos obedecen.

Duarte los examina esta vez con más detenimiento.

—¿El inglés tiene contactos con la armada británica? —inquiere.

—No los tengo —responde Liam en japonés ante el asombro del hombre.

—Hace días que vimos pasar una fragata inglesa. No suelen merodear por estas costas, tampoco pueden fondear ni aprovisionarse en ningún punto del país. El único lugar donde pueden hacerlo es en la isla de Jeju, en el reino de Corea.

Al parecer, el padre de Margot no renuncia a recuperarla.

—Necesitamos llegar cuanto antes a Sūo —insta Takeshi, olvidando su pose suplicante.

Duarte lo encara alzando la barbilla.

—Que seamos aliados no significa que no exija un pago por el servicio.

—Hemos conseguido rescatar algunas joyas que...

—No. Comerciamos con opio, con pagar no me refiero a dinero. En los tiempos que corren es más valiosa una mano amiga en el momento oportuno.

Takeshi y Liam asienten casi al unísono.

—Apremia a tu tripulación, partimos de inmediato.