Escena 1 #2
Se pregunta hasta dónde será capaz de llegar para evitar que la lleven de vuelta a Inglaterra; la respuesta resuena tan tajante en su mente que la llena de desasosiego.
Piensa en su madre, y en la de Rose, en los destinos a los que ambas se han sometido y que las han conducido a la desgracia.
La suya se evade en el alcohol, en la lectura y en una honda pena que la consume con el pasar de los días.
Y, aun así, permite que a su hija la condenen a una vida similar.
Nunca ha podido defender sus argumentos con ella, ni tan siquiera ha obtenido un mínimo consuelo por su parte, tan solo aquella manida frase con que la despachaba cuando tocaban el tema de los desposorios: «Así es la vida, Margot, y así hay que aceptarla.
Al menos tú disfrutas del privilegio de una cuna rica; otras se matan para llevar comida a sus hogares y reciben palizas de sus esposos.
Siéntete afortunada». Y no duda de su fortuna en cuanto a su nacimiento, pero la seda de sus vestidos o los manjares de su mesa no le otorgan la libertad que cree merecer por derecho.
La libertad de trabajar, de decidir, de actuar, de hablar, de elegir.
Se arrebuja sobre el lecho de hojas de palmeras que han extendido en el suelo de la cueva y recuerda la furia que la invadió cuando leyó el famoso Contrato social de Jean-Jacques Rousseau.
Animada por conocer la obra que había incitado a la Revolución francesa con principios y fundamentos del liberalismo clásico que clamaba por una justicia social igualitaria, solo encontró un tratado aberrante sobre la inferioridad femenina y su supeditación al hombre dada su naturaleza débil y fácil de corromper.
Apretó los dientes ante algunos puntos que acudían a su memoria: «Toda la educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres.
Complacerlos, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he aquí los deberes de las mujeres en todos los tiempos y lo que se debe enseñar desde la infancia».
Lamentó la sangre derramada de todas esas mujeres francesas que lucharon por ese texto, embriagadas por una igualdad que no las incluía.
Tras aquel frustrado intento por encontrar algún ensayo en el que basar sus argumentos, algún nombre ilustre y letrado en el que respaldar su conato de rebeldía, se hizo con las memorias de Leonor de Aquitania, la biografía de Juana de Arco, las obras de Cristina de Pizán o las hazañas de María Pita.
Y en mujeres como ellas su disidencia interna encontró la paz de la razón.
A sabiendas de que nunca conseguiría una meta individual sin un apoyo colectivo.
Y eso estaba tan lejos de su alcance que su única opción era huir, dejando atrás la vida que conocía, la dorada esclavitud de una libertad engañosa.
A su alrededor, las demás mujeres duermen agotadas.
Los hombres han acampado fuera por deferencia a ellas, a la intemperie, asumiendo su rol protector.
En aquel instante, decide que quiere aprender sobre tácticas de lucha y defensa, de supervivencia.
Aunque jamás poseerá la fuerza física de un hombre, podrá suplirla con ingenio y técnica.
Cierra los ojos, pensando en que al día siguiente hará partícipe a Rose de su deseo. No duda que ella se unirá a su iniciativa.
Invoca un sueño que no llega y se impacienta con la mente bullendo de ideas descabelladas. Finalmente se rinde y sale con cautela de la cueva.
Quizá el aire fresco de la noche la ayude a despejar la cabeza.
A través de la espesura vislumbra el nácar engarzado en la espuma de las olas que mueren lánguidas en una arena azulada.
El camino de plata refulgente que la luna traza sobre la superficie del mar resulta una invitación difícil de rechazar.
La belleza de aquel paraje la cautiva. Camina hacia la playa, subyugada por el rumor del océano, el silbido del viento y un murmullo que no sabe identificar.
A su izquierda, sobre un peñón plano donde las olas restallan con más ímpetu, una silueta masculina reproduce la coreografía de una lucha a espada.
Solo que, en lugar del acero, el hombre blande una rama.
Ejecuta cada movimiento con tan precisa elegancia que más parece una danza o un ritual ceremonial. Y quizá lo sea.
Reconoce el perfil de Takeshi recortado contra el cielo y se embriaga de sus lances, retrocesos y giros. Al cabo, se sienta con las piernas abiertas cruzadas entre sí y la rama apoyada en ellas. Alza la barbilla y permanece inmóvil en actitud meditativa.
—Sé que estás ahí.
Margot da un respingo.
—¿Cómo sabías que era yo?
—Ahora lo sé.
—Muy sagaz.
Avanza hacia él y permanece en silencio contemplando la quietud del mar. La sacude un escalofrío y cruza los brazos bajo el pecho.
—Deberías volver a la cueva, esta brisa es húmeda y fría.
—Nunca hago lo que debería.
—Por eso estás donde estás —replica con un timbre reprobador en su tono.
—Tú, en cambio, cumpliendo con tu deber, has acabado en el mismo sitio que yo.
Le parece ver un leve atisbo de sonrisa en su boca. Por fin, gira el rostro hacia ella y se encoge de hombros sin perder su gesto travieso.
—El destino no deja de castigarme —se lamenta—, un naufragio, tú...
Margot le dirige un gruñido y Takeshi amplía su sonrisa.
—Quizá no fue buena idea regresar.
El gesto del hombre se ensombrece bajo la plata lunar. Su mandíbula se tensa, su mirada vuelve a perderse en el horizonte líquido.
—Te aseguro que es la peor idea que he tenido, como casi todas las de un tiempo a esta parte.
La brisa marina revuelve su cabello. Su pecho se hincha con una respiración profunda y pausada.
—¿Entonces...?
—Es mi deber.
Takeshi se pone en pie con sorprendente agilidad y salta del montículo como un gato sigiloso.
Camina hacia Margot, se quita la camisa y la acomoda sobre sus hombros.
Ella se tensa ante la íntima cercanía. El hombre se aparta unos pasos, y en ese instante repara en su pecho marcado y lampiño, en unos hombros musculados y prominentes y en un vientre cincelado en piedra.
Desvía rauda la mirada y comete el error de fijarla en su boca, carnosa y bien perfilada.
—Podría hacerte un chal rústico con algunas hojas de palma —reflexiona mientras le coloca bien la tela—, pero tardaría demasiado y estás perdiendo mucho calor corporal. Mi camisa aún conserva el mío.
Ella se arrebuja gustosa disfrutando de ese halo cálido que desprende el lino. Y siente como si él la estuviera abrazando. Aparta ese pensamiento de inmediato.
—El que va a perder el calor corporal y enfermará serás tú.
Takeshi estira una de sus comisuras en un gesto mordaz y niega con la cabeza.
—He estado desnudo en un agujero el tiempo suficiente para asegurar que el frío y el hambre no pueden conmigo.
—¿Y qué puede contigo?
—Un hombre sabio nunca desvela sus puntos débiles.
—Con saber que los tienes...
Se ríe en una carcajada ligera que cascabelea fundiéndose con el rumor de las olas.
—¿Qué estabas haciendo en esa roca?
—Estaba entrenando el kata Kushanku .
Margot arruga el ceño y enarca una ceja inquisitiva.
—Digamos que es algo así como ensayar los pasos de un baile.
—Parece que sientes fijación por toda clase de bailes —aduce con diversión.
El hombre asiente y se encoge de hombros.
—No se me dan mal.
—Acabo de comprobarlo.
Sus ojos se engarzan en una mirada intensa.
La escasa distancia que los separa parece crepitar entre ellos.
Margot siente un cosquilleo en la piel, extraño, desconcertante, vibrante.
Se dejan envolver por un silencio tan incómodo como elocuente.
Ella se sorprende admirando la boca plena del hombre, de labios definidos y tersos, y se pregunta cómo la sentiría contra la suya.
Sacude la cabeza y aleja esos desazonadores pensamientos.
—Quiero aprender —confiesa.
Takeshi alza las cejas con sorpresa. Acto seguido frunce el ceño y la observa con creciente curiosidad.
—No se trata de imitar movimientos —explica condescendiente—, sino de adoptar una filosofía de vida, un arte ancestral, un código ético y moral, una forma de ver el mundo a través de técnicas diversas.
Se trata de despertar tu espíritu de lucha, conectar con tu esencia, rendir culto a los elementos y descubrir que el autocontrol en la contención otorga incluso más poder cuando se libera el ataque.
—No he entendido nada, pero quiero que me enseñes.
Takeshi asiente. Inspira hondo y desvía su atención hacia la orilla.
—Antes debes merecerlo. Es un arte peligroso, custodiado por solo tres senséis en todo el mundo y reservado para los elegidos.
—¿Y qué debo hacer para ello?
—Esperar..
—¿A qué?
—A ser elegida. —Enarbola un gesto impaciente ante lo que él considera una obviedad.
Margot frunce el ceño y le regala un mohín resentido.
—Pero ¿qué demonios hay que hacer para ser elegida? —insiste irritada.
—Esperar.
Lo fulmina con la mirada indagando en su hierática expresión, intentando discernir si se está burlando de ella.
Takeshi finalmente libera una sonrisa divertida.
—Eres un ser odioso.
—Quizá por eso nos entendemos —murmura él.
Ella suspira hondo y se adelanta rumbo a la cueva.
—Ninguna mujer será nunca elegida —se lamenta en apenas un hilo de voz.
Takeshi avanza hacia su posición y camina a su lado. Se adentran en la espesura en silencio. Margot vislumbra el refugio y acelera el paso. Takeshi alarga el brazo y apresa su muñeca, frenándola en seco.
—Si lo que deseas es aprender a luchar, puedes elegirme a mí como tu instructor.
A pesar de la oscuridad reinante, Margot descubre una mirada sincera en el samurái.
—Te elijo.