Consecuencias de retar a un conde
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Escena 1
Bendito trastorno
Entreabre los ojos.
Le escuecen.
Una luz cegadora los apuñala con destellos intermitentes.
Vuelve a cerrarlos, aunque la curiosidad punza casi tanto como el sol que picotea hambriento en su piel.
Siente un regusto salobre en los labios, una brisa amable perfumada de salitre y humedad acaricia su rostro.
Al armónico susurro de olas cercanas y el graznido de gaviotas alborotadas se les suma una respiración profunda: es cuando se percata de que está siendo arropada por un pecho cálido y reconfortante.
Se obliga a abrir los ojos de nuevo, para toparse con la mirada rasgada de unos ojos oscuros y curiosos.
—¿Dónde... estoy? —Su voz suena bronca y áspera, apenas reconocible.
—No estoy muy seguro. Solo sé dónde deberías estar: en un mullido sillón inglés pensando en nuevas formas de espantar pretendientes.
Margot frunce el ceño y lo observa con disgusto.
—Apártate, me estás mojando.
Takeshi pone los ojos en blanco.
—No más que tú a mí —barbota soltándola—. Por si no lo has notado, somos supervivientes de un naufragio.
La realidad la sacude con contundencia. Siente una opresión en el pecho, el miedo atenaza su garganta.
Derrama una mirada ansiosa a su alrededor en busca de Rose.
En aquella playa de sonrisa amable, de turquesas aguas y arena fina, punteada de restos de maderos, lonas y cuerdas, de sacos, cofres y cuerpos laxos, el pánico la constriñe al no vislumbrar una familiar silueta femenina.
Se pone en pie, trémula y pálida.
Ya abre la boca para gritar su nombre cuando Takeshi la coge de los hombros y la gira hacia un punto concreto.
—Está sana y salva.
Bajo la serrada sombra de una palmera que se inclina sedienta hacia la orilla, un hombre acuna a una joven mientras le aparta guedejas adheridas a las mejillas con tal mimo que ese simple gesto la conmueve.
Junto a ellos, la buena de Florence se encuentra recostada contra otra palmera, desmadejada y sofocada, abanicándose con la mano.
Un grupo de tres marineros se apiñan junto a la orilla, oteando el océano.
Camina hacia ellos trastabillando hasta caer de rodillas frente a Rose.
—Estás horrible, ¿lo sabías?
Rose dibuja en su rostro una sonrisa amplia.
—En cambio, tú sigues igual de encantadora.
Margot se lanza sobre ella y se funden en un largo abrazo.
A su lado emerge sobre la arena la sombra alargada de una silueta masculina.
—Por favor, Rose, ¿puedes pedirle que deje de seguirme?
—No seas tan vanidosa, ni como única dama disponible en esta isla me interesas, solo quiero hablar con Liam.
—Por fin una buena noticia —rezonga ella arrugando la nariz.
Liam inspira hondo y se pone en pie.
—A pesar de que todavía no me he librado de la angustia de haber estado a punto de perderte —comienza con mirada inquisitiva—, te aconsejo que vayas pensando en una buena explicación para justificar la presencia de Margot aquí —reprende severo, aunque en su rostro permanece el gesto afectado.
—La explicación puedo dártela yo —interfiere Margot—, y es que Rose me quiere y ha demostrado ser la mejor amiga del mundo.
—Eso es cierto, están tan unidas que ni un tifón ha podido separarlas —masculla Takeshi con sorna.
Margot le dedica una mueca irritada.
Liam compone un ceño confuso. Las mira alternativamente con expresión suspicaz y niega con la cabeza.
—¿Y esa demostración de amistad se debe a...?
—A que su padre la iba a desposar con sir George Martin, almirante de la Royal Navy —aclara Rose.
—Apuesto a que no baila tan bien como yo —bromea Takeshi.
—Liam, ¿tendrías la amabilidad de pedirle a tu amigo que no se burle de algo tan serio? —pide Margot disgustada.
—No te burles de algo tan serio, amigo —repite irónico.
—¡Liam! —increpa Rose.
—Lo realmente serio en este preciso instante es averiguar dónde demonios estamos —replica él sacudiéndose los pantalones.
Takeshi oprime los labios en una mueca preocupada. Su anguloso rostro se tensa mientras medita la posible ubicación.
Su oscuro cabello lacio se agrupa en mechones terrosos, sus ropas mojadas dibujan las duras líneas de su cuerpo y su gesto adquiere un velo grave.
—Creo que estamos en la provincia de Saikaidō, una cadena de islas volcánicas al sur de Japón, pero no podría asegurar en cuál. Por los arrecifes en los que hemos encallado y esos titanes graníticos que puntean el litoral me atrevería a decir que nos encontramos en la costa de Nichinan.
—¿Qué clan gobierna en Saikaidō?
Takeshi clava una mirada preocupada en Liam.
—Ninguno. Las islas del sureste son un nido de piratas y contrabandistas sin escrúpulos, la mayoría portugueses, algunos británicos y franceses.
Liam asiente, su ceño se acentúa.
—Será mejor que busquemos supervivientes y víveres, y nos ocultemos entre la maleza mientras ideamos un modo de salir de aquí.
—¡Molly! —exclama Margot de repente.
Se pone en pie de golpe y derrama la vista por la playa con gesto angustiado al descubrir que la joven doncella no está entre ellos.
—¿Se lo dices tú o se lo digo yo?
Takeshi dibuja una sonrisa divertida.
—Para ser mi primer naufragio, está resultando de lo más entretenido. Haz los honores, yo he prometido no entrometerme en sus cosas serias.
Margot los mira con irritada impaciencia.
—¿Y ahora qué he hecho? —rezonga la aludida con gesto contrariado emergiendo de entre los matorrales—. No puede una ni hacer sus necesidades tranquila.
Margot se vuelve hacia ella y resopla aliviada.
—Por Dios bendito, estamos todos bien.
—No todos, por desgracia —apunta Takeshi. Con la cabeza hace un gesto hacia los cuerpos de tres marineros ahogados encallados en la arena de la orilla.
Las mujeres se santiguan con gesto compungido.
—¿Y el resto de la tripulación?
—Hay muchos islotes diseminados en torno a los arrecifes, quizá han podido llegar a alguno de ellos —responde el japonés—, o eso espero al menos.
—Debemos ponernos en marcha —apremia Liam—, hemos de recorrer la playa en busca de cofres, sacos, toneles, lonas, cuerdas, maderos, lo que sea. Vosotras, por amor de Dios, no os alejéis mucho, es una región peligrosa.
Se dividen en parejas para recorrer el litoral.
Margot se enlaza al brazo de Rose. Esta le dedica una mirada afectuosa que logra apartar el frío que el miedo y la incertidumbre han instalado en su pecho.
Se ha comportado de una manera ridículamente estúpida con Takeshi, quizá porque continuar siendo desagradable con él la ayuda a aferrarse a una normalidad que ya no existe.
Acaban de salvar la vida, se encuentran atrapados en una isla inhóspita, en un país extraño, a merced de piratas y desalmados, pero continúan juntos, la gente que más le importa en aquel momento sigue con vida y a su lado, y solo eso ya es suficiente motivo para sentirse agradecida.
—¿Sigues creyendo que fugarte ha sido una buena idea?
En la expresión de Rose reluce un atisbo culpable. Margot presiona el antebrazo de su amiga con cariño.
—Prefiero arriesgar la vida a perderla en una existencia impuesta y vacía.
La mirada clara de Rose se humedece, a su gesto asoma un profundo afecto y un brillo admirado.
—A veces me pregunto si no padeceremos realmente de algún trastorno que nos diferencia del resto.
Margot estira las comisuras de sus labios en una sonrisa cómplice.
—Bendito trastorno, tenga el nombre que tenga —afirma con orgullo.
Recogen palos, cuerdas y retazos de lona, cualquier cosa que pueda serles de utilidad. Los hombres se han organizado en cuadrillas para hacer arribar a la playa los toneles que flotan a la deriva. Florence y Molly clasifican los enseres que les van llegando en función de su uso.
Fija la atención en Takeshi, su aspecto desaliñado contrasta con la gravedad de su rostro.
No deja de otear el horizonte con gesto sombrío.
Es el único que conoce el lugar y los peligros reales a los que se enfrentan, quizá por eso se está obrando un cambio en él, como si su innato liderazgo, el conocimiento y sus raíces comenzaran a despertar a través de cada poro de su piel.
Forman una cadena para aligerar el transporte ante el apremio de Liam y Takeshi. Ambos se muestran inquietos y desazonados.
El ocaso tiñe de cobre el océano. Añiles, rosados y ocres se funden en el cielo como pinceladas erráticas de un pintor caprichoso. Las sombras se alargan y la marea comienza a beberse la orilla.
Retroceden hacia una enmarañada cueva formada por piedras y raíces.
En la entrada colocan una lona para aislarlos del frío.
En uno de los toneles encuentran carne ahumada y pescado en salazón, algunas galletas rotas y queso curado.
No deben encender una hoguera ni dejar a la vista nada del naufragio.
Esconden los cuerpos de los marinos muertos y limpian todo rastro humano de la playa.
Cualquier indicio de su presencia allí sería un peligroso reclamo para los contrabandistas que infestan las islas.
Se establecen turnos de guardia y se trazan planes para salir de allí. Pero lo que Margot más teme es divisar una fragata de la armada británica.