CAPÍTULO 20 #2
Le había oído mencionar ese término alguna que otra vez, aunque nunca lo había tomado como otra cosa que una forma de referirse a ella como una compañera de trabajo, ahora, sin embargo… Su mirada sugería algo muy distinto.
—Contigo tengo… un vínculo especial, Maggie. Algo que no siempre sucede. Ese es el motivo por el que puedo alcanzar tu mente.
—¿Un vínculo… especial? —Vale, eso sonaba bastante íntimo.
—Cuanto más tiempo paso contigo, cuanto más te conozco y sé cómo eres…
—mencionó, deteniéndose un instante para lamerse los labios, como si necesitase dar con las palabras exactas.
Y él, nada menos, que nunca tenía esa clase de problemas—.
Ese vínculo crece y me permite estar tan cerca de ti como puedo estarlo siendo lo que soy.
Una explicación un tanto ambigua, pero era mucho mejor que no tener la menor idea del motivo por el que él… siempre parecía sentirle cerca, aun si no estaba junto a ella.
—¿Hay algo sobre ti, sobre lo que eres, que no puedes decirme?
Enarcó una ceja ante aquella nueva pregunta.
—Si no pudiese decírtelo, ¿para qué hablaría de ello?
Ella hizo una mueca y se encogió de hombros.
—Era más bien en plan: «Tengo un secreto turbio. Me gusta comerme a las personas». O algo de la misma importancia.
Ben esbozó una lenta sonrisa.
—No me gusta la carne cruda y no tengo por costumbre ir por ahí comiéndome a la gente.
—Pero te da lo mismo meterte con osos el doble de tu tamaño, ¿eh?
—Esa osa no tendría que estar allí, ni tampoco el otro oso —admitió con un profundo suspiro—.
No quería lastimarla y tampoco podía permitir que te hiciese daño.
Por lo general, suelen asustarse al olfatear a nuestros tigres y retroceden, mas acaban de salir de la hibernación.
Lo más probable es que tuviesen hambre y por eso se desviaron de su ruta habitual.
—¿Han vuelto a haber más avistamientos?
Negó con la cabeza.
—Han encontrado comida río arriba, donde deberían haber ido para empezar —le confirmó, entonces añadió—. Aunque sí hemos encontrado una pareja de castores que se han empeñado en hacer una nueva presa en el sitio más inconveniente de todos.
—Ponles las esposas de inmediato, guardabosques, no sea que cometan un crimen atroz —se burló ella, llevándose la copa de vino a los labios y dándole un sorbo—. Um. Este está bueno. ¿De dónde lo has sacado?
— Um. Eso es un secreto.
—¿No eras tú el que decía no tener secretos?
— Secretos turbios , de esos no tengo ninguno.
—Pero de los otros sí, ¿eh? —chistó.
—¿No los tenemos todos?
—No. Me temo que yo no tengo ninguno —admitió, pensando en ello—. Supongo que no tengo nada importante que guardar.
—Tengo que corregirte, Maggie. Ahora sí tienes uno y es el más importante de todos, uno que necesito que guardes… —le aseguró, mirándola a los ojos.
—Oh. ¡Oh! No, no, no. —Dejó la copa sobre la mesa auxiliar y se volvió hacia él—.
Ese secreto. Sí. Por supuesto. No voy a decirle nada a nadie de ti y los chicos.
Ni de los tygrain . A ver, lo más probable es que acabase en una institución psiquiátrica si empiezo a contarle a la gente que mi novio es un tigre…
además de en la cama, así que… Bueno, ya me entiendes.
Quiero decir que no revelaría ese secreto jamás.
Para cuando terminó de farfullar, Ben tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—Lo sé, Maggie. Sé que lo harás —aseguró risueño.
—Te estabas burlando de mí, ¿no es así?
—Puede que un poquito —admitió.
—Benjamin Savage, eres… eres…
—¿Sí? —Dejó la copa también en la mesa auxiliar, para girarse hacia ella y prestarle toda su atención.
—Alguien exasperante… —concluyó con un resoplido. Pero también alguien que se había colado bajo su piel y en su corazón con una facilidad pasmosa—. Un poquito.
—¿Solo un poquito? —Se acercó a ella, acortando la distancia entre los dos en ese sofá.
—Tienes otras cualidades que lo compensan.
—¿Cómo cuáles?
—Se te da bien trabajar la madera…
—¿Y qué más?
—Haces un café de escándalo…
—¿Solo eso, Maggie? —preguntó con tono inocente, recostándola sobre el sofá, cubriéndola a continuación con su propio cuerpo.
—Tengo una más… —susurró, llevando las palmas contra su pecho, jugando con los botones de su camisa.
—Sorpréndeme.
—Se te da de lujo besarme.
Y, como no podía ser de otra manera, él corroboró sus palabras tomando posesión de su boca y demostrándole que no solo se le daba de lujo, sino que también era capaz de volarle la cabeza con un beso.
El beso no fue más que el principio. Ese hombre tenía una habilidad especial para ponerla caliente y quitarle la ropa, todo ello en tiempo récord. Y no es que se quejase, Dios sabía que disfrutaba inmensamente de esos momentos íntimos entre los dos.
Ben era fogoso y también atento. No era como esos amantes que miraban más por su propio placer que por el de su pareja. Tenía un borde posesivo, casi peligroso, pero eso también tenía su encanto, sobre todo porque lo reservaba solo para la cama.
El sofá se convirtió en su patio de juegos, se entregaron el uno al otro con hambre, con esa necesidad desbordante que parecía alcanzarles en el mismo instante en que sus cuerpos se tocaban.
Y solo cuando la lujuria inicial quedó saciada, se trasladaron al dormitorio, siguiendo con aquellos deliciosos juegos de un modo más tranquilo e íntimo.
Una noche más en sus brazos que sabía atesoraría para siempre.