Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

—No ha sido un completo desastre, ¿verdad?

Maggie se volvió a mirarle cuando las luces de los dos coches de los chicos desaparecieron en la noche.

—¿Desastre? —Ben la miró sorprendido, entonces sonrió—. Cariño, les has llenado la tripa… Y me incluyo en el paquete. La carne estaba excelente, en su punto justo, las cervezas frías e incluso has hecho que Eli se abra… Si eso no es un broche de oro para tu primera barbacoa, no sé qué puede serlo.

Y esas eran justo las palabras que necesitaba escuchar.

Nunca había sido de las mujeres que dudaban de sí mismas, pero tampoco se había encontrado nunca teniendo que alimentar a cuatro hombres con un apetito felino. Desde luego, no sabía dónde metían todo lo que comían, porque todos ellos tenían unos cuerpos atléticos y sin exceso de grasa.

Hoy había sido un día distinto, no solo porque habían desterrado para siempre el arcoíris psicodélico, sino porque se había sentido… en casa. Y era una sensación de lo más agradable.

—Solo puedo darte las gracias por acogerlos de esa manera —añadió él, sincero—. Ellos son mi familia aquí, en Old Green, así que… gracias.

Sacudió la cabeza.

—Son unos tíos estupendos —le aseguró. Y lo decía en serio.

En estos últimos días había tenido tiempo de conocerlos un poco y le caían bien.

Eran hombres sinceros, que decían lo que sentían y no se andaban con subterfugios.

Además, se notaba la camaradería que había entre ellos y cómo todos arropaban a Ben—.

Pero la próxima barbacoa, la hacéis vosotros, ¿vale? Yo compro la carne y vosotros cocináis.

Se rio en voz baja y asintió.

—Dalo por hecho.

Echó un vistazo a la cabaña principal, a la entrada independiente y sonrió también. No veía la hora de que la obra se terminase y pudiese deshacerse de la entrada interior. Así podría mantener separados el trabajo de su hogar… uno que le había ofrecido también a él.

No tenía caso negar lo evidente, sobre todo cuando ambos pasaban más tiempo aquí que en cualquier otro lado. Quizá algunos lo viesen como algo demasiado… inmediato, pero esto era lo que quería, lo que realmente quería, así que… ¿Por qué no?

Se desperezó, rotando los hombros y estirándose, liberando un poco de la tensión y el nerviosismo porque todo hubiese salido bien.

—¿Puedo ser un poquito caprichosa y pedirte que después me des un masaje? —preguntó, mirándole de soslayo.

—¿Caprichosa? ¿Tú? —Ben bufó—. Si esos son tus caprichos, cariño, estaré más que feliz de cumplir cada uno de ellos.

—Eres demasiado bueno para ser real —le dijo, dándole unas palmaditas en el brazo—. Pero lo eres. Muy real.

En cualquiera de sus dos encarnaciones. Aquel asunto todavía era complicado para ella. Al menos ya no se comía la cabeza intentando encontrar una explicación lógica, ahora solo confeccionaba listas y más listas de preguntas, algunas de las cuales todavía no tenían respuesta.

Tenía que admitir que Benjamin tenía la paciencia de un santo, sobre todo para responder a todo lo que le había preguntado hasta el momento. Pero al hacerlo, también le había permitido entenderle mejor, comprender quién era él en realidad.

Ahora sabía que su padre era como él y su madre era humana.

Un matrimonio feliz, que seguía comportándose como dos adolescentes enamorados a pesar de todo el tiempo que llevaban juntos.

No tenía hermanos ni hermanas, salvo los chicos.

Su madre había tardado tiempo en tenerle a él, así que después de su llegada, se volcaron en él.

Era hijo único y el más consentido, según sus propias palabras.

Esta última semana les había permitido abrirse un poco más, conocerse mejor.

Ella le habló de su familia, de cómo había sido su vida en Vancouver…

Hacían lo mismo que cualquier pareja que deseaba conocerse mejor, aunque en su caso incluyese también sesiones de choque con un tigre de bengala de más de trescientos kilos y una clara predilección por que le rascasen detrás de las orejas.

Sí. No podía decirse que su vida fuese aburrida. En lo más mínimo.

—¿Recogemos lo de atrás o quieres dejarlo para mañana?

Su pregunta la llevó a mirar hacia el otro lado de la cabaña. El olor de la leña quemada y el carbón se mezclaba con el de la pintura.

—Los platos y las botellas. La barbacoa ya está apagada y la mesa podemos recogerla mañana. No tiene pinta de que esta noche se ponga a llover. —Miró el cielo, completamente cuajado de estrellas—. Nunca voy a cansarme de ver esto, en serio.

Las noches despejadas en este lugar eran de otro mundo. Podría quedarse allí, mirando el cielo sin llegar a aburrirse, intentando encontrar constelaciones, nuevas estrellas…

—No tenía ni idea de lo que me estaba perdiendo hasta que llegué a Old Green —murmuró, más para sí misma que para él. Dejó escapar un suspiro y lo miró por fin. Ben la estaba observando con esa atención tan particular—. Tú recoge las botellas y yo me llevo los platos, vasos y bandejas a la cocina.

—Sí, señora.

Entre los dos terminaron pronto de recogerlo todo y llevarlo arriba.

—Esto se va mañana para reciclar. —Señaló la caja con las botellas de cerveza vacías, mientras se encaminaba al fregadero con la última remesa de vasos—. En momentos como estos echo de menos mi lavavajillas. Cuando terminemos con la entrada independiente, me traeré mis cosas…

—Entonces, la mudanza es definitiva…

Fue una pregunta casual, pero creyó escuchar cierto alivio en la voz de Ben.

—Sí —respondió con una seguridad que posiblemente no habría tenido días atrás—. Supongo que no hace falta quedarte todo un año en un lugar para saber si encajas y si este puede convertirse en tu hogar.

A ella le había llevado mucho menos tiempo del que pensaba y, en gran medida, la culpa era del hombre que se había acercado a ella, apoyando la cadera contra el mueble.

—Solo necesitas… reformar un hotel rural, conocer a un lugareño atractivo y dispuesto a trabajar gratis y…

—No he trabajado gratis, te pedí una cena, ¿recuerdas?

—… y prepararle una barbacoa a sus amigos para que te echen una mano en las tareas —concluyó ella, abriendo el grifo para empezar a lavar los platos.

—Bueno, lo de la barbacoa te lo compro… —le dijo, cogiendo un paño de la encimera y estirando la mano para recoger el primer plato después de que lo hubiese enjuagado y proceder a secarlo.

—Mi primera barbacoa y para un grupo de tygrain , nada más y nada menos —añadió en voz baja—. ¿Lo he pronunciado bien?

Asintió con la cabeza.

—Sí. —Tomó el plato que le tendía y lo secó con eficiencia y rapidez—. Ese es el término correcto para nuestra raza.

Se quedaron unos instantes en silencio, trabajando como una maquinaria bien engrasada, ella lavaba, él secaba.

—Ben…

—Dime.

—¿Por qué yo?

La pregunta pareció cogerle por sorpresa, pues se la quedó mirando.

—Quiero decir… —Se lamió los labios, pensando en la mejor manera de exponerlo—. No soy como tú, ni siquiera soy particularmente especial y…

—Para mí lo eres, mucho más de lo que piensas —aseguró, interrumpiéndola—.

No soy distinto de otros hombres, Maggie, salvo por…

mi otra naturaleza. Eres una mujer atractiva, ¿por qué no habría de fijarme en ti?

Me gustas. Más allá de cualquier otra cosa, me gusta la persona que eres, tu forma de ver la vida, tus ideales… Y te encuentro preciosa.

Notó cómo se le calentaban las mejillas. El rubor atacaba de nuevo.

—Y tienes una lengua que sabe exactamente qué decir en cada momento —chistó ella, sonriendo un poco—. Tienes un piquito de oro.

—Solo contigo, ya lo sabes.

Continuó con la tarea. El ambiente se había aligerado considerablemente, así que se animó a preguntar:

—Las mujeres de tu… raza, ¿son igual que tú? —preguntó—. Quiero decir, también pueden… ya sabes… cambiar.

—Mutar o cambiar de piel —matizó él, dándole las acepciones que solía usar—. Sí, claro. Son tigresas.

—¿En cualquier momento?

Asintió, cogiendo otro plato para secarlo y unirlo a la pila.

—Siempre y cuando tengas pleno control sobre ti mismo y ninguna herida de consideración, puedes mutar en cualquier momento o lugar.

Se volvió de inmediato hacia él, con las manos mojadas.

—No hace falta que me hagas una demostración, ¿eh?

Soltó un resoplido de risa.

—No creo que necesites un tigre de mi tamaño metido en la cocina.

Puso los ojos en blanco, pero agradeció el tono burlón en su voz.

—Sí, bueno, preferiría no encontrarme con un tigre al lado de la nevera a las tres de la mañana.

—Lo tendré en cuenta —cogió otro de los platos y empezó a secarlo.

No les llevó mucho tiempo terminar entre ambos para dejar los platos y vasos lavados en su sitio y la cocina recogida.

—¿Una copa? —sugirió, señalando la puerta.

Esa solía ser su dinámica nocturna, reunirse en el salón, acomodados en el sofá con una copa de vino o licor y charlar hasta que sobraban las palabras y preferían seguir con otro tipo de intimidad.

—Sí, ¿por qué no? —Cogió un par de copas de uno de los armarios superiores mientras él sacaba una botella de vino de la nevera—. Dios sabe que tengo todavía preguntas rondándome en la cabeza.

—Lo suponía —admitió, saliendo tras ella—. Así que venga, dispara. ¿Qué más quieres saber?

Había algo en concreto de lo que no habían hablado todavía, quizá porque lo había interiorizado y siempre había algo más que preguntar antes, algo que se interponía o cambiaba su percepción.

—La manera en la que me hagas… cuando cambias de piel. —Era una definición bastante acertada, con la que se encontraba a gusto—. Cuando te oigo en mi cabeza, ¿cómo lo haces? Quiero decir, ¿puedes hacerlo también ahora o…?

Notó el cambio en él. Fue algo sutil, una mueca en sus labios que desapareció rápidamente mientras ocupaba su lugar en el sofá.

—No. Solo puedo… er … proyectar mis pensamientos cuando adopto mi encarnación felina. Es común entre miembros de la misma raza, podemos comunicarnos así incluso si el receptor está en su forma humana…

—Yo no soy una tigresa…

—No, pero eres mi compañera.