CAPÍTULO 19
Una semana después
El olor a pintura fresca seguía flotando en el aire. No era tan intenso como los primeros días, ya no le picaba en la nariz ni obligaba a tener todas las ventanas abiertas, pero estaba ahí. Hoy, además, mezclado con el de la madera, el polvo de la obra… y el de la carne a la parrilla.
Ben se detuvo un segundo en mitad del patio, observando el conjunto.
Las cabañas al fin dejaban de parecer el experimento fallido de algún artista con muy mal gusto.
El arcoíris psicodélico había desaparecido casi por completo, sustituido por tonos mucho más neutros, cálidos y acordes con el entorno.
Marrones, verdes apagados, algún toque de crema…
Todo encajaba mejor con el bosque que las rodeaba.
Y el terreno también estaba listo, ya no parecía una selva descuidada y el nuevo camino hacía que el acceso a las cabañas fuese mucho más cómodo.
—Eh, Romeo. —La voz de Aidan le sacó de su inspección visual—. ¿Vas a ponerte a trabajar o piensas quedarte mirando la propiedad como si fuese tu mayor logro arquitectónico?
Ben giró la cabeza lo justo para mirarlo.
—Es que lo es.
Rick soltó una carcajada desde la escalera en la que estaba subido, brocha en mano.
—Madre mía, qué rápido hemos pasado de «voy a echar una mano durante un par de días» a «admirad mi nueva reforma».
—Se llama eficiencia, Rick, algo que claramente no conoces —le respondió, acercándose al cubo de pintura.
—Dice el que lleva cinco minutos mirando una pared seca —bufó Aidan desde el otro lado.
No se molestó ni en responder. Cogió el rodillo, lo metió en la cubeta y, tras quitar el excedente de pintura, se puso a trabajar sobre los últimos tramos que quedaban por cubrir.
Gracias a la ayuda de los chicos, habían avanzado mucho en poco tiempo.
No eran solo las dos manos de pintura que llevaban la mayoría de las cabañas, sino también la obra de último momento que requirió su encantadora empleadora.
Alzó la vista hacia la estructura de madera que se alzaba en uno de los laterales de la cabaña principal.
La escalera exterior para acceder a la vivienda.
Estaba a medio montar, pero ya era perfectamente reconocible.
Los peldaños estaban colocados, la barandilla en proceso y la plataforma superior prácticamente lista.
Habían abierto la pared, reforzando la estructura y encajando una puerta. En un par de días estaría terminada.
Maggie necesitaba independencia. Se había dado cuenta de que, una vez que pusiese en funcionamiento el hotel con el sistema anterior, estaba obligada a entrar y salir por la recepción.
No había una línea divisoria real entre el hotel y su propia vivienda, así que cuando se lo expuso y le preguntó si podría hacerse un acceso exterior, se encargó de buscar a alguien que hiciese un estudio de viabilidad.
Y ahí estaba. La independencia que su compañera requería.
—Te has quedado embobado otra vez —señaló Rick—. ¿Qué miras tanto?
—La escalera —respondió sin más.
—Ajá. —Aidan dejó el martillo sobre la madera y se cruzó de brazos—. La escalera. Claro.
—¿Tienes algo que decirme? —Alzó una ceja.
—No, no. —Negó con la cabeza, pero sonriendo—. Solo que nunca te había visto tan interesado en… arquitectura.
Ben ignoró el comentario. No tenía sentido explicarles algo que no entenderían, no todavía al menos.
A decir verdad, ni siquiera él estaba muy seguro de ello.
Este lugar se había convertido en algo más que un proyecto de reforma más para él.
Era el hogar que Maggie había elegido, la excusa que la había traído a Old Green y la mantenía aquí, con él.
La ilusión y el entusiasmo que la chica había empezado a sentir por el proyecto se alejaban de ese inicial fastidio, del «tengo que hacerlo, porque no puedo fracasar».
Ya no era solo alcanzar una meta, era disfrutar de todo el proceso.
Y él había empezado a disfrutarlo con ella.
El Miracle se había convertido en eso, en un milagro, no solo porque ahora sí parecía un camping rural, sino por todo lo que les había dado a ambos.
—¡Chicos! —La voz de ella les llegó desde la entrada de una de las últimas cabañas—. ¿Os habéis puesto de acuerdo para pintar solo lo que se ve desde aquí o es que os estáis escaqueando?
Las cuatro cabezas se giraron al mismo tiempo. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, con unos vaqueros manchados de pintura, una camiseta vieja y el pelo recogido de cualquier manera. Tenía una mancha verde en la mejilla y otra en el antebrazo.
Y sonreía.
Ben notó ese pequeño tirón interno, el reconocimiento inmediato de que ya no necesitaba de explicación.
Esa era su chica. La mujer que, a pesar de haberle visto en su forma felina, de haber estado ante un enorme oso, había abrazado esa parte irreal en él y se había propuesto convertirla en algo normal, cotidiano incluso.
En esa última semana habían hablado mucho.
No quería dejarla en la sombra, deseaba que le conociese, que supiese lo que era en realidad, así que, aun cuando habían acordado ir despacio, estaba claro que la atracción entre ellos era lo bastante palpable como para que ninguno de los dos le diese la espalda.
Ella era suya en todos los sentidos. Su compañera, su amiga, su amante… y, aun así, sentía que todavía no era suficiente, que necesitaba más, pero no quería precipitarse.
Poco a poco, Ben, poco a poco.
—Estamos haciendo los recortes, Maggie. Las partes más complicadas —le comunicó Rick con una pícara sonrisa que no engañaba a su chica—. Lo demás irá solo.
—Claro que sí —resopló ella, bajando los escalones—, por eso la mitad de esa pared sigue igual que esta mañana, ¿no?
—Detalles sin importancia… —añadió Aidan.
—Seguro. —Se acercó, cruzándose de brazos—. Pues esos «detalles» son la diferencia entre cerveza fría o agua para la barbacoa.
—Eso es chantaje —protestó Rick.
—Es motivación —lo corrigió ella, esquivando cubos, herramientas y restos de madera con esa torpeza controlada que la caracterizaba para llegar junto a él—. ¿Cómo lo llevas, jefe?
Enarcó una ceja ante su particular pregunta y sonrió.
—Mejor que algunos —respondió, inclinándose ligeramente hacia ella para robarle un beso.
—Joder, chicos —resopló Rick, con gesto burlón—. Buscaos un hotel.
— Um … Técnicamente, ya están en uno, socio —aseguró Aidan, conteniendo su propia sonrisa.
—Ignórales —le dijo, apartándole el pelo de la cara con suavidad—. ¿Necesitas algo?
Sacudió la cabeza y miró a su alrededor.
—Solo venía a ver si os quedaba mucho —admitió, señalando por encima del hombro—.
Ya he terminado de pintar el último marco de las ventanas y la madera de la parrilla ya se ha convertido en brasa, así que…
—Se volvió hacia sus amigos, alzando un poco la voz—.
Lo ideal sería terminar esto pronto para poner la carne al fuego.
Hubo un intercambio de miradas entre los chicos y él.
—Trabajad más rápido —dijo Rick, mirando a su alrededor—. ¿Dónde está Eli?
—Atendiendo el fuego —indicó ella con el pulgar—. Ha terminado su cabaña hace un rato.
—Joder. Algunos las matan callando —resopló Aidan con una baja risita.
Ben soltó una risa baja y miró a su compañera.
—Danos… una hora —señaló, calculando lo que les quedaba por pintar.
—Ve metiendo las cervezas a enfriar… —añadió Rick, dedicándole un guiño.
Maggie miró el trabajo que quedaba por delante y a ellos.
—Creo que será mejor que coja yo también un rodillo —resopló ella, dirigiéndose ya hacia la mesa en la que estaban las brochas y los utensilios de pintura.
—Quieta. —La detuvo—. Ya terminamos nosotros. Tú ve a lavarte. Eli vendrá a ayudarnos a terminar y dejaremos ya listas las cabañas.
—¿Adiós para siempre al arcoíris psicodélico?
—Adiós para siempre —afirmó divertido. Le indicó con un gesto la cabaña principal y la empujó con suavidad, apartándola de cualquier cosa con la que pudiese tropezarse—. Venga. Vete.
—¿Seguro? —Los miró a todos.
—Segurísimo, nena —asintió Rick, haciendo un gesto de fortaleza con el brazo—. Nosotros terminamos.
—Ve a hacer lo que tengas que hacer, Maggie —confirmó Aidan.
—De acuerdo, equipo tigre —respondió con un suspiro—. Cuento con vosotros… Meteré las cervezas en la nevera.
Los tres se rieron ante el particular apodo que les había puesto ella.
Era una mujer admirable. A pesar del episodio en el bosque, de lo que había tenido que enfrentar, de lo que había descubierto en ellos, en vez de rechazar su ayuda, de alejarse de él o de sus amigos, se había mostrado abierta, confiada, dispuesta a aprender y a aceptar algo que sabía le resultaba difícil.
—Bueno… —Aidan se acercó a él, después de que Maggie hubiese entrado en la cabaña principal—. ¿Cuándo piensas decírselo? Lo que es para ti… para un tygrain .
Miró a su amigo sabiendo lo que quería decir.
—Pronto —confirmó. Pero no hoy. Aquello era algo que tenía que hablar con ella, a solas.
Decirle que era su compañera predestinada, que la había reconocido nada más verla y ya no había otra mujer para él, podía ser un poco… definitivo. Y ellos habían decidido tomarse las cosas con calma. No quería estropear lo que tenían, aunque tampoco deseaba guardar más secretos para con ella.
—Ella te elegirá, Ben —le aseguró su amigo, dándole una palmada en la espalda—. De hecho, diría que ya lo ha hecho.
Ojalá tuviese razón.
Dejó escapar un suspiro, miró el rodillo y volvió al trabajo.
Una hora después ya habían terminado de pintar todas las cabañas, se habían aseado y disfrutaban del chisporroteo de la parrilla, con el inconfundible sonido de la grasa cayendo sobre las brasas.
El aroma a carne, especias y humo era mil veces más agradable que el de la pintura y se les hacía la boca agua.
El cielo ya había empezado a teñirse de tonos anaranjados y el aire se había vuelto más fresco, más agradable después del calor del día.
Maggie estaba frente a la barbacoa, concentrada, con unas pinzas en la mano y esa expresión de «no me molestes o te corto un dedo» que todos ellos habían conocido ya.
Su chica se había tomado muy en serio lo de preparar ella misma la comida, dejando tan solo a Eli ayudarla con las brasas. Aunque a él también lo había destituido de esa tarea en cuanto llegó la hora de poner la carne sobre la parrilla.
—¿Te han dicho alguna vez que das miedo con eso? —comentó Ben, apoyándose en la improvisada mesa de madera que habían traído para que ella pudiese tener todos sus ingredientes a mano.
Habían colocado la parrilla en la parte trasera de la cabaña, protegida por el viento y lejos del olor a pintura.
—Solo los que han sugerido que no soy capaz de darle la vuelta a un chuletón en la parrilla —respondió sin mirarlo.
—Entonces me mantendré a distancia.
—Hazlo —asintió ella, con una pequeña sonrisa curvándole los labios—. Eso evitará que te lleves un sartenazo.
—Qué romántico.
Dejó escapar una pequeña risa y lo miró de soslayo.
—No te quejes, que esto es por vosotros.
—Por nosotros no —la corrigió, señalando con la cabeza a los tres hombres instalados bajo el árbol, con cervezas en la mano, discutiendo sobre algo que, probablemente, no tenía ninguna importancia—. Por ellos.
Maggie echó un vistazo en esa dirección y negó con la cabeza.
—Ellos no estarían aquí de no ser por ti —declaró, mirándolo un momento, para luego volver a concentrarse en la carne. No sea que escapase corriendo si le quitaba la vista de encima—. Así que… gracias por la ayuda y por no dejarme sola con este desastre.
Ben la observó, dio un paso adelante y le remetió un mechón de pelo detrás de la oreja.
—No ibas a estar sola de ninguna manera, nunca tuve la intención de dejarte.
Ella le sostuvo la mirada un segundo y asintió antes de volver a posarla en la parrilla.
—Lo sé —murmuró y sus labios se curvaron con suavidad, en una tierna sonrisa—. Ahora lo sé.
La noche se fue acercando casi sin que se dieran cuenta. Encendieron las luces exteriores, proyectando una calidez suave sobre el terreno, el altavoz llenaba el ambiente con una música suave y agradable, que acompañaba, más que entorpecer.
—Tengo que decirlo —farfulló Rick, con la boca medio llena—. Esto está increíble.
—Ajá —asintió Maggie, con una pícara sonrisa—. Soy una artista a los fogones.
—Eres una tirana —corrigió Aidan—, nos has explotado.
—Ey, vosotros fuisteis los que os ofrecisteis… —sonrió ella—. Yo me limité a deciros lo que había que hacer.
—Puedes llamarnos cuando nos necesites —añadió Eli, quien parecía haber hecho buenas migas con su chica durante su momento ante las brasas. Eliot no era alguien demasiado hablador, pero con ella parecía incluso… abierto. Si eso no era un milagro, no sé qué otra cosa podía ser.
Al final, el nombre del hotel iba a ser algo más que eso… un nombre, pensó divertido.
—Lo haré, créeme —respondió ella, sonriendo a su amigo.
Ben se permitió observarlos en silencio. Las bromas compartidas, las risas, la manera en la que Maggie se movía entre ellos, igual que si llevase años ahí, como… al fin estuviese en casa.
¿Se habría dado cuenta de ello? ¿De cómo había cambiado en esos pocos días? Porque él sí lo había visto.
Deslizó los ojos hacia el lateral de la casa, a la escalera exterior a medio terminar, pero con una estructura ya sólida. Como todo lo demás, como ellos mismos.
Sintió el impulso de acercarse a ella y no lo reprimió. Le pasó el brazo por la cintura, atrayéndola un poco, y ella se dejó ir, apoyándose en él sin pensarlo, de forma natural.
—¿En qué piensas? —le preguntó ella, tan solo un susurro.
—En que esto ya no es un proyecto —respondió, ganándose un vistazo por su parte.
—¿Ah, no?
Negó con la cabeza.
—No.
Recorrió una vez más el lugar. La gente, las cabañas, la casa, ella…
—Es tu hogar.
Maggie guardó silencio, mas una de sus manos se posó sobre la que le envolvía la cintura, ciñéndole los dedos.
—Nuestro —corrigió en voz baja, levantando la cabeza para mirarle con esos ojos del color del otoño—. Si tú quieres…
Le sostuvo la mirada y sonrió, asintiendo.
No era necesario decir nada más, no entre ellos.
—Siempre, Maggie —afirmó, inclinándose sobre sus labios, besándola con suavidad—. Siempre.
Por primera vez en mucho tiempo, Ben sintió que las piezas por fin empezaban a encajar en su sitio.