CAPÍTULO 18 #2
—Si… si lo que vi es real, necesito que me lo confirmes —tragó con dificultad, preparándose a sí misma para ello—.
Necesito desterrar todas las teorías que no dejan de venirme a la cabeza, explicaciones que no me están conduciendo a ningún sitio…
Ben. Necesito comprender que sigo siendo yo y no se me ha dañado el cerebro o algo peor.
—¿Estás segura?
Negó con la cabeza.
—Dios. No. Ni siquiera un poco y… y no sé cómo voy a reaccionar, pero… —Se mordió el labio inferior—. Lo necesito.
Se la quedó mirando unos instantes, para finalmente asentir.
Un segundo después miraba a su alrededor y luego hacia el umbral de la cocina.
—El salón… —le indicó y, cuando la miró, hacía una pequeña sonrisa curvándole los labios—. No es tan pequeño…
—Nunca dije que lo fuese, sino que… tu tigre… era demasiado grande.
Se incorporó por completo, dio un paso atrás, liberándola del todo de su contacto y entonces le tendió la mano.
—¿Confías en mí, Maggie?
Miró su mano, luego a él y sonrió también, aunque por un motivo muy distinto.
—Creo que te estás equivocando de personaje. El tigre se llamaba Rajá .
Su sonrisa se hizo un poco más amplia. Había pillado la referencia cinematográfica a la primera.
—Bueno, tú tampoco eres una princesa, ¿no?
Observó la palma extendida y posó la suya encima.
—Tal y como se han dado hoy las cosas, eso ha pasado de ser algo improbable a un… todo es posible.
Cuando sus dedos se cerraron en torno a sus dedos, volvió a sentirle a él, a Ben. Al hombre con el que había trabajado todos estos días, con quien había tenido una cita, con quien había pasado la mejor noche de su vida…
Sé valiente, Maggie. Necesitas esto o no dejarás de darle vueltas a lo ocurrido todo el tiempo.
Se levantó y dejó que la condujese hacia el salón. La habitación no era muy grande, aunque tampoco especialmente pequeña. Miró a su alrededor y calculó las dimensiones en función de lo que había visto.
—Quizá no sea tan buena idea hacerlo aquí… —comenzó, pero no llegó a terminar la frase, pues Ben la soltó, cogió la mesa auxiliar frente al sofá y la llevó contra la pared y, finalmente, se volvió hacia ella.
Y lo que había visto hacía tan solo unas horas, volvió a ocurrir.
En un momento lo vio a él, moviéndose hacia el centro de la sala, su vista o el espacio se emborronó, como si estuviese ante un espejismo y, un parpadeo después, se encontró mirando al felino más grande que había visto en toda su vida.
Uno que no dudó en sacudirse de la cabeza hasta la cola, moviendo todo el pelaje que lo cubría como si quisiera ponerse… guapo para la ocasión.
—Hijo. De. Puta. —jadeó, incapaz de decir otra cosa.
Se quedó completamente quieta, congelada en el lugar, intentando asimilar lo que tenía delante. Lo había visto. Una vez más lo había visto con sus propios ojos. No había manera de negarlo. Su presencia era poderosa, palpable, no se trataba de una jodida alucinación.
Esa cosa… Él dio un paso adelante, solo uno, y Maggie dejó de respirar.
«Sigo siendo yo, Maggie. Siempre seré yo».
Dio un respingo y miró a su alrededor, buscando a Ben, al propietario de esa voz, pero… Él estaba frente a ella, solo que no como humano, sino como…
—Tú —murmuró. El recuerdo volvió con la fuerza de un cañonazo. La dura orden para que se levantase y huyese—. Joder… ¿Cómo…?
El tigre dio otro paso hacia ella, al punto de quedarse a escasos centímetros el uno del otro. Entonces sucedió. Esa enorme cabeza se restregó contra ella y lo escuchó ronronear, igual que un gato.
—Creo… creo que no… puedo respirar…
La respuesta del enorme felino fue empujarla con sus restregones, haciéndola aún más consciente de su presencia y, sobre todo, de lo grande que era. Le llegaba a la cintura, era del tamaño de un pony, como poco, grande y con un pelo espeso y suave.
—Ben… —musitó su nombre—. ¿De verdad eres tú?
«Lo soy».
Volvió a respingar al escuchar su voz. Solo que parecía más cavernosa y… la escuchaba dentro de su cabeza.
Maggie, que había dejado los brazos colgados a ambos lados, se vio a sí misma levantando una mano y acercándola, con un ligero temblor, a esa enorme cabeza.
En cuanto sus dedos rozaron el pelo, se estremeció.
Solo que no era miedo, ni mucho menos terror, era algo más infantil, algo que yacía dormido en sus recuerdos de niña…
Un fugaz recuerdo volvió a su mente. Era ella, haciendo algo muy similar, acariciando el pelo mullido de color naranja de un gato que ronroneaba.
Solo que no había sido un gato, sino aquella tigresa del zoo.
Se relajó. Ni siquiera supo cómo era posible, pero su cuerpo se relajó por completo y su mano acabó apoyada sobre esa cabeza.
—Ben… —musitó, mirando esa mole felina comportándose como un gato doméstico—. ¿Puedes… volver ya?
El tigre retrocedió, una enorme lengua rosada se deslizó de sus fauces y se lamió la nariz.
El proceso de antes se repitió a la inversa y, donde había estado el felino, apareció el hombre de carne y hueso, pasándose una mano por su pelo negro.
No se movió, se quedó allí, mirándola, obligándola a ir a él. Y eso fue lo que hizo.
Caminó hacia el hombre, observándolo detenidamente. Sus ojos, su piel, su respiración y… su aroma, ese que ya reconocía.
—Sigues oliendo igual… —murmuró deteniéndose ante él.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—Eso es buena señal.
—Supongo que lo es.
Maggie dudó un segundo. Solo uno. Alzó la mano y la apoyó en su pecho, sintiéndolo firme, real, humano bajo su palma. Notando el latido de su corazón.
—Tu corazón… —murmuró, bajando la mirada sobre su pecho.
Ben cubrió la mano con la suya, sin prisa, sin forzar el momento, dejándola solo notar su peso y su calor.
—Late igual que el tuyo —le dijo, atrayendo ahora su atención—. Y siempre lo hará por ti.
Ladeó la cabeza y sonrió de manera soslayada.
—Eso ha sido… peligrosamente bonito.
—Es la verdad.
Volvió a mirar sus manos unidas, a sentir la sensación del íntimo contacto.
—Eres tú de verdad. —Ya no había dudas, ni reservas en su voz, solo una extraña verdad—. Él… tú… Sois el mismo.
Percibió cómo asentía con la cabeza, sin decir nada más.
Se acercó un poco más, apoyándose completamente contra él, su frente contra su clavícula.
—No vuelvas a ponerte delante de un oso por mí —pidió en voz baja, relajándose finalmente contra él.
—Pídeme lo que sea, Maggie, mas no me pidas que permita que alguien o algo te haga daño si está en mi mano evitarlo.
—Idiota.
Él se limitó a dejar escapar un pequeño resoplido de risa.
—Quédate, Ben —susurró, cerrando los ojos y respirando su aroma a bosque y a hombre.
—Siempre.
Se quedaron así, sin decir nada más, compartiendo el mismo espacio, el mismo aire. Su vida se había vuelto demasiado extraña en tan solo unas horas, pero aquí y ahora, pegada a ese hombre, podía fingir durante un ratito que nada había cambiado.