CAPÍTULO 18
Maggie apoyó la cabeza contra la ventanilla, viendo pasar el bosque sin prestarle verdadera atención.
Los árboles se sucedían unos detrás de otros, igual que sus pensamientos.
Estos llegaban sin orden ni concierto, en un instante volvía a ver al oso, al siguiente al tigre… y en medio de todo eso también a él.
Al final, todo volvía a él.
Le echó un vistazo por el rabillo del ojo.
Mantenía las manos firmes al volante, la mirada al frente y estaba tenso.
Incluso ella podía notarlo. A pesar de su continua atención a cada una de sus necesidades, estaba alerta, como si esperase que se echase a gritar de un momento a otro o que lo culpase por lo ocurrido.
Se había disculpado una y otra vez por llevarla con él, por no haber sido capaz de detectar el peligro, pero ¿acaso había podido evitarlo? Había querido acompañarle a pesar de las advertencias de que había un puñetero oso por ahí fuera.
Estaba claro que el término «oso joven» no se refería a uno de esos preciosos y enternecedores oseznos, sino a un bicho enorme, que sobre dos patas medía dos metros o aún más. Por no hablar de la puta alfombra mastodóntica que apareció de la nada, justo delante de ella.
En la vida había estado tan cerca de un oso. Ni siquiera en el zoo. No como hoy.
El coche se detuvo frente a su casa y tardó unos segundos en darse cuenta de ello. Parpadeó, como si regresase de muy lejos, se quitó el cinturón con un movimiento mecánico y abrió la puerta. El aire fresco la recibió como un bofetón, espabilándola al momento.
—Necesito una ducha —murmuró más para sí misma que para él.
—Claro —escuchó su respuesta, seguida de la puerta de su lado cerrándose.
Estaba entumecida, pero era un tipo de tensión muy distinta a la de esta mañana. Le costaba coordinar, tanto que se frustró al llevarle tanto tiempo encontrar las llaves de la cabaña e intentar atinar en la cerradura.
—Maggie. —Sus manos se posaron sobre las de ella, haciendo que levantase la cabeza y lo mirase. Que lo viese a él y solo a él—. Déjame a mí.
Retiró las manos y él se encargó de abrir la puerta y encender las luces.
El olor a madera nueva, a ese ambientador cítrico que había comprado y a hogar la envolvió nada más poner un pie dentro de la planta baja.
Miró a su alrededor. Todavía había cosas apiladas en aquel espacio, aunque nada que ver con los primeros días.
Las escaleras que llevaban a la planta superior captaron su atención de inmediato.
—Tendría que tener un acceso exterior —valoró—. Tendría que poder entrar directamente en mi casa, sin pasar por aquí.
—Podría estudiar la manera de hacerlo —lo escuchó decir a su espalda. Y, cuando miró, vio que ya había cerrado la puerta y sostenía las llaves en las manos.
Asintió, estiró el brazo para coger las llaves y se dirigió a las escaleras.
—Voy… arriba.
—De acuerdo. Estaré aquí.
Se detuvo en seco, volviéndose y sacudió la cabeza.
—No. Ven —pidió—. Solo… Deja que me duche y… Bueno… Solo eso.
No esperó respuesta por su parte, enfiló hacia arriba y tan pronto como alcanzó el pasillo, empezó a quitarse cosas. Las botas quedaron a medio camino, el chaleco sobre una silla… Empezó a despojarse de todo hasta llegar a la puerta del cuarto de baño y detenerse allí unos segundos más.
—Estaré en la cocina —le informó él—. Tómate el tiempo que necesites.
Sus miradas se encontraron un segundo. Fue un contacto breve, suficiente para notar ese pequeño cambio entre ellos. No era distancia, pero tampoco era lo que tenían esta mañana. Era algo… distinto y no sabía cómo actuar en consecuencia.
Bajó la vista sobre su brazo vendado y se encogió por dentro.
No dijo nada, abrió la puerta y se ocultó en el baño. Porque eso es lo que estaba haciendo, escondiéndose de él, de todo lo que había ocurrido, de lo imposible que se había hecho posible.
Dejó el mundo atrás y se metió bajo el chorro del agua caliente, dejando que el agua se llevase consigo no solo la suciedad, sino también sus caóticos pensamientos.
Cerró los ojos, apoyando las manos contra los azulejos y dejando que el calor hiciese su trabajo, aflojándole los músculos… y, poco a poco, también la cabeza.
Respiró hondo unas cuantas veces. Despacio, intentando no hiperventilar de nuevo, algo que acababa de descubrir se le daba de lujo.
La imagen de ese enorme tigre volvió otra vez a ocuparlo todo. La manera en que el mundo se desdibujaba y aparecía de nuevo él. Una sincronicidad digna del mejor estudio de efectos especiales, solo que en la vida real.
Dejó escapar una risa ahogada, casi histérica, apoyando la frente contra la pared.
—Dios, Maggie. Tu vida ya no tiene ningún tipo de sentido —musitó.
Se quedó así unos segundos, dejando que el agua le diese en la espalda, para finalmente echarse hacia atrás y pasarse las manos por el pelo mojado.
—Lo he visto —dijo en voz alta, intentando asimilar ese primer golpe—. Estaba allí de pie, frente a ese puto oso… y él se interpuso entre ambos. Primero hombre, luego gato.
Le había salvado la vida, arriesgando la suya.
Se estremeció. No era miedo lo que sentía, no por él al menos.
¿Shock? Dios, sí. Su temor, sin embargo, estaba con el oso, con esas fauces que se abrieron, gritándole hasta dejarla blanca como el papel. Se había quedado congelada por el miedo… pero no al tigre, sino a la única bestia que había sido una verdadera amenaza para su vida.
—Es la segunda vez en mi vida que me encuentro en medio de tigres —musitó para sí. Sus labios se curvaron en una sonrisa de pura ironía.
Porque, ¿qué era todo esto sino? Una enorme y jodida ironía del destino.
Para una vez que encuentro a alguien que me gusta, que me gusta de verdad, y resulta que puede metamorfosearse en mi felino favorito.
Cerró los ojos y alzó el rostro hacia el chorro, dejando que el agua la despejase.
Terminó de ducharse. Se lavó el pelo, se enjabonó el cuerpo y encontró en esa mecánica algo de estabilidad. Vestirse con ropa cómoda, suave y amplia ayudó también a mantener ese precario equilibrio y redefinirse de nuevo a sí misma.
Lo difícil llegó a la hora de abandonar el dormitorio, de atravesar de nuevo esa puerta y enfrentarse a una realidad que era difícil de asumir.
Respiró hondo y dejó de esconderse en su propia casa.
El aroma del café recién hecho lo inundaba todo, lo siguió hasta la cocina y se lo encontró de espaldas a ella, moviéndose con la misma naturalidad de siempre.
No había nada en él que delatase la bestia que llevaba dentro.
Aunque… No, eso no era del todo cierto. Su forma de moverse, de estar en un lugar, siempre le había resultado… felina y ahora entendía el porqué.
Se apoyó en la puerta, limitándose a mirarlo y viendo justo lo que necesitaba, lo que siempre había sido y seguía siendo; Ben.
—Has preparado café —comentó al fin, necesitando decir algo.
Él giró la cabeza lo justo para mirarla y esos ojos verdes se toparon con los suyos.
—Pensé que te vendría bien.
Abandonó su punto de apoyo y entró en la habitación.
—Me conoces demasiado bien para alguien que resulta que puede convertirse en un tigre —murmuró, cruzándose de brazos. Cuando antes normalizase aquello, si es que podía normalizarse, mejor.
Una leve sonrisa curvó los labios masculinos, como si no se atreviese a ir más allá.
—Voy acumulando talentos.
Bufó una risa y, sin darse cuenta, la tensión en el ambiente se relajó un poco.
Maggie ocupó una de las sillas de la pequeña mesa redonda y él le dejó una taza delante.
Lo hizo con cuidado, como si temiese tocarla, cuando precisamente eso era lo que necesitaba ahora mismo.
Que la hiciera sentir que seguía siendo él, que las cosas, aun cuando eran distintas…
Muy distintas, también seguían siendo… iguales.
Le cogió los dedos antes de que pudiese retirarse y ese contacto la calmó.
—Sigues siendo tú —murmuró, más como una conclusión que como una pregunta.
—Nunca dejé de serlo, Maggie —le aseguró con voz suave, calmada.
Miró la taza, pero no la cogió. Tampoco le soltó, aunque sí volvió a mirarle.
—No tengo ni puta idea de qué eres… —dijo, sin adornos, sin filtros—. Ni de cómo encaja eso en el mundo real o por qué no hay carteles de «cuidado con los tigres» en el parque…
Una esquina de la boca de él se elevó apenas.
—Sería poco discreto.
Su respuesta, igual de absurda que su propia queja, contribuyó a seguir aliviando el ambiente.
—No sé… No sé cómo esperas que… reaccione ante esto —susurró—. Hasta hace unas horas eras… eras tú…
—Sigo siendo la misma persona, Maggie.
—Lo sé —admitió. Y eso era lo más extraño de todo. Que sí lo sabía. Su tacto era el mismo, lo que provocaba en ella también, pero al mismo tiempo… era distinto, porque su conocimiento ahora era mayor—. Y también sé que voy a necesitar tiempo para… asimilar esto porque no es algo… fácil de aceptar.
Ben se limitó a asentir. Le ciñó un poco más los dedos, respiró hondo y lo recorrió una vez más con la mirada, deteniéndose sobre su brazo.
—No voy a esconderme, ni a salir corriendo, ni me voy a poner en plan melodramática… —añadió sin apartar la vista de ese vendaje.
—No va contigo —confirmó él.
—Pero sí voy a necesitar que hagas algo por mí, algo que incluso ahora me estoy cuestionando si es lo correcto… Necesito salir de este bucle, dejar de pensar que… que me he vuelto loca y…
—No te has vuelto loca. —La interrumpió, posando la mano en su mejilla, acunándole el rostro con esa suavidad y ternura que solo había conocido gracias a él—.
El mundo está lleno de cosas que no entendemos, que son difíciles de asimilar, aunque eso no quiere decir que no existan, que sean menos reales… Solo son ajenas a nosotros.
—Hasta que dejan de serlo. —Llevó su mano sobre la de él, sintiendo su piel, su fuerza, aferrándose a esas sensaciones para pedirle lo que quizá fuese un enorme error. Lo necesitaba para dejar de cuestionárselo todo—. Necesito que lo vuelvas a hacer…
La confusión cruzó esa mirada verde durante un segundo, entonces se quedó completamente inmóvil, entendiendo lo que le estaba pidiendo.