CAPÍTULO 17
El zumbido del quad todavía le vibraba en los huesos.
No recordaba con claridad el trayecto que habían hecho de vuelta al aparcamiento del parque, tan solo el viento golpeándole en la cara, las manos de Ben sujetándola con firmeza a su espalda y el ruido del motor atravesando el bosque…
Y, más allá de todo eso, solo permanecía lo imposible.
Ni siquiera cuando la hizo subirse de nuevo al coche y le puso el cinturón, podía quitarse de la cabeza aquella irreal escena: Ben delante de ella, apartándola del oso… Después, ese tigre, los gruñidos, la lucha… Y entonces de nuevo él y la sangre… La misma que portaba el felino.
Lo irreal convirtiéndose en realidad ante sus propios ojos.
Ahora que el vehículo se detuvo frente al centro de operaciones, todo volvió a caer sobre ella de golpe, como si la realidad estuviese esperando a que pusiese los pies sobre la tierra para reclamarla.
No dijo una sola palabra mientras se dejaba guiar al interior del edificio, ni cuando la gente salió rápidamente a recibirlos…
Permaneció en silencio, al igual que ahora.
Maggie permanecía sentada en una de las salas interiores, una habitación pequeña, cómoda y apartada. La puerta estaba cerrada, amortiguando el murmullo del resto del edificio. Y en su interior, junto a ella, Ben y los chicos.
Él estaba sentado frente a ella, con la manga remangada mientras Aidan terminaba de limpiarle unos feos arañazos en el antebrazos. No eran demasiado profundos, o eso le había escuchado decir al hombre, pero la sangre seca que le manchaba la piel y la tela de la camisa parecían sugerir otra cosa.
Se le encogió el estómago al pensar lo que podría haber ocurrido si… si ese zarpazo fuese mucho más grave.
Miró lentamente a su alrededor. Rick estaba apoyado contra la pared, observando en silencio. Y Eli, a quien acababa de conocer, permanecía cerca de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión inescrutable.
—Los hemos sacado del perímetro —informó Eli, rompiendo el silencio—. La hembra ha retrocedido hacia la zona alta. No deberían volver a bajar… al menos no hoy.
Ben asintió. Sus ojos seguían sobre ella.
—Bien.
La sala volvió a quedarse en silencio mientras Aidan terminaba de vendarle el brazo.
—Has tenido suerte —le dijo, dándole un toquecito—. En un par de días ni te acuerdas.
—Gracias.
Se levantó, recogiendo el botiquín y dedicándole un breve vistazo antes de apartarse.
Todos estaban pendientes de ella. No lo decían en voz alta, pero podía notar sus ojos, los silencios, los continuos vistazos en dirección a Ben, como si preguntasen silenciosamente.
Lo sabían. Había una conciencia implícita en sus miradas, en sus silencios, como en un grupo que ya está formado y al que tú llegas como nueva. Ellos se conocen, tú eres la extraña… Y entonces descubres su secreto y te conviertes en algo más… algo que sigue siendo extraño.
Maggie bajó la suya a sus propias manos. Tenía los dedos sucios, restos de tierra bajo las uñas, las botas manchadas… La prueba de que aquello había sido real, que había estado ante un jodido oso y que… se había salvado de milagro.
Un milagro con forma de tigre.
Se estremeció, abrazándose a sí misma durante un segundo.
Real, Maggie, todo ha sido real.
Levantó la cabeza y los miró, de uno en uno, para finalmente detenerse en Ben.
—Fue real, ¿verdad? —preguntó. No quería andarse con rodeos, no quería seguir pensando en que había sufrido una conmoción cerebral o algo peor. Aidan le había echado un vistazo nada más llegar. Exceptuando el shock , algunos arañazos por su caída y su propia torpeza, no tenía nada más.
No como él. No como su brazo. Clavó la vista sobre el vendaje y apretó los labios un segundo.
—Lo que vi ahí fuera, en el bosque… —Tragó saliva—. Pasó de verdad.
Nadie habló, el silencio se hizo aún más denso, como si no quisieran responder o no supieran hacerlo. Pero había al menos una persona allí que sí sabía. Clavó sus ojos en él y preguntó de nuevo.
—Tú… Te vi… Y entonces… Lo vi a él…
No apartó la mirada y, finalmente, asintió.
—Sí. Lo que viste en el bosque… —Se llevó una mano al pecho, señalándose—. Lo que viste fue a mí, adoptando mi forma felina y volviendo a recuperar la humana después.
Vale. Sin rodeos, sin anestesia. Directo como una bala y con el mismo efecto.
—Estupendo…
Se pasó una mano por el pelo, echándoselo hacia atrás, intentando ordenar algo que no tenía orden posible.
—No estoy loca, solo… solo he visto algo que desafía las leyes de la comprensión —resumió para sí misma. Sacudió la cabeza, mesándose de nuevo el pelo—. Pues no lo entiendo. No entiendo cómo es posible algo semejante…
—Es debido a mi naturaleza como cambiante —le dijo él, llamando de nuevo su atención—. Soy un tygrain .
Le miró a los ojos y respondió.
—Ya has mencionado antes ese término, pero eso no me dice absolutamente nada.
Lo escuchó exhalar y asentir de nuevo.
—Somos una especie distinta —resumió con un gesto, como queriendo restarle importancia—. Con la capacidad de… metamorfosearnos en nuestra forma animal.
—¿Metamorfosearnos? —Entrecerró la vista, sabiendo que estaba hablando en plural.
—Cambiar de forma… —respondió Rick, descruzando los brazos.
—Sé lo que significa me… —Se detuvo y clavó la mirada en el hombre—. Espera… tú también… —Automáticamente, los ojos se fueron sobre cada uno de los presentes—. ¿Vosotros…?
—Sí —confirmó Aidan, con naturalidad—. Todos los que estamos en esta sala somos como Ben.
Se hizo el silencio tras tal declaración, nadie la miraba, a excepción de Ben.
—¿Y ahí fuera…? —preguntó en voz baja, señalando con la cabeza la puerta.
Su amante negó con la cabeza.
—Son humanos… como tú —respondió con suavidad, con ese tono que solía tranquilizarla.
—Pero, saben… —Los señaló a todos y, de nuevo, fue él quien le respondió.
—No.
—No. Claro que no —respondió, asimilando en el acto que algo como «aquello» no iba a ser precisamente de dominio público—. Dios. Lo que daría ahora mismo por una copa.
Hubo varios gestos entre los presentes, como si su comentario hubiese aligerado un poco el ambiente.
—Me temo que no tenemos alcohol por aquí, lo máximo que podemos ofrecerte ahora mismo es un café de la máquina —mencionó Rick, atrayendo su atención—. Y ni siquiera es demasiado bueno…
—Maggie… —Volvió a mirar a Ben cuando este pronunció su nombre—. Sé que esto es complicado de entender, pero…
—¿Complicado? —Lo miró de arriba abajo y bufó—.
Si lo que he visto es verdad. Y dado que no me he llevado un golpe en la cabeza, no tengo muchas excusas con que justificar lo contrario.
Tendría que… tragarme que he visto a mi…
a ti convirtiéndote en un tigre enorme… Y a ese tigre enorme de nuevo en ti.
—Eso es exactamente lo que has visto —confirmó. Una vez más, no lo ocultó, se mostró tal cual era.
—Los tigres no son tan grandes —resopló ella, porque al parecer su cerebro necesitaba puntualizar aquello—. Ese… bicho no cogería ni en mi salón.
—No soy tan grande… —bufó él. Y escucharlo hablar en primera persona le puso los pelos de punta, porque estaba aceptando algo que a ella todavía le costaba.
—Pues entonces es que mi salón es minúsculo.
Hubo un par de risitas ahogadas.
Levantó los brazos por pura desesperación.
—Fantástico, vamos. Me voy de excursión al bosque, me encuentro no con uno… sino con dos putos osos y no acabo de aperitivo para ellos gracias a dos felinos… —Se cubrió el rostro con las manos, solo para retirarlas un momento después—. Espera. No era un solo tigre…
Volvió a repasar aquel momento, recordando el borrón de pelo que se unió a Ben… o al felino que decía ser Ben.
—Eli estaba en el parque desde primera hora, rastreando al oso que habíamos avistado estos días.
Se volvió hacia el aludido, el cual se limitó a asentir con la cabeza a modo de respuesta.
Tigres. No uno, ni dos… Si tenía que creer en lo que se estaba vertiendo en aquella sala y parecía no tener más remedio, estaba en medio de cuatro enormes hombres capaces de… mutar en esos gigantescos animales.
—¿Alguna vez os habéis zampado a alguien? —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiese ponerles freno y la reacción de los presentes pasó por el estupor, la sorpresa, la incredulidad e incluso la risa—. Vale. Tomaré como un enorme no vuestras expresiones.
—Que nos parezcamos a nuestros congéneres salvajes no quiere decir que nos comportemos como ellos, Maggie. —Esta vez fue Aidan el que habló—. También somos humanos.
Sí. Eso saltaba a la vista.
—Perdón si os he ofendido, pero… —Se señaló a sí misma—. Poneros en mi pellejo, para variar. Estas cosas… —Los indicó a todos—. No pasan en mi mundo, ni en el de nadie medianamente cuerdo.
—Para ti es una locura, lo tenemos —añadió Rick, entrando también en la conversación—. No tenías idea de nuestra existencia y te has enterado de la peor manera posible. Míralo de esta manera, Maggie. Al menos no te ha comido un oso.
No tuvo que levantarse, ni tampoco descalzarse, porque Eli ya se había movido para darle un buen coscorrón.
— Auch —se quejó—. ¿Qué? Es la verdad.
—Rick, calla la puta boca —le dijo Ben, perdiendo durante un segundo esa tranquilidad suya.
Por fin se levantó, dejando su lugar y acercándose a ella, acuclillándose hasta quedar a su altura.
No la tocó, al menos tuvo el sentido común de no hacerlo—.
Sé que estás asustada, que… todo esto es nuevo para ti, pero te lo juro, Maggie, jamás te haría daño… Ni ellos tampoco.
Lo miró. Era el mismo rostro de siempre, los mismos ojos, la misma expresión… Era Benjamin y, aun así, también era más, era… ese tigre. Era el hombre que había arriesgado su propia vida frente a un jodido oso para protegerla.
—Cuando te dije que si encontrábamos a un oso tendrías que protegerme, no me estaba refiriendo a que te lanzases a por él —murmuró, rescatando las palabras que le había dedicado aquella mañana.
Y pensar que había estado de broma. Si lo hubiese sabido…
Sacudió la cabeza y bajó la mirada sobre el vendaje de su brazo—.
Pudo haberte matado. Esa alfombra gigantesca podía haberte matado, idiota.
Las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas al ser consciente del riesgo que había corrido por ella. Y no solo él. Eli también se había arriesgado.
Al fin, la distancia que se había instalado entre ellos desde el momento en que lo vio emerger del tigre se quebró y sus brazos la envolvieron, abrigándola y haciéndola sentir segura.
— Shh. Tranquila. Todo está bien.
—Y una mierda que lo está —resopló, apretando los párpados para evitar seguir derramando más lágrimas—. Eres un jodido gato, Ben. Un tigre.
Lo escuchó soltar el aire que no sabía ni que estaba conteniendo y asintió.
—Sí, lo soy —confirmó—. Y también sigo siendo yo.
Sí. Lo era. De una forma distinta, rocambolesca e increíble, seguía siéndolo.
—Joder, mi vida se ha convertido en un puto chiste —resopló, apartándose de él. Se pasó las manos por el rostro, dejando tras de sí manchas de suciedad y haciendo una mueca al mismo tiempo—. Necesito lavarme…
—Te llevaré a casa —le dijo, todavía agachado a su lado.
Afirmó con la cabeza. En estos momentos necesitaba estar rodeada de lo que conocía.
—De acuerdo —murmuró y miró a su alrededor una última vez, a los hombres que permanecían en esa habitación.
—¿Sigue en pie lo de pintar?
El ambiente se aligeró al momento bajo sus palabras. Una pequeña sonrisa por aquí, un suspiro por allá… Ellos también habían estado tensos, a la espera de un veredicto, quizás.
—Si todavía quieres nuestra ayuda… sí —confirmó Rick.
—Creo que haría un pacto hasta con el mismísimo diablo si con eso consigo borrar el arcoíris psicodélico de mi vida —respondió ella, al tiempo que se ponía de pie.
Ben hizo lo mismo, quedándose a su lado—.
Pero, por lo que parece, solo tendré que preparar una barbacoa… Y traer kilos y kilos de carne.
Aidan dejó escapar un resoplido.
—Nosotros también cuidamos la línea, Maggie.
Su comentario fue lo que la hizo sonreír. Era tan normal, tan… absurdo, que se encontró sonriendo en respuesta. Finalmente, se volvió a Ben, que se había limitado a permanecer a su lado, como un silencioso guardián.
—¿Te podrías quedar… conmigo? —pidió. No estaba segura de que pudiese enfrentarse a todo esto sola. No cuando aún tenía el susto en el cuerpo por culpa de esos osos.
—Nada me apartará de tu lado, cariño —le aseguró, cogiéndole la mano y apretándole los dedos—. Nada.
Asintió en respuesta y dejó que la sacase de aquel lugar y la llevase a casa.