CAPÍTULO 16
Corre, Maggie. ¡Corre!
Las palabras resonaron en su mente con la misma fuerza que el gruñido del oso y el rugido… de algo que no debía estar allí. Que no encajaba en aquel extraño escenario.
¿ Osos ? Sí, claro. En Canadá había osos.
¿ Tigres de bengala ? No. En los bosques canadienses no había tigres. En Banff no había tigres. Y, desde luego, no acababa de ver… ¿Qué? ¿Qué demonios era exactamente lo que había visto?
No pudo correr. A duras penas dio un par de pasos antes de acabar de bruces en el suelo, con las manos por delante.
El bosque se llenó de sonidos atronadores, cada cual más aterrador.
Intentó levantarse y correr, pero todo su cuerpo se negó a obedecerle en el mismo instante en que contempló lo imposible.
Benjamin había corrido hacia el oso. La había arrancado del camino, empujándola detrás de él y acto seguido se había lanzado contra esa enorme masa peluda…
Aunque no fue Ben el que derribó al oso, sino un enorme tigre de pelaje naranja, con rayas negras.
Una criatura que hacía que los tigres que había visto en el zoo de pequeña pareciesen gatitos domésticos en comparación.
Primero, Ben. Luego el tigre.
Se llevó la mano a la cabeza de forma automática. Esperaba encontrar un chichón, sangre, cualquier cosa que explicase… ¿Qué?
Eso no tiene explicación, Maggie. Lo que acabas de ver no tiene explicación.
Porque lo había visto, ¿no?
Igual que cuando miras un espejismo, cuando el calor afecta a tu percepción, emborronando lo que tienes delante y esto cambia por otra cosa.
Esa era la forma en la que lo había percibido todo, en la que vio primero a Ben, abalanzándose contra esa enorme alfombra viva y…
después al tigre cayendo sobre ella, rugiéndole, clavándole las fauces al animal que gritó en respuesta.
Zarpazos. El oso se revolvió, lanzando poderosos zarpazos, aunque el felino fue más rápido, más ágil, se apartó de un salto y le rugió. Su cola anillada era como un látigo, moviéndose con frenesí.
Jamás había visto tanta brutalidad, tanto salvajismo… El animal no dejaba de rugir, intentaba atacar, mientras el felino volvía a esquivarle, lanzándole mordiscos de advertencia.
Aquel no era el único lugar en el que había pelea. En algún punto por detrás de ella, oyó también el rugido del oso, este algo más lastimero, acompañado de otro rugido.
—No… No es verdad… —Sacudió la cabeza y volvió a centrarse en lo que tenía delante. El felino había conseguido hacer retroceder al oso, aunque este seguía lanzando furiosos zarpazos.
«Maggie. ¡Levanta el puto culo y vete!».
Se sobresaltó y miró a su alrededor, esperando ver al propietario de esa voz. Pero estaba sola, Ben no estaba con ella.
—¿Ben? —Lo llamó. Todo lo que obtuvo como respuesta fue el rugido de ese tigre, quien seguía rodando al oso, haciéndolo retroceder.
No lo está atacando. Era un pensamiento absurdo, sobre todo entre tanto caos, pero la distancia que ahora tenía con esas bestias parecía ser aún mayor que antes.
Un nuevo rugido a su espalda la hizo respingar y, ahora sí, ponerse en pie a trompicones. Miró de un lado a otro, frenética. Trastabilló con sus propios pies, tropezó y a punto estuvo de caer de nuevo. La responsable era una rama, un pedazo de madera y…
—¡Un palo! —Se aferró a él como si le fuese la vida en ello, porque Dios sabía que así era. Lo asió con fuerza y volvió a mirar detrás de ella. El primer oso. ¿Dónde estaba?
No lo veía y tampoco lo escuchaba ya. Entonces, un enorme borrón de pelo naranja pasó corriendo como un rayo a su lado, derribándola. Juraría que algo suave le rozó las manos, pero no tuvo tiempo siquiera a registrarlo cuando escuchó de nuevo ese rugido.
Se arrastró sobre manos y rodillas, sin soltar su arma improvisada y…
—Mierda santa, ahora veo doble.
Ya no había un tigre, sino dos. Eran igual de grandes, descomunales y acorralaban al grizzly , obligándolo a retroceder. El animal autóctono intentaba defenderse, lanzando zarpazos a diestro y siniestro, mas pareció entender que, a pesar de su tamaño, no era rival para dos bestias semejantes.
Les rugió, de esa forma que ahora sabía podían rugir los osos y, finalmente, les dio la espalda y echó a correr bosque arriba.
Uno de los felinos decidió que no había tenido suficiente y echó a correr detrás de él, rugiendo con lo que solo podía ser mala leche, mientras el que había quedado giraba sobre sus cuatro poderosas patas y se movía con absurda elegancia hacia ella.
Tenía el pelo manchado de rojo aquí y allá, sin duda fruto de la pelea encarnizada. Sus ojos anaranjados parecían estar fijos en ella mientras avanzaba con pesadez y elegancia, con movimientos lentos, casi medidos. Era una visión tan asombrosa como aterradora y venía en su dirección.
—Oh, no, no, no, no… —Jadeó, revolviéndose como un gato panza arriba para ponerse de pie, el palo bien aferrado entre sus manos—. No he escapado de un puto oso como para que me des tú un bocado, amiguito…
El felino resbaló una enorme lengua rosada por sus fauces, lamiéndose la nariz, agitó esas orejas redonditas y se sacudió de la cabeza a la cola.
—No des un paso más, por favor, no des…
No sabía si es que estaba hiperventilando y empezaba a faltarle oxígeno, pero volvió a ver cómo el aire se espesaba, desdibujándose y, en cuestión de un parpadeo, el tigre desapareció y fue Ben el que caminaba hacia ella, con la misma mirada decidida de ese gato.
—Maggie…
—Ben… —El palo se le escapó de las manos, cayendo a sus pies cuando los brazos de su amante, unos brazos muy humanos, se envolvieron en torno a ella, estrechándola hasta el punto de aplastarla.
—Ya ha pasado, cariño —le susurró. Era su voz, su olor y, aun así, su mente seguía viendo al tigre y luego a él—. ¿Estás herida? ¿Te has hecho daño?
La apartó para examinarla, recorriéndola con las manos, con la vista del mismo modo que hacía ella. Porque él… él estaba sangrando.
—Ben, esto… esto es… ¿Sangre?
Sacudió la cabeza.
—No es nada. —Volvió a atraerla contra él, presionándola fuerte contra su pecho, donde notó el acelerado latido de su corazón—.
Dios. Si te hubiese pasado algo… No lo vi venir.
Olí al pequeño, pero a esa hembra… No la percibí hasta que la tenías encima.
—Enterró la cara en su pelo—. Cristo. Si llego a esperar un segundo más… Si Eli no hubiese estado cerca…
¿Eliot? Era uno de sus compañeros, ¿no? Alguien mencionó que estaba en el parque, pero… No había visto a ningún otro guardaparques, solo ha…
—No… —Negó en voz alta, desechando aquella absurdez, igual que desechaba la que acababa de presenciar por segunda vez, porque… Nada de eso podía ser real. Ningún hombre se convertía en… bestia. Ni una bestia volvía a ser hombre—. El oso… Había dos osos…
—Ya no están. Se han ido —le informó, separándose de ella, cogiéndole el rostro entre las manos—. Nos encargamos de ellos y… —Hizo una pausa, sacudió la cabeza y continuó—. Daremos aviso a la central para que hagan una batida y los devuelvan a…
Se empujó con las manos, apartándose de él y buscando al mismo tiempo sus ojos.
—Ben… En Canadá no hay tigres —aseguró casi a la desesperada—. ¡No hay tigres!
—Maggie…
—¡Que no hay tigres, joder! Y… Y… ¡Y yo acabo de ver dos! Y… Y te vi a ti… y… ¡Joder! —Dio una patada en el suelo, llevándose las manos a la cabeza, mesándose el pelo—. Dime que me he dado un golpe en la cabeza, que… Que me lo he imaginado, Ben. Porque… ¡Porque no entiendo lo que he visto, joder!
Él no dijo nada. Se quedó callado. Mirándola casi con culpabilidad, apretando los labios como si no quisiera dejar que las palabras, esas con las que siempre aciertan, saliesen de su boca.
—¿Ben? —Insistió, sintiendo que su propio corazón estaba ahora mismo en plena maratón—. Por favor. Dime qué está pasando. Dime que me lo he imaginado, que tú no… Que lo que vi… Que no es…
—Es real.
Fue un susurro, mas lo sintió igual que una bofetada.
—No… —Sacudió la cabeza, negándose a creer algo semejante—. Eso no puede ser… ¡No puede ser!
—Puede serlo, Maggie, porque… —Dejó escapar un nuevo suspiro y concluyó con gesto derrotado—. Porque no soy humano, no del todo al menos. Soy un tygrain .
—¿Un qué?
Dio un paso hacia delante, extendiendo los brazos hasta cogerla de las manos.
—Un tygrain —respondió lentamente, ciñéndole los dedos mientras buscaba sus ojos—. Y el tigre… sí era yo.
Negó una vez más con la cabeza, pero su mente no dejaba de reproducir una y otra vez lo que había visto, cada pequeño momento. Con el oso y cuando esa bestia rayada se acercó caminando a ella antes de hacerlo él.
Se quedó quieta, mirándolo una vez más de la cabeza a los pies, intentando entender cómo era posible algo semejante en la vida real.
—¿No me he dado un golpe en la cabeza? —musitó, deseando que esa fuese la causa de tamañas alucinaciones, si es que lo eran, que parecía que no.
Él negó con la cabeza.
—No, pequeña.
Volvió a bajar la mirada sobre él, sobre el rasgón en su chaqueta y la sangre que manchaba la manga.
—Te… Te hirió —susurró. Buscando más heridas en él—. Tú… tú me salvaste y… Te hirió.
—Estoy bien —volvió a acortar la distancia entre ellos, capturándole el rostro entre las manos—. Estoy aquí, contigo. Y estoy bien.
—¡Y una mierda! —La intensidad del momento era tal, que ahora que la adrenalina al fin empezaba a retroceder, las lágrimas aparecieron solas, inundándole los ojos—. ¡Ese puto oso iba a comerte! ¡Quería comerme a mí! ¡Ya no me gustan los osos!
Él dejó escapar un resoplido mitad alivio, mitad risa y la atrajo de nuevo contra su cuerpo, permitiéndole escuchar una vez más el acelerado latido de su corazón.
—Tranquila. —La besó en la cabeza—. Ya ha pasado todo.
Se aferró a él, envolviéndole la cintura, permitiéndose al fin derrumbarse después del miedo que acababa de pasar.
—Tienes mucho que explicar, Benjamin Savage —sollozó contra su pecho, ocultando el rostro contra él—. ¡Muchísimo!
Y solo esperaba tener la mente y el ánimo suficientes para poder enfrentarse a tamañas explicaciones.