Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Quería que Maggie conociese el bosque, porque este lugar también era una parte de él, de quién era en realidad, mas no la pondría en riesgo por nada del mundo.

—Bien. Empecemos a caminar entonces —la invitó—. Si se te hace muy duro o te cansas, me lo dices y paramos.

—Sin problema.

El bosque los recibió con un silencio distinto, no se trataba de una ausencia de sonido, sino de un conjunto de ruidos que a menudo se pasaban por alto y que daban sentido a la naturaleza.

Guio la caminata en etapas cortas, a un paso mucho menos severo que el que solía llevar cada día.

Quería que ella disfrutase del entorno, que descubriese por sí misma las pequeñas cosas que daban vida a un lugar como este.

Y lo hizo. Verla entusiasmarse al vislumbrar un alce en medio de la espesura, o la presa de un castor, eran cosas por las que valía la pena ir más lento.

Descubrió que se emocionaba con las flores, con los senderos boscosos, con el vuelo de un pájaro, la vio sonreír más veces en un par de horas que en todo el tiempo que la conocía.

Y, por encima de todo, la encontró mucho más ligera, como si este lugar también tranquilizara su alma.

La guio por los caminos y también fuera de ellos, asegurándose de que el terreno estaba despejado antes de dar un solo paso en esa dirección.

Todavía no había visto rastro alguno del oso en esa zona, pero sí de un tygrain a cuatro patas.

Eli estaba ahí fuera en su forma felina, sin duda rastreando al animal que llevaba días rondando, bajando más de lo que era seguro para los lugareños.

Seguramente quería volver a llevarlo hacia las montañas, al lago en el que venían a desovar los salmones. Una vez que tuviese pesca con la que entretenerse, no daría más problemas.

Procuró mantenerlos fuera del camino de su amigo, lo que le dejaba a él una de las partes más altas del parque y, también, una de las que se obtenían las mejores vistas.

Oteó el aire una vez más, buscando algún rastro que pudiese alertarle de alguna presencia indebida a medida que ascendían por un pequeño sendero. Agudizó el oído y localizó algunos animales pequeños. Ellos ni siquiera asomarían la nariz sabiendo que había un depredador más grande que ellos cerca.

—¿Todo bien? —preguntó, volviéndose a mirar a su chica, la cual estaba claramente cansada. Sin embargo, no se había quejado ni una sola vez en todo el camino.

—Es muy posible que mis agujetas estén saludando a mis nuevas agujetas, pero sí, todo bien —replicó, con una irónica sonrisa—. Están planeando ya hacer una fiesta de agujetas.

Dejó escapar un resoplido de risa y señaló el camino por delante de él.

—Solo un poco más y te prometo que podrás descansar un buen rato y disfrutar además de unas magníficas vistas.

La vio mirar hacia arriba, más allá de su posición, y asentir.

—Con lo que llevamos subido, ya puede haberlas, en serio —murmuró y siguió adelante, poniendo un pie delante de otro, dejándose guiar una vez más.

Ben tomó de nuevo la delantera, para comprobar que el camino era seguro y que no había piedras sueltas que pudiesen hacerla resbalar. Lo que había dicho sobre que era un desastre… Llevaba comprobándolo todos esos días, por lo que no iba a jugársela con ella en esta zona del parque.

Satisfecho con la localización y con el terreno, se dio la vuelta y la esperó.

—Un par de pasos más y habremos llegado —la animó, esperándola en el punto exacto en el que sabía despertaría su emoción.

—Mañana no me levanto de la cama, te lo juro —resopló, llegando hasta él—. ¿Qué digo mañana? Hoy mismo. En cuanto la pille, yo…

Las palabras se esfumaron de su boca en el preciso instante en que llegó a su altura y dejaron la línea de árboles atrás para encontrarse con un verdadero balcón sobre el cielo.

Las rocas bajo sus pies, una alfombra verde de bosque cubriéndolo todo y, a lo lejos, las montañas, con las cimas todavía cubiertas de nieve. El viento se levantó, azotándole el pelo, aunque Maggie ni se inmutó. Estaba demasiado pasmada viendo lo que tenía delante.

—Oh. Dios. Mío.

Tres simples palabras que la llevaron de la sorpresa a la emoción.

La sintió, como si fuese también parte de él, canalizándose a través del vínculo de pareja que tenía con ella.

Estaba extasiada, una creciente alegría se elevó hasta romper en una carcajada que se llevó el viento.

Ladeó la cabeza, volviéndose hacia un lado, hacia otro, intentando abarcar aquella inmensidad a la que los retratos no podían hacer justicia.

—¿Te gusta? —le preguntó, bajito, para no romper ese momento.

—¿Gustarme? —Jadeó, volviéndose a él con esos ojos del color del otoño abiertos y brillantes—. Ben, esto… esto es… ¡No tengo palabras!

Sonrió ante su entusiasmo y señaló con un gesto de la cabeza una piedra grande en la que él solía tumbarse en su forma felina.

—Ven a sentarte —la guio hasta el lugar, ayudándola a bajar al suelo. Dejó su propia mochila a un lado, junto con su rifle, y se sentó con ella, estirando las piernas y cruzándolas por los tobillos—. Sé que te he hecho caminar bastante, pero quería enseñarte uno de mis lugares favoritos del parque.

—No me importa, créeme —aseguró, estirando también las piernas—. Esto… Esto hace que esas dos horas y media de caminata hayan merecido la pena.

—Has contado cada minuto, ¿eh? —se rio.

—No te he dicho que mis nuevas agujetas se están haciendo amigas de las viejas —replicó, sonriéndole también—. Pero… No. Qué va. Esto es como estar a un pasito del cielo. Pura belleza salvaje.

Volvió a mover los hombros, notando claramente la tensión en ellos a causa de esas mencionadas agujetas.

—Ven aquí. —Abrió las piernas para hacerle sitio entre ellas—. Siéntate de espaldas a mí.

Lo miró, podría decirse que incluso dudó un segundo, mas al siguiente ya se había levantado y colocado delante de él. Su aroma lo envolvió una vez más, ese perfume cítrico que tanto le gustaba.

—Hueles a mandarina, ¿sabes?

Ella ladeó la cabeza y lo miró.

—Oh. Es por mi gel de ducha y por el champú —sonrió culpable—. Llevo tanto tiempo utilizando la misma marca que…

—Me gusta —le aseguró, apartando la melena que le caía de la coleta y despejando la zona posterior del cuello.

La herida de su mordisco estaba mucho menos inflamada, la rojez había empezado a desaparecer.

No se lo pensó, se inclinó sobre ella y deslizó la lengua sobre ella, notando su inmediato estremecimiento—. Dios… No hagas eso.

—¿Por qué no? —Se separó lo justo para no rozarle la piel con los labios.

—Porque no tengo la más mínima intención de despelotarme aquí arriba.

Ben sonrió contra su piel, besándola de nuevo en esa particular zona, antes de lamerla de nuevo.

—¿Duele? —preguntó, tocándola con los dedos.

—Me escuece un poco, pero… tampoco es como si hubiese podido mirarme esa zona en condiciones —resopló—. Te juro que es como si me hubiese picado un mosquito, uno muy gordo. Dos veces.

Escondió la risa y deslizó la lengua una vez más por la herida. A este ritmo, mañana estaría ya curada, dejando tan solo una pequeña cicatriz de su posesión. Su marca en ella.

—Pero hablo en serio… si sigues así… vas a tener que… Oh… —No acabó la frase. Acababa de hundir los dedos a ambos lados de su cuello, presionando sobre la depresión que se deslizaba hacia sus hombros, destensando los músculos de esa zona—. Olvídalo. Sigue.

No tuvo que decírselo dos veces. Sus manos trabajaron los trapecios y la base del cuello, descendiendo después por la parte alta de la espalda, deshaciendo nudo tras nudo hasta dejarla completamente relajada.

—Oh, Dios. ¿Hay algo que no se te dé bien, Ben?

—Pocas cosas —respondió, concentrado en su tarea.

—Qué modesto —se burló ella, dejándose hacer y disfrutando del momento.

Siguieron en silencio unos momentos más, hasta que ella se reclinó contra él, después de que hubiese terminado con el masaje. La envolvió con los brazos, limitándose a estar simplemente presente y disfrutar del paso del tiempo.

—Podría quedarme aquí todo el día sin hacer absolutamente nada más que mirar esas montañas y el cielo sobre ellas —mencionó, apoyando la cabeza en su clavícula—. No me sorprende que sea uno de tus lugares favoritos, aunque no puedo evitar preguntarme cuales son los otros.

—Una orilla en particular del lago Louise —le dijo—. Lo viste en los carteles de la base.

—¿El de los glaciares? —levantó la cabeza, para encontrarse con su mirada.

—Ese mismo.

—Si en el póster ya parecía impresionante, no me puedo ni imaginar cómo será en vivo como aquí —abarcó con un gesto el paisaje—. ¿Y hay alguno más?

—Una parte del bosque, al otro lado del parque —le dijo, recordando el lugar—. Hay un campo de flores silvestres que alcanza todo su esplendor en los meses de julio y agosto. Con un día de sol, es un espectáculo casi tan mágico como estas vistas.

—Un campo de flores… —repitió ella—. No es algo que esperaría escuchar de alguien con tu… apariencia.

—¿Por qué?

—Bueno… No eres una florecilla delicada, Benjamin —se burló ella y señaló hacia delante—.

¿Esto? Sí, pega contigo. Mucho. Incluso el lago, pero un campo de flores…

—Sacudió la cabeza y se volvió de modo que pudiesen mirarse a la cara—.

Ve agendando un día en esos meses en tu agenda para llevarme allí. Necesito verlo con mis propios ojos.

Sus palabras contenían más que ese tono bromista, eran promesa de futuro, de meses más adelante, de más tiempo con ella, quizá incluso una vida.

—Te llevaré a verlo cuando florezcan por completo —asintió, inclinándose sobre ella y acariciándole suavemente los labios.

—¿Prometido? —susurró ella.

—Prometido.

Se quedaron un rato más allí arriba, aprovechando el descanso no solo para que ella pudiese reponer fuerzas para desandar el camino, sino también para que pudiese comer algo con tranquilidad.

Cuando paró a comprar los bollos para el desayuno, también se llevó unos sándwiches, previendo que pasarían casi todo el día en la reserva, sin tiempo para comer.