CAPÍTULO 15
El centro de operaciones del parque olía a café recalentado, madera vieja y a ese leve aroma metálico del equipo usado demasiadas veces. Para cualquiera sería un lugar funcional, sin más. Para él era territorio conocido, casi un segundo hogar, dado el tiempo que pasaba allí.
Supo, incluso antes de llegar al final del pasillo, a quién se encontraría en la sala principal, el olor de los humanos se mezclaba con el de dos tygrain , lo que quería decir que uno de los chicos tenía hoy el día libre.
Ben echó un vistazo a la mujer que caminaba a su lado, de su mano. Se había cogido a ella de manera natural, dedicándole una sonrisita en plan «no te importa, ¿verdad?» y su respuesta había sido ceñirle los dedos, llevándoselos a los labios para besarle los nudillos.
No podía estar más pletórico. Ella era suya, completamente. Pero más allá del reclamo de su tigre, estaba el hecho de que ella quería serlo, que deseaba permanecer a su lado.
—Ves —mencionó ella, rompiendo el silencio del corredor, señalando uno de tantos carteles que colgaban de las paredes—. Alces, castores, osos, lobos… Ningún tigre .
Oh, cariño. En nada vas a estar en compañía de tres.
—Los carteles son orientativos…
—Sí, claro… —chistó, dejándose guiar.
—¿Lista?
—¿Muerden?
—¿A ti? Solo yo.
Sus mejillas se colorearon y le dio un golpe con la mano libre.
—Compórtate.
—Oye, fuiste tú la que preguntó —se hizo el inocente, disfrutando de este pequeño instante antes de empujar la puerta.
El murmullo de voces se detuvo lo justo para que varias miradas girasen hacia ellos en cuanto cruzaron el umbral.
—Mira quién aparece por fin. —Aidan, sonrió al verlos. Estaba apoyado contra la mesa, charlando con Karen—. Y acompañado, nada menos.
La administrativa alzó la vista por encima de las gafas, evaluando la escena con una media sonrisa que no pasó desapercibida.
—Así que esta es la famosa Maggie —comentó, con ese tono suyo entre curioso y aprobado—. Ya empezaba a pensar que eras un invento.
Ben rodó los ojos, pero no pudo evitar la ligera sonrisa que se le escapó.
—Maggie, ellos son parte del equipo de Banff —le dijo, señalando a los presentes con un gesto—.
El bocazas es Aidan, ella es Karen… la que realmente manda aquí, aunque no lo admita.
El que no se ha molestado en levantar el culo de la silla es Charlie…
de quien has oído hablar ya a la señora Wilson y…
—Rick —intervino su amigo, al fondo de la sala, junto a la máquina del café, levantando la mano a modo de saludo—. Encantado.
—Igualmente —respondió Maggie, con esa facilidad suya para integrarse que lo desarmaba—. Así que vosotros sois la «mano de obra».
Sus compañeros se miraron entre ellos, compartiendo una secreta sonrisa, y Aidan fue el que dio un paso adelante.
—Esos deberíamos ser nosotros —gesticuló entre Rick y él—. ¿Qué necesitas?
Ella le dedicó un fugaz vistazo, casi como si buscase su aprobación, la cual no dudó en darle y respondió.
—Pintar unas cabañas… —respondió ella sin dudar—. Estoy en guerra contra un arcoíris psicodélico, arriba, en el camping .
—Las «cabañas infames» del Miracle —asintió Rick—. Sabemos cuáles son
—Como para no… —mencionó Charlie.
—Todo el pueblo las conoce —añadió Karen, alternando la mirada entre ellos y los chicos—. Estoy segura de que estos dos tunantes podrán echaros una mano, querida.
—Dalo por hecho —afirmó Aidan.
—Lo que necesites —correspondió Rick.
Lo que se podía traducir en una acogida oficial por parte de su pequeña manada de cuatro, pensó Ben. Intercambió un silencioso gesto de agradecimiento con ellos, obteniendo un ligero gesto afirmativo.
—Gracias —sonrió ella, apoyándose inadvertidamente en él—. Le he prometido a Ben hacerle una barbacoa, así que… daos por invitados.
—Barbacoa —canturreó Rick—. Me gusta esta chica, Ben. No se te ocurra soltarla.
Levantó sus manos unidas.
—La tengo bien sujeta.
Los chicos y Karen se rieron, incluso Charlie sonrió.
Ben se volvió entonces hacia ella.
—¿Me esperas aquí un momento mientras me cambio? —pidió, señalando una mesa con un ordenador. La suya—. Cojo lo que necesito y salimos.
—Claro —afirmó, dejando ir su mano—. Así aprovecharé para interrogar a tus compañeros y sacarles alguna anécdota divertida sobre ti.
—Uf. De esas tenemos unas cuantas —aseguró Rick, guiñándole un ojo.
—¿Quieres un café? —sugirió Karen, dejando ya su puesto para ir a servirle uno.
—Gracias —asintió Maggie, volviéndose de nuevo hacia él—. Tranquilo. No voy a salir corriendo.
—No te dejarán —aseguró, mirándola con intención antes de volverse hacia Aidan—. ¿Le puedes encontrar un chaleco que le quede?
Su amigo enarcó una ceja.
—¿Te la vas a llevar a la patrulla?
—Sí.
Un silencio breve, apenas perceptible, se coló en la estancia.
—Ten cuidado por la zona oeste —señaló Rick—. Ha habido otro aviso esta mañana. Eli está en la zona, así que… tenlo presente.
Bien. Eliot lo sentiría en el momento en que pusiese un pie en el territorio, del mismo modo que él a su amigo.
—De acuerdo. Ven conmigo, Maggie —la invitó Aidan—. Vamos a buscarte un chaleco chulo de los nuestros.
—¿Vas a darme también una brújula? Vosotros lleváis de eso, ¿no? —le preguntó la chica, con un toquecito burlón que lo hizo sonreír también.
—¿Quieres una brújula? —Aidan le siguió el rollo—. Yo te encuentro una brújula. Ven. Es por aquí.
No la tocó, consciente de a quién pertenecía, pero la guio con amabilidad hacia la sala adyacente.
—Ve a cambiarte. —Rick le dio una palmada en el hombro—. La tenemos vigilada.
Sacudió la cabeza y sonrió en respuesta al comentario de su amigo.
No le llevó mucho tiempo ponerse el uniforme, armarse, tal y como dictaba el protocolo del parque, y recogerla en la sala, ya ataviada con el chaleco identificativo del parque y la mentada brújula.
Dejaron atrás el edificio y le indicó el vehículo del parque. El aire exterior era fresco, limpio y Maggie se detuvo un instante para inspirar hondo, mirando a su alrededor como si todavía no se hubiese acostumbrado del todo a aquel lugar.
Él llevaba toda la vida aquí y todavía seguía dejándolo pasmado semejante belleza y agreste salvajismo.
—Me caen bien tus amigos —comentó, desperezándose con una pequeña mueca.
—Puedo decirte que los has conquistado —le aseguró, abriendo la puerta del copiloto para ella—. ¿No has visto las caras de cordero degollado que se les quedó?
Se rio por lo bajo y lo miró.
—¿Y tú? —le dijo, ladeando un poco la cabeza—. ¿También te caigo bien?
No pudo menos que enarcar una ceja ante semejante pregunta. La miró de la cabeza a los pies y se inclinó sobre ella para decirle.
— Um… Después de tu forma de darme los buenos días esta mañana, puedo decir que me caes muy, pero que muy bien.
Ella soltó una risa y se subió al coche.
—No puedo contigo, en serio —se rio.
Cerró la puerta del coche y lo rodeó para ponerse ante el volante.
—Pues ya seríamos dos, cariño. Ya seríamos dos.
Arrancó el motor y abandonó el parking , dirigiéndose a la carretera y a la entrada oeste del parque nacional.
Si bien había hecho aquel trayecto infinidad de veces, esta mañana era completamente distinto, no solo por la compañía, sino por la expresión de puro asombro y felicidad que iba apareciendo en el rostro de ella a medida avanzaban.
—Doy por hecho que no habías estado antes en la zona, ¿verdad?
Sacudió la cabeza, haciendo volar algunos mechones de pelo. Se lo había recogido en una cola alta, pero, como siempre, su melena iba por libre.
—Me avergüenza decir que no —admitió con una mueca—.
Tanto como me gusta la nieve y las montañas, soy nula en deportes de invierno.
No sé esquiar, no sé patinar y tengo tendencia al desastre, así que…
Nunca me ha dado por venir a Banff y empiezo a darme cuenta de que me estaba perdiendo un verdadero paraíso.
—En invierno es como un sueño nevado. En primavera, por otra parte, cuando las montañas y los lagos empiezan a deshielarse, es un espectáculo completamente distinto —le dijo, señalando las montañas que se veían a lo lejos—. Es un verdadero paraíso natural, uno que hay que cuidar.
—Y de eso os encargáis tus amigos y tú, ¿no?
—Así es.
El camino hacia la zona oeste se volvió más estrecho a medida que avanzaban, el asfalto dio paso a la tierra en el mismo instante en que atravesaron la entrada y el bosque pronto empezó a cerrarse a su alrededor, envolviéndolos.
Redujo la velocidad, manteniendo el coche estable por esos caminos hasta llegar al aparcamiento interior, donde dejaban los vehículos de cuatro ruedas.
—A partir de aquí, iremos a pie —le informó, inmovilizando el coche. Se bajó, recogió la mochila de la parte de atrás, así como el rifle reglamentario y esperó a que ella rodease el vehículo.
Su mirada se posó de inmediato en el arma. No había miedo en sus ojos, solo precaución.
—¿Eso es necesario?
—Sí. —No lo discutió—. Es por seguridad. Normalmente acaba volviendo al coche igual que salió, aunque no hay que olvidar que esta es zona de vida salvaje y nunca sabes con qué vas a encontrarte.
—Un oso.
—O un castor.
—Si le tienes que disparar a un castor… tela —señaló ella, haciéndolo reír.
—Todavía no he visto a un castor atacando a un humano, pero…
—Con esos dientes, todo es posible, Ben.
Sacudió la cabeza, se colgó la mochila a la espalda y aseguró el rifle, comprobando que tenía el seguro puesto.
—Regla número uno —le dijo, mirándola ahora con total seriedad—. No te alejas de mi lado.
—Sí, señor guardaparques —le hizo un saludo marcial.
—Regla número dos —añadió, ignorando el tono y el gesto—. Si te digo que te detengas, te detienes. Y si te digo que retrocedas, lo haces. Sin chistar.
—Entendido —asintió, esta vez más seria, dejando claro que comprendía que lo decía por su bien.
La miró un segundo más, asegurándose de estar haciendo lo correcto.
Tenía claro que no iba a llevarla a zonas de riesgo, procuraría mostrarle esos lugares que sabía eran seguro y se aseguraría de que no había ningún animal que no debiese estar por la zona antes de llevarla allí.