Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Yo tampoco —declaró él con su habitual franqueza—. Solo sucedió lo que… tenía que suceder. Lo que antes o después habría sucedido entre nosotros.

—Estás muy seguro de eso.

—¿Tú no?

Hizo una mueca. Sí. Era imposible decir lo contrario, sobre todo porque se le habían caído las bragas desde el primer momento en que lo vio.

—Solo sé que… Me gustó. Mucho. Y me encantaría repetir.

Ya está. Lo había dicho en voz alta, así que no había vuelta atrás.

—Lo sé —confirmó, mirándola con una intensidad especial.

—¿Lo sabes?

Asintió con la cabeza.

—Hay una… inevitabilidad entre nosotros —le dijo, apartándole un mechón de pelo de la cara—. Desde que nuestros caminos se cruzaron… supe que esto acabaría pasando antes o después. Y me alegro.

—Tienes una inquietante confianza en ti mismo, ¿sabes?

—¿Inquietante?

—Es como si supieses algo que yo no, como si previeses el futuro… —Dejó que sus palabras cayeran entre ellos y añadió, llevándose de nuevo la taza a los labios—. No tendrás poderes sobrenaturales o algo, ¿no? Porque si es así, por favor, dame los números del próximo boleto ganador de la lotería.

Una particular sonrisa le curvó los labios.

—Mucho me meto que dentro de mis… poderes, no está la clarividencia, cariño. Es más bien… una intensa capacidad de observación.

Chasqueó la lengua y dio un sorbo al delicioso café.

—Qué pena —Disfrutó del sabor de la amarga bebida antes de añadir—. ¿Y qué has observado, señor guardaparques?

Lo vio llevarse su taza de café a los labios y dar un largo trago antes de dejarla de nuevo sobre la encimera contra la que acababa de apoyarse.

—¿Sobre ti?

Asintió con la cabeza.

—Venga, sorpréndeme.

—Que te gusta tener el control… hasta que decides soltarlo.

—Bueno… —Ahora fue ella la que dejó la taza sobre la mesa—. Eso ha sido inquietantemente preciso.

—También que no te gusta complicarte la vida y que, cuando algo te importa… no te andas con rodeos —continuó y, esta vez le costó responderle, pues una vez más había dado en el clavo.

¿Era tan transparente?

—¿Y qué hay de ti? —acabó por preguntarle—. No niego que me has… retratado bastante bien, pero, ¿qué hay de ti?

Ladeó ligeramente la cabeza, prestándole toda su atención.

—¿Qué quieres saber?

— Um … Lo básico. —Se encogió de hombros—. ¿Cuál es tu color favorito? ¿Prefieres el amanecer al atardecer? ¿Eres de los que desaparecen después de… esto?

—El azul, prefiero el atardecer y no, no soy de los que desaparecen —contestó sin preámbulos, con aplastante sinceridad—.

No tienes que temer que me vaya, Maggie.

Lo que dije anoche, lo dije muy en serio.

—Caminó hacia ella, posando una mano sobre la mesa y otra en el respaldo de la silla, de modo que sus rostros quedaron ahora muy cerca—.

Eres mía. Y, solo para que lo tengas presente, no renuncio a lo que me pertenece.

Estoy aquí, porque deseo estarlo, porque quiero estar contigo, así que, a menos que tus deseos sean otros…

—No… —La palabra salió disparada de su boca, demasiado rápida, demasiado rotunda… pero incluso a ella le sorprendía lo real que era—. No lo son.

—En ese caso… no desapareceré.

Asintió lentamente.

—Bien, porque sería incómodo que siguieses echándome una mano con esto y tuviésemos que fingir que no pasó nada entre nosotros.

—Nada de fingimientos, bonita —le acarició la nariz con el dedo—. A todos los efectos, Maggie Greyson, ahora eres mi chica .

La seguridad con la que lo dijo le provocó un cosquilleo y la llenó de una inesperada felicidad.

—¿De acuerdo? —concluyó él, mirándola a los ojos.

—De acuerdo.

Habiendo dejado claro aquel punto, Ben se echó hacia atrás y echó un vistazo por la ventana de la cocina.

—Hoy tengo que volver al parque.

—¿Turno largo?

—Lo normal. —Se encogió de hombros, volviéndose hacia ella—. Patrullar y comprobar que no se han producido cambios en el área oeste.

—¿No fue allí donde avistaron a ese oso?

Él enarcó una ceja ante su pregunta.

—¿Ya te llegan los cotilleos?

Puso los ojos en blanco.

—Puede que sea nueva en el pueblo, cariño , pero no sorda —replicó, añadiendo un poco de ironía a ese apelativo cariñoso que ya había usado él con ella—.

Anoche parecía ser el tema principal en el Clays.

No entendí muy bien de qué iba la cosa, aunque me parecieron bastante preocupados por los avistamientos de osos.

Ben asintió despacio.

—Sí. Se ha reportado la presencia de un oso joven por la zona. Lo han visto un par de veces, demasiado cerca de las áreas turísticas.

—Bueno, no soy experta en osos, pero estamos en primavera, ¿no es cuando salen de sus cuevas, después de echarse una siestecita de varios meses, para comer?

—Sí. Aunque suelen quedarse más para arriba, en las zonas de montaña y río arriba, para cazar salmones.

Apoyó la espalda en la silla, con gesto pensativo.

—Tiene que ser una pasada ver uno de esos en plena naturaleza…

—Siempre y cuando lo hagas con unos prismáticos y a varios kilómetros de distancia, no me opongo —replicó él con calma—. No sea que se te dé por… caer en su cueva.

Abrió la boca y se quedó gesticulando como un pez fuera del agua.

—¡Oye! Que tenía cinco años —bufó—. Y no eran osos, eran tigres.

—Me preocuparía mucho menos que te encontrases con un tigre que con un oso, la verdad sea dicha.

—¿Tigres en Canadá? Claro que sí, guapo.

—Te sorprendería la clase de bestias que pueden encontrarse en esta reserva natural.

—Venga ya —bufó, poniendo los ojos en blanco—. Admito que podáis tener lobos, alces y esas cosas, pero, ¿qué narices se le habría perdido a un tigre en Canadá?

—Les gusta el frío y la nieve…

—Ya. Y a mí. Y no por eso me he mudado a Siberia.

Él se rio entre dientes.

—Ahí me has pillado.

Maggie sonrió a su vez y volvió la cabeza para mirar por la ventana.

—La verdad es que es una suerte poder disfrutar de un lugar como este, de esas vistas y de tanto aire puro —admitió—. Quizá haga una de esas rutas de senderismo para excursionistas un día de estos.

—¿Y por qué no hoy?

La invitación la tomó por sorpresa.

—Aunque, no será una ruta turística, puedo enseñarte algunas zonas del parque que son bastante bonitas.

—¿Me estás invitando a ir contigo? ¿En una de tus patrullas?

Asintió lentamente y añadió con un tono que no dejaba lugar a discusiones.

—Tendrás que seguir mis instrucciones al pie de la letra.

—Siempre —mintió con total descaro.

—Maggie…

—No tienes que preocuparte por que tire basura donde no debo, si me salgo de los senderos o vaya a tener una charla trascendental con un oso, Ben —prometió, dejando que sus labios se curvaran poco a poco—. Haré lo que me digas cuando me lo digas. No seré yo la que te meta en problemas…

—Demasiado tarde para eso —resopló él, sacudiendo la cabeza, entonces añadió—. Y no te separarás de mí.

—Eso sí es algo que puedo hacer sin problemas, de hecho, suena incluso bien.

—Suena demasiado bien —admitió él, mirándola de una manera bastante particular—. Ponte unas botas de montaña, anda. Las que usas para trabajar servirán.

—Sí, señor. —Se puso en pie, notando todavía el cuerpo algo agarrotado, pero quitando la pesadez en los brazos, estaba bastante bien como para moverse.

Desde luego, la ducha había obrado un milagro—.

Creo que me vendrá bien el cambio de aires y un tipo de ejercicio distinto al del rodillo.

Siento que si hoy me pusiese a pintar, se me caerían los brazos.

—Tú solita te has metido en esa competición contra el camping —le recordó él, con una pequeña sonrisa curvándole los labios—. No tienes que terminar el trabajo en un solo día. El truco está en dosificar.

—Es que cuando empiezo algo siento que necesito terminarlo cuanto antes, ¿sabes? —admitió con una mueca—. Y sí, sé que eso, dependiendo del área, puede quedarme grande.

—Poco a poco, Maggie, poco a poco. —Su calma era contagiosa, hacía que ella misma bajase de revoluciones—.

Tómate hoy el día libre, para no hacer otra cosa que disfrutar de la vida y del aire puro, y mañana nos metemos de nuevo a pintar.

Si te corre mucha prisa cubrir esas cabañas multicolor, te conseguiré mano de obra.

—¿Qué mano de obra? —preguntó, ladeando la cabeza.

—Podrás conocerlos en la oficina —le guiñó el ojo—. Vamos. Ponte esas botas. Pararemos en el centro para coger unos bollos y termines de desayunar en condiciones. Después iremos al centro de operaciones, para que pueda fichar, y te vendrás conmigo de patrulla.

La verdad es que no era un plan que se le hubiese pasado alguna vez por la mente, aunque la idea de pasar tiempo con él, de ver dónde trabajaba y lo que hacía, le generó un cosquilleo de anticipación.

—De acuerdo —asintió, encantada con el plan—. Pero te lo advierto, Ben, si aparece ese oso… te va a tocar protegerme.

Él esbozó una media sonrisa.

—Siempre, Maggie. Te protegeré siempre.

Esas palabras casi parecían una promesa, una que empezaba a desear más que ninguna otra cosa.