Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Maggie se despertó despacio, envuelta en su aroma, una mezcla de bosque, madera, calidez y hombre, que ya empezaba a asociar con Ben. Notó el peso de su brazo sobre la cintura, su pecho presionado contra su espalda y su sexo… bueno, alguien se despertaba de buen humor por las mañanas.

Sonrió para sí, disfrutando de la sensación de ese cuerpo duro y caliente contra el de ella, de la manera protectora en que la abrazaba, algo que muy pocas veces… o puede que incluso nunca hubiese vivido antes.

Él no era como los hombres con los que había salido y estaba a años luz de cualquiera de sus amantes. Benjamin Savage era una mezcla de contención y salvajismo que lo convertía en alguien tan peligroso como adictivo. Una que a ella le encantaba.

Se removió un poco entre las sábanas, notando cómo su cuerpo protestaba.

Puede que se hubiesen extralimitado un poquito con el ejercicio… de cama.

— Uf … —dejó escapar un pequeño resoplido, antes de murmurar en voz baja—. Vale. Confirmado. Agujetas hasta en las pestañas… Dios.

Una risa grave, todavía adormilada, sonó detrás de ella.

—Te lo advertí.

Saboreó su voz, sintiendo cómo su cuerpo despertaba a ella, igual que si lo hubiese acariciado.

—No recuerdo que mencionases este nivel de destrucción física —respondió, girando despacio entre sus brazos, hasta quedar frente a frente y mirarle.

Ben tenía los ojos todavía velados por el sueño, pero parecían mucho más brillantes, más intensos.

Su pelo sí que podía competir con el suyo, totalmente revuelto y, aun así, sedoso, y ya había empezado a asomar una sombra de barba en su mentón, la cual empezaba a resultarle peligrosamente atractiva.

—No me preguntaste por esa parte… —replicó, inclinándose sobre ella.

—Claro, fallo mío —rezongó, acomodándose de nuevo contra él sin pensar demasiado—. La próxima vez haré un cuestionario previo.

Notó cómo el brazo de él se ajustaba automáticamente a su cuerpo, acercándola un poco más de forma automática, como si fuese lo natural entre ellos. Como si llevasen años haciéndolo.

Aquella idea le provocó un cosquilleo en el bajo vientre.

—Lo pondremos en la lista —sonrió él contra sus labios, reclamando su boca en un largo y lento beso que afectó a cada una de sus terminaciones nerviosas—. Buenos días, pequeña.

—Buenos días… —respondió derretida contra él, apretándose contra su cuerpo y comprobando una vez más la dureza matutina de su miembro—. ¿Siempre te despiertas tan… animado?

—Al parecer, solo contigo. —Su voz sonó más grave y espesa, lo que le provocó un escalofrío de puro placer.

— Um… —ronroneó, deslizando la mano entre sus cuerpos, hasta que sus dedos encontraron su polla, dura, caliente, lista para la acción.

—Joder… Maggie. —Notó cómo contenía el aliento—. Estás… Agujetas, ¿recuerdas? No quiero… lastimarte…

—No lo harás —susurró, buscando su boca por sí misma, iniciando un beso igual de lento que el de antes, pero más caliente—. Solo déjate llevar…

Lo masturbó bajo las sábanas, envolviendo sus dedos en torno a su duro miembro, deslizándolos arriba y abajo.

Había algo… bonito en la manera en que él se entregó a sus cuidados, en la confianza que le prodigaba y en la forma en la que su rostro mostraba el placer abierto que le estaba dando.

Verlo así la excitaba, mas incluso ella sabía que su cuerpo necesitaba al menos un día de alivio, sobre todo si pretendía caminar y continuar pintando.

Además, esto era para él, quería recompensarle por todo el placer que le había dado anoche, por cómo la había hecho sentir, querida, deseada…

—Nena… Dios… —gimió, empujando las caderas contra su mano, buscando más de lo que le daba—. Maggie…

Sonrió y bajó sobre su pecho, deteniéndose sobre una oscura tetilla.

La rodeó con la lengua, pellizcándola entre los dientes, haciéndolo respingar.

Siguió bajando, deslizándose bajo las sábanas, sumergiéndose en una sofocante y erótica oscuridad que duró lo que le llevó a Ben deshacerse de la ropa de cama.

Se rio, al ver los ojos medio cerrados de él sobre ella, una expresión entre somnolienta y llena de deseo.

—Maggie… —No sabría decir si era una súplica o una advertencia, aunque tampoco le importó. Ella tenía una tarea en mente, una de la que iban a disfrutar ambos.

Depositó un pícaro beso en la punta de su miembro antes de abrir la boca y bajar sobre su longitud. Lo chupó como si fuese un delicioso caramelo, se tomó su tiempo en recorrerlo con la lengua y los dedos, probando lo lejos que podía llevarlo sin que ello le provocase arcadas.

Había algo realmente poderoso en complacer así a un hombre. Ben estaba en esos momentos a su merced, su placer estaba en sus manos… en su boca, para ser más exactos, y ella era la única que podía darle lo que quería.

Disfrutó de ese momento, de lo natural que le resultaba hacer esto por él, de lo mucho que deseaba hacerlo. Benjamin no era cualquier hombre y lo sabía. No entendía muy bien de dónde venía esa seguridad, pero de algún modo era consciente de que había elegido… y lo había elegido a él.

Al final va a ser verdad eso de los flechazos.

Sonriendo para sí, se concentró en ese momento de placer, en darle a su hombre un buen despertar, de esos que recordaría durante todo el día. Y él no la decepcionó, cuando tras unas cuantas caricias más, acabó corriéndose en su boca.

—Maggie —gruñó, pronunciando su nombre con voz ronca, entregándose por completo a ella.

Se tragó hasta la última gota antes de dejarlo deslizarse de ella y darle un último beso en la punta.

—Vas a ser mi muerte, compañera —jadeó él, mirándola ahora mucho más despierto.

—Al menos morirás feliz —le dijo, guiñándole un ojo.

La carcajada de él resonó en la habitación, su cuerpo se agitó y acabó de nuevo sobre él, sonriendo satisfecha.

—Bueno… —le dio unas palmaditas sobre el pecho, incorporándose con cuidado—. Necesito café si aspiro a funcionar durante el resto del día, aunque me conformaré con poder ponerme en movimiento esta mañana.

Antes de que él pudiese persuadirla de otra cosa, se volvió, levantándose de la cama, solo para quedarse completamente quieta con un resoplido.

—Oh, Dios… —jadeó, sin saber si echarse a llorar o reírse como una loca—. No puedo moverme.

Ben la miraba apoyado sobre un codo, entre divertido y satisfecho.

—¿Problemas, Greyson?

—No te rías —lo señaló con un dedo, haciendo un esfuerzo para estirarse a pesar de las protestas de sus músculos—. Esto es culpa tuya.

—Nuestra, querrás decir —la corrigió.

—No. Tuya —insistió, cerrando los ojos mientras su cuerpo protestaba por la manera en que lo estaba obligando a cooperar—. Ay, Dios. Yo solo… colaboré.

—Colaboraste mucho, cariño.

Resopló y acabó riéndose.

—Tienes razón —admitió, pasándose ambas manos por el pelo, el cual parecía un nido de pájaros—. Igualmente, necesito un café. Así tenga que arrastrarme hasta la cocina para conseguirlo.

Ben se levantó entonces, sin prisa, con movimientos fluidos, como si no le doliese absolutamente nada.

—Pareces un gato… —resopló—. Te mueves igual que uno…

—Gracias —le dijo, colocándose detrás de ella—. Te propongo algo. Date una ducha de agua caliente para desentumecer los músculos y yo prepararé el café.

—¿De verdad? —lo miró de soslayo.

—Es lo menos que puedo hacer después del… agradable despertar que me has dado. —Le cogió la barbilla, levantándole el rostro, para besarla a continuación. Y lo hizo a conciencia—. Vamos. Te llevo hasta la puerta del cuarto de baño.

Dios, le costaba hasta caminar, pero las molestias pasaron a un segundo plano al sentir las manos de él sobre su cuerpo desnudo, no exigiendo, ni tampoco tentándola, sino sirviéndole de asistencia. Ese simple gesto, esa manera de llevarla… la derritió por dentro.

—¿Dónde has estado toda mi vida, eh? —Acabó dando voz a sus propios pensamientos.

—Aquí mismo —declaró él, mirándola—. Esperándote.

Se detuvieron finalmente ante la puerta del baño y no pudo más que mirarle.

—Creo que me estoy metiendo en un lío contigo, Benjamin Savage —aseguró mirándole a los ojos.

Él se inclinó sobre ella, dándole un toquecito en la nariz.

—Llegas tarde, Maggie. Yo ya estoy dentro.

Sonrió. No sabía cómo lo hacía. Ese hombre parecía tener siempre la frase perfecta en la boca y, cuando la decía, no sonaba como algo ensayado, sino con total naturalidad.

—Me voy a dar esa ducha… —anunció ella, sin querer realmente quebrar ese momento, pero necesitando hacerlo.

—Y yo… me pondré algo encima y me ocuparé del café. —La besó una última vez, esta vez en la frente y la dejó para que se asease con tranquilidad.

Maggie se tomó su tiempo bajo el agua, agradeciendo que el calor le aflojase los músculos y le devolviese algo de movimiento. Sí, todavía sentía el cuerpo agarrotado, aunque ahora sabía que algunas de esas agujetas venían precisamente del trabajo con el rodillo y no… del horizontal.

Se vistió para andar por casa, con unos leggins, camiseta y un suéter flojo. Se secó la melena un poco con el secador y fue hacia la cocina. La casa entera olía ya a café recién hecho.

—Al fin —murmuró, dejándose caer en una de las sillas—. Ya vuelvo a ser persona.

Ben soltó una risa baja desde la encimera, donde ya estaba sirviendo dos tazas.

—No era tan difícil.

—Para ti no, « señor estoy más fresco que las lechugas». —Lo miró de arriba abajo—. Yo, después de lo de anoche, necesito mínimo tres cafés y un milagro.

—El milagro ya lo tuviste —respondió, dejándole la taza delante.

Lo miró y estuvo a punto de preguntarle qué quería decir con eso, pero el aroma del café le hizo la boca agua. Cogió la taza y, soplando la superficie, le dio un sorbo… y cerró los ojos de puro placer.

—Ay, señor. Me caso ahora mismo con este café.

—Un poquito precipitado, ¿no crees?

—No más que lo de anoche —respondió sin pensar.

El silencio cayó sobre ellos. Solo duró un segundo, mas la hizo sonrojarse y añadir de forma atropellada.

—No es que me arrepienta —añadió con suavidad—. De hecho, no lo hago, en lo más mínimo.