CAPÍTULO 12
Ben apenas recordaba el trayecto de vuelta.
Sabía que había conducido, que habían intercambiado alguna mirada y fugaces caricias, una promesa nacida de ese último beso, aquel que se había convertido en una erótica cuenta atrás.
Todo lo que sabía es que la deseaba, a la mujer sentada a su lado, su compañera, y que ese deseo era compartido.
Su aroma lo estaba enloqueciendo, hacía que desease volver a besarla, lamer cada pedacito de su piel, hasta que no quedase un solo rincón de su cuerpo que no hubiese saboreado y reclamado como suyo.
Apartó frente a la cabaña, apagó el motor y se miraron.
—¿Estás segura de esto?
Su respuesta fue tan sencilla como desabrocharle el cinturón, antes de hacer lo propio con el suyo y bajarse del coche. La vio rodear el capó, con lentitud, para luego presentarse en el lado del conductor y abrir la puerta.
—Muy segura —respondió finalmente, teniéndole la mano de la misma manera en que lo había hecho él tan solo unos minutos antes.
Sonrió. No pudo evitarlo. Era una invitación abierta, segura, sin trazo de duda o remordimiento, y la tomó.
Aceptó su mano, envolviéndola en la de él, y se bajó del vehículo.
Incluso con los tacones, seguía siendo más baja que él, pero eso no le molestaba lo más mínimo, por el contrario, la consideraba perfecta en todos los sentidos.
—Si seguimos, no habrá vuelta atrás, Maggie —la previno, acariciándole el rostro con la mano libre—. Hoy no.
—Esto es lo que quiero —respondió sincera—. A ti. Ahora.
Y esas palabras fueron suficientes para sellar el destino de ambos.
La atrajo a sus brazos y descendió sobre ella, reclamando su boca con una urgencia contenida durante demasiado tiempo. La besó profundo, exigiendo una respuesta que no dudó en darle, sabiendo que llegados a este punto ninguno de los dos podía ir despacio.
—Vas a ser mi muerte, cariño… —jadeó en su boca, haciéndola reír—. Sí. Tú ríete, pero es la verdad.
—Entonces haré que mueras feliz, Ben —canturreó, dando un paso atrás, con esa sonrisa pícara mientras tiraba de él.
Se dejó conducir hacia el porche, dejándola tan solo cuando empezó a rebuscar en su bolso en busca de la llave. No le llevó mucho tiempo abrir, la puerta recién arreglada se abrió sin ruido alguno, con suma facilidad y, volvió a cerrarse de igual forma.
El interior de la casa olía a ella, era como si su presencia se hubiese instaurado ya, desterrando cualquier inquilino anterior. Este lugar le pertenecía, tenía su esencia y eso lo alegró mucho más de lo que se atrevía a mencionar.
Clavó los ojos en ella, viéndola dejar las llaves sobre un mueble, el bolso sobre otro y quitarse la chaqueta que había cubierto los hombros desnudos y los finos tirantes del vestido primaveral.
—Eres exquisita, ¿lo sabías? —declaró, recorriéndola muy lentamente con la mirada, disfrutando de lo que veía, de lo que se adivinaba bajo la tela. Tuvo que tragar, pues se le estaba haciendo la boca agua—. Y mía… toda mía.
—Todavía no, aunque… pronto —murmuró ella, balanceándose sobre los tacones.
—Pronto —confirmó, caminando hacia ella como un gato al acecho. Sus instintos se habían afinado, su parte felina estaba atenta, agitándose, deseando reclamarla para sí tanto como él.
Se movió despacio, sin dejar de mirarla, anticipándose a cada uno de sus movimientos, leyendo en la tensión de su cuerpo sus intenciones, lo que lo llevó a atraparla un segundo antes de que diese media vuelta y echase a correr hacia las escaleras.
La levantó al vuelo, haciéndola reír mientras se la echaba al hombro y subía con ella al piso de arriba, donde la depositó de nuevo en el suelo.
—No deberías de tentarme así, Maggie —le dijo, su voz ronca, llena de deseo—. No si quieres que me comporte civilizadamente…
—No quiero a alguien civilizado, te quiero a ti, Benjamin Savage, tal y como eres —respondió ella con la seguridad de quien sabe lo que hace, aunque él sabía que ella estaba jugando con fuego, tentando a una bestia que estaba deseando reclamar lo que le pertenecía por derecho—. No te reprimas, Ben, conmigo no.
Palabras peligrosas donde las hubiera, incitadoras al máximo y que lo hicieron ronronear.
—Bendito sea el destino por haberte puesto por fin en mi camino, Maggie —murmuró él, avanzando de nuevo hacia ella. Le acunó el rostro con las manos y se permitió mirarla durante unos segundos—. Y también tú… por existir.
Enterró la mano libre en su pelo, cerrando los dedos en sus mechones. La inclinó hacia atrás, mirándola fijamente a los ojos, antes de bajar sobre su boca, perforando sus labios, moviéndose entre ellos con un beso feroz al que respondió con la misma hambre.
La devoró y disfrutó de cada momento en el que su lengua se rozaba con la de ella, del curvilíneo cuerpo que acabó empujando contra la pared, en íntimo contacto con el suyo.
La besó como siempre había querido hacerlo, como llevaba todos esos días soñando con hacer, y solo se separó de esos labios para que ambos pudiesen respirar.
—Vale… Eso ha sido… —gimió ella.
—Solo el comienzo… —ronroneó mordiéndole la barbilla, para luego moverse hacia su cuello con pequeños besos. Recogió la larga columna, succionándole la piel hasta hacerla temblar.
Los tirantes del vestido cedieron, deslizándose con facilidad de sus hombros gracias a sus dedos. La tela era suave y cayó al suelo con suma facilidad, dejando a la mujer de su vida con tan solo un discreto conjunto de ropa interior y esos botines.
—¿Te gusta lo que ves? —musitó ella, entre burlona y algo avergonzada.
—¿Si me gusta? —Se relamió como el gato que era—. Deja que te muestre cuantísimo me gusta lo que veo ante mí.
Resbaló las manos sobre ella, moldeándola, aprendiéndose cada una de sus curvas. Era perfecta en todos los sentidos, una verdadera delicia, un banquete solo para él. ¿Cómo podía ser tan afortunado?
Sus labios siguieron su propio sendero, resbalando sobre sus pechos, besando la suave y pálida piel de esos pesados globos comprimidos por el sujetador.
Un pequeño tirón y el cierre se abrió, los tirantes cedieron y arrastró la prenda hasta quitársela por completo, dejándola expuesta a su hambrienta mirada.
—Oh, pequeña… —Se lamió los labios—. Eres justo lo que necesito.
Bajó sobre ella, llevándose un pezón a la boca, succionando la apetecible carne y degustando su piel, aprendiendo ese dulce sabor entre mandarina y algo dulce, mucho más aún que la vainilla.
—Ben —siseó su nombre, hundiendo los dedos en su pelo como si quisiera mantenerle justo allí, pegado a su pecho.
La lamió a placer, jugó con su pezón hasta que lo notó endurecerse contra su lengua, succionándolo y alimentándose de él como si estuviese hambriento. Se movió al otro, obsequiándole con la misma atención, complaciéndose a sí mismo con semejante premio mientras le masajeaba los senos.
No encontró un disfrute mayor que enterrar el rostro entre esas perfectas tetas, rozándolas con la mejilla, suspirando de pura felicidad, lo que la hizo reír.
—¿Lo pasas bien?
—De maravilla… —correspondió a su risa, antes de volver a succionarla y arrancarle un nuevo jadeo de placer—. Y solo acabo de empezar…
Sus manos bajaron entonces por su cuerpo, al mismo tiempo que lo hacía él. Acabó de rodillas ante ella, con el rostro a la altura de su vientre. Admiró unos segundos el pedacito de tela que le cubría el pubis y parecía hacer malabares sobre sus caderas.
—¿Maggie?
—¿ Um ?
—¿Te importa si me cargo tus bragas?
—En absoluto.
—Bien… —gruñó, anticipándose a ese glorioso momento.
La tela cedió con suma facilidad, descubriendo un pequeño nido de rizos castaños y liberando el delicioso aroma de su excitación. Se le hizo la boca agua. Inspiró hondo, llenándose de su feminidad, despertando con ello su parte más primitiva.
—Despiertas mi hambre como nada lo ha hecho jamás, cariño mío —murmuró, con voz grave.
Resbaló los dedos entre sus piernas, acariciando la caliente humedad y llevándosela luego a la boca, necesitando saborearla. Una gota fue suficiente para sacudirlo y hacerlo tambalearse en esa línea divisoria entre la cordura y la locura.
—Dioses del cielo, eres exquisita… —Se relamió y supo que no podía esperar más a probarla, a beber directamente de la fuente. Le levantó la pierna, haciéndose sitio entre sus muslos, se la pasó por encima de su propio hombro y deslizó la lengua por su sexo, saboreándola.
—Joder… Ben —jadeó ella, arqueándose bajo su contacto.
—Necesito saborearte, pequeña —ronroneó, lamiéndola una vez más—. Eres lo más dulce que he probado jamás.
Y se dedicó a ello con lentas pasadas, disfrutando de su sabor, de cada uno de sus estremecimientos, rindiéndose a sus instintos, pues llevaba demasiado tiempo resistiéndose a ellos.
La lamió como si fuese el caramelo más delicioso de todos, deleitándose con ese aroma a mandarina que la envolvía y también le perfumaba la piel.
Dejó que los gemidos de placer de ella le acariciasen los oídos, convirtiéndose en una erótica banda sonora que disfrutaba como ninguna otra y lo excitaba aún más.
Notaba su miembro erecto, constreñido en los pantalones.
Lo cierto es que su polla estaba siempre dura cuando se encontraba alrededor de esta mujer.
Su sola presencia lo encendía, provocándole una erección, se había pasado los días empalmado, aguantando estoicamente y recurriendo a duchas de agua fría… pero eso se había terminado.
Maggie era suya. E iba a serlo de todas las formas posibles esa misma noche. Cuando terminase con ella, no iba a quedarle duda alguna de que le pertenecía, como también esperaba que no le quedasen dudas de a quién pertenecía él.
—Ben… Oh, Dios, Ben… —Escucharla gemir su nombre era un regalo en sí mismo, saber que esos ruiditos que salían de su boca eran provocados por él lo satisfacía a un nivel primitivo, así que siguió dándose un festín con su sexo, buscando escuchar más de ellos.