CAPÍTULO 11 #3
—A mi madre todavía se le pone la cara blanca al recordarlo…
—continuó el relato de su infancia, uno que no solía contar a nadie, porque le daba vergüenza—.
Me encontraron durmiendo allí, tan ricamente, mientras esos enormes felinos me ignoraban.
Uno de los cuidadores dijo que la tigresa me había estado cuidando, manteniendo a los otros dos tigres alejados de mí.
—A ver… —Levantó ambas manos, pidiendo un momento—. A ver, a ver, a ver… ¿Me estás diciendo que, con cinco años, te metiste en el recinto de los tigres en un zoo?
Asintió con la cabeza.
—Creo que fue la experiencia más temeraria de toda mi vida.
—Se encogió de hombros—. Después de eso se acabaron las visitas al zoo.
Y me prohibieron acercarme a cualquier cosa que pudiese bufar…
o arrancarme un brazo. Mis padres se negaron a que tuviese siquiera un gato…
Me compraron un hámster… Un puñetero ratón, ¿te lo puedes creer?
Suspiró y miró lo que le quedaba del postre. Ya no podía dar un bocado más.
—Quizá adopte uno…
—¿Un tigre?
Ahora fue ella quien lo miró como si hubiese oído mal, al ver su expresión de pura inocencia, se echó a reír.
—Sí, claro. Que va a coger en mi habitación.
—No sé, Maggie, depende de si quieres compartir o no la cama con él.
Rompió en carcajadas. Parecía tan sincero al decir aquello, que solo estalló.
—Por Dios, Ben. Aunque me encantan los tigres, todos los felinos, en realidad, creo que no me iba a llegar todo lo que sacase del hotel para alimentarlo —le dijo entre risas—. Se comería mi peso en carne…
—Pero qué exagerada… —chasqueó él, sus ojos se entrecerraron sobre ella—. Con unos diez kilos de chuletones, sería suficiente.
Siguió riéndose un buen rato, con Ben metiéndose con ella. Cuando consiguieron alcanzar cierta compostura, le habló de una protectora que había en Calgary, en la que podía adoptar algún gato doméstico, si llegaba a quedarse por allí el tiempo suficiente.
—¿Me estás echando?
—Dios, ni pensarlo. —Su respuesta fue tan tajante que la tomó por sorpresa—.
Quiero decir… Que quiero que te quedes… Estás haciendo un gran trabajo con el camping y ahora que te conozco un poco, creo que eres lo bastante obstinada como para sacarlo adelante y hacerlo funcionar como nunca antes.
No. No quiero que te vayas, Maggie, quiero que te quedes… conmigo.
Y esas palabras fueron suficientes para dejarla sin habla y sin saber cómo responder.
El silencio cayó entre ellos, denso, aunque no pesado, ni agobiante, solo… como una cómoda ausencia de palabras.
—¿Quieres que demos un paseo, para bajar la cena? —Sus palabras y el cambio de sujeto fueron más que bienvenidas—. O puedo llevarte a casa… si lo prefieres.
El problema es que no quería irse a casa, no todavía…
—Me apunto a ese paseo. —No se lo pensó más. Estaba siendo una noche demasiado agradable como para ponerle punto final ahora.
El alivio bailó en sus ojos, asintió y, tras dirigirse a la barra y pagar la cena, salieron del local para enfrentarse a la fresca noche.
—Que sepas que la próxima cena corre de mi cuenta —le dijo, abotonándose la chaqueta—.
No solo no me has querido cobrar el material extra que has traído, sino que tampoco me has dejado pagar la cena, o la mitad de la cuenta, al menos…
Así que la próxima vez, cocino yo. Creo que habías dicho algo sobre una barbacoa, ¿no?
Se rio por lo bajo.
—Si hace que te sientas mejor, puedo decirte incluso dónde comprar la carne —respondió burlón.
—Ya me puedes ir diciendo el sitio, Ben, para ir encargando las cosas —le soltó, mirándole de reojo.
—Te lo diré, te lo diré… —claudicó, manteniendo ese tono ligero—. No rechazaré jamás una carne a la parrilla hecha por mi compañera… de reformas.
Lo miró. Aquellas dos últimas palabras parecía haberlas añadido en el último momento.
Siguieron caminando, paseando sin prisa, disfrutando de la brisa nocturna y de un poco de ejercicio.
—Esta noche me lo he pasado muy bien —aseguró, ladeando la cabeza para mirarle—. Gracias por invitarme.
—Gracias a ti por aceptar —le dijo, sosteniéndole la mirada—. Has conseguido que esta sea una de las veladas más especiales de mi vida…
—Lo mismo digo.
Siguieron mirándose, hasta que él se detuvo y ella hizo lo mismo.
—Y no quiero que acabe… —Las palabras salieron de su boca antes de que pudiese ponerles freno. Giró sobre sus pies y acortó el paso que los separaba—. No todavía.
—Entonces… no dejemos que lo haga. —Le tendió la mano y ella la miró durante unos instantes, decidiendo o, más que decidir, convenciéndose a sí misma de que esto era lo que ella quería, lo que acababa de proponerle.
Tomó su mano y se pegó a él. Cerró los dedos en la tela en torno al cuello de la camina y tiró hacia abajo, obligándole a inclinarse.
—Bésame otra vez, anda —pidió cerca de sus labios—, y sigamos desde ahí.
No tuvo que repetírselo dos veces, pues su boca bajó sobre la de ella, reclamándola de una manera que nadie había hecho jamás. Y, esta vez, solo era el principio.