CAPÍTULO 11 #2
—Hoy están siendo discretos —le aseguró, afianzando su mano en la de ella e indicando con el mentón una zona alejada—. Ven. Busquemos un poco de privacidad… si es que eso es posible aquí.
No pudo más que sonreír ante su comentario y seguirle.
Desde luego, la discreción no era la consigna del lugar, mas en cuanto pasaban de largo, la gente volvía a sus propias conversaciones. Si estaban cuchicheando o no sobre ellos, eso no lo sabía, y tampoco le molestaba.
No tengo nada que ocultar.
Él la condujo hasta una mesa apartada, no tanto como para desaparecer, pero lo suficiente como para darles un poco de espacio y privacidad.
—Ignórales. Somos la novedad —mencionó, apartando la silla para que ella pudiese sentarse. En el momento en que le soltó la mano, sintió un inmediato vacío.
—¿Somos? —lo siguió con la mirada, mientras se sentaba delante de ella.
—No suelo venir por aquí en compañía tan agradable… ni tan bonita —recalcó esto último—. Mis amigos no son precisamente material para citas.
Dejó escapar una discreta risita.
—Pobres. Vas a romperles el corazón.
—Sobrevivirán —aseguró, acomodándose como alguien que suele recalar en el local y se siente a gusto en él—. ¿Te gusta el lugar? No es demasiado sofisticado, me temo… Supongo que estarás acostumbrada a otro tipo de locales… en Vancouver.
Agitó la mano, quitándole esa idea.
—Prefiero mil veces un local así que uno de copas de Vancouver —le aseguró, mirando a su alrededor—. Aquí huele a comida de verdad, el ambiente es agradable y puedo vestirme de manera cómoda.
Fue consciente de la mirada que deslizaba sobre ella, lenta, apreciativa y puramente masculina.
—Me gustas mucho así. —Sus palabras fueron casi un susurro, pero las escuchó altas y claras.
La llegada de una amable y charlatana camarera impidió que tuviese que darle una respuesta. En pocos segundos la había saludado, dado la bienvenida al pueblo, deseado suerte con la tarea titánica de levantar el hotel y le dijo a Ben que era un tío con suerte.
Maggie contuvo la risa todo lo que pudo, dejándose asesorar por su compañero para pedir comida y bebida. Nada complicado, algo casero y que prometía estar rico. Solo cuando la camarera se marchó dejó escapar una risita.
—¿Ella es siempre así?
A juzgar por la forma en que puso los ojos en blanco, la respuesta era obvia.
—Tracy es una de las personas más lenguaraces que conocerás en este pueblo —aseguró sacudiendo la cabeza—. Es una buena chica, pero agota con su cháchara.
—Parece que aquí todos os conocéis.
—Unos más que otros —admitió, inclinándose hacia delante, apoyando las muñecas sobre la mesa—. Cuando creces aquí, es difícil no acabar conociendo a todo el mundo o que todos te conozcan.
Esos últimos días, Ben le había hablado un poco sobre él y sabía que, si bien había nacido en Banff, había pasado prácticamente toda su vida en este pueblo.
Sus padres se establecieron aquí hasta que se mudaron a Calgary, hacía tan solo unos años.
Aunque le gustaba viajar, siempre acababa regresando a Banff.
—Así que, imagino que también conocerán a todas las chicas que has traído a cenar a este lugar, ¿eh?
Negó con la cabeza, lo cual la cogió por sorpresa.
—¿No?
—No. Tú eres la única mujer que he traído a este lugar en calidad de cita —aseguró y, una vez más, era imposible no creer en su franqueza.
—Vaya. Qué honor.
—Lo es —declaró, con una pequeña sonrisa curvándole los labios.
Dejó escapar un resoplido de risa y chasqueó la lengua.
—¿Siempre dices lo primero que se te pasa por la cabeza o yo soy la única en tener semejante honor?
Una vez más, la respuesta quedó en suspenso por la llegada de la camarera, que traía consigo las bebidas. Solo cuando se fue, él volvió a echarse hacia delante y le respondió:
—Contigo no tengo que fingir. —Sus dedos jugaron con la botella de cerveza, girándola suavemente—. No necesito elegir las palabras, solo tengo que decir lo que siento.
Se lamió los labios y cogió también su bebida, una espumosa cerveza negra.
—Eso es peligroso…
—¿Decir la verdad es peligroso? —Alzó la mirada, encontrándose con la de ella—. ¿Por qué?
—Porque puede sonar demasiado bien… —murmuró, remetiéndose el pelo detrás de la oreja.
—Mientras suene a verdad, ¿qué hay de malo en ello? —Deslizó la mano sobre la mesa y sus dedos acabaron sobre los de ella—. Me gustas, Maggie. Mucho. No lo he ocultado y no quiero hacerlo.
Y ahí estaba, sin problema alguno para admitir aquello frente a ella.
—Y esas son el tipo de cosas a las que me refería… —murmuró, rozando sus propios dedos con los de él—. Suenan… demasiado bien.
—Me alegro —afirmó con suavidad, revolviéndole las caricias—. Sobre todo porque sé que yo tampoco te soy… indiferente.
—¿Indiferente? —Lo miró con cierta diversión—. No podría pasarte por alto ni queriendo… Creo que ha quedado claro que… me gusta besarte.
—No me había ni dado cuenta.
Ahora sí rio y, al hacerlo, se sintió algo más ligera.
—Sí, claro que me gustas, Ben, mucho —admitió a media voz, solo para que él lo escuchase—. Más de lo que pensé que podría llegar a gustarme alguien.
Como si los tiempos estuviesen programados para darles tiempo a pensar, la comida llegó en ese momento, dejando en suspense su propia respuesta.
—Madre mía, ¿tienen miedo de que nos muramos de hambre? —jadeó al ver el plato que le acababan de dejar delante.
—En el Clays no se pasa hambre —aseguró él con una divertida sonrisa. Entonces pinchó un pedazo de patata en salsa y se la acercó a la boca—. Vamos, pruébalo y dime si he acertado en mi elección.
Aquel íntimo y espontáneo gesto la inmovilizó durante un completo segundo, mas acabó por inclinarse hacia delante y dejar que él le diese de comer.
En cuanto la comida tocó tu lengua, estalló el más delicioso sabor.
—¡Dios! ¡Está buenísimo! —aseguró, cubriéndose la boca con la mano, mientras masticaba.
—Punto para mí entonces.
—Absolutamente.
Pasaron el resto de la velada disfrutando de la comida y de la charla.
Intercambiaron pequeños detalles de sus respectivas vidas, anécdotas de sus estudios, de los lugares que habían visitado…
Descubrieron que tenían en común algunas cosas y eran totalmente opuestos en otras.
Era como si, de algún modo, hubiese un equilibrio entre ambos, algo que hacía que estos días en su compañía cobrasen completo sentido.
— Um… Mi madre era mucho de llevarme al zoo… hasta el día en que se me ocurrió la brillante idea de que quería tocar a los «gatitos». No me preguntes cómo lo hice, pero acabé dentro del recinto de los tigres de Bengala. Tenía… cinco años, creo.
—¿Cómo? —Sus ojos verdes se abrieron desmesuradamente.