Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Estaba totalmente colado por ella.

Daba igual que la conociese desde hacía menos de una semana, que su tigre la hubiese reconocido como su otra mitad, que todos sus instintos la reclamasen a gritos…

Aquello era solo química, una reacción física, algo que estaba destinado a ocurrir.

Pero Maggie… La mujer con la que había pasado tanto tiempo como había podido en esos últimos días, con quien compartía el desayuno, risas y una inesperada camaradería…

Esa chica se había metido bajo su piel, conquistándolo.

Puede que no supiese muchas cosas, mas sabía lo que la hacía reír, lo que le gustaba y lo que detestaba.

Que era una criatura preciosa, con una ligera tendencia al desastre y capaz de reírse de sí misma.

Tenía una ironía bastante fina, no le gustaba darle vueltas a las cosas y era capaz de admitir lo que deseaba en cada momento.

El que hubiese venido a Old Green podía haber sido una decisión de última hora, como le había dicho, pero el quedarse, el luchar de la manera en la que lo estaba haciendo para rescatar el hotel… esa empezaba a ser una decisión meditada y no producto de un momento de locura.

Margaret Greyson le gustaba no solo porque era su compañera, sino por la persona que había empezado a conocer esos días. Ya no era solo una cuestión de atracción y deseo, era la conciencia de que esa mujer encajaba con él, con su manera de ser y de sentir.

Pudiera ser que hubiese empezado a acercarse a ella con intención de conquistarla, aunque empezaba a preguntarse si no sería él quien acabó conquistado.

Apoyó las manos en el lavabo y alzó la vista hacia el espejo, observando su propio reflejo.

Se había dado una buena ducha, afeitado y perfumado. Un toque muy sutil, pues no le gustaban los aromas artificiales, pero esta noche quería oler bien para ella.

—Estás jodido, lo sabes, ¿verdad? —le dijo a su reflejo.

No había dejado de pensar en ella ni un solo instante.

Ni siquiera estaba seguro de cómo había sido capaz de contenerse y dejarla ir tras el beso compartido aquella misma tarde.

Las horas siguientes a ese momento no fueron sencillas.

Para ninguno de ellos, se atrevería a decir.

Siguieron miradas, roces, pequeñas bromas entre ambos.

El ambiente estaba ya cargado con la promesa de lo que vendría, con el peso del deseo flotando en el aire.

Porque ella le deseaba. Lo había olido en su piel, lo notó en la manera en que se estremecía entre sus brazos, en el suspiro de entrega cuando sus bocas se encontraron…

Eran dos personas intentando luchar contra lo inevitable.

Porque lo era y no creía equivocarse al decir que estaban en un punto en que ya solo quedaba una opción; rendirse ante lo inevitable.

—Más vale que te comportes… —Se señaló a sí mismo.

Porque si no lo hacía, aquella cena iba a durar exactamente lo que tardase en encontrar una superficie horizontal en la que tumbarla.

Dejó caer la cabeza hacia delante, se refrescó una última vez el rostro, comprobó que su pelo no parecía recién salido de una pelea y abandonó el cuarto de baño.

De repente, su casa le parecía demasiado fría, demasiado solitaria, ya no tan acogedora como siempre había sido. Y entendía perfectamente el motivo; Maggie no estaba en ella.

Esos días se la imaginó aquí, en su salón, tumbada en el sofá, dando vueltas por la cocina… estirándose como una mimosa gatita sobre su cama. Se la imaginó sentada a su mesa, riéndose, bromeando mientras charlaban de cualquier cosa sin importancia, simplemente pasando el tiempo juntos.

Los chicos habían bromeado la noche anterior diciendo que lo habían perdido, que su gato se había enamorado y ya no tenía salvación.

Aunque se había reído con ellos, en su fuero interno se preguntaba si no sería verdad, al menos la parte del enamoramiento, porque cada vez que estaba cerca de ella solo quería ronronear.

Sacudió la cabeza, cogió las llaves y salió, dejando que el aire de la tarde lo espabilase del todo. Todavía no anochecía, pero el sol ya había empezado a ponerse en el horizonte, la temperatura había descendido y la brisa era fresca.

Las luces de la calle en la que vivía, un vecindario relativamente nuevo, con casas de reciente construcción, ya estaban encendidas. Los coches de sus vecinos ya estaban aparcados en sus respectivas entradas o posiblemente dentro del garaje.

Se había mudado a esta zona después de que sus padres decidiesen dejar la casa familiar y mudarse a Calgary. Necesitaban un cambio de aires, eso era lo que le habían dicho, aunque en realidad suponía que solo querían dejarle espacio para vivir su propia vida, sin agobios.

Los chicos tenían sus casas en el mismo vecindario. Era casi como una ley no escrita el permanecer cerca los unos de los otros, como si fuesen parte de un mismo clan, uno formado por ellos cuatro. Sin duda tenía mucho que ver con su naturaleza tygrain y su tendencia a vivir en clan o en comunidad.

Subió a la camioneta, encendió el motor y dejó atrás esa parte del pueblo para trasladarse a la otra esquina. Cruzó el centro y enfiló hacia el hotel.

Ben no pudo menos que sonreír al ver la cabaña pintada de marrón.

Era la única, pero estaba terminada. Maggie era de las que, si se proponía algo, lo llevaba a cabo, aunque no le sorprendería lo más mínimo si mañana se quejaba de que tenía los hombros cargados o ni siquiera podía levantar los brazos.

No importa. Le daré un masaje y se sentirá mejor.

El pensamiento era alentador, sin duda, aunque puede que demasiado optimista.

Aparcó frente a la entrada y se quedó unos segundos mirando el lugar. Las luces de la cabaña principal estaban encendidas, el nuevo foco de la entrada proveía de mucha más luminosidad que el que tenía antes.

Dejó el vehículo y caminó hacia el porche. La puerta principal estaba abierta, ligeramente entornada, y del interior le llegaba el particular gusto musical de su chica. Empujó y la llamó. Como ya venía siendo habitual, no lo escuchó.

Ben, por otro lado, fue muy consciente del lugar que ocupaba en ese momento en la casa, así como del aroma a mandarina que perfumaba el aire. Estaba en el piso de arriba y, a juzgar por el sonido de los pasos, llevaba tacones.

Tacones.

Su gato ronroneó, haciendo que el sonido traspasase su garganta.

Tuvo que carraspear y recordarse a sí mismo que arrastrarla contra la puerta en cuanto la viese no era la mejor manera de empezar una cita.

Ese repiqueteo empezó a hacerse más palpable, el aire se movió y el aroma de ella lo impactó en cuanto se asomó a las escaleras.

—¿Ben?

—Buenas noches —saludó, mirando hacia arriba.

—Un segundo. Ahora bajo.

La escuchó corretear, perder el paso, soltar un exabrupto y finalmente volver a ponerse en marcha. Unos instantes después, bajaba por las escaleras y a él se le olvidó cómo respirar.

No iba excesivamente arreglada, aun así, estaba bellísima. Llevaba un vestido primaveral, una chaqueta vaquera y sí, lo que había escuchado eran unos botines con un ligero tacón. Nada demasiado exagerado, pero que le aportaba unos centímetros más de altura.

Llevaba el pelo suelto y el rostro libre de maquillaje, a excepción de un poco de color en los labios, lo que le aportaba un aire aún más natural.

—Vi la camioneta por la ventana —le dijo, dejando atrás el último escalón para terminar pocos pasos después ante él—. Dejé la puerta abierta para que ventilase un poco. —Señaló a su alrededor—. Ahora ya solo falta pintar las paredes por fuera y la recepción estará lista.

—Ya veo… —respondió, incapaz de quitarle la mirada de encima—. Estás… preciosa.

Los labios femeninos empezaron a estirarse en una pequeña sonrisa.

—¿Tengo entonces tu aprobación? —preguntó burlona, recordándole sus propias palabras—. Me dijiste que no fuese muy arreglada.

—Así estás perfecta. —Su voz sonó algo ronca, profunda, casi como si su lado salvaje hablase por él.

Notó cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente y recurría a ese gesto suyo, remetiéndose el pelo detrás de la oreja. Uno que ahora ya entendía que solía hacer cuando se encontraba algo nerviosa.

—Tú también estás muy bien —murmuró en respuesta—. Te sienta bien ese color.

Le dio un toquecito en el pecho, sobre los botones de la camisa verde militar que llevaba bajo la chaqueta y que, curiosamente, hacía juego con los tonos de su vestido.

—Dado que me lo dices tú, intentaré tenerlo más presente en mi armario a partir de ahora.

Esa pequeña sonrisa empezó a hacerse más amplia.

—Mira que eres tonto —se rio y señaló la puerta—. Podemos irnos cuando quieras.

—Después de ti.

Cerró la puerta tras él y la acompañó a la camioneta, abriéndole la puerta y esperando a que entrase para ponerse finalmente detrás del volante.

—¿Lista? —preguntó, antes de encender el motor.

—Lista.

Arrancó y dejaron atrás el hotel para trasladarse al centro de la ciudad y dar comienzo a su cita.

***

Clays era el tipo de lugar en el que la gente venía no solo a comer algo, sino a reunirse.

Maggie fue consciente de ello en cuanto traspasó la puerta.

El local tenía luz cálida, revestimientos de madera, olía a comida casera y a algún tipo de ambientador que evocaba bosque y cuero.

Era muy masculino, pero le gustaba. Las conversaciones bajas, la música presente, no tan alta como para resultar molesta y, tal y como le había advertido Ben, no había nadie vestido de punta en blanco.

Notó cómo algunas cabezas se giraban hacia ellos al verlos entrar, las miradas y los gestos, las sonrisas a medias contenidas mientras se dejaba conducir por él a través del local.

Era difícil pasar desapercibido en un lugar en el que todo el mundo se conocía, sobre todo cuando tú eras la nueva e ibas de la mano de alguien del pueblo.

Espera, ¿de la mano?

Bajó la vista y se encontró con esos dedos callosos y largos en torno a los suyos. La levantó y se encontró con sus ojos y una pequeña sonrisa.

—¿Siempre es así? —murmuró, señalando con un breve gesto su entorno.