Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 10
40%

CAPÍTULO 10

Maggie contempló la hilera de cabañas y entrecerró los ojos. Los estridentes colores parecían cobrar vida propia bajo la luz del sol. Ya se había dado cuenta de ello en estos últimos días, cada vez que salía fuera y se encontraba con el psicodélico arcoíris.

Le habría gustado poder desterrar ese aire hippy mucho antes, pero habían estado bastante ocupados arreglando puertas y ventanas, lijando superficies e incluso arreglando algunos tablones de los porches.

De hecho, todavía podía escuchar la pistola de clavos detrás de ella, asegurando los tablones del porche de la cabaña adyacente a la que ahora contemplaba.

Echó un fugaz vistazo al hombre arrodillado en el suelo, manteniendo la tabla en su lugar antes de asegurarla.

Era un placer verlo trabajar, casi tanto como verlo hacer cualquier otra cosa.

O no hacer nada. A estas alturas, le gustaba de todas las formas posibles. Ese hombre era una tentación andante.

Se mordió el labio inferior y se obligó a prestar atención a su nueva tarea.

—Hora de desterrar para siempre el arcoíris… —murmuró.

Ataviada con guantes de látex y ropa vieja, cogió el rodillo, lo hundió en la cubeta y, tras retirar el exceso de pintura, dejó un trazo uniforme sobre la madera amarillo chillón. Un oscuro color marrón, como el de la madera vieja, cubrió de inmediato semejante intensidad.

Deslizó el rodillo arriba y abajo, llevándolo tan alto como le permitía su mediana estatura. Tendría que añadirle un palo telescópico para llegar a las zonas más altas o coger la escalera, pero para iniciar una pequeña muestra, era suficiente.

Dio un par de pasos atrás, inclinando la cabeza para observar el resultado.

—Oh, sí. Esto ya parece otra cosa —murmuró, satisfecha por cómo lucía el color sobre la madera—. Adiós, limón desenfrenado. Adiós, cabañas arcoíris. No os echaré de menos.

—Se va un… memorable icono…

La voz de Benjamin le llegó desde el porche de la cabaña de enfrente, acompañada ahora del sonido de algo metálico encajando. Se volvió para verlo retirar la caja de herramientas y llevarla a la entrada de la que había empezado a pintar.

—Un icono horroroso, querrás decir.

—Eso no es lo que he dicho.

—Lo has pensado, admítelo.

Dejó la caja en el suelo y miró la parte que estaba pintando, para luego guiñarle el ojo a ella.

—Puede.

Sonrió y lo apuntó con el rodillo.

—No seas cobarde y dilo abiertamente —señaló con el rodillo aquel arcoíris—. Es la cosa más horrible que has visto en tu vida.

—No soy cobarde, soy práctico —respondió con esa naturalidad y paciencia tan suyas—. Tienes que entender que son muchos años viéndolas con esos… particulares colores.

—Y os haré un favor, a pueblo y a ti, haciéndolos desaparecer —aseguró con una risita, volviendo a pasar el rodillo con más soltura—. Me adoraréis después de esto. Lo sé.

—Algunos ya te adoramos ahora, Maggie —le dijo él. Se volvió a mirarle, mas ya le había dado la espalda para hacer los últimos ajustes en la puerta.

Ese tipo de comentarios solían salir con frecuencia de su boca, los había escuchado más de una vez en los últimos tres días.

A veces los soltaba a modo de chascarrillo, otras parecía decirlo completamente en serio, acompañándolos de intensas miradas que la derretían por dentro.

El hombre era un peligro andante, pero solo para ella, al parecer.

Y era un peligro del que no quería escapar, del que era incapaz de huir. Por el contrario, la mayoría de las veces se encontraba caminando directa hacia él.

Sacudió la cabeza mentalmente y se concentró, o al menos lo intentó, en su trabajo. Donde antes había un color chillón que casi hacía que quisieras arrancarte los ojos, ahora quedaba un tono calmo, elegante, que encajaba bien en el ambiente.

No podía esperar a ver todas las cabañas pintadas con ese tono, cogiendo uniformidad, encajando en este sitio como sentía que lo estaba haciendo ella.

Era curioso, pues cuando inició el viaje hacia aquí se pasó todo el camino preguntándose si podría con ello, si tendría lo que había que tener para llevar un hotel, para iniciar su vida en otro lugar, uno muy distinto de la gran ciudad.

Y ahora, después de tres días haciendo pequeños trabajos, viendo cómo Ben iba sustituyendo cada parte dañada por una nueva, permitiéndole al mismo tiempo que la ayudase, empezaba a ver este lugar no solo como un proyecto, sino como algo suyo.

—Sabes —mencionó al cabo de unos segundos—. Creo que si seguimos a este ritmo, hoy podría dejar pintada toda esta cabaña y mañana pintar otras dos.

—¿Toda la cabaña?

—Sí.

—Hoy. —Había una pizca de escepticismo que llamó poderosamente su atención.

—Sí. Hoy. —Se llevó las manos a las caderas, procurando no embadurnarse a sí misma con el rodillo—. ¿Crees que no puedo?

—Oh, podrás —afirmó con rotundidad—. De eso no tengo ninguna duda.

—¿Entonces?

—Que mañana tendrás tal dolor de brazos y de hombros que querrás morirte —añadió con su habitual franqueza.

Abrió la boca para replicarle y decirle que no, pero se detuvo en el último instante…

—Bueno, puede que tengas razón —admitió, haciendo movimientos con los brazos, para destensarlos—. Igual me estoy viniendo arriba.

—Llevas toda la semana viniéndote arriba —se rio, mirándola ahora de soslayo—. Estás muy motivada.

—¿Tú crees?

—No lo creo —confirmó. Volvió a concentrarse en su tarea, metiendo de nuevo la puerta en los goznes y comprobando los herrajes. Ya no se escuchaba ni un solo chirrido—. Lo he estado viendo con mis propios ojos.

Maggie se lo quedó mirando, aunque no sabía muy bien si debido a sus palabras o a la forma en que esos vaqueros le ceñían el culo. Puede que debido a ambas.

—Supongo que el hecho de tener una meta en mente hace que me entren ganas de alcanzarla cuanto antes —mencionó ella, volviéndose de nuevo hacia la pared.

Volvió a hundir el rodillo en la cubeta, retiró lo sobrante de pintura y continuó con los próximos tablones.

Cada pedazo de amarillo que desaparecía era como un pequeño paso hacia esa meta—.

Por no mencionar que tengo un gran compañero de trabajo…

—Lo tienes, sin duda —replicó con cierta risa en la voz.

—Que además hace el mejor café de todo el pueblo.

—Eso es un hecho.

Sonrió, mientras movía el rodillo, cubriendo más y más superficie.

—Y que necesito acabar pronto porque… esta noche tengo una cita.

No obtuvo una respuesta inmediata, como hasta ahora. El silencio se instaló entre ellos, solo interrumpido por el movimiento de la puerta y el rasgueo de su propio rodillo al deslizarse por los tablones.

—¿Una cita? —Su tono bajó un poco, volviéndose más aterciopelado.

—Sí.

—¿Y quién es el afortunado?

Ladeó el rostro en su dirección y lo encontró con la mirada todavía puesta en lo que estaba haciendo.

—Pues… alguien con quien me apetece mucho salir.

Ahora sí. Esas palabras trajeron sobre ella esos intensos ojos verdes.

—Entonces… es el doble de afortunado. —Su voz fue igual que una caricia. Sintió un repentino cosquilleo en su interior y el deseo despertó como si hubiese estado esperando a que alguien lo azuzase—. Soy el doble de afortunado.

—¿Sí?

Se volvió por completo hacia ella, dejó la herramienta que estaba usando a un lado y dio un par de pasos en su dirección. Se quedó lo bastante cerca como para que tuviesen una conversación más íntima, pero sin llegar a invadir su espacio.

—Sí, Maggie —confirmó con esa suavidad y paciencia tan suyas—. Lo soy. Esta noche tendré la oportunidad de cenar con la chica más guapa de Old Green.

— Puff . Estoy segura de que este lugar cuenta con mujeres mucho más atractivas.

—No a mis ojos.

Punto, set y partido para Benjamin Savage.

Ese hombre parecía saber siempre qué decir y tenía el momento perfecto para hacerlo.

Y sus palabras eran siempre sinceras, espontáneas, no algo aprendido que recitar para ganarse a una mujer.

Esta vez, sin embargo, era la primera desde que se besaron que le hablaba de esta manera tan directa, sin envolverlo con bromas, con ese aire ligero de conversación entre amigos.

—¿Estás nerviosa?

—¿Por qué debería estarlo?

—No lo sé. Dímelo tú.

Negó con la cabeza.

—Nerviosa no… expectante —dijo, bajando el rodillo, prestándole ahora toda su atención.

—La expectación es algo bueno.

—¿Tú crees?

—Estoy convencido. —Dio un par de pasos más, plantándose ahora delante de ella, recordándole lo alto que era y lo bien que olía.

Llevó una mano a su pelo, apartándoselo de la cara y metiéndoselo detrás de la oreja con una delicadeza que la hizo contener el aliento—. Hace que todo sea mucho más intenso…

Y entonces, esos iris estuvieron en los suyos, ya no esquivos, sino directos, clavándola en el lugar, haciendo que recordase de nuevo… su beso. Bajó sobre sus labios y no pudo evitar humedecerse los propios.

—No hagas eso.

—¿Qué no haga el qué?

—Tentarme. —Su atención recayó también en su boca—. Ya caí una vez y me prometí a mí mismo que… esperaría.

—¿Qué esperarías? —parpadeó confundida—. ¿A qué?

—A que tú quisieras que te besara otra vez.

Si no se le habían desintegrado las bragas todavía, este era el momento perfecto para que lo hicieran.

—En ese caso… —tragó—. Quizá te alegre saber que no he dejado de pensar en ese primer beso…

—¿Bien o mal?

—En que era una pena que no lo repitiésemos…

Sus labios se estiraron ligeramente y, esta vez, cuando sus ojos volvieron a los de ella, parecían algo más oscuros.

—Vaya dos, ¿eh? —le dijo, cayendo de nuevo sobre sus labios—. Yo tampoco he dejado de pensar en ello… en ti… queriendo repetirlo.

—¿Y a qué estamos esperando entonces?

—A nada.

Maggie gimió cuando su boca acabó de nuevo sobre la suya, dejó caer el rodillo y se acercó más a él.

El primer contacto entre sus lenguas fue como una pequeña descarga eléctrica, respiró su aliento y sintió que toda la tensión acumulada de esos días se disolvía por fin.

Sus manos resbalaron por los brazos de él, subieron a sus hombros y se aferraron a su camiseta.

Sentir su calor, ese aroma a bosque envolviéndola… No había nada mejor.

El beso comenzó con un pequeño toque de desesperación, solo para ir aligerándose con el paso de los segundos, convirtiéndose en algo más íntimo, lento e igualmente disfrutable.

Cuando se separaron, ambos respiraron al unísono, llevando aire a sus pulmones.

—Dios, esto es…

—Sí, lo es…

Se miraron y se sonrieron, desenredándose el uno del otro. No había vergüenza, ni incomodidad, era como si simplemente tenía que ocurrir y lo había hecho.

—Creo que… deberíamos volver al trabajo si aspiramos a llegar a esa cena —mencionó ella.

—Creo que llevas razón —admitió, agachándose para recoger el rodillo que había dejado caer. Se lo entregó y el roce de sus dedos fue como otra pequeña descarga—. Ese amarillo no va a desaparecer por sí solo…

—Ni la puerta se arreglará sola… —corroboró ella, señalando con un gesto su última tarea.

—Y sería una pena que no tuviésemos tiempo para quitarnos la pintura de la piel, ¿verdad? —añadió él, dándole un toquecito en la mejilla con el dedo, el cual le enseñó, estaba manchado de marrón.

Maggie se echó a reír.

—Muy cierto. Una cita requiere de cierta preparación…

—No necesitas arreglarte demasiado —le dijo con esa cotidiana naturalidad—. Eres preciosa… con pintura o sin ella.

—Vale… —Se rio, más por vergüenza que por diversión—. Ahora estás en plan zalamero, ¿eh?

—No. Soy sincero —admitió, dando un paso atrás, devolviéndole su espacio—. Y con sinceridad añadiré que será mejor que vuelva con esa puerta, porque tú me distraes demasiado…

—Ah, ¿ahora la culpa de que no rindas en el trabajo es mía?

—Por supuesto que sí —aseguró dándole ya la espalda—. Eres una deliciosa distracción, Maggie.

—Pero mira que eres idiota… —farfulló ella, notando cómo se le enrojecía la cara.

—Un poco —replicó él, con tono divertido.

Sacudió la cabeza, mas no pudo dejar de sonreír.

—Te lo advierto —lo señaló con el rodillo—. Como se te ocurra llegar en plan «soy irresistible y lo sabes» , te dejo plantado en la cena.

—No hace falta, ya sabes que lo soy —le soltó, mirándola por encima del hombro y guiñándole el ojo.

Sacudió la cabeza, dejándolo por imposible, y volvió a su propia pared.

Esta vez, cuando volvió a pasar el rodillo por los tablones amarillos, lo que la hacía sonreír no era solo deshacerse de esos tonos psicodélicos, sino ese hombre, el que había deseado tanto como ella ese segundo beso.

Solo esperaba que esta noche cayese el tercero… y puede que algunos más.