CAPÍTULO 9
—Llegas tarde.
—Ha fichado dentro del horario, Charlie.
—Tendría que haber estado aquí hace media hora, para asistir a la reunión, como todo el mundo.
—¿Y a este qué le pasa?
—No le salen las cosas como quiere.
Ben enarcó una ceja ante la respuesta de Karen. Era la administrativa a cargo de la oficina, una mujer de algo más de cincuenta años que llevaba media vida en Old Green.
—¿Y dónde coño está Irish? —continuó hablando el irritado tipo. El hijo de Mildred parecía tener uno de esos días en los que no se soportaba ni a él mismo.
—Aidan está patrullando con Rick —respondió la mujer, sin molestarse en levantar la mirada de lo que estaba haciendo—. Y Eli tiene el día libre, por si vas a preguntar también por él.
—¿Y quién coño está a cargo de la zona oeste del parque?
—Yo —le recordó él, llevándose las manos a las caderas—. ¿Quieres decirme qué coño te pasa?
—Han vuelto a llamar esta mañana —rezongó.
—¿Otra vez? —frunció el ceño. Ahora entendía el motivo de su irritación—. ¿Dónde lo han visto? ¿Era el mismo oso de la semana pasada?
Habían tenido noticias de un avistamiento a mediados de mes. Los osos estaban empezando a abandonar sus cuevas después de hibernar todo el invierno. La mayoría de ellos se quedaban en la zona alta, junto al río. Era demasiado temprano para que empezasen a bajar a las áreas de los campistas.
—En la zona oeste, cerca del lago —le informó su compañero—. Un oso joven. Se habrá despertado con hambre y está buscando algún lugar en el que pueda disponer de un autoservicio.
Exhaló lentamente. No era extraño ver osos en esta época del año, aunque sí encontrárselos tan cerca de los senderos para caminantes y las zonas dedicadas al turismo.
Por lo normal eran inofensivos, si no se les molestabas, seguían a lo suyo, pero algunos, en especial los más jóvenes, podían ponerse un poco gruñones.
—¿Ha dado alguna muestra de agresividad?
Negó con la cabeza.
—Todavía no. Ya sabes cómo es esto, empiezan a acercarse, a perder el miedo y luego vienen los problemas.
Los problemas no eran los osos, ni tampoco las criaturas del bosque, sino los humanos que solían salirse de los caminos y meterse donde no debían. Por no hablar de los imbéciles que se quedaban incluso a hacerse un selfi con una criatura que podía arrancarte la cabeza de un zarpazo.
—Si vas para esa zona, llévate un rifle y munición tranquilizante. Solo por si acaso.
Hizo una mueca para sus adentros y asintió.
Si se encontraba con uno de esos, dejaría que su tigre le dijese que tenía que darse la vuelta y volver por donde había venido.
Los animales de la reserva eran conscientes de que no eran los únicos que poblaban el bosque, reconocían sus aromas y, dependiendo de la especie, sabían cuándo debían mantenerse fuera de su camino.
—Habrá que mantener la zona vigilada y avisar en el pueblo —mencionó—. Y también a los turistas que se pasen por el puesto de información. Que no se les ocurra ponerse a sacarse fotos y demás gilipolleces cerca de una enorme alfombra con mala leche.
—Ya lo he hecho —respondió Charlie—. He puesto carteles y advertencias, los demás guardaparques están al tanto y también los chicos de las actividades al aire libre y en los puestos de información de las entradas.
—Bien, en ese caso solo resta mantener los ojos abiertos y evitar accidentes —le dio una palmada en la espalda—. Alégrate. No estamos en temporada alta.
—Quizás no te hayas dado cuenta, pero a los gilipollas les da igual la temporada —bufó su compañero, mirándolo ahora de arriba abajo—. Llévate el arma. En serio.
—Sí, sí. —Puso los ojos en blanco mientras le daba la espalda—. Echaré un vistazo, a ver si puedo rastrearlo.
Oficialmente, los cuatro eran rastreadores de Parques de Canadá .
Sus habilidades, no humanas, les habían dado el rango, entre otras cosas.
Cada año tenían que pasar un curso de capacitación, para refrescar conocimientos y comprobar que seguían contando con los requisitos necesarios para realizar su trabajo.
También formaban parte del grupo de rescatistas del parque, por lo que no es como si tuviesen tiempo de aburrirse.
—Ten cuidado —pidió. Charlie podía ser un capullo algunas veces, mas se preocupaba por la seguridad de sus compañeros.
—Siempre. —Levantó la mano a modo de despedida y dejó la oficina para ponerse en marcha.
Necesitaba volver al bosque a fin de despejarse un poco, pues su mente no hacía más que volver a ese hotel y a ella.
No podía quitársela de la cabeza. Su aroma estaba en él.
El sabor de su boca, la forma tan perfecta en que había encajado contra su cuerpo, su suavidad…
Incluso su risa. Maggie se había convertido en una presencia constante, aun cuando no estuviese ya a su lado.
Tenía que centrarse, poner la cabeza en la tarea que tenía por delante, pero era realmente difícil concentrarse en algo cuando todos sus instintos tiraban de nuevo hacia ella. Su gato estaba inquieto, lo que lo tenía a él también en un estado de irritante nerviosismo.
Metió todo lo que necesitaba en el todoterreno y se subió al coche. Encendió el motor y abandonó el aparcamiento, solo para buscar rápidamente un número en la agenda de su teléfono y marcar mientras dejaba atrás el centro.
—Hola, papá, ¿tienes un momento?
—Hola, hijo. —La voz de su padre emergió fuerte a través del altavoz. Eric Savage era un hombretón en todos los sentidos, enorme y peligroso. O esa era la imagen que proyectaba al mundo—. ¿Qué ocurre?
Bueno, no había una forma de decir aquello de forma sencilla, así que simplemente lo dejó caer.
—He encontrado a mi compañera, es humana… y ahora mismo me siento como un gato enjaulado —resumió, sin adornos.
Se hizo el silencio y echó un fugaz vistazo a la pantalla del teléfono por si se hubiese ido la cobertura.
—Bueno, ¡al fin! —La satisfacción y alegría de su padre era palpable—. ¿Ves cómo todo llega, hijo?
Hizo una mueca. Tenía una relación muy abierta con sus padres, eran de esas personas a las que podías contarles todo sin que te juzgasen por ello. Y con Eric había tenido conversaciones masculinas de lo más profundas, incluyendo su deseo de encontrar algún día a su pareja.
—¿Y dices que es humana?
—Sí —confirmó, girando en el punto de acceso de su zona y ascendiendo por el camino que llevaba al área en el que solían dejar los todoterrenos—. Se llama Maggie y es… preciosa.
—Oh, claro que lo es. —Había una ligera risa en la voz de su progenitor—. Es la única para ti. No hay otra igual.
No tenía ni que jurarlo.
—¿Has tenido ya la oportunidad de pasar tiempo con ella?
—La conocí ayer… —confesó—. He pasado toda la mañana en su compañía.
Se ha hecho cargo del hotel Miracle, el camping rural que hay a las afueras del pueblo.
—Sus padres lo conocían bien, pues habían vivido en Old Green hasta que decidieron mudarse a Calgary hacía unos años—.
Así que estoy ayudándola con las reformas…
—Un movimiento inteligente —afirmó el hombre—. Eso te mantendrá sobre sus patas durante algún tiempo.
—Sé que cada emparejamiento es distinto… —Se lo había dicho muchas veces—, pero ¿cómo fue para mamá y para ti? Quiero decir… —¿Cómo explicar algo que ni él mismo comprendía?—. ¿Cómo se lo tomó ella? Que no fueses humano, quiero decir.
—Ya conoces a tu madre, es de abrazar lo absurdo —le dijo con una risita, lo que lo hizo sonreír a su vez.
Eso era verdad. Laurel Savage era una mujer capaz de hacerle frente a cualquier cosa extraña y tomársela como si fuese solo otra rareza más de la vida—.
No creo que quieras los detalles escabrosos…
—Dios, no. —Se estremeció ante el solo pensamiento de pensar en sus padres follando.
—Te diré algo que sí deberías tener en cuenta y es que, cuanto más tiempo paséis juntos, más os costará estar separados —le indicó y, fiel a su franqueza, añadió—.
Y cuando tengáis relaciones, la cosa se pondrá…
un poquito intensa. No luches contra tus instintos felinos, deja que te guíen.
Será lo mejor para los dos. Y, Benjamin.
Si la reclamas, el vínculo entre los dos se asentará por completo.
Eso sin duda aplacará completamente a tu tigre, aunque para ella…
es distinto, su unión contigo será más fuerte, más dependiente… Al menos al principio.
— ¿Con quién estás hablando?
Sonrió al escuchar la voz suave, con ese acento sureño, de su madre.
—Con tu querido hijo —respondió su marido—. Acaba de conocer a su compañera. Se llama Maggie y, al igual que tú, mi amor, es humana.
—¡Oh! ¿Ben? —Debía haberse acercado al teléfono, pues la oyó con mucha claridad.
—Hola, mamá —la saludó.
—Ay, cariño. ¿Es verdad? ¿La encontraste? —Estaba emocionada, al borde de las lágrimas, diría.
—Sí —sonrió para sus adentros—. Y te va a encantar. Es amable, divertida y… un poquito desastre, aunque es parte de su encanto.
—Y supongo que no tiene la menor idea de lo que eres.
Esa era su madre, directa al grano.
—No. Ni la más mínima. —Al menos en lo que se refería a su culo peludo—. Ya cruzaremos ese puente llegado el momento.
—Bien. Pero no seas como el zopenco de tu padre y ve…
preparando el camino, ¿vale? —No pudo evitar esbozar una sonrisa ante su comentario—.
Pregúntale si le gustan los gatos, o mejor aún, felinos un poco más grandes…
Y deja caer que estás relacionado con ellos, que quizá un día podrías… mostrárselos.
—Esa es una gran sugerencia, querida. También podría llevarla al zoo, ya puestos.
La ironía en la voz de su padre lo hizo reír.
—Pues mira, seguramente habría sido menos impactante que verte convertido en tigre sin previo aviso.
—Querías que te dijese la verdad de lo que supuestamente te ocultaba.
—Sí, pero esperaba que me dijeras que tenías otra mujer, un hijo secreto… No que en un momento fueses un hombre y al siguiente un enorme tigre de bengala, Eric.
—Minucias.
Ben acabó echándose a reír, no pudo evitarlo. Sus padres eran únicos.
—De acuerdo, padres, tomo nota de todos los consejos y prometo… intentar no meter la pata.
—Solo sé tú mismo, hijo —le dijo su padre—. Tu compañera no necesita nada más que eso.
—Tu padre tiene razón, Ben —corroboró su madre—. Solo sé tú, cariño. Cualquier mujer estaría encantada de tenerte como pareja de vida. Estoy deseando conocer a tu Maggie. Espero que puedas presentárnosla muy pronto.
—Yo también lo espero, mamá —afirmó—. Yo también lo espero.
Concluyendo la llamada, preguntándoles por cómo iba todo, habló unos minutos más con ellos y luego colgó.
Ya había aparcado en la entrada oeste, así que a partir de aquí haría la patrulla a pie y, en cuanto se adentrase un poco en el territorio y comprobase que todo estaba como debía, dejaría salir a su tigre para estirar las patas.
Con ese plan en mente, dejó atrás el coche y se internó en la espesura del bosque.