Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Maggie echó un vistazo al móvil que empezó a vibrar sobre la encimera.

Acababa de calentarse el segundo pedazo de lasaña en el microondas que se había traído de casa.

Era uno de los electrodomésticos que guardaba en el garaje de sus padres tras dejar el piso en el que había estado viviendo durante casi diez años.

Todas sus cosas estaban ahora allí guardadas, embaladas, esperando a que encontrarse un nuevo lugar para sí misma. Y ese lugar muy bien podía ser este.

No había querido contratar un camión de mudanza hasta no estar segura de qué rumbo tomaría su vida.

Venir a Old Green había sido una decisión un tanto precipitada, demasiado como para venirse con su vida a cuestas.

No sabía que iba a encontrarse aquí, ni en qué condiciones estaría el hotel, así que fue precavida, cosa que ahora agradecía.

Hundió el tenedor en la deliciosa comida —algo bueno había tenido la estresante visita de esa mañana—, se zampó el primer bocado, teniendo cuidado de no quemarse, y miró la pantalla.

—Mierda… —siseó, tanto por lo caliente de la comida como porque acababa de darse cuenta de que se había olvidado por completo de decirle a su amiga que había llegado a su destino de una pieza.

Descolgó y activó el altavoz.

—Hola, Liz.

—¡Sigues viva! —soltó su amiga al otro lado, nada más escuchar su voz—. ¡Gracias, señor!

Soltó una risita y sacudió la cabeza.

—De milagro —respondió, concentrándose en la lasaña. Estaba hambrienta y no sabía si era por todo lo que había hecho ese día o por el estrés.

—Vale. Eso suena interesante —se burló la chica—. Empieza por el principio. ¿Conseguiste llegar?

Se apoyó contra la encimera, resbalando el tenedor por el plato.

—Bueno, dado que te estoy hablando desde la cocina de mi nueva casa, sí —sonrió, pinchando de nuevo un pedazo de lasaña—. Esto está en el culo del mundo, pero… Menudo culo. El entorno es de ensueño… ¿El hotel? Una pesadilla.

Liza se echó a reír, así que aprovechó para comerse un nuevo bocado mientras su amiga hablaba.

—Desde luego… A ti siempre te pasan cosas de lo más interesantes, Maggie —se carcajeaba—. ¿Tan mal está el hotel?

—Le sacaré una foto a las cabañas psicodélicas y te la enviaré para que puedas juzgarlo por ti misma —le dijo—.

¿Sabes estos campings con bungalow de madera?

Pues el Hotel Miracle es uno de esos. La cabaña principal, que es la más grande, es donde me alojo.

En el bajo está la recepción y en el primer piso está la vivienda.

No está tan mal… Si no contamos con las puertas chirriantes, las ventanas atrancadas y algún que otro desperfecto.

—Dime que has contratado a alguien y no tienes ahora mismo una herramienta entre las manos. —Esta vez no había risa en su voz, sino una tierna preocupación que la hizo poner los ojos en blanco.

—Dios, eres como mi padre.

—Solo que más guapa y sin barba —canturreó ella—. Ahora en serio, ¿has contratado a alguien para hacer los arreglos o reformas oportunas? Si no encuentras a nadie, dímelo, que te busco a alguien cagando leches.

—No te preocupes, la gente aquí es muy servicial —recordó su primer día en el pueblo—.

Nada más llegar ya me recomendaron a alguien…

Es quien me ha estado echando una mano esta mañana…

Justo después de haberme sacado de mi habitación, porque me quedé con la manija en la mano, comerme la boca hasta desintegrarme las bragas y que tres mujeres invadiesen mi cocina, después de llenarme la nevera de comida casera para mínimo una semana.

La línea se quedó en silencio durante tantos segundos que se volvió a mirar el teléfono, por si la llamada se hubiese cortado.

—Perdona… ¿Qué? —El chillido de su amiga casi la deja sorda—. Espera, espera, espera… Rebobina, guapa, que me ha parecido escuchar… que alguien te había comido la boca.

Hizo un ruidito de asentimiento mientras daba cuenta de la comida.

—Sí —corroboró después de tragar—. Oíste bien.

—¿El mismo día que llegas al pueblo?

Tragó y meneó el tenedor, a pesar de que ella no podía verlo.

—Técnicamente llegué ayer y el beso fue hoy, pero sí —resumió—. Y voy a cenar con él el viernes.

—¡Joder! —Escuchó el exabrupto y sonrió—. Margaret Greyson… Estoy muy orgullosa de ti.

Ahora fue ella la que se echó a reír.

—Deberías decirme que estoy loca, que no tengo cabeza y que soy propensa a meterme en líos…

—Nena, ¿cuánto llevas sin echar un buen polvo?

—Demasiado —suspiró.

—Pues, ahí tienes —chasqueó su amiga—. Venga.

Comienza a soltar por esa boquita. Quiero que me lo cuentes todo.

—Oyó ruidos al otro lado, una puerta que se cerraba y el rechinar de la vieja butaca que tanto cariño le tenía el marido de su amiga—.

A ver, ¿quién es? ¿De dónde lo has sacado?

¿Está bueno? ¿Muy bueno? ¿Nivel «arráncame ya la ropa» o nivel «deja que me lo piense cinco segundos» ?

Maggie aprisionó el tenedor con los labios, tirando de él suavemente hasta quitárselo de la boca. A su mente acudió de inmediato Ben. Su mirada, su forma de caminar, de llenar el espacio, la manera en que su lengua se introdujo en su boca y la desarmó por completo…

—Nivel… peligroso —le dijo en voz baja, pensativa—. No peligroso en plan «soy un tío problemático», sino de una manera… sensual y magnética…

—Uf, me encanta ese tono.

—Trabaja como guardaparques, aquí en Banff, aunque también es un manitas… —resumió—. Es quien me está echando una mano con las reparaciones…

— Uh-hum —ronroneó su amiga—. Lo importante, cariño, vamos a lo importante…

—Atractivo, sexy , tipo leñador, pero con un puntito sofisticado y con una de esas voces que te bajan las bragas sin pedir permiso…

—¿Maggie?

—¿ Um ?

—¿Has dicho «bragas» ?

Ladeó la cabeza para mirar la pantalla y asintió, a pesar de que no podía verla.

—Sí.

—Vaaaaaaale. Esto ya es serio.

Sonrió para sí, echó la cabeza hacia atrás y soltó el aire.

—No te haces una idea…

—Te ha gustado. —No era una pregunta.

Se quedó mirando unos segundos más al vacío, dejó el plato sobre la encimera y caminó hacia la ventana desde la que tenía una buena vista panorámica.

—Sí. Mucho.

Con solo recordar sus manos sobre ella, su boca, la forma en la que la había apretado contra la pared, en que sus cuerpos parecían encajar como si estuviesen hechos el uno para el otro… Apretó los muslos al sentir que se excitaba al pensar en él.

—¿Mucho en plan…? —insistió su amiga.

—Mucho en plan, si no nos interrumpen, habría dejado que me follase ahí mismo.

— Oh. Dios. Mío.

Podía imaginársela abanicándose con la mano.

—¿Y él?

—Pues diría que no habría dudado un segundo en hacer justo eso.

—Obviamente —bufó su amiga.

—No sé. Creo que es más que eso —añadió, apoyándose contra el marco de la ventana, mirando hacia fuera, aunque en realidad ni siquiera estaba prestando atención a las vistas, solo a lo que le mostraba su propio cerebro—.

Él es… directo. Muy directo. Pero no en plan chulo, ni baboso.

Es… como si supiese exactamente lo que quiere y no necesitase pensárselo. En plan «quiero esto y voy a por ello».

—¿Y lo que quiere eres tú?

Dejó escapar un largo suspiro.

—Ojalá.

Se hizo un nuevo silencio, como si ambas estuviesen intentando encontrarle sentido a aquella explicación.

—Vale —retomó Liza—. Pregunta importante. ¿Te gusta o solo te pone?

Maggie resopló.

—¿Tengo que elegir una?

—Normalmente es lo que haces —lo dijo con tal seguridad, que tuvo que admitir que tenía razón—. Si te pone, te lo tiras y a otra cosa, pero si te gusta… Ahí ya empiezas a darle vueltas y más y más vueltas…

—¿Y si son las dos? —preguntó girando la cabeza hacia el teléfono—. Porque él me pone… y también me gusta.

—Y lo conociste… ¿Cuándo? ¿Ayer?

Hizo una mueca antes de contestar.

—Sí.

—Pues estás jodida. —Franqueza absoluta.

—Gracias por el apoyo.

—Siempre —se rio Liza.

Sonrió en réplica y suspiró una vez más.

—Si te digo la verdad, no tengo ni puta idea por qué me atrae tanto.

Quiero decir, lo conocí ayer y esta mañana ya nos estábamos morreando.

—Se pasó una mano por el pelo—. Y por más que pienso en ello, no encuentro nada que me diga…

Echa el freno. Ben es… un encanto. Es amable, atento…

Incluso diría que un caballero. ¿Sabes que me apartó la silla?

—¡Joder! Tía, ni se te ocurra dejarlo escapar.

Puso los ojos en blanco.

—Mierda, Liz. Se ha ido hace solo un rato y… ya le echo de menos —arrugó la nariz—. Esto no es normal, ¿verdad?

—Cielo. Cuando conocí a mi osito , le estaba echando de menos a los dos minutos de no verlo —replicó su amiga, refiriéndose a su marido—.

Cuando te da un flechazo, estás jodida. Y si ese flechazo además es cosa de Puto-Cupido , ya ni te cuento.

Almas gemelas, neni . Sois almas gemelas. Te lo digo muy en serio.

El caso es que Liza sí creía en esas cosas de las almas gemelas, del hilo rojo del destino y un montón de chorradas que intentaban explicar lo inexplicable.

—Dijiste lo mismo de Eric y ya ves cómo terminamos.

—Eric era un capullo, te lo advertí desde el principio.

—Y también me dijiste que era mi alma gemela —le recordó, poniendo los ojos en blanco.

—Refréscame la memoria, ¿lo hice cuando nos bebimos entre las dos una botella y media de vino?

Hizo una mueca.

—Sí.

—Pues no cuenta —declaró convencida—. Ahora no he bebido ni una gota. Y te lo digo, Maggie. Ese tío es tu alma gemela.

—¿Por qué me lo quiero follar y también salir a cenar con él?

—Porque estás pensando en que te lo quieres follar y también salir a cenar con él —resumió tajante—. Mira, cielo. Llevas demasiado tiempo sin arriesgarte con nadie y, por cómo hablas de ese tío, este no es «uno más».

—Han pasado menos de veinticuatro horas desde que lo conozco, Liz.

—Pues espera a que pasen otras veinticuatro y, si sigues pensando en tirártelo e ir a cenar después con él, sabrás que tengo razón —canturreó ella—. Ay, señor. Te advertí que te ibas a meter en problemas en cuanto saliesen de casa de tus padres.

—Se suponía que los problemas vendrían con el hotel…

—El hotel no fue el que te besó y casi te desintegra las bragas, cariño, él sí —aclaró divertida, entonces añadió—. Por cierto, ¿cuál es el nombre de ese portento?

—Ben, Benjamin Savage.

—Savage. Um. El apellido lo dice todo —ronroneó ella—. Dile que se ponga salvaje y te dé un buen meneo, que lo vais a disfrutar los dos.

—Mira que eres bruta.

Ambas se rieron.

—Ojalá estuvieses aquí —acabó diciéndole unos segundos después.

—Ay, cielo. Si pudiese, cogería un avión ahora mismo y me plantaría ahí —aseguró, su voz más cerca, como si se hubiese acercado al teléfono—. Mira, déjame que haga algunos arreglos y me escaparé la semana que viene a verte.

Sonrió para sí.

—No seas boba. Dijiste que vendrías para la inauguración, ¿no? —le recordó. No quería preocupar a su amiga—. Pues ya te avisaré cuando termine con las reformas y entonces os venís tu osito y tú.

—Eres la mejor.

—No, tú eres la menor.

—No. Lo eres tú.

Se quedaron calladas y dos segundos después estallaron en carcajadas.

—Te quiero, hermanita. Lo sabes, ¿verdad? —le dijo su amiga, cuando consiguieron calmarse.

—Y tú sabes que yo te quiero más, ¿no? —replicó, haciendo que la chica resoplase—. Saluda a Anthony de mi parte y tú, cuídate mucho. Quiero verte aquí para la inauguración.

—No me la perdería por nada del mundo. —Le mandó un sonoro beso y concluyó—. No dejes de llamarme si ocurre algo más, ¿vale? Estaré pendiente del teléfono.

—Cotilla.

—Eso siempre, amiga, eso siempre.

Con una rápida despedida entre ambas, Maggie colgó la llamada y dejó escapar un suspiro mientras sus labios se curvaban una vez más por sí solos.

—Vamos. A trabajar —se animó a sí misma—. Si le das hoy la capa de imprimación, no te quedará para mañana.

Y con eso en mente, dejó el plato en el fregadero y bajó para seguir con su jornada de trabajo.