Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Hoy iba a estrangular a alguien, eso era un hecho.

¿Cómo había terminado en semejante situación?

Maggie removió la cucharilla dentro de la taza sin mirar realmente lo que hacía. El tintineo contra la porcelana era lo único que rompía el murmullo constante de las tres mujeres que, sin ningún tipo de pudor, habían tomado el control de su cocina.

Asentía de vez en cuando, sonriendo cuando tocaba, incluso creía haber respondido de forma coherente la mayoría de las veces, pero la realidad era muy diferente. Su cabeza no estaba allí, sino junto al hombre que se había quedado en el piso de abajo para terminar de colocar la ventana.

Escuchaba el sonido de la sierra, el de la pistola de clavos y a Ben, moviéndose de un lado a otro, era tan consciente de él como lo fue mientras la aprisionaba contra la pared, devorándole la boca.

Señor. Ese hombre sí que sabía cómo besar. Sabía exactamente cómo dejarla con el cerebro hecho papilla y el cuerpo hormigueando de puro placer. No dejaba de pensar en que, si esas mujeres no hubiesen aparecido en ese momento, quizás… habrían terminado en una posición mucho más comprometida.

—…y entonces le dije a Harold que si volvía a plantar tomates en mi jardín, ¡se los haría comer uno a uno! —remató una de las mujeres, arrancando una pequeña carcajada general.

Sonrió por inercia. Tarde, pues no tenía la menor idea de lo que estaban diciendo.

—Claro —murmuró, confirmando su lentitud y desconexión, mientras se llevaba la taza de café a los labios y sorbía—. Joder…

Mierda. El café estaba hirviendo. Lo apartó de ella, dejando la taza sobre la encimera y fulminándola con la mirada, como si tuviese la culpa de tener la cabeza en otro lugar.

—¿Todo bien, querida? —preguntó Hellen, observándola con ese interés quirúrgico que empezaba a darle escalofríos.

—Sí, sí. Perfecto —asintió volviéndose hacia ellas—. El café… estaba demasiado caliente.

Una de ellas soltó una risita.

—Eso pasa cuando no se espera a que enfríe —comentó. Si no se equivocaba, su nombre era Rosamonde.

Le devolvió la sonrisa, asintiendo.

—Tiene toda la razón del mundo, señora Bliss.

—Oh, llámame Rosamonde, querida —le pidió, con esa voz ligeramente estridente, para luego mirar más allá de ella, hacia la puerta—. ¿Benjamin no se nos va a unir al café?

Gracias, señor, por estos pequeños milagros.

—Claro que sí… —confirmó vehemente, reculando hacia la puerta—. Denme un segundito, ahora vuelvo.

No esperó a escuchar una palabra, salió por la puerta como una exhalación. Llegó a las escaleras tan rápido que, de no haberse sujetado del pasamanos, habría volado.

—Jesús… —jadeó, deteniéndose en seco—. Abrirse la cabeza no es una buena idea, Maggie. Hoy no.

Respiró hondo y empezó a bajar, despacio, buscándole. No le sorprendió lo más mínimo encontrárselo mirando en su dirección.

—Ayúdame. Te lo suplico —susurró, señalando hacia arriba con gestos exagerados.

Una amplia sonrisa le curvó los labios, dándole un aspecto de lo más pícaro.

—No sé manejar estas cosas… —acabó de bajar—. ¡En Vancouver los vecinos se quedan en sus propias casas y no vienen a dar por culo!

Estalló en carcajadas y, más que molestarla, se quedó mirándole como una idiota, disfrutando del sonido de su risa.

—Está bien… —Dejó la lijadora en su sitio, se quitó los guantes y caminó hacia ella con la seguridad y tranquilidad de alguien que no tiene prisa alguna.

Se detuvo a su altura y, sin pensárselo dos veces, se inclinó hacia delante, apartándole un mechón de pelo de delante de los ojos al tiempo que le susurraba—. Pero me deberás una.

Maggie se quedó sin respiración. El corazón empezó a latirle a toda velocidad y no pudo evitar mirar sus labios, esos que había estado besando hacía tan solo unos momentos.

—Si sigues mirándome de esa manera, vamos a tener un pequeño problema.

Levantó la mirada y se encontró con esos iris verdes fijos sobre ella.

—Prefiero enfrentarme a esa clase de problemas antes que a los que tengo en la cocina —murmuró. Su boca iba más rápida que su cerebro.

—Los de tu cocina son sencillos de arreglar. —Señaló hacia arriba—. Lo otro… puede que nos lleve algo más de tiempo. —Se quedaron unos instantes en silencio, tan solo mirándose, entonces Ben añadió—. ¿Subimos?

Asintió. Giró sobre sí misma y empezó a subir, echando un fugaz vistazo hacia atrás, para asegurarse de que la seguía.

—Te pondré una taza de café —le dijo, entrando en la cocina.

—Benjamin, querido. Trabajas demasiado —mencionó la señora Bliss nada más verlo aparecer por la puerta—. Siempre echándonos una mano a los miembros de esta comunidad. Eres un ángel.

Maggie tuvo que morderse el labio inferior para no soltar una carcajada ante el tono meloso de la mujer. ¡Por el amor de Dios! ¡Sí podía ser su nieto!

—Solo contribuyo a la comunidad, Rosamonde —intervino él, sin darle más coba. Un momento después lo tenía al lado, cogiendo la taza que le había preparado—. Gracias.

—Ten cuidado. Quema —señaló, recuperando su propia taza—. Acabo de comprobarlo por mí misma.

Le dedicó una pequeña sonrisa y cruzó la habitación, apoyándose contra el final de la encimera.

—Así que… —continuó Hellen—, ¿cuánto tiempo piensas quedarte por aquí, Maggie?

Una pregunta simple. Al menos en apariencia.

—Supongo que dependerá del tiempo que me lleve poner esto en marcha y ver qué tal funciona —respondió, llevándose la taza de nuevo a los labios, pero esta vez teniendo cuidado al beber.

—Oh, seguro que funcionará a las mil maravillas —intervino Mildred—. Este sitio tiene mucho potencial.

—Y con las reformas que estás llevando a cabo, será un lugar completamente renovado —añadió Rosamonde, con una mirada nada sutil hacia Ben.

Maggie no se molestó en disimular, giró la cabeza y lo miró. Él estaba ocultando una particular sonrisa detrás de la taza.

—Tu tía tiene que estar encantada de haber dejado el negocio en manos tan confiables —mencionó Mildred y, al contrario que las demás, su comentario no parecía tener segundas intenciones. Aunque con estas mujeres, ¿quién sabía?—. Hace mucho que no sé nada de ella, ¿se encuentra bien?

—Estupendamente —asintió, pensando en la última vez que habló con ella—. Europa le sienta de maravilla… Al igual que su nuevo marido.

El respingo y la forma en la que las tres damas abrieron los ojos fue casi cómica.

—¿Nuevo marido?

—¿Se ha casado?

—¿Cuántos matrimonios lleva ya?

Miró a cada una de las señoras y se encogió de hombros.

—Los asuntos de mi tía, me temo que siguen siendo un misterio incluso para mí —mencionó—. Lo único que sé es que ahora soy dueña de un hotel y que tengo mucho trabajo por delante para ponerlo al día.

Esperaba que captasen la indirecta, porque si tenía que permanecer más tiempo en compañía de estas damas, le iba a dar un ataque.

—Sí. Querría acabar de colocar las ventanas esta misma mañana —dijo Ben, reforzando su excusa—. No tenemos delincuencia, pero uno nunca sabe qué clase de animal puede querer colarse.

—Oh, eso es verdad —afirmó la señora Mildred—. Hace unos días se nos metió un tejón en casa. Menos mal que Charlie estaba allí para sacarlo, de lo contrario, no sé qué habría hecho.

—Sí, sí… Ya te hemos entretenido bastante y no queremos robarte más tiempo —aseguró Hellen, intercambiando una mirada con sus compañeras, las cuales empezaron a despegar el culo de la silla. Gracias a Dios.

—Han sido muy amables al venir a visitarme… —No sabía cómo no se atragantó con las palabras—. Y gracias por todo lo que me han traído…

Entre despedidas, promesas de volver «pronto» y un último vistazo cargado de curiosidad a Ben, las tres damas al fin salieron por la puerta principal. El sonido del coche alejándose fue de lo más liberador.

Se quedó en el porche, con la mano en alto, moviéndose de forma automática en una eterna despedida. Pasó un segundo, luego otro y finalmente el viejo utilitario desapareció de la vista.

Solo entonces se permitió dejar escapar el aire.

—Madre mía… —resopló—. ¿Esto suele ocurrir muy a menudo por aquí?

—Eres la novedad —le informó Ben, apoyado contra el dintel de la puerta.

Se giró hacia él, despacio, y lo miró.

—¿Para ti también?

La pregunta pareció tomarlo por sorpresa, por lo que tardó unos segundos en negar con la cabeza. Un gesto que la alivió sobremanera.

—No. Para mí no eres una novedad —respondió, sin dejar de mirarla—. Eres mucho más.

La forma en que lo dijo le provocó un ligero cosquilleo en el bajo vientre.

—No voy por ahí besando a la primera chica que se me pone por delante, si eso es lo que estás pensando —añadió, sorprendiéndola a ella ahora.

Ahora fue su momento para negar.

—No. No estaba pensando en eso, pero no negaré que me alivia saberlo —admitió, caminando hacia él y sobrepasándolo, para entrar de nuevo en la casa—. El beso ha estado bien, por cierto.

—Lo ha estado —corroboró él, siguiéndola adentro—. Muy bien, de hecho.

Sus miradas se encontraron un momento y ella se llevó la mano al pelo, metiéndoselo detrás de la oreja.

—No me gustaría que se enrareciese el ambiente entre nosotros por… lo que sucedió.

—Somos dos personas adultas, ¿no? —le dijo él, señalando el trabajo que habían dejado a medias—. Podemos seguir donde lo dejamos… con la ventana.

¿Y con lo otro no?

Sacudió la cabeza ante el repentino pensamiento y, como si lo hubiese escuchado, algo poco probable, sonrió.

—Venga, ayúdame con esto —recuperó los guantes, poniéndoselos y señaló la otra ventana que había quitado y ya estaba lista para volver a su lugar—.

Quiero asegurarme de que tengas todas las ventanas de esta planta y la puerta puestas antes de irme.

Me gustaría poder quedarme más tiempo, pero… tengo turno de tarde en el parque.

—Por favor, ni lo menciones. —Se dio prisa en echarle una mano—.

Soy muy consciente de que todo esto que has hecho hoy, no habría podido hacerlo yo ni de coña.

Me estoy dando cuenta de que no habría sabido ni por dónde empezar…

y lo más seguro es que, cualquier cosa que hubiese hecho tendría que ser arreglada después. En serio, Ben, te debo una muy grande.

—Ya sabes lo que quiero como pago —le recordó con total naturalidad—. Una cena. En el Clays. ¿Qué te parece el viernes?

Se lo quedó mirando. No es que le sorprendiese su respuesta, puesto que ya se lo había dicho antes, pero… Acababa de convertir algo indefinido en una fecha concreta.

—Viernes.

Asintió.

—De acuerdo.

Sus labios se curvaron ligeramente.

—Bien. —Cogió la nueva estructura, la encajó en la ventana e indicó el destornillador eléctrico con un gesto de la barbilla—. Vamos. Te toca.

Una hora después ya habían terminado de colocar las ventas restantes y la puerta. Ahora abrían y cerraban sin roces y sin ese rechinar esperpéntico.

—Deberías darle una capa de imprimación a toda la madera nueva y también a la vieja.

Eso la protegerá del clima —señaló, recogiendo las herramientas y guardándolo todo en su lugar, para finalmente ponerse su chaqueta—.

Y usa una mascarilla mientras lo apliques y mantén todo abierto para que ventile.

Tiene un olor un poco fuerte al principio, pero se irá con la ventilación. Es un buen producto.

—Gracias. —Indicó el par de botes y las brochas, pues eran de las cosas que ella no había comprado—. Aprovecharé esta tarde para darles a las ventanas y a la puerta y así dejar esta parte lista. Será una cosa que ya podré tachar de la lista.

—Volveré mañana y arreglaremos las del piso de arriba y la infame puerta de tu dormitorio.

Hizo una mueca al pensar en tan memorable momento.

—No me lo recuerdes —bufó—. Esta noche la mantendré cerrada con una silla.

Se rio bajito, cogió las llaves de la camioneta del bolsillo de la chaqueta y se inclinó sobre ella.

Fue un gesto inesperado, por lo que, cuando le pellizcó la barbilla y bajó de nuevo sobre su boca, se quedó completamente inmóvil.

—Y Maggie… —le susurró, sus ojos a la altura de los suyos—. No me arrepiento ni una pizca de haberte besado, todo lo contrario… Desearía poder seguir haciéndolo.

Esta vez el beso fue apenas un roce de labios, una caricia a modo de despedida.

—Te veo mañana —le dijo, apartándose de ella—. Por cierto. Te he dejado mi número apuntado en ese tablón. Si me necesitas, llámame. Da igual la hora que sea.

Sin otra palabra, dio media vuelta y salió por la puerta.

Maggie salió al porche, viéndolo subirse a la camioneta y decirle adiós con la mano antes de que el motor empezase a ronronear y, una vez más, saliese marcha atrás de la propiedad. Un último toque de claxon y enfiló la carretera que llevaba de vuelta al pueblo.

El vehículo desapareció y con él volvió el silencio, aunque ya no era el mismo de siempre. El sonido de los pájaros, el del viento, todo parecía distinto.

—Benjamin Savage… —pronunció su nombre, llevándose los dedos a los labios como si todavía pudiese sentir sobre ellos su beso—. Diablos…

Una pequeña sonrisa se abrió paso en sus labios y notó de nuevo ese cosquilleo que la recorría entera al pensar en lo mucho que había disfrutado entre sus brazos.

—Oh, Maggie, ¿qué estás haciendo? —se preguntó.

Arriesgarse. Algo que no había hecho en mucho tiempo. Y, por primera vez, no sentía que estuviese metiendo la pata.