Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Se miraron, compartiendo una intimidad inesperada, un momento de comunión como ningún otro. Si ella se apartase, si lo empujase… puede que recuperase la sensatez, mas seguía pegada a él, sus labios demasiado cerca, pidiendo a gritos que volviese a tomarlos.

—Esto se parece bastante a una locura… —susurró ella.

Ben esbozó una leve sonrisa, todavía demasiado cerca.

—Lo es —admitió, lamiéndose los labios—, pero no estoy seguro de poder ponerle freno…

Ella abrió la boca para decir algo solo para que el sonido lejano, aunque claro, de un motor captase la atención de ambos.

Alzó ligeramente la cabeza, frunciendo el ceño y aguzó el oído. Sí. Era el motor de un coche y, juraría que sabía a quién pertenecía.

—Mierda…

Maggie también reaccionó a esa inesperada interrupción con un exabrupto, apartándose de él al momento. La pérdida de su cuerpo, de su calor, lo hizo gruñir.

—Dime que no viene hacia aquí…

—Ojalá pudiera… —masculló, apartándose de ella, aunque no demasiado. No podía.

Genial. Justo cuando las cosas se estaban poniendo interesantes entre ellos, alguien encontraba el momento perfecto para interrumpirles.

Ben dejó escapar una exhalación, se pasó una mano por el pelo y dejó la otra en la cintura de ella. No podía dejar de tocarla, no todavía. Y Maggie no se alejó, así que supo que ella también necesitaba del contacto.

—Parece que tus nuevas vecinas han decidido hacerte una visita —mencionó, pues había reconocido el coche en cuanto apareció por el camino de entrada.

El vehículo, un viejo utilitario que pedía a gritos la jubilación, cloqueó hasta detenerse prácticamente frente a la casa. Demasiado cerca, en realidad.

Maggie soltó una pequeña exhalación, moviéndose un poco más cerca de él, como si la presencia de más desconocidos fuese lo último que deseaba en esos momentos.

—Genial… —masculló—. Y llegan justo ahora.

El golpe de tres de las puertas del coche, cerrándose alternativamente, terminó de romper el momento entre ellos.

—Joder… Son las mujeres que estaban cuchicheando en el almacén… —La oyó mencionar.

—Estás a punto de conocer oficialmente a las cotillas del pueblo —le aseguró, e inclinándose ligeramente sobre su oído, le dijo—. Sonríe.

Maggie dejó escapar un resoplido de risa, lo miró de soslayo y sacudió la cabeza.

—Ay, parece que ya ha empezado con las reformas… —escuchó una de las voces femeninas, algo chillona.

—El lugar es encantador…

—Oh, mira. Está allí —canturreó una de las tres mujeres al verlos—. ¡Hola!

Maggie se separó de golpe, llevándose una mano al pelo como si eso fuese arreglar algo.

—Joder, joder, joder…

Ben no pudo evitar que una media sonrisa asomase en sus labios.

—Te prometo que no muerden… —murmuró por lo bajo.

—¿Siempre vienen en manada? —inquirió ella, echando un rápido vistazo hacia atrás, antes de salir del porche para interceptarlas.

—Al parecer… hoy sí. —La acompañó, quedándose un par de pasos por detrás de ella, pero todavía lo bastante cerca para intervenir de ser necesario.

Desde luego, de todas las personas que podían haber venido a darle la bienvenida a la nueva integrante de Old Green, las integrantes del club de las chismosas eran las menos adecuadas.

Las lugareñas portaban en sus manos bandejas y moldes para tartas con algunas de sus especialidades culinarias.

Sí, hospitalidad no faltaba en aquel pequeño pueblo de Banff.

—Buenos días, querida —la saludó Hellen Carson.

Era la mujer del alcalde, de unos sesenta largos, sonrisa afilada y ojos brillantes de curiosidad, que se hizo un recorrido del escenario en tan solo un segundo.

La dama miró a Maggie y luego a él, alternativamente—.

Vaya, esperamos no llegar en mal momento.

Detrás de ella, las otras dos mujeres, cargadas con recipientes, sonreían y los miraban alternativamente, sacando ya sus propias conclusiones. Sacudió la cabeza mentalmente y dio un paso adelante.

—Buenos días, señoras —tomó la palabra, viendo que claramente Maggie estaba sobrepasada—. ¿Ejerciendo ya de buena mañana como comité de bienvenida?

Las caras de las tres enrojecieron ligeramente, aunque eso no evitó que la mujer del alcalde diese un paso adelante, con su acostumbrada jovialidad, dirigiéndose a su chica.

—No podíamos dejar pasar más tiempo sin darle la bienvenida al pueblo a nuestra nueva vecina —aseguró la mujer, levantando lo que tenía en las manos como una ofrenda a los dioses—. Y te hemos traído algunas cosas.

—Espero que te guste la lasaña de carne, querida.

Es mi especialidad —aseguró otra de las mujeres.

Mildred Wilson era, con toda seguridad, la más normal de las tres y una gran cocinera, además.

Los chicos y él habían catado su cocina en la central más veces de las que podía contar.

No en vano uno de sus hijos trabajaba también como guardaparques.

—Teníamos que asegurarnos de que comías bien —añadió la tercera—. Ya se sabe lo mal que se come en la ciudad.

Maggie parpadeó, alternando la mirada entre unas y otras.

—Eso es… muy amable de su parte —mencionó—. Gracias.

—¿Quieres que lo pongamos dentro? —sugirió la primera, dirigiéndose ya hacia el porche, sin esperar siquiera permiso.

—La recepción está patas arriba… —gimió la chica, mirando horrorizada a la mujer y a su séquito, que no dudó en seguirla.

—Oh, no importa, querida. Podemos subir y…

Ante la obvia incomodidad de la propietaria del lugar, Ben dio un paso adelante, interponiéndose en el camino y señalando una pequeña mesa de trabajo que estaba libre.

—No quisiera que su asma empeorase por la cantidad de polvo y virutas de madera que hay dentro, Hellen —la interceptó, con amabilidad—. Maggie y yo hemos salido precisamente para dejar que el ambiente se fuese despejando.

—Benjamin, querido —respondió ella, sin quedarle más remedio que recular—. Qué coincidencia tan encantadora encontrarte aquí.

—Ya me conoce, siempre intento echar una mano con las reparaciones —le dijo, cogiéndole el recipiente de las manos y dejándolo sobre la mesa.

—Oh, Ben es de lo más servicial —añadió la señora Wilson, con visible cariño. Dejó su recipiente en la mesa y le sonrió—. ¿Qué tal te va con el trabajo en la reserva, querido?

—Como siempre, Mildred —correspondió a su saludo con amabilidad.

—Menos mal que tienes a un hombre que haga estos arreglillos, querida —mencionó la tercera en discordia. Rosamonde Bliss era la segunda al mando, apoyaba cada una de las decisiones de Hellen—. Es muchísimo trabajo para una sola persona.

—Sí. He tenido suerte de que… el señor Edmond me lo recomendase cuando nos encontramos en su almacén —replicó Maggie, volviéndose hacia él con una expresión de «socorro» en la cara—. Llevamos toda la mañana trabajando, de ahí que esté todo… así.

—Bueno —continuó Martha, edulcorando su voz—. Nosotras no queremos interrumpir nada importante…

Las otras dos intercambiaron una mirada.

—Para nada —confirmaron al unísono.

Si bien él ya las conocía y sabía bien cómo se conducían, era obvio que para su compañera la visita y la actitud de esas tres estaban lejos de ser algo aceptable, con todo, la vio recomponerse con rapidez.

Respiró hondo, plantó una sonrisa forzada en sus labios e hizo lo único que podía hacer en este caso; rendirse.

—¿Les apetecería un café? —sugirió mirando a unas y otras—. Me temo que, en estos momentos, es todo lo que puedo ofrecerles…

—Oh, querida. No queremos molestar… —aseguró Hellen, antes de rematar—. Pero un café suena maravilloso. Vamos, te ayudo a prepararlo.

Y mientras las vecinas tomaban posesión del lugar como si llevasen años viviendo allí, Ben no pudo evitar pensar en que las cosas acaban de complicarse y mucho. No dudaba de que pronto habría rumores sobre una posible relación entre ellos.

Bueno. Suponía que no había mal que por bien no viniera.

Maggie le dedicó una última mirada de «no me puedo creer lo que está pasando» , antes de seguir a la decidida mujer a través de la atestada recepción.