CAPÍTULO 6
El olor a madera lijada y polvo en suspensión debería haber sido lo único presente en su nariz, y en su cabeza, pero era imposible ignorar ese aroma a mandarina o la constante presencia de la mujer que lo encarnaba.
Ben deslizó la mano por el marco de la ventana, comprobando el ajuste, presionando lo justo para encajarla en su sitio. La madera cedió como esperaba. Posiblemente fuese lo único que salía como estaba planeado, porque todo lo demás… era un territorio inexplorado para él.
Era curioso que, a pesar de haberse relacionado con otras mujeres, de haber salido con ellas y tener suficiente experiencia, en lo que a Maggie se refería se sentía igual que si acabase de conocer a su primer amor.
Era como un tygrain adolescente, con las hormonas revolucionadas y un absoluto descontrol emocional.
No había dejado de echarle fugaces miradas, de permanecer atento a cada ruido, sobre todo cuando tenía el destornillador en las manos o cualquier herramienta en general. No quería que se lastimara, mas entendía su necesidad de hacer algo por sí misma, de sentirse útil.
—Necesito que la mantengas firme, ¿podrás? —preguntó, viéndola a su lado e indicándole con un gesto que se colase por debajo de su brazo para sujetar la madera ahora que la había asegurado en su lugar.
—Sí. Solo déjame… —El roce de su cuerpo, aunque ligero, era como una descarga eléctrica para sus sentidos. ¿Y su aroma? No hacía más que salivar por probarla, por averiguar si su piel sabía igual, si esa boca… era tan dulce como le parecía.
Tragó, tensando los dedos contra la madera para evitar soltarla y hacer exactamente eso.
Quería besarla. Quería mucho más que eso, en realidad, pero para empezar le bastaba.
—Vale. Lo tengo —anunció, sus manos rozando las de él, poniéndose de puntillas para poder llegar a su altura.
—No lo muevas.
—A sus órdenes, mi capitán —murmuró, con ese tonito divertido que ya había escuchado en su voz en las últimas horas.
Cogió la pistola de clavos y empezó a fijar la madera en los puntos clave, para que ella pudiese soltarla a continuación.
—Ya puedes soltar —anunció y, al hacerlo, el cuerpo femenino se cayó hacia atrás, contra su pecho.
—Lo siento —se disculpó al momento, aunque no se movió.
Se quedó justo allí, mirando hacia arriba, a él.
Las mejillas ganaron algo de color, pero eran sus ojos, de ese color marrón otoñal, los que capturaron su atención.
No se escondía, la atracción estaba presente entre ambos, viva, palpable en el aire—. ¿Qué ocurre?
Ladeó ligeramente la cabeza, se lamió los labios y…
—Nada.
Mentira. Pasaba de todo, mas ¿cómo explicárselo? En ese momento no tenía la menor idea de cómo hacerlo.
Dejó que ella se escurriese de nuevo de sus brazos y pusiese distancia entre ambos. Perder su contacto fue como si le arrebatasen algo.
Volvió al trabajo, aunque sus manos ya no se movían con la misma facilidad, puede que incluso le temblasen un poco. Movió el cuello, los hombros, destensándose y continuó asegurando el nuevo marco para colocar finalmente la ventana en su sitio.
—¿Seguro que no pasa nada? —La pregunta llegó unos instantes después, como si ella la hubiese estado rumiando en silencio—. Te has quedado callado y no eres precisamente poco hablador.
Sonrió para sí, ladeó la cabeza y la encontró mirándole desde el otro lado de la habitación.
—Suelo concentrarme en lo que hago para… clavar la madera y no mi mano.
Maggie dejó escapar un pequeño resoplido, pero su expresión se aligeró.
—Vale. Eso no te lo discutiré —asintió, acercándose ahora al montón de cajas que había estado trasladando al piso de arriba. Ya solo quedaban cuatro, las más grandes.
—Déjalas. En cuanto termine aquí, te las subo yo.
—No te preocupes, abultan más de lo que pesan.
—Maggie… —Una advertencia que le salió más fuerte de lo que pretendía. Se aclaró la garganta y la señaló con la pistola, apuntando hacia abajo—. Déjalas.
El puchero que apareció en sus labios fue demasiado bonito para ignorarlo. Era la primera vez que la veía hacer algo así y se lo quedó mirando.
—Déjame adivinar, eres de los que siempre tiene que salirse con la suya.
—Solo contigo —admitió, con total sinceridad.
—Y directo, además.
Dejó la pistola de clavos a un lado, se sacó los guantes de trabajo y fue hacia ella.
Era puro instinto lo que lo guiaba y hacía que quisiera estar cerca de ella.
—Tomémonos un descanso. —Ella enarcó una ceja y levantó la cabeza a medida que se le acercaba—. Hemos levantado bastante polvo de la madera y nos vendrá bien respirar algo de aire fresco.
—En ese caso, déjame que vaya a buscar un par de bebidas arriba, que las he metido en la nevera —le informó ella, volviéndose hacia la escalera—. ¿Cerveza?
—Venga —afirmó, viéndola desaparecer en el piso de arriba.
Ben se dirigió al porche. El aire fresco le golpeó de lleno, mas no fue suficiente para quitarse de la cabeza a esa pequeña y curvilínea mujer.
Apoyó las manos en las caderas, mirando el horizonte un segundo, dejando la mente vagar mientras respiraba lentamente, intentando controlar el nerviosismo en su interior.
Tendría que pedirle a alguno de los chicos que vigilasen la zona esta tarde, necesitaba dejar salir al tigre, mudar de piel y correr para aligerar la tensión que sentía incluso ahora.
Le encantaría poder hacerlo en este mismo momento, dejar atrás su piel humana y vestir la de rayas, pero a ver cómo le explicaba a su chica que ver a un gatito grande naranja y de rayas negras no era para llamar al servicio de control animal.
Se pasó una mano por el pelo, alborotándolo. Lo tenía demasiado largo, debería haber visitado la barbería días atrás, mas estaba demasiado ocupado dándole vueltas a la misiva de Mint.
Esa chamana no se equivocaba nunca.
Menuda puntería la suya.
Respiró hondo una vez más, estirando los brazos por encima de la cabeza.
—¿Siempre haces eso? —La voz de ella llegó desde atrás. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que ni siquiera la había escuchado acercarse, y eso que sus sentidos eran de lo más finos.
—¿El qué? —Se volvió hacia ella, aceptando la cerveza que le ofrecía—. Gracias.
—Quedarte como ensimismado… —mencionó, deteniéndose a su lado y chocando suavemente el cuello de su botella con la de él—. Salud.
Asintió y se llevó la botella a los labios, dándole un largo trago.
—Estaba pensando en cómo puede cambiarte la vida de un día para otro —le dijo un momento después—. Ayer estaba patrullando el bosque y hoy… Estoy aquí, junto a una chica preciosa, que ha cautivado mi atención…
Vio por el rabillo del ojo cómo apartaba el cuello de la botella de los labios y le miraba, entre sorprendida y… ¿Aliviada? Ese alivio fue el que lo llevó a volver la cabeza hacia ella.
—No te andas con rodeos, ¿eh?
—Contigo no —confesó. Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada en silencio—. Me gustas, Maggie.
En realidad, era mucho más que gustar, pero decirle a ella que era su otra mitad, que no había otra mujer ya para él y que estaba dispuesto a hacerla suya hasta el fin de sus días… podía ser un poquito dramático.
La vio tragar, su garganta se movió ligeramente, sus labios se separaron y…
—Tú también a mí —admitió ella. Hizo un gesto con la mano, como si necesitase explicarse—. Quiero decir… eres atractivo, amable y… pareces un buen tío.
—Lo soy.
—Y muy modesto, además —sonrió ella, aunque podía notar su nerviosismo.
—No es modestia, es un hecho —aseguró. Ben se dio el lujo de tocarla. Llevó la mano al rostro femenino y le apartó con suavidad un mechón, llevándolo tras la pequeña oreja.
La caricia la estremeció, esos bonitos labios se separaron un poco, atrayendo toda su atención.
—Dios… Me muero por besarte. —La confesión escapó de su boca en forma de anhelo.
—¿Estás esperando una invitación? —No pudo menos que sonreír ante su respuesta.
—Pues a decir verdad… sí —afirmó. Y acaba de dársela con esa sola pregunta.
La miró a los ojos tan solo un instante antes de que sus bocas se uniesen. Le acarició los labios, permitiéndole retirarse si así lo deseaba, pero en vez de hacerlo, se abrió a él, permitiéndole a su lengua entrar en ella y dar rienda suelta al anhelo que vivía en su interior.
Se besaron despacio, sin prisas y con intensidad.
Saboreó en su boca la cerveza, y también algo más, ese aroma cítrico y a mujer que la envolvía y que ahora también se pegaría a él.
Ben se dejó llevar, enterró la mano en su pelo, sujetándola a fin de poder explorar con mayor profundidad su boca.
El cuerpo suave y blando de ella se pegó al suyo, haciéndolo ronronear de puro placer.
Esas pequeñas manos encontraron su camiseta, aferrándose a ella, tirando de él como si llevase demasiado tiempo esperando ese mismo contacto.
El mundo desapareció. No había madera, ni ventanas, ni trabajo… tan solo Maggie. Solo ella y su sabor. Y ese jodido aroma a mandarina que lo estaba volviendo loco.
Ni siquiera estaba seguro de cómo terminaron contra la pared de la cabaña. La empujó contra la madera, sosteniéndola allí, entre su cuerpo y los tablones. Sin dejarle espacio, sin querer que corriese siquiera una brisa de viento entre ellos.
El beso se volvió más intenso, más carnal, y el gemido que escapó de la garganta de la chica casi lo rompe por completo.
La paciencia, la idea de ir despacio… todo se esfumó de su mente.
Su mano libre descendió por la espalda, firme, marcando su presencia, sintiendo cada curva, cada reacción en ella, mientras sus cuerpos se pegaban aún más.
Suya. Todo en ella gritaba eso, que era suya, que le pertenecía.
La cordura encontró un resquicio en su nublada mente, obligándolo a separarse de ella, solo un poco, lo justo para respirar y no dejarse llevar por completo. Apoyó la frente contra la de ella, respirando más rápido de lo que le gustaría admitir.
—Joder… —murmuró, con la voz rota por lo que acababa de hacer, por lo que quería seguir haciendo.
—Oh, sí… justo eso… —musitó ella también, su respiración tan acelerada como la suya.