Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—Con todo el lío creo que no llegué a darte los buenos días… —habló, haciéndole partícipe de su presencia. Aunque era difícil que no la hubiese escuchado bajar las escaleras cuando parecía un elefante dentro de una cacharrería—. Buenos días.

Él ladeó la cabeza y sonrió.

—Buenos días, Maggie.

Cada vez que pronunciaba su nombre, le provocaba un cosquilleo en el estómago.

Me gusta cómo lo pronuncia.

—Bueno. ¿Por dónde empiezo yo? —Miró a su alrededor y luego posó los ojos sobre él. Se acercó hasta la ventana, como si su sola presencia la llamase—. Desde luego, lo tuyo es eficiencia.

—Solo hago lo que tengo que hacer.

—¿Siempre?

La manera en que ladeó la cabeza y vaciló hizo que sus siguientes palabras sonaran casi a desafío.

—La mayoría de las veces. —Aquello iba con segundas, lo tenía clarísimo.

—¿Estás intentando ligar conmigo, Benjamin Savage?

Se indicó a sí mismo con un dedo.

—¿Yo? En absoluto. ¿Cómo puedes pensar algo así de mí?

Entrecerró los ojos sobre él y lo vio guiñarle el ojo.

—¿Alguna vez dices algo en serio?

—Algunas veces —dijo y señaló las hojas de las ventanas que había sacado—. Quedan por retirar las contraventanas. Si te doy un destornillador, ¿podrías aflojarlas?

—Si es eléctrico, sí —confirmó, dispuesta a echarle una mano—. Con el de mano podría llevarme… algo más de tiempo.

Le indicó con un gesto la caja de herramientas, sobre la que había dicho objeto.

—Perfecto.

Empezaron a trabajar en tándem. Ella desatornillaba y él desmontaba las ventanas o las contraventanas. Al contrario que su padre, Ben no salía corriendo para detenerla, ni tampoco la miraba como si fuese la mujer más lenta de la historia o estuviese esperando a que se le cayese un brazo.

Compensó su torpeza con paciencia, le pedía que se apartase para no lastimarla al retirar alguna pieza de madera y se las entregaba, para que las dejase en el lugar que habían preparado para ellas. Incluso le enseñó a usar una lijadora, algo que encontró de lo más divertido.

—¿Siempre has vivido aquí, en Old Green? —le preguntó, apoyándose en el marco de la puerta mientras él lijaba los laterales para hacerla encajar mejor.

—Casi toda mi vida.

—¿Y nunca has sentido la tentación de marcharte?

Ben levantó la cabeza de lo que estaba haciendo y la miró. Llevaba unas gafas de seguridad, igual que las que le había hecho ponerse.

—No he tenido motivos.

Asintió despacio ante su respuesta, pensando en su propia vida y en cómo ella había sido incapaz de quedarse en el lugar donde había pasado toda su vida.

—Ya… —murmuró, quedándose momentáneamente en silencio. Entonces añadió—. Lo que yo no he tenido son motivos para quedarme…

Ben apoyó la herramienta, prestándole ahora toda su atención.

—¿En Vancouver?

Asintió con la cabeza.

—Nací allí, estudié allí… Encontré trabajo y, sí, me independicé, claro, pero… —Se encogió de hombros—. Mi empresa hizo reducción de personal, me echaron a la calle y volví a casa de mis padres, a la casilla de salida… No, la verdad es que no tenía nada allí por lo que valiese la pena quedarme.

—¿Nada?

Negó.

—Nada.

El silencio volvió a caer entre ellos, distinto ahora, más profundo.

Ben la observó un segundo más y, finalmente, cogió de nuevo la herramienta.

—Entonces has hecho bien viniendo a Old Green —le dijo, señalándola con la máquina—. ¿Quién sabe? Quizás aquí encuentres ese motivo para quedarte.

La manera en que pronunció esas palabras parecía contener algo más, algo que no se veía a simple vista, aunque se intuía.

—¿Un hotel medio en ruinas y un montón de cabañas psicodélicas? —intentó bromear, apoyándose un poco más contra el marco—. Suena tentador.

Ben no sonrió del todo.

—No me refería a eso.

No. Suponía que no. Y, precisamente, por eso sonaba demasiado peligroso… y tentador. Demasiado tentador. Y la tentación, en estos momentos y con este hombre, era… algo que no podía ni empezar a plantearse.

Una cosa era tener un rollo con alguien a quien conocías una noche y no le volvías a ver a la mañana siguiente, pero Ben… él vivía en este pueblo, era un miembro de la comunidad y, viendo el tipo de comunidad, no le sorprendería lo más mínimo si la gente empezaba a especular después.

No. Demasiados problemas para algo que, quizá, no llegase más lejos de la cama.

—Bueno, primero tendré que conseguir que esto no se caiga a pedazos —optó por responder. Era la única manera que tenía de no pillarse los dedos.

—No lo hará. —Maggie alzó la vista y se lo encontró mirándola, directamente, sin distracciones—. No mientras estés aquí.

El estómago le dio un pequeño vuelco. Había algo en su voz que sonaba demasiado a… promesa.

—Ten cuidado, Ben, eso ha sonado casi a promesa —soltó, intentando mantener un tono ligero.

—Lo es —respondió con sinceridad, de forma práctica, como si con eso estuviese todo dicho.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Ya no era tan solo cómodo, sino de esos que parecían… esconder otras cosas.

Tragó saliva y se apartó del marco.

—Vale —se frotó las manos, rompiendo el momento—. Pues si esto no se va a caer, más nos vale seguir trabajando.

—Sí.

Ben dejó la lijadora a un lado y pasó por su lado, rozándola con el brazo. Fue un gesto leve, accidental, pero suficiente para que se le acelerase el corazón.

—En menudo lío me estoy metiendo…

—No te preocupes, nos meteremos los dos.

Levantó la cabeza de golpe al escucharle y se lo quedó mirando, como si su respuesta hubiese sido para ella.

—¿Qué?

—La ventana —le dijo él, retomando el trabajo—. Si te supone mucho lío, la colocaremos entre los dos.

Sacudió la cabeza, despejándose.

—Claro. La ventana.

Cogió el destornillador eléctrico y fue hacia él, lista para asegurar los tornillos en sus respectivos lugares, mientras él colocaba y sujetaba las partes más pesadas.

Y, cuando se deslizó bajo su brazo, para poder tener mejor acceso, no se le escapó la ligera curvatura en sus labios, ni la secreta satisfacción que se adivinaba en ellos.