Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El olor a café le hizo cosquillas en la nariz. Empezó a saborearlo, pues impregnaba el aire, paladeando como si ya pudiese darle un sorbo…

¿Café? ¿Pero cuándo había preparado ella café?

Maggie abrió los ojos despacio, luchando por despegar los párpados mientras intentaba no morir por la luz que se filtraba a través de las cortinas. Consiguió que se separasen en dos rendijas, mas lo que vio la desconcertó un poco.

¿Dónde…? Ah, sí. La cabaña de su tía.

Se volvió quedando de espaldas contra el colchón, restregándoselos con las manos hasta que su cerebro abandonó por completo el sueño y empezó a ponerse de nuevo en funcionamiento.

—Café… —Volvió a paladearlo, saboreándolo.

Se quedó quieta un segundo, disfrutando de aquel aroma que…

—Oh, ¡mierda!

Se incorporó de golpe, haciendo a un lado las sábanas y buscando a tientas el móvil. Encontró el aparato en la mesilla, justo en el mismo instante en que el colchón desaparecía bajo su cuerpo y caía a plomo contra el suelo.

Pum. El golpe resonó como si hubiese caído una piedra a plomo.

—Hostia puta… —farfulló, esperando a que el ramalazo de dolor que le atravesaba el cuerpo se dispersase—. Auch.

Se las ingenió para hacer la croqueta y sentarse. Miró la pantalla del teléfono con ojos entornados y resopló.

—¿En serio? ¿Quién coño se levanta a estas horas? —Sacudió la cabeza, se pasó una mano por el pelo, solo para hacer una mueca al engancharse sus propios dedos en aquel nido de pájaros y resopló de nuevo—. Vale. O estoy soñando… o alguien se ha colado en la casa.

Consiguió ponerse en pie, se frotó el coxis y comprobó que no se había roto nada antes de arrastrarse hacia la puerta.

No es que fuese alguien quien le costase madrugar, porque solía levantarse temprano, pero después del viaje en coche, el zafarrancho de limpieza de la casa y que ni una jodida ducha fría había calmado el acaloramiento que le dejó la visita de Ben, había caído rendida.

Espera. Ben.

El corazón se saltó un latido antes de iniciar un ritmo vertiginoso.

Si no se había espabilado hasta ahora, el solo pensamiento del hombre y su recuerdo lo hicieron con extrema rapidez.

—Dijo que vendría a primera hora… —Se llevó ambas manos al rostro, apretándose las mejillas—. Mierda.

Se lanzó contra la puerta, cogió el pomo… Drama. Acababa de quedársele en las manos.

—¡No me jodas! —Lo miró incrédula. Esto no podía estarle pasando. No ahora. No a ella.

Volvió a ponerlo en su sitio, empujó y escuchó cómo algo caía al suelo desde el otro lado.

—¡Venga ya! —Se quedó con la parte interior en la mano, mirándola como si no pudiese creer todo aquello. Porque… ¡No podía creérselo!—. Me cago en la puta, Murphy. ¡Qué te he hecho!

Aporreó la puerta. Llegados a este punto, era lo único que se le ocurría hacer.

—¿Hola? ¡Quien quiera que haya allanado mi propiedad! ¡Me he quedado encerrada en la habitación! —Acompañó sus gritos con varios golpes en la puerta—. ¡Hola!

Iba a volver a aporrear la puerta cuando escuchó pasos. Se agachó para mirar a través del agujero que había dejado atrás la manija y vio una figura del otro lado.

—¿Maggie? ¿Va todo bien?

Su voz le provocó un escalofrío de puro placer. Se mordió el labio y respiró hondo.

—Pues… No —carraspeó—. Nada va bien, en realidad. No sé si te has percatado de que le pasa algo raro a la puerta… ¡No tiene pomo!

Escuchó algo parecido a una risita.

—No tiene gracia —siseó, dándole unos golpecitos a la puerta—. Me he quedado encerrada.

—Tranquila, cielo —le habló con suavidad, pero todavía había una pizca de diversión en su voz—. Dame un momento y te saco de ahí.

Dejó escapar un profundo suspiro y volvió a mirar a través del agujero cuando escuchó que se alejaba. No tardó mucho en regresar y, cuando lo hizo, notó cómo la madera cedía.

—Apártate de la puerta, por favor.

No tuvo que decírselo dos veces.

—Ya estoy —le informó. Un par de golpes y la puerta se abrió, mostrando a un fresco, atractivo y satisfecho Ben—. Dios. Gracias.

—¿Estás bien? —La recorrió de arriba abajo con la mirada, de forma muy lenta, haciéndola consciente de que no llevaba encima más que la camiseta vieja y larga que usaba para dormir.

Todavía tenía el pomo de la puerta en la mano, se dio cuenta cuando se lo llevó contra el estómago. Hizo una mueca y se lo entregó sin más, uniéndolo al martillo y al cincel que ahora sujetaba en una de las suyas.

—Odio esta casa —rezongó, atravesando el umbral para seguir el aroma que la había despertado hasta la cocina. La cocina que había terminado de limpiar a las tantas de la noche y que ahora olía a café recién hecho y a bollos de mantequilla calientes.

Se le hizo la boca agua.

— Um… ¿Sueles colarte en casas ajenas para preparar el desayuno a sus inquilinos o yo soy especial? —preguntó sin volverse, sintiendo su presencia detrás de ella.

Se movía con suavidad, sin hacer ruido, lo cual era inquietante.

—En honor a la verdad, llamé varias veces antes de entrar.

Se giró lo justo para mirarle por encima del hombro y encontrarse con sus ojos.

—No te oí.

—Lo sé —respondió y, como si lo hubiese pasado por alto, cosa que realmente había hecho, se encontró con el altavoz encima de la mesa, iluminándose al compás de la música.

No lo apagó. Estaba tan agotada la noche anterior que se olvidó por completo del maldito altavoz, de la música y de todo.

—Vale… —resopló—. Esto empieza a ser preocupante.

—¿Quieres una taza de café? —sugirió, lo cual era igual o más absurdo aún, dadas las circunstancias.

—Sí, claro. Invítame a un café que has hecho tú en mi propia cocina —replicó con ironía matutina—. Debería decirte que no soy muy simpática por las mañanas, aunque hoy creo que he batido todos los récords.

—A veces el karma se ceba un poco. Otras solo trata de hacernos la vida… más interesante. —La empujó con suavidad, sus manos ciñéndole la cintura para hacerla entrar—. Vamos. Siéntate.

La sensación de sus manos fue fugaz, pero incluso cuando las retiró podía notar todavía sus dedos en la carne y era una sensación nada desagradable.

Cuando acabó delante de la mesa, se dio cuenta de que el café y los bollos eran solo una pequeña parte de un desayuno gourmet .

—Oye, ¿lo de invadir propiedades viene también con chef a domicilio?

—Depende de cómo me traten —aseguró, retirándole la silla con caballerosidad. No recordaba al último tío que había hecho algo así por ella.

—Menudo partidazo eres, ¿eh?

—Solo para ti.

Maggie se giró al escuchar aquella frase, pero él ya le había dado la espalda, lo que le permitió admirar lo bien que le sentaban a ese hombre los vaqueros.

Uf. Menudo culo.

Cuando se giró de nuevo hacia ella, traía una taza en las manos, se la puso delante y su cercanía hizo que la rozase con el brazo. El chispazo fue instantáneo, una pequeña corriente que la recorrió por entero.

Tuvo que carraspear a fin de encontrar su propia voz.

—Gracias.

Él se limitó a asentir.

Cogió la taza entre las manos, agradeciendo el calor que desprendía, inspiró el aroma y le dio un sorbo. No pudo menos que cerrar los ojos ante el delicioso sabor. Esto era café de verdad y no esos sucedáneos que vendían en las tiendas.

—Vale… —Se lamió los labios, disfrutando del sabor—. Esto es un señor café.

—Lo sé —replicó con su propia taza en las manos y una satisfacción que era casi tan palpable como su arrogancia—. Hago el mejor café de Old Green.

—Y modesto, además.

—Siempre.

Ella dejó escapar un resoplido de risa.

—Eres un poquito arrogante, ¿no te parece?

—Puede que un poco —replicó, apoyando la cadera contra la encimera.

Volvió a llevarse la taza a los labios, tomando otro sorbo de la caliente bebida y lo miró entonces.

—Al menos lo admites.

El silencio cayó entre ambos, pero era uno cómodo, no se notaba pesado.

—He traído bollos —añadió entonces, señalando la caja que había visto y de la que salía un aroma inconfundible.

—Estás ganando puntos peligrosamente rápido.

—Esa es la idea —admitió, bebiendo de su propia taza.

Enarcó una ceja ante su sinceridad.

—¿Siempre eres así de directo?

—Contigo sí.

Y ahí estaba de nuevo, ese tono de voz, la mirada directa, que sugería una cosa y parecía implicar otra más.

Maggie apartó la suya, ese hombre se estaba acercando demasiado rápido y, lo peor de todo, es que no parecía molestarle demasiado…

Al contrario. Le gustaba ese puntito de peligrosidad y descaro.

Que te la vas a pegar otra vez, Maggie.

Sí. Si no iba con cuidado, lo más seguro es que acabase equivocándose una vez más y, en temas de hombres, ya había metido la pata lo suficiente.

Optó por disfrutar de ese inesperado desayuno. Se terminó el café, acompañándolo con, nada más y nada menos que con dos bollos, y dejó la taza, llevándola a continuación al fregadero para enjuagarla, junto a la de él.

—Bueno —dejó la loza a escurrir sobre una bayeta—. Si vamos a trabajar, mejor empecemos antes de que me acostumbre a esto.

—¿Acostumbrarte a qué? —preguntó curioso, mirándola sin reparo.

—A tenerte aquí.

Él no respondió, pero su mirada permaneció en la suya unos segundos más.

—Bien, debería empezar por ponerme ropa de trabajo. —Antes de hacer algo más estúpido, porque todavía llevaba tan solo encima la camiseta de dormir.

Esos ojos verdes volvieron a caer sobre ella con lentitud y, durante un breve instante, fue como si le acariciasen sus propias manos.

—Te esperaré… abajo.

O también podrías subir y ayudarme a desvestirme…

No. Ni hablar.

Agitó la cabeza, giró sobre sus pies descalzos e inició la retirada.

¿Qué narices le pasaba con ese hombre? Solo le falta pedirle que le arrancase la ropa y se la tirase encima de la mesa.

Una ducha después, con la guerra para domar su pelo ganada y unos viejos leggins y sudadera puestas, bajó las escaleras con sus viejas botas de montaña y lo encontró en medio de la recepción, junto a una de las ventanas que ya había desensamblado.