CAPÍTULO 4
Esa tarde la casa de Aidan olía a carne a la parrilla y a madera, lo cual ya venía siendo una tradición. Cada vez que les tocaba reunirse en el patio de su amigo, aprovechaban para disfrutar de un momento familiar como aquel.
Ben cruzó la puerta sin llamar, como había hecho cientos de veces antes. El sonido de las voces y una risa conocida le dio la bienvenida incluso antes de que cerrase a su espalda.
—Llegas tarde —anunció Rick desde el salón.
—Llego cuando quiero —respondió, quitándose la chaqueta y dejando el paquete que había recogido en el almacén. Lo cierto era que tenían suerte de que hubiese venido siquiera, pues todo en él ansiaba estar con Maggie.
Ese beso… Se había arrepentido en el último momento. Había querido probar esos labios, pero estaba tan a gusto con ella, con la complicidad que parecía haberse iniciado entre ambos, que no quiso precipitarse ni estropearlo.
Había sido consciente de la atracción de la chica hacia él, de cómo lo miraba, del deseo en sus ojos, así como de los sonrojos de sus mejillas. Y eso era mucho más de lo que había podido esperar de un primer encuentro a solas.
Maggie era irónica, ocurrente y no tuvo reparos en seguirle el juego. De hecho, disfrutó haciéndolo.
Sí. Podía tener un poquito de paciencia antes de lanzarse a la piscina, aunque eso no significaba que no fuese a seguir empujando y probando hasta donde estaba dispuesta a llegar su compañera.
—Claro. Y mañana patrullarás también cuando te apetezca, ¿no?
No contestó. Había cosas que no merecían respuesta y esa era una de ellas.
El cuadrante se hacía cada quince días y, mayormente, todos lo respetaban. Si había algún cambio de última hora, lo solucionaban entre ellos, sin tener que dar parte a la administración.
Entró en el salón. Aidan estaba junto a la mesa, sirviendo cerveza en varios vasos. Eli ocupaba su sitio habitual en el sofá, con una postura relajada que no engañaba a nadie.
Tres pares de ojos se clavaron entonces sobre él. Fue una reacción demasiado rápida, una atención inusual. Estaba claro que se conocían entre ellos demasiado bien como para que se les escapase algo tan significativo como lo que le pasaba.
Genial.
—¿Qué? —preguntó, seco. Fingiendo una inocencia que sabía no se sostenía.
Rick alzó una ceja.
—Nada. —Ese «nada» sonó demasiado estirado, muy poco confiado—. Creo.
Resopló y cogió uno de los vasos.
—¿Dónde has estado? —disparó Aidan, sin miramientos.
—Tu paquete está en la entrada. —Señaló con el pulgar por encima del hombro, ignorando su pregunta y dándole un trago a la cerveza. Uno largo.
Estaba fría, deliciosa, pero eso no sirvió para relajarlo, ni tampoco para disminuir la atención felina que esos tres mantenían sobre él.
—No pregunté eso —insistió su amigo, entrecerrando la mirada sobre él—. Hueles distinto.
—Pues me he duchado, si eso es lo que te preocupa —resopló.
—Tu higiene personal no es algo que esté en discusión, Ben —intervino Eli desde el sofá—. Pero, sí… Hay algo distinto en tu olor.
Tuvo que reprimir la necesidad de llevarse el brazo a la nariz y olfatearse a sí mismo.
—Imaginaciones tuyas —resopló, dejando el vaso sobre la mesa.
—Lo dudo —añadió Rick, incorporándose. Lo señaló con el vaso—. Vamos, desembucha.
Le dedicó un vistazo aburrido, dejándole claro que no iba a hablar si no le daba la gana.
—¿Prefieres que te lo saque yo?
—Inténtalo —lo desafió, sintiendo cómo su parte felina erizaba el pelo.
Rick sonrió en respuesta, mirándolo de la cabeza a los pies, aunque manteniendo también las distancias.
—No me tientes.
Aidan dejó el vaso sobre la mesa y se plantó ante él, sus ojos azules lo escrutaron sin piedad.
—¿Qué ha pasado?
Directo, como siempre.
Se sostuvieron las miradas unos instantes y al final él acabó claudicando. Apartó la suya, incómodo, sabiendo que iban a averiguarlo de todas formas. No era como si pudiese ocultárselo durante mucho tiempo más, no a ellos.
—¡Hostia! —murmuró Aidan. Su amigo acababa de juntar todas las piezas.
Rick soltó un exabrupto, mientras Eli se limitaba a enarcar una ceja, con un ligero toque de sorpresa, sin añadir una sola palabra. Ellos también se habían dado cuenta, así que de nada servía seguir callando.
— La encontré —declaró con firmeza, su voz resonando por encima de todo lo demás.
El silencio cayó de golpe sobre la habitación, denso, pesado, ahogando cualquier sonido, incluso el de la respiración. Todos estaban conteniendo el aliento, como si aquella revelación diese todavía más peso a la maldita carta que habían recibido dos semanas atrás.
—No me jodas. —Rick fue el primero en reaccionar.
Aidan se quedó inmóvil, mirándole, no obstante, preguntó también:
—¿Dónde?
—¿Estás seguro de que es ella? —habló también Eli.
Ben se encontró con su mirada y asintió.
—Sí, muy seguro —confirmó. ¿Cómo no estarlo cuando su solo aroma se le había grabado a fuego y lo hacía salivar?
¿Cómo dudar de lo que sentía en su presencia, del deseo creciente, las ganas que tenía de tocarla, de hacer algo sencillo como tocarle la mano?
—. Me la encontré esta tarde en el almacén de Edmond, cuando fui a recoger tu paquete.
—Pues de nada, entonces —replicó su amigo con una mueca.
Rick sacudió la cabeza, entre asombrado y divertido.
—Tiene huevos la cosa —murmuró—. Dos semanas esperando alguna señal… ¿y resulta que tu compañera ya estaba en el pueblo?
—En realidad, acaba de llegar. —Se pasó la mano por el pelo, incómodo—. Llegó esta misma mañana. Es… la sobrina de Florence, la mujer que llevaba el hotel a las afueras.
—¿El camping ?
—¿El Miracle ?
Afirmó ante la pregunta de dos de sus compañeros.
—Sí.
—Joder… —murmuró Rick—. Al final Mint, y sus putos mensajes no eran solo una amenaza, sino una jodida realidad en proceso.
—Creía que eso había quedado claro en el momento en que recibimos la nota de su puño y letra —comentó Eli, mirándolo.
—Con Mint nunca sabes realmente dónde está la «claridad» de nada —resopló Rick—. Es un jodido oráculo.
—Bueno, pues parece que uno de nosotros ya ha caído —añadió Aidan, levantando su vaso a modo de brindis hacia él—. Solo quedamos tres.
Sus amigos levantaron también sus vasos y acabaron brindando todos.
—Bueno. Detalles, necesito detalles —le insistió Rick, posando sus ojos marrones sobre él—. ¿Cómo es? ¿Es guapa? ¿Tiene alguna hermana?
Aidan le dio una colleja, haciéndolo aullar.
—¿Cómo se llama? —preguntó Eli, quien parecía en esos momentos el más sensato de todos.
—Maggie.
—Diminutivo de Margaret , imagino. —Aquello lo dijo más para sí mismo que para él, entonces añadió, ahora mirándole—. Y deduzco que además es… ¿Humana?
—Lo es.
Su respuesta volvió a sumirlos a todos en un momentáneo silencio. No era incómodo, pero si pesado, como si todos ellos estuviesen pensando en lo mismo; en que aquello muy bien podía pasarles también a cada uno.
Dada la baja población de hembras en su especie, los tygrain habían empezado a encontrar pareja entre la raza humana. No era algo nuevo, su propia madre era humana y también las compañeras de algunos de sus conocidos, pero eso no dejaba de ser también un momento delicado para ellos.
¿Cómo le dices a una chica, a la que acabas de conocer, que el destino la ha elegido para ser tu compañera de vida? ¿Cómo justificar el deseo intenso e inmediato que su presencia despierta en ti? ¿Cómo explicarle a ella que ese mismo deseo que siente obedece a un vínculo de pareja?
Por no hablar de que eran de dos razas distintas y, la suya, no era de dominio público.
No es como si pudiese llamar a la puerta de Maggie y decirle: Verás, cariño. Soy tu compañero, eres mía, me perteneces, del mismo modo en que yo te pertenezco a ti… Y, oh, sí. Tengo también un bonito pelo naranja con rayas negras.
Sí. Eso funcionaría de puta madre.
Desde luego. El susto se lo iba a llevar sí o sí cuando le revelase esa parte de su naturaleza, por lo que prefería que se conociesen un poco primero, para que el impacto no fuese tan… crudo.
—Bueno. No eres el primero ni serás el último en tener una compañera humana —aseguró Aidan, posando la mano sobre su hombro, ciñéndoselo para darle ánimos y acompañamiento—. Hoy en día, casi podríamos decir que todos estamos abocados a eso, ¿no?
Hubo una serie de asentimientos por parte de los presentes.
La tensión en el ambiente empezó a aliviarse. Suspiros que escapaban, movimientos más ligeros, el sonido de los vasos que volvían a llenarse… Todo volvió a la normalidad poco a poco.
—Bueno, cuéntanos un poco —se interesó Rick, pero incluso él había bajado de revoluciones—. ¿Cómo ha reaccionado ella? ¿Se ha dado cuenta…?
Se encogió de hombros.
—No tiene nuestros instintos, ni nuestra naturaleza, sin embargo…
estoy seguro de que no le he resultado indiferente —admitió, incómodo al tener que compartir algo como aquello en voz alta.
Era algo íntimo, algo suyo, pero entendía que su amigo, así como el resto, no lo miraban con interés por eso, sino porque estaba experimentando algo que, hasta ahora, había sido ajeno a todos ellos—.
Es simpática, agradable… y tiene un puntito irónico.
La atracción ha sido instantánea… Su aroma…
Uf. —Se pasó una mano por el pelo—. Eso te golpea fuerte, tíos.
Muy fuerte. Y cuando lo hueles… es como si te diesen una bofetada con feromonas o algo así… Es… deliciosa.
—Vale, creo que ya nos hacemos a la idea… —Lo detuvo Aidan, sonriendo comprensivo—. Y si dices que no es inmune a ti…
—No me ha saltado encima, si es lo que estás preguntando…
—¿Y le habría gustado hacerlo?
Se encogió de hombros. El instinto le decía que, si hubiese dado un paso más, si la hubiese besado en los labios y no en la cara, si su intención fuese en ese momento la de seducirla, era muy posible que hubiesen terminado en la cama… o en cualquier otra superficie en la que poder follar.
Pero él quería algo más que un revolcón con ella, quería conocerla un poco más y, sobre todo, que ella lo conociese… Aunque no le diría que no a un jodido polvo con ella.
Se le hacía la boca agua solo de pensarlo.
Tragó saliva, pues empezaba a acumulársele en la boca al pensar en ella, en su piel, en su cuerpo, en…
—Joder… —Se frotó la cara con ambas manos.
—Sí. Eso te vendría bien ahora mismo —aseguró Rick, volviéndose hacia un mueble al otro lado de la sala—. Aidan, necesitamos algo más fuerte que la cerveza ahora mismo.
—Segunda puerta de arriba. Saca la botella —le indicó el aludido, antes de volverse hacia él—. No tenías que venir aquí, debiste haberte quedado con ella.
—No creas que no quería, pero… —Respiró hondo. Necesitaba calmarse—. Mañana voy a volver a verla.
—Eres rápido —mencionó Eli.
—Cuando la encontré en el almacén, estaba comprando algunas cosas para arreglar los desperfectos del hotel —mencionó, prefiriendo centrarse en eso que imaginársela desnuda debajo de él—. Edmond me vio y automáticamente me adjudicó la tarea…
—Joder, qué puntería la suya —se rio Rick.
—Te la ha puesto en bandeja —señaló Aidan—. Entonces, ¿ella aceptó?
No es que le hubiese dado otra opción, pensó para sí, divertido por cómo se sucedieron las cosas.
—Sí. He estado hace un rato en el complejo y le dije que volvería mañana a primera hora para echarle una mano.
—¿Tengo que cambiarte el turno? —preguntó Eli, ofreciéndose a ello.
Negó con la cabeza.
—Mañana por la mañana, libro —le recordó—. Estoy en turno de tarde.
—Yo te cubro el de la tarde —le informó Aidan. No era necesario que dijese nada, esos hombres eran su familia y harían lo que hiciese falta por él. Del mismo modo en que Ben lo haría por ellos.
—Entonces, ha venido para quedarse —resumió Rick, sus labios estirándose en una amplia sonrisa.
—Quiere reabrir el hotel —confirmó—. Y parece bastante decidida, la verdad.
—¿Va a mantener el color psicodélico de las cabañas?
Sonrió ante la pregunta de Aidan y negó con la cabeza.
—Ha comprado pintura suficiente para darle varias capas a cada una. Un único tono para todo el lugar.
—Dime que no será rosa.
—Creo que es una especie de marrón oscuro. —Había mirado por curiosidad uno de los botes y le gustaba la idea.
—Marrón oscuro, no rosa. Ya me gusta tu chica —afirmó Rick, abriendo la botella que había sacado del mueble y empezando a servir un par de dedos en cada vaso—. Bueno, pues ya sabes cómo va esto, ¿no?
—No puedes ir demasiado rápido —le recordó Aidan, cogiendo uno de los vasos.
—No lo haré —dijo, cogiendo también uno.
—Ni puedes cagarla —señaló Eli.
Ben alzó una ceja.
—Intentaré no hacerlo.
Rick soltó una carcajada.
—Eso esperamos todos, hermano.
Dejó escapar una lenta exhalación y dijo lo que tenía en mente, lo que se había propuesto a sí mismo.
—Voy a conquistarla.
El silencio volvió a caer sobre todos tras su respuesta, pero una vez más duró lo justo.
—Me parece bien —confirmó Eli, levantando el vaso a modo de brindis.
Aidan asintió y levantó también el suyo.
—Brindemos por eso —indicó Rick.
—Por la compañera de Benjamin —brindó Aidan.
—Por Maggie —pronunció su nombre, levantando su propio vaso.
Uno tras otro repitieron el mismo brindis. Los vasos chocaron, un sonido seco, claro, definitivo. Ben bebió y dejó que el ardor del licor le bajase por la garganta. Puede que no calmase a su tigre, mas le aportó algo de claridad y, sobre todo, perspectiva.
Tenía una misión que llevar a cabo, una que solo podía acabar de una manera.
Conquistando a su pareja.