Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—No te oí llegar… —murmuró, alzando la cabeza para mirarle. Estaban tan cerca que podía notar el aroma de su colonia, algo con un toque a madera, a bosque, como si más que un perfume fuese un pedazo del lugar.

—Me di cuenta cuando llamé y no respondiste —replicó, alzando la voz y señalando el reproductor de música—. Un poquito alto, ¿no?

Se sonrojó. Supo que era así porque se le calentó la cara.

Se movió con rapidez, estiró la mano y apagó el aparato, dejando ahora que el sonido ambiental ocupase su lugar.

—Perdón —se disculpó ella de inmediato. Se arrancó la mascarilla, sonrojándose aún más, y se miró los guantes, antes de sacárselos también—. Estaba limpiando… y se me ha ido el santo al cielo.

Al menos, los últimos cinco minutos se le habían pasado volando.

Una leve sonrisa tiró de los labios de Ben.

—Te creo —respondió y se volvió, señalando hacia la puerta—. He dejado algunas cosas abajo, en la recepción. Si me dices dónde quieres que deje los bidones de pintura…

Madre mía. Reacciona, Maggie y deja de comértelo con los ojos.

— Er … Abajo. En la recepción. Le buscaremos alguna esquina.

Salió delante de él, echando fugaces vistazos hacia atrás, como si necesitase asegurarse que le seguía o que, ese hombre era real. No sabía muy bien cuál de las dos opciones encajaba en ese momento en particular.

—Está todo patas arriba, como puedes observar —continuó hablando, pues era lo único que podía hacer para no sentirse aún más nerviosa—. Todavía no he podido ni subir las cajas de la mudanza…

Se detuvo ante el mostrador, encontrándose varias cajas y una bolsa. Eran más cosas de las que ella había comprado.

Frunció el ceño y se volvió hacia él.

— Um… Esas son más cosas de las que yo compré —mencionó, abriendo los ojos como platos—. A ver si el señor Edmond se ha equivocado y te dio también el pedido de otra persona.

La sonrisa de Ben se hizo más evidente y negó con la cabeza.

—No, está todo bien —la tranquilizó—. Son las cosas que compraste y algunas más que necesitabas.

—¿Cómo?

Se encogió ligeramente de hombros.

—Vi lo que llevabas y… —Hizo una ligera pausa, sus ojos encontrándose con los de ella—. Lo que no. Me tomé la libertad de traer lo que creí podría necesitar para los arreglos.

Parpadeó despacio, interiorizando sus palabras.

— Ah… Vale, gracias —respondió, volviendo a mirar de nuevo el material—. Dime entonces lo que te debo y…

—Una cena. En el Clays . —La interrumpió, tomándola una vez más por sorpresa con sus palabras. Lo miró de nuevo y lo vio sonreír con inesperada picaresca—. Es el bar-restaurante del pueblo. Comida casera, precios asequibles y ambiente agradable. Creo que es un pago justo.

No pudo evitarlo. Sus propios labios se estiraron en una creciente sonrisa.

—¿En serio? —Casi esperaba que se echase a reír, mas no lo hizo.

—Completamente —confirmó y, antes de que pudiese añadir algo más, gesticuló hacia la puerta principal, ahora abierta—. ¿Dónde quieres que deje la pintura?

Miró a su alrededor e hizo una mueca. Había movido algunas cajas para hacer hueco, pero iba a estar todo apiñado hasta que pudiese trasladar todas las cosas de la mudanza arriba.

—Podemos ponerlas ahí —señaló una esquina junto a un mueble—. Mañana despejaré esto para que puedas moverte…

—No te preocupes —asintió y, él también, miró a su alrededor—. Bien, ¿por qué no me enseñas lo que hay que arreglar?

Maggie soltó una pequeña risa.

—Eso podría llevarnos un rato…

—No tengo prisa —afirmó, posando de nuevo los ojos sobre ella.

—Vale… —arrastró la palabra y se giró, dándole la espalda solo para que no viese su propia expresión. ¿Por qué narices la afectaba tanto su presencia?—. Como has podido comprobar, las ventanas tienen algunos problemillas y las puertas también.

Ben se acercó a una de las ventanas, inspeccionándola. Apoyó la mano en el marco, examinando la madera, las bisagras e incluso movió ligeramente la contraventana descolgada, la cual emitió un espeluznante quejido.

—¿Ese sonido? Es común a casi toda la casa —mencionó ella—. Espeluznante, ¿no?

La miró por encima del hombro.

—La madera está hinchada por la humedad y los herrajes oxidados, no hay nada podrido, lo cual es una gran ventaja —le informó—. Se pueden arreglar con facilidad.

—¿Estás seguro?

Desde luego, él parecía saber lo que hacía y de lo que hablaba. La manera en la que se movía, con suavidad, casi como un gato, era hipnotizante. A pesar de ser un completo extraño, todo en él transmitía cierta calma, además de una arrolladora sensualidad.

Un felino. Sí. Se mueve con la misma elegancia que uno.

—Sí —le respondió finalmente, volviéndose hacia ella—. Aunque tendrá que esperar a mañana.

La idea de que él se marchase y no se quedase aquí con ella la descolocó por completo. Sobre todo porque ese pensamiento era absurdo. Él no había venido para hacerle compañía, ni tampoco para echar un polvo —ojalá—, sino para ver los desperfectos y valorar su reparación.

—¿Por qué? —Sus labios se movieron formulando un reproche, que se dio prisa en corregir—. Quiero decir… ¿Por qué no me sorprende…?

Idiota, idiota, idiota.

—Va a haber que ajustar, lijar y tratar la madera… —Señaló, moviéndose ahora hacia la puerta—. Posiblemente incluso tenga que cambiar algunas secciones o incluso el marco entero.

Comprobó la última de las dos ventanas restantes de la recepción y se volvió hacia ella.

—Mañana tengo turno de tarde, así que puedo venir a primera hora y empezar con las reparaciones más urgentes.

Turno de tarde. Claro. Había dicho que era guardaparques y hacía estos trabajos en sus ratos libres.

—No quiero quitarte tus horas libres —mencionó ella, remetiéndose un mechón de pelo tras la oreja—. Si me dices cómo puedo ir arreglando yo algunas cosas, puedo…

—No me estás quitando nada, Maggie —la interrumpió, caminando hacia ella, deteniéndose tan solo a un par de pasos—. Yo fui el que se ofreció, así que tú solo di que sí…

—Sí. —Su boca fue más rápida que su cerebro, el cual parecía tener serios problemas para funcionar con regularidad frente a ese hombre—. Quiero decir… Que sí, que vale… Pero te pagaré por el trabajo.

—Ya hemos acordado una cena, ¿quieres añadir algo más?

¿Por qué le daba la sensación de que se estaba burlando de ella? Entrecerró los ojos y chasqueó la lengua.

—Te diría que un polvo, aunque a lo mejor te lo crees…

— Um … —ronroneó—. No seas cruel.

Se quedaron mirándose y, entonces, sin saber por qué, se echó a reír. Ben sonrió también y esa sonrisa le iluminó la mirada.

—Deja al menos que te pague el material que has traído… —insistió ella, cruzándose de brazos—. Y no me digas que con otra cena…

—Una barbacoa, entonces —declaró él, con esa picaresca que le resultaba encantadora—. Yo la hago y tú vienes.

—Creo que no entiendes muy bien el concepto de empleador y pagador, Ben. —Pronunciar su nombre fue algo natural.

—Entiendo que acabo de conocer a una chica interesante y a la que me gustaría ayudar… como buen vecino de Old Green que soy —le dijo, dejando caer lo que creía que era… ¿Interés en ella?

¿En serio? ¿Este hombre estaba flirteando con ella?

Maggie sacudió la cabeza.

—De acuerdo —acabó levantando los brazos en el aire, rindiéndose—. Ya se me ocurrirá la manera de pagarte…

Él mantuvo esa sonrisa, entre pícara y amable, y, sin pedir permiso, extendió el brazo y le apartó un mechón de la cara, replicando ese tic suyo.

—¿Qué más hay que arreglar? —La pregunta fue natural, sin dobles intenciones, pero su contacto la electrificó hasta tal punto que solo pudo señalar con el dedo hacia la puerta principal.

—Las cabañas… —consiguió articular.

Salieron al porche y enfilaron el camino que conducía al paseo arcoíris.

Le habló de cada problema que había encontrado, el cual él comprobó e hizo algunas sugerencias al respecto.

Básicamente eran arreglos sencillos, que podían hacerse en los próximos días.

Pues, estaba claro que al menos necesitaría una semana entera o incluso dos de trabajo antes de poder plantearse siquiera poner el lugar en funcionamiento.

Un mes. Siendo generosos. Eso era lo que podría llevarle a arreglar la propiedad y dejarla en condiciones de habitabilidad para poner de nuevo el hotel en marcha.

—Vendré mañana a primera hora.

Ben estaba ya junto a su camioneta, con la puerta abierta, pero parecía tener tan pocas ganas de marcharse como tenía ella de que lo hiciese.

—Procuraré tener listo el café —sonrió, manteniendo ese tono ligero que había surgido entre ambos de manera espontánea.

—¿Te gustan los bollos de mantequilla? —La inesperada pregunta la llevó a asentir sin pensar.

—Sí.

—Bien. Pues, los traeré para el desayuno. —Dicho eso, se inclinó sobre ella y, a pesar de que miró sus labios, los de él acabaron cerca de su oreja—. Hasta mañana, Maggie.

El beso acabó en su mejilla, un roce suave y que le resultó inexplicablemente erótico.

—Hasta mañana… Ben.

Vio cómo el hombre se metía en la camioneta, encendía el motor y salía marcha atrás hasta la carretera, para enfilar de nuevo hacia el pueblo.

Maggie se quedó allí unos segundos más, mirando el camino, con los dedos sobre la mejilla y sonriendo como una tonta.