CAPÍTULO 3
—¿Qué mierda acaba de pasar?
Maggie se quedó sentada detrás del volante, mirándose en el espejo retrovisor, como si este pudiese darle una respuesta a lo que acababa de pasar en esa tienda.
Y no lo decía por todas las miradas que había notado sobre ella o los cuchicheos, era algo que solía pasar en los pueblos, o eso decían, pero…
¿Que se le cayesen las bragas hasta los tobillos al ver a un tío?
Ah, no. Eso no le había pasado jamás de los jamases.
Benjamin Savage era… Un monumento en todos los sentidos. Atractivo y enorme. Y su voz… Dios. Alguien debería prohibir que un hombre tuviese una voz semejante. Era puro terciopelo, una caricia para los sentidos. Y además, parecía un tipo agradable. No el típico ligón, sino alguien decente.
Aunque tú sabes bien que las apariencias engañan.
Sí, bueno. No podía decirse que tuviese buen ojo con los hombres.
Hasta ahora, la mayoría con los que había salido o echado un polvo parecían una cosa y luego terminaban siendo otra.
Su experiencia en el terreno amoroso era tan decepcionante que había dejado de soñar con «el hombre de su vida» y se conformaba con relaciones esporádicas y disfrutar del momento.
Y, por lo mismo, Ben no debería haberle llamado la atención de la manera en que lo hizo.
Los hombres como él nunca se fijaban en chicas como ella, salvo, quizás, para echar un polvo.
—Y menudo polvo tiene ese hombre… —musitó y vio cómo sus mejillas ganaban color bajo sus propias palabras.
Sacudió la cabeza, devolvió el espejo a la posición correcta, se abrochó el cinturón y se puso en marcha. No podía quedarse ahí parada, pensando en las musarañas o en lo bien que podría follar ese hombre, no cuando acababa de aceptar que él viniese a echarle un vistazo al hotel y a las cabañas.
Ni siquiera estaba segura de cómo había terminado aceptando la ayuda de un completo desconocido. Antes de darse cuenta, ya había comprado el material y llegado a una especie de… preacuerdo para la reforma.
—Desde luego, en este pueblo no hay manera de aburrirse.
Tenía una hora para llegar a casa, bajar la compra que había hecho antes de ir a la ferretería y hacer un rápido inventario de aquello en lo que podía necesitar de su ayuda.
No era tan ilusa como para rechazar la experiencia de alguien acostumbrado a hacer arreglos. Sobre todo cuando no estaba muy segura de ser capaz de cambiar unas bisagras sin llevarse por delante algún dedo.
¿Coger una brocha o un rodillo y aplicar pintura?
Sin problema. Posiblemente quedase ella tan embadurnada como la pared, pero ahí no había riesgos.
Ahora, ya si tenía que coger un destornillador, ahí mejor…
No. Su padre se ponía blanco cada vez que la veía coger su caja de herramientas.
Salía detrás de ella a una velocidad que jamás lo veía moverse para otras cosas y acababa prohibiéndole hacer lo que fuese, diciéndole que ya se encargaría él.
Sí, vale. Era un poco… desastre con esas cosas, aunque no una completa inútil. Podría arreglárselas sola. Existían los videotutoriales de YouTube y tenía facilidad para aprender con rapidez.
Dejó escapar un resoplido y giró para subir por el camino de entrada del hotel.
No estaba lejos del centro, con lo que había sido un paseo corto.
Apagó el motor y se quedó mirando las cabañas con los colores del arco iris.
No veía la hora de cubrir ese despliegue de creatividad y dejarlo en un modo más monocromático.
El marrón que había elegido quedaría bien.
Era más similar a la madera y no destacaría tanto.
Bajó del coche, recogió algunas bolsas con la compra y maniobró como pudo para abrir la puerta de la cabaña principal y entrar.
Al menos el haber mantenido todo este tiempo las ventanas abiertas había ayudado a aligerar un poco el olor a cerrado y a humedad, pero todavía le hacía falta una limpieza a fondo.
Las cajas que había traído consigo estaban apiladas en un lado del salón, junto a la chimenea. Las llevaría arriba cuando hubiese limpiado a fondo la vivienda.
Depositó las bolsas sobre el mostrador de la recepción y miró a su alrededor, volviendo a repasar la lista mental de arreglos.
Solo en la planta principal había que cambiar bisagras, arreglar algunas de las contraventanas y engrasar los goznes de las puertas.
También había que comprobar que la chimenea estuviese limpia y no hubiese nidos de pájaros o algo más raro dentro del tiro.
—Y eso solo aquí abajo. —Dejó escapar un resoplido. Los problemas de las ventanas y las puertas se repetían también en cada una de las cabañas y había comprobado que al menos en dos de ellas los interruptores no funcionaban bien.
Sí. Era un hecho. Necesitaba ayuda. Y esta iba a dejarse caer por aquí en menos de una hora.
Menos de cuarenta y cinco minutos si era puntual a su cita.
—No es una cita —replicó en voz alta, como si necesitase dejar aquello claro u oírse a sí misma—. Joer, Maggie. Se te está yendo ya la cabeza y solo llevas unas cuantas horas en este lugar.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla, arremangándose con gesto decidido.
—Esto puede esperar. Aunque si aspiras a dormir hoy arriba, será mejor que te pongas a limpiar.
Se puso en marcha casi de inmediato. Subió al primer piso, armada con un cubo, guantes, mascarilla y los productos de limpieza que había comprado en el pueblo, y dio comienzo a su particular zafarrancho.
El trabajo debería haberla ayudado a despejar la cabeza, siempre lo hacía, pero hoy no.
Cada vez que se detenía un segundo, su mente se iba de vuelta al almacén y al hombre que había conocido allí.
Su voz volvía a reproducirse desde el primer par de palabras que había pronunciado hasta las últimas.
La intensidad de su mirada sobre ella, como si la conociese, sensación que ella misma había tenido al verle y entonces, su mano, envolviendo la suya, sosteniéndosela un segundo más de lo habitual.
«Te encontré».
No se lo había imaginado. Había leído aquello en sus labios a pesar de la distancia y su mente replicaba ahora esas palabras con su propia voz.
Se había estremecido. No de temor, ni siquiera de incomodidad, sino como si ella misma se conectase con esas palabras.
Casi como si fuese un «al fin» por su parte.
Era como si también le hubiese estado esperando, como si le conociese, aunque sabía que no le había visto nunca, no antes de hoy, al menos.
Sacudió la cabeza, haciendo que algunos mechones se soltasen del precario moño en el que se había recogido el pelo para trabajar.
—No. No vas a seguir por ahí, Maggie Greyson —se dijo a sí misma—. No vas a empezar a montarte una película por un comentario raro de un tipo atractivo.
Ni aunque ese tipo tuviese una boca y unos labios que… Uf.
—¡Suficiente! —Su voz reverberó en la habitación—. Concéntrate en limpiar y dejar la habitación como los chorros del oro.
Y lo hizo. Durante un minuto completo. Vale. Puede que fuesen dos. Justo antes de que girase la cabeza de forma involuntaria hacia la ventana abierta y aguzase el oído.
No se escuchaba ningún motor. Solo el sonido de los pájaros, algo que había descubierto que era relajante.
—¿Quieres dejar de estar pendiente de si viene o no? —resopló para sí misma—. Los minutos no van a pasar más rápido por más que mires hacia la ventana.
De hecho, pasaban inusualmente lentos. Por norma general, el tiempo se le escapaba de las manos, que aquí parecía hacérsele eterno.
Se obligó a respirar hondo y tranquilizarse, porque la forma en la que le latía el corazón tenía más que ver con una carrera de fondo que con un paseo por el bosque.
—Venga, relájate o te va a dar algo —musitó. Se sacudió por completo, destensando los músculos y volvió a enfocarse en lo urgente—. Termina de asear la habitación y pasa a la siguiente.
Y eso fue lo que hizo. Incluso encendió el reproductor de música con altavoz que se había traído de casa en un intento por apagar el ruido de su cerebro, pero eso no evitó que siguiese echando fugaces vistazos por cada una de las ventanas que tenía abiertas.
Solo había una que se le resistía y con la que llevaba un buen rato peleando.
—Vamos, desgraciada, ábrete… —siseó, apretando los dientes y empujando a la desesperada, después de varios intentos. Esta se abrió de golpe con un chirrido agudo y ella se vio impulsada hacia delante—. Ay, Dios.
Consiguió anclar los pies justo a tiempo, clavó los dedos en el alfeizar, y evitó así acabar cayendo de cabeza desde el primer piso. La altura no era demasiada, pero no le apetecía nada romperse un hueso.
—¡Joder! —Se echó hacia atrás con rapidez, llevándose la mano al pecho, notando bajo la palma su acelerado corazón.
—Vale… bien. Todo bajo control —se dijo, serenándose. Cuando sintió que podía volver a moverse, se acercó de nuevo e inspeccionó el marco, haciendo una mueca al ver que había saltado una parte de la madera—. Esto va a necesitar algo más que buena voluntad…
—Y algo menos de fuerza bruta.
La voz llegó desde su espalda. Se volvió de golpe y se quedó sin respiración al verlo allí.
Ben estaba apoyado en el marco de la puerta, como si llevase ahí algo más que unos segundos.
Volvió de nuevo la mirada hacia la ventana y, sin pensarlo, se asomó a través de ella, intentando ver la camioneta que no había escuchado llegar.
—¡Maggie! —Su voz precedió a unas manos fuertes, anclándose en su cintura, impidiendo que en su absurda reacción acabase precipitándose finalmente.
Y entonces la vio, justo detrás de su coche. Al estar en la parte de atrás de la cabaña, solo podía ver un trozo del camino, aunque la caja de la camioneta era obvia. Se volvió hacia él, quien todavía no la había soltado, encontrándose con unos intensos ojos verdes.
—Cuidado. —Fue lo único que dijo, con esa voz profunda, sexy y muy masculina.
Los dedos se aflojaron, poco a poco, como si se resistiese a soltarla, y dio un paso atrás.