CAPÍTULO 2 #3
—Somos inofensivos y buena gente —aseguró. Señaló los elementos que había seleccionado para su compra—. Tal y como te ha mencionado Edmond, suelo dedicarme también a las reparaciones en mis horas libres, así que… Si necesitas que te echen una mano, puedes contar con las mías. Tengo dos.
Volvió a verla hacer ese gesto, apartándose el pelo de la cara, llevándoselo detrás de la oreja.
—Es un buen chico y muy trabajador —añadió el dependiente, certificando su profesionalidad y poniéndolo como alguien de confianza—. Y no le cobrará mucho por las reparaciones, ¿verdad, Ben?
No pensaba cobrarle un solo centavo. Es más, sería capaz de pagarle él mismo para que le dejase hacerse cargo de las reparaciones, reformas o lo que hiciese falta. Todo lo que quería era estar cerca de ella.
—Tú pon los materiales y yo pondré mi conocimiento y la mano de obra —le dijo, apoyándose de forma distraída contra el mostrador—. Podemos empezar esta misma tarde…
— Wow . Menudo entusiasmo. —Lo miró durante unos segundos, como si estuviese preguntándose a sí misma si era correcto confiar en él, ladeó un poco la cabeza y posó esos ojos marrones sobre Edmond y asintió—.
Bien, parece que me ha salvado usted de tener que vérmelas yo misma con los postigos de las ventanas y las bisagras de las puertas.
Me llevaré esto, la caja de herramientas básica y los botes de pintura.
—En el mismo instante en que mencionó eso, hizo una mueca y miró hacia fuera—.
¿Podría pasar con el coche delante de la tienda para recoger la mercancía?
He tenido que dejarlo un par de calles más abajo…
—No se preocupe, Ben puede llevarle la mercancía en la camioneta. —Estaba claro que Edmond había decidido que sería él quien haría el trabajo pesado para la encantadora Maggie. Ese hombre era peor que un casamentero, pero en estos momentos y con ella, no podía más que estarle agradecido.
—No quiero abusar…
Oh, cielo. Abusa de mí tanto como quieras.
—No es ningún abuso —le aseguró, tranquilizándola—.
Tengo la camioneta ahí mismo. —Si ahí mismo significaba a un par de calles.
No importaba, iría volando a por ella—. Llévate lo que necesites ahora y lo demás te lo acerco yo mismo.
Así me puedes enseñar qué es lo que necesita arreglos y elaboramos un plan de acción.
—Pues listo, entonces. —Fue Edmond el que respondió, antes de que ella pudiese decir «esta boca es mía»—.
Si llega a necesitar algo más, no dude en venir por aquí, señorita Greyson.
La ayudaremos en lo que haga falta. Ese hotel fue bueno en su momento para Old Green, nos alegra saber que va a volver a ponerse en funcionamiento.
—Gracias —murmuró y añadió, no sin dejar de echar algún fugaz vistazo en su dirección, como si también sintiese la necesidad de comprobar que seguía allí—. Y llámeme Maggie, por favor.
—Pues, Maggie, entonces.
Esperó a que terminase con su compra, pagase y recogiese la bolsa con lo que iba a llevarse y la acompañó a la calle. Una vez fuera, la brisa de la tarde le agitó el pelo, enviando hacia él ese aroma tan particular que le hacía la boca agua.
Por Dios. Solo quería ronronear de puro placer.
—Siento que te hayas visto arrastrado a algo sin comerlo ni beberlo… —mencionó ella, ahora algo más cohibida, como si estar a solas, aun en medio de la calle, la pusiera repentinamente nerviosa.
—No, para nada. —La tranquilizó rápidamente—. En Old Green nos gusta ayudar a nuestros vecinos. Ya te irás dando cuenta…
—Supongo que por aquí las cosas son muy distintas a Vancouver —dijo, con una pequeña mueca—.
Bueno, voy a coger mi coche y… ¿Necesitas que te dé la dirección o…
? —A medida que lo decía, empezó a enrojecer, dándose cuenta de sus propias palabras—.
Lo que decía… Chica de ciudad en un pueblo. Tú vives aquí… Olvida lo que dije.
Sonrió. Había algo en ella, en esa particular torpeza que le resultaba enternecedor.
—No te preocupes. —Señaló el local que acababan de abandonar con un gesto del pulgar—. Meteré el material en la camioneta y me acercaré al hotel. Nos vemos en… ¿Una hora?
Vislumbró cierto alivio en esos ojos marrones, en la manera en la que sus hombros se relajaron y dejó escapar el aire.
—Perfecto —asintió, más tranquila—. Y gracias, Benjamin.
—Ben. Solo llámame… Ben.
—Ben —confirmó y pronunció su nombre como una suave caricia—. Te veo en una hora.
Con eso, dio media vuelta y se alejó caminando despacio.
Se quedó allí, mirándola, sintiendo la imperiosa necesidad de seguirla, de no perderla de vista. Respiró hondo y dejó escapar poco a poco el aire.
—Respira, Ben, tú respira —se dijo a sí mismo en un hilo de voz—. Ya está. La has encontrado. Ahora solo tienes que hacer que te vea de la misma manera en que tú la ves a ella… Como si fuese lo único importante en el mundo.
Sí. Pan comido.
Hizo una mueca ante el irónico pensamiento y, echando mano de toda su fuerza de voluntad, dio media vuelta y se dirigió a por su camioneta.
Hora de hacer algo más que quedarse babeando por su compañera.