CAPÍTULO 2 #2
—¿Necesitas ayuda? —No pudo resistirse a dar un paso más, pero se contuvo en el último instante, para no tocarla.
—Es la nueva propietaria del Hotel Miracle —le informó Edmond, ajeno a lo que estaba pasando entre ellos—.
Acaba de llegar y quiere volver a poner en marcha el lugar, pero antes necesita hacer algunas pequeñas reformas…
—Se volvió hacia ella y le señaló—. Ben es uno de nuestros guardaparques.
También suele echar una mano con reparaciones de vez en cuando.
—Una vez más posó la mirada sobre él—. Quizá podrías echar un vistazo y…
—Será un placer. —No lo dejó ni terminar. Besaría a Edmond ahora mismo si eso no lo llevase a tener que ofrecer muchas explicaciones. Se volvió hacia ella y le tendió la mano—. Benjamin Savage. —Se presentó—. Bienvenida a Old Green.
La chica esbozó una particular sonrisa, se lamió los labios y, tras volver a apartarse el pelo, remetiéndolo tras la oreja, estrechó su mano con suavidad.
—Maggie Greyson. —Su nombre se le quedó grabado nada más oírlo. Fue como una caricia directa al corazón, como si hubiese resbalado la mano sobre su pelaje de tygrain —. Parece que he llegado a un pueblo de lo más hospitalario.
—No le quepa la menor duda —aseguró el dueño del local con una sincera risotada—. No le sorprenda si acaba encontrándose en los próximos días a algunos de sus vecinos más cercanos en la puerta de casa para darle la bienvenida. Espero que tenga la nevera vacía.
Ella le devolvió la sonrisa, aunque sus ojos volvieron de inmediato a él, quien todavía le cogía la mano.
Mi compañera.
No podía pensar en otra cosa que no fuesen esas dos palabras y en su significado. Todo encajaba. Cada maldito segundo de estas dos últimas semanas ahora tenía sentido. La había estado esperando a ella. A la mujer que tenía frente a él. A Maggie.
El mundo siguió girando a su alrededor. Edmond hablando, las mujeres cuchicheando unos metros más allá, el sonido lejano de la puerta al abrirse y cerrarse, pero él seguía allí, aferrado de manera intangible a ella, a Maggie.
Se moría de ganas de acariciarle el pelo y comprobar si era tan sedoso como parecía, de probar esos labios que cada vez le resultaban más tentadores, mas se conformó con saborear el tacto de esa pequeña mano en la suya.
Su cuerpo estaba despierto, atento, sus sentidos completamente agudizados…
Si estuviese en forma de tigre, balancearía la cola de un lado a otro, ronroneando.
Tuvo que contenerse para que ese bajo ronroneo no emergiese de su garganta en ese instante, porque era lo que le apetecía hacer. Le apretó ligeramente los dedos antes de dejarla ir, repitiéndose a sí mismo que mantuviese la calma, que no se esfumaría en el aire.
Estaba ahí, delante de él. Todo lo que tenía que hacer era comportarse de manera civilizada y causarle una buena impresión, de lo contrario, lo estropearía todo.
No lo estropearé. Todo irá bien. Fluirá como la seda. Es mi compañera. Cuidaré de ella.
—Entonces… El hotel Miracle —retomó el tema por el que había interrumpido—. ¿Tienes intención de reabrirlo?
Ella sonrió, lo hizo despacio, pero fue un gesto que le aportó algo de picaresca a su rostro.
—Esa es mi intención —asintió, señalando con un gesto de la mano los herrajes sobre el mostrador—. Adecentar el lugar e intentar darle una segunda vida. Mi tía me ha traspasado el negocio.
Eso significaba que iba a quedarse en Old Green. El placer fue instantáneo, así como su alivio. No iba a tener que seguirla a donde quiera que fuese, Maggie se quedaría en el pueblo.
—Entonces, ¿Florence es su tía? —La sorpresa de Edmond era genuina, aunque la manera en que recorrió a su compañera de la cabeza a los pies ya no le gustó tanto—. Vaya, ahora todo tiene más sentido…
La chica no dijo nada, se limitó a mantener esa particular sonrisa, mientras deslizaba la mirada entre uno y otro.
—No suele venir mucha gente de fuera y menos emprender un negocio de tal magnitud sin conocer el pueblo o tener algún tipo de conexión con él —explicó, intentando normalizar una situación que había notado empezaba a ponerse algo tensa—.
Pero si tienes intención de volver a abrir el hotel, estoy convencido de que pronto te verán como una más en Old Green.
Se inclinó ligeramente hacia él, echándole un fugaz vistazo al fondo del pasillo, donde seguían reunidas las cuchicheantes mujeres.
—¿Y eso hará que dejen de hablar de mí? —Su voz era ligera, con una pizca de diversión. Se había dado perfecta cuenta de que era el nuevo tema de conversación.
Ben hizo lo mismo, acercándose un poco más a ella, dejándose envolver por ese dulce aroma a mandarina.
—Oh, no. Seguirán hablando, al menos unos días —le aseguró, como si compartiese un secreto con ella—. Y lo más seguro es que te encuentres con alguna de ellas a la puerta de tu casa con toda clase de comida. ¿Tienes una nevera suficientemente grande?
Se echó a reír. Una risa suave, contagiosa, que hizo que él también sonriera.
—Empieza a asustarme un poco tamaña hospitalidad —respondió con ligereza.