CAPÍTULO 2
Dos semanas. Esa maldita carta estaba haciendo que cada día que pasaba fuese una auténtica locura.
¿Por qué había tenido que decirles nada? Si no les hubiese avisado él, no estaría con los nervios a flor de piel, atento a cada voz, a cada aroma, esperando encontrar aquello que le dijese «es ella».
Conocía la teoría, esa que hablaba de un aroma como ningún otro, el reconocimiento instantáneo por parte de su tigre, ese algo que despejaría cualquier duda de su mente… Pero en la práctica… No había encontrado nada de eso. No todavía.
Y no es como si no lo hubiese estado buscando.
Últimamente se tomaba sus horas libres para bajar al pueblo y dar una vuelta por su calle principal, incluso había empezado un par de veces en el Clays, el bar-restaurante por excelencia de Old Green y donde se comía realmente bien.
La noche de los jueves seguía quedando con los chicos, era el momento que todos tenían para reunirse fuera del horario laboral, tomarse unas cervezas, jugar a las cartas o ver algún deporte interesante.
La semana pasada había estado incluso en Calgary. Había encargado unas cosas y aprovechó su día libre para romper con la rutina y trasladarse a la ciudad… intentando encontrarse con ese destino.
Sí. Quería encontrarla, quería conocer a esa persona que hacía nacido para él.
Algunos tygrain tenían reservas al respecto, los había que preferían incluso no emparejarse, pero él había crecido en el seno de una pareja vinculada.
Sus padres eran compañeros de vida y se querían con locura.
Había escuchado historias de cómo se encontraron, de cómo se enamoraron…
De lo que le costó a su padre convencer a su madre de que él era el hombre perfecto para ella, el único, en realidad…
Y es que Alison Savage era humana y, por aquel entonces, no tenía la menor idea de que el hombre que le aceleraba el corazón pertenecía a una raza muy distinta a la suya.
Ellos eran el ejemplo con el que había vivido, los culpables de que, desde que alcanzó la adultez, desease encontrar a esa persona especial, a alguien que le pertenecería a él y solo a él.
Había aprendido a ser paciente, a esperar, a considerar incluso la posibilidad de buscar una mujer, casarse y tener sus propios hijos si en unos años más no la encontraba. Después de todo, quería tener familia.
Ahora, sin embargo, Mint le mandaba una maldita carta —y también a sus amigos—, diciéndole que lo que tanto había esperado al fin iba a hacerse realidad.
—Tendría que haberme dado también la dirección y la hora —resopló en voz alta, mientras cruzaba la calle, dejando atrás la principal para internarse en una de las transversales.
Aidan le había pedido que pasase por el almacén de Edmond a recoger un paquete.
Hoy tenía guardia y no podía pasarse antes de la hora de cierre, así que, aprovechando que esta noche iba a quedar con ellos, se lo llevaría.
Llegó a la entrada del local con los amplios escaparates a ambos lados de la puerta y algunos de los artículos de saldo expuestos fuera, sobre la acera.
La puerta automática se abrió para dejar salir a la señora Evergreen, que prácticamente ocupaba todo el espacio con el carretillo de color amarillo que traía lleno de plantas.
Esa mujer parecía tener una extraña querencia por plantar todo tipo de cosas en su pequeño huerto.
—¿Todavía le queda espacio para todo eso, Martha? —saludó a la mujer, quien, a sus sesenta y seis años, seguía teniendo más brío y buena salud que él a sus cuarenta y uno.
—Claro que sí, hijo. Claro que sí —respondió con su habitual desparpajo—. Esto es lo que me mantiene viva.
Se rio. Era imposible no hacerlo. Ben señaló la carretilla.
—¿Quiere que le lleve eso hasta casa? —se ofreció. No era la primera vez que lo hacía.
—Gracias, Benjamin, pero hoy no hará falta. —Se detuvo junto a él, para darle una palmadita amistosa en el brazo—. Cooper se ha traído la camioneta. Para una vez que hace algo a derechas, no vamos a quitarle la ilusión de ayudar a su abuela.
—Como quiera, Martha —le sonrió—. Conduzca esa cosa con cuidado, por favor.
—Eso siempre, hijo. Eso siempre.
Se quedó mirando unos momentos a la mujer, por si tenía que auxiliarla en el último momento, mas vio que su nieto venía ya hacia ella, haciendo aspavientos con las manos antes de quitarle la carretilla para llevarla él.
Sacudió la cabeza, todavía con una sonrisa en los labios, y cruzó la puerta automática.
El tintineo de aviso de entrada sonó sobre su cabeza.
El lugar estaba bastante lleno para la hora que era.
Los almacenes Edmond and Son eran como una especie de gran bazar en el que podías encontrar desde utensilios de cocina, a herramientas de jardinería y todo tipo de ferretería.
Y, por supuesto, era el punto de recogida de paquetería que llegaba al pueblo.
Echó un vistazo al pasillo por el que pasó de camino al mostrador. Se detuvo lo justo para examinar un par de artículos, necesitaba algunos repuestos, aunque no estaba seguro de cuál era el adecuado. Tendría que mirar las referencias que había guardado para asegurarse.
—…he oído que ha llegado esta mañana —escuchó bisbisear a una de las mujeres que estaban al final del mostrador—. Parece que se va a quedar en el Miracle .
—¿Ese hotel no lleva tiempo cerrado?
—Sí. Desde que Florence se echó a ese novio joven y se marchó con él —continuó cotilleando la primera—. Ha debido de venderlo, aunque no he visto cartel alguno de la inmobiliaria.
—Los he escuchado hace un minuto hablando de pinturas —se unió una tertuliana más.
Tenía que admitir que eran expertas en hablar en voz baja, aunque las miradas que lanzaban al otro lado del local eran bastante descaradas.
Desde el punto en el que estaba, Ben no era capaz de ver más allá de ellas y las estanterías con productos—.
Parece que está pensando en pintar y arreglar algunas cosas…
—¿Ella misma? —se interesó la primera y la última se encogió de hombros.
Desde luego, no hay quien se aburriese en este pueblo, sobre todo si tenían gente nueva por la zona.
Si mal no recordaba, el Miracle era ese camping con cabañas a las afueras.
Tenía un buen emplazamiento, con unas vistas magníficas, pero llevaba un tiempo cerrado.
Por no hablar de las casitas multicolores.
Sí, la idea de la pintura no es mala.
—Señoras… —saludó, interrumpiendo el corrillo, mientras se ponía de lado para poder pasar por detrás de ellas—. Un día magnífico, ¿no?
Las tres dieron un respingo, sus rostros coloreándose ligeramente mientras él continuaba su camino hacia el mostrador.
—Entonces, esto para las bisagras y la pintura me recomienda que lleve esta marca…
Ben la escuchó antes de verla. Una voz suave, aterciopelada, realmente agradable que le provocó un inesperado escalofrío. De nuevo, solo veía a Edmond, que había salido de detrás del mostrador y hablaba con alguien que se encontraba detrás de la cabecera de la estantería.
—Si quiere que cubra y además dure, es la mejor, señorita, se lo aseguro —declaró el hombre volviendo a su puesto, lo que hizo que la chica diese un paso adelante, mostrándose por completo.
—Bien. Pues que sea esta entonces —afirmó, deteniéndose finalmente ante el mueble. La vio levantar la mano para apartarse el pelo del rostro y ese solo gesto hizo que clavase los ojos en ella.
El corazón se le detuvo en el acto. Algo le golpeó, un aroma sutil, algo que destacaba sobre el que solía envolver el local. Era suave, pero delicioso, tanto que se le hizo la boca agua.
¿Vainilla? No, era algo más cítrico… Mandarina . Sí, olía a mandarina.
La boca se le llenó de saliva y tuvo que tragar inmediatamente, pues corría el riesgo de ponerse a salivar.
Esa fruta nunca le pareció tan apetecible como en ese momento, ni tan perfecta.
Ni siquiera fue consciente de que se estaba moviendo hasta que prácticamente se detuvo a un par de pasos de la mujer y…
Dios. Qué bien olía. Aunque era más que eso, no era solo su aroma, era… ella .
Un rostro ovalado se volvió hacia él. Tuvo que levantar la cabeza.
Unos ojos marrones. No un marrón cualquiera, una mezcla de corteza de árbol y hojas caducas, de ese tono casi dorado.
Estaban coronados por espesas pestañas que se agitaron un par de veces al tiempo que se alzaban.
Su expresión adquirió un tinte de sorpresa y desconcierto, las mejillas empezaron a ganar algo de rubor y esos labios…
Esos labios que pedían a gritos un beso.
Todos sus instintos despertaron al momento, como si se tratase de una avalancha. Su cuerpo respondió al de ella, a su cercanía, a ese delicioso aroma que ya no olvidaría jamás y que encontraría allí donde quiera que estuviese.
—Te encontré —susurró, totalmente subyugado por ella, por su presencia, porque era real.
La vio parpadear de nuevo, con lentitud, lamerse esos bonitos labios y, ladeando un poco la cabeza, preguntó:
—¿Nos conocemos?
Negó lentamente con la cabeza, sin poder dejar de mirarla.
—Todavía no —respondió sonriendo. Si pudiese dar un paso hacia ella y abrazarla, pegar ese cuerpo al suyo y hundir la nariz en esa masa de pelo castaño claro, sería un tigre feliz.
—Ah, Ben… —Edmond eligió ese momento para volver con algunas cosas que dejó en el mostrador, delante de ella—. Enseguida te doy el paquete. Aidan me avisó que te pasarías.
Se limitó a asentir, incapaz de apartar la mirada de la chica.
—Sí, gracias.
El hombre volvió a dirigirse entonces a su nueva clienta, enseñándole los herrajes que había puesto sobre el mostrador.
—Mire. Estos son fáciles de colocar —le dijo, llamando de nuevo su atención.
Y, a juzgar por la lentitud con la que volvió la cabeza hacia su interlocutor, parecía no ser el único afectado por aquel inesperado encuentro—.
Como le dije, quizá le iría mejor que contratase a alguien del pueblo para que le ayudase.
—No es necesario, yo…