CAPÍTULO 1
Old Green
Banff, Alberta
Canada
«Has perdido la cabeza por completo».
Sí. Margaret Greyson podía asegurar, sin equivocarse, que su padre tenía toda la razón. Había perdido la cabeza por completo y el motivo estaba justo ante ella.
—¿Quién dijo miedo, eh, Maggie? —resopló, apoyada sobre el capó del coche, mirando el complejo de cabañas que tenía ante sí.
Había hecho más de quinientas millas en coche desde Vancouver para llegar hasta aquí. Un trayecto que decidió dividir en dos, pernoctando a mitad de camino, para poder llegar descansada y durante el día a este rincón de Banff.
Old Green era un pueblo pintoresco, en un emplazamiento que quitaba el aliento, aunque por una razón completamente distinta a cómo se lo quitaba… eso.
¿Cómo describirlo? ¿ Hotel ? ¿ Camping de montaña ? ¿ Cabañas hippies abandonadas ?
Sí, esa última acepción era sin duda la más adecuada para el conjunto de las seis cabañas rústicas que se apreciaban desde su posición.
Alguien, y sabía perfectamente quién, había tenido la feliz idea de pintar la madera de cada una de ellas de un llamativo color, lo cual hacía que destacasen como un psicodélico arcoíris con las montañas de fondo.
Arrastró la mirada hacia la séptima construcción. O la primera, en realidad, ya que se trataba de la cabaña que hacía la función de recepción y en la que se suponía iba a vivir a partir de ahora.
Sus ojos se toparon con el letrero colgante sobre el porche, uno que a pesar de haberse gastado con el paso del tiempo, todavía conservaba el nombre con el que había sido bautizado el lugar:
«Hotel Miracle».
—El milagro es que alguien se atreva a alojarse aquí y no dé media vuelta nada más verlo —murmuró para sí, al tiempo que sacudía la cabeza—. No. Está bien. Tiene potencial.
Como si el primer edificio tuviese algo que decir al respecto, una de las contraventanas que colgaba ligeramente torcida se abatió con el viento, arrancando un chirrido largo y nada tranquilizador.
—Tiene mucho potencial —repitió, intentando convencerse a sí misma de ello—. Venga. No he hecho tantísimas millas para tener que darles la razón a ellos.
Y con ellos se refería a sus queridos padres , quienes no habían dejado de volverla loca desde el momento en que se quedó sin trabajo.
Tres meses. Eso era lo que había durado antes de tener que hacer de tripas corazón y volver a casa.
No le había quedado más remedio. Encontrar un nuevo trabajo se estaba haciendo muy cuesta arriba, tanto que incluso había barajado la idea de irse de Canadá y probar suerte en Estados Unidos. O donde fuese. A poder ser, lo más lejos posible de sus progenitores.
Los quería con locura, de verdad que sí, pero para ellos, tener treinta y dos años y seguir soltera era una tragedia.
¿Es que no quieres tener hijos? ¿Quieres pasar sola el resto de tu vida? No hay problema si prefieres a las mujeres, hija. Lo importante es que encuentres a alguien que te acelere el corazón y te dé un buen meneo.
Sí. Esos eran sus padres. No les importaba con quién se acostase mientras que lo hiciese con alguien y, a poder ser, ese alguien acabase convirtiéndose en su futuro marido y padre de sus hijos.
No. Podía. Más.
No sabría decir si fue cosa del destino o simplemente una de las muchas locuras en las que a menudo se metía su tía Florence.
Había llamado a su madre para decirle que se había vuelto a casar, por tercera vez, y que tenía pensado irse a vivir con su marido a Europa.
Por algún giro de esos raros en las conversaciones de su familia, su nombre y la frase «se ha quedado sin trabajo» derivó en la más absurda y entusiasta de las ofertas: «¿Por qué no te vienes a Old Green y te haces cargo del hotel? ».
No. ¿Qué iba a hacer ella con un hotel? Y en Banff nada más y nada menos.
Solo necesitó a su madre rompiéndole la cabeza las siguientes veinticuatro horas para acabar metiendo toda su vida en cajas y dejar todo atrás para venirse a este rincón del mundo.
Sí. Había perdido la cabeza por completo. Pero mejor perder la cabeza que cometer un familicidio , algo de lo que estaba cada vez más cerca.
Despegó los ojos de la cabaña principal y echó un vistazo a su alrededor, empapándose del precioso entorno.
Montañas, bosques interminables, un aire limpio que nada tenía que ver con la ciudad…
El lugar era idílico, el problema venía al volver a posarlos sobre «eso» y la realidad te daba de repente un bofetón.
Si su empresa no hubiese hecho recorte de personal y hubiese mandado a la calle a media plantilla, ella incluida, ahora mismo seguiría viviendo en su pisito de Vancouver, saliendo a cenar de vez en cuando, quedando con alguna amiga… Pero todo eso se había ido a la mierda en un parpadeo.
«Espera, ¿cómo que te vas a Banff?». Los ojos de Elizabeth se habían abierto de par en par cuando le comunicó que al día siguiente iniciaba su viaje de mudanza. «¿Para regentar un hotel? Dios, Maggie, dime qué te has fumado que yo quiero un poco».
Liza era su mejor amiga de toda la vida.
Habían sido vecinas de niñas, asistieron a los mismos colegios y solo se separaron cuando Liza se casó y se mudó con su marido, un hombretón que era como un oso amoroso, a Seattle.
Si bien ya no se veían tanto como antes, seguían manteniendo contacto telefónico y, al menos una vez al mes, se encontraban a medio camino para verse y pasar un día completo juntas.
Sí. Había puesto el grito en el cielo, solo para decirle a continuación que la apoyaba al cien por cien y que pensaba ser una de sus primeras clientas en cuanto pusiese en marcha el hotel.
Sacudió la cabeza y recorrió de nuevo cada una de las cabañas con la mirada.
Hasta donde sabía, el lugar llevaba cerrado algo más de un año. Su tía se lo había mencionado con ese tono alegre y despreocupado tan característico en ella.
«Eché el cierre tras la última temporada estival.
Necesitaba algunos arreglillos e iba a ponerme con ellos, de verdad, pero entonces apareció Anthony en mi vida y…
Él es ahora mi mayor prioridad. Encontrarás las llaves de repuesto debajo de la tercera piedra bajo la ventana de la izquierda, en el porche.
La de color amarillo». Le había informado tan alegremente.
«Hablaré con el notario para poner las escrituras a tu nombre, cariño.
Te enviará los documentos tan pronto como estén listos».
Dejó escapar un resoplido y recorrió el porche con la mirada, buscando dicha ventana. No le sorprendió lo más mínimo encontrar dicha piedra amarilla donde le había dicho. Solo que no era una piedra, era un pedrusco enorme.
—¿En serio? —Se echó a reír, pues la alternativa era ponerse a gritar—. La madre que la parió.
Le dio unos golpecitos, comprobando que, en efecto, se trataba de una piedra de verdad.
La hija de puta debía de pesar al menos unos veinte o veinticinco kilos.
Desde luego, no era lo que esperabas encontrarte cuando alguien te decía «las llaves están debajo de una piedra».
Por no hablar del terreno sin arreglar, de los matorrales que se habían desmandado, y que ni siquiera contaba con unos jodidos guantes.
Tirando de improvisación, usó su chaqueta para poder sujetar la dichosa roca y menearla lo suficiente como para poder cambiar su posición. Y sí, justo debajo, encontró una caja de latón enterrada. Solo tuvo que levantar la tapa… et voilà! Ahí estaban las llaves.
—Claro que sí, Maggie. Olvídate del trabajo en una oficina, deja atrás la ciudad y ven a probar suerte gestionando un hotel rural en medio de la naturaleza —rezongó, agitando las llaves, escuchando su tintineo para luego encaminarse hacia el porche—.
Total, ¿qué puedes perder? No tienes trabajo, estás hasta el gorro de vivir en casa de tus padres…
Y eso que solo llevabas un mes. Así que nada. ¡A la aventura!
Se detuvo frente a la puerta de madera maciza. Posiblemente era lo más robusto de toda la construcción. Miró la cerradura y no se lo pensó, introdujo la llave y giró.
—Como haya un puto oso dentro, me largo —masculló y empujó.
La puerta se abrió con un sonido seco y… No, no la recibió ningún oso, sino algo de polvo y el inconfundible olor a cerrado. La empujó hasta que chocó contra la pared, dejando entrar el aire y también algo más de luz.
—Bueno, no está tan mal.
Amplia, con buena luz natural, muebles antiguos, aunque aprovechables a primera vista… La primera planta contaba con una recepción pequeña, una sala común con chimenea y al fondo una escalera que subía al piso superior, donde estaba la zona de vivienda.
Miró a su alrededor, buscando los interruptores de la luz.
Sabía que contaban con un generador independiente para el invierno y que el tanque del combustible estaba lleno, o eso le había dicho su tía.
Aunque si las instalaciones llevaban más de un año sin usarse, era probable que necesitasen algo de mantenimiento.
Comprobó que había electricidad y agua. Dos cosas importantes para empezar. Una de las ventanas del porche estaba atascada y las puertas hacían unos chirridos dignos de una película de terror. Fuera de eso, el lugar estaba en una condición bastante buena.
—Vale, parece que no es todo una tragedia —valoró, dejando tras de sí la primera planta para subir arriba.
El chirrido de algunos escalones resultó un tanto espeluznante, pero el pasamanos era firme y la madera que revestía la pared robusta.
Arriba encontró una vivienda sencilla, cocina americana, salón y comedor todo en uno, un par de habitaciones simples, aunque de buen tamaño, un baño decente e incluso un pequeño cuarto para la colada. Nada mal.
Las ventanas volvieron a darle guerra a la hora de abrirse, mas no era nada que no arreglase un poco de lubricación.
Además, las vistas eran asombrosas. El panorama que tenía desde el dormitorio principal era único, solo por poder ver semejante paisaje al despertar, merecía la pena el viaje y el esfuerzo que tuviese que hacer para adecentar el lugar.
—Bien. Aquí solo necesita una limpieza en condiciones, engrasar los goznes de puertas y ventanas y una mano de pintura en un color que no diga: «Mira, un arcoíris».
Y eso podía añadirse también al resto de las cabañas. Hizo una mueca ante el pensamiento de lo que iban a costarle los materiales para repintar todo el camping .
—Piensa en el futuro —se dijo—. Esto va a ser una inversión de cara al futuro.
O el mayor batacazo de su historia.
Sacudió la cabeza, deshaciéndose de los pensamientos agoreros y regresó a la planta principal antes de volver a salir y comprobar una por una el resto de las cabañas.
—Muy bien, Miracle —musitó, respirando hondo a fin de mentalizarse para lo que tenía por delante—. Tú y yo vamos a llevarnos bien.
Algunas puertas se le resistieron más que otras, encontró que el polvo era el denominador común en cada una de las cabañas, pero las estructuras y el mobiliario de cada una estaban en buenas condiciones.
Después de casi media hora comprobando puertas, ventanas, grifería y luces, acabó con mucho mejor ánimo y la seguridad de que podía con aquello.
—Pintura para todas. Un solo color —decidió llevándose las manos a las caderas—. Arrancar las malas hierbas, podar los arbustos, arreglar el césped y los pequeños arreglos en las cabañas… Sí, es asumible.
Volvió la mirada hacia su coche, a las cajas que había repartidas entre el maletero y el asiento trasero.
—Tendré que meter todo eso en la cabaña antes de ir al pueblo a buscar lo que necesito —murmuró para sí—. Sí. Hagámoslo así.
Echó un nuevo vistazo a su alrededor, respiró hondo, llenándose los pulmones de ese aire fresco y saludable y, por primera vez en los últimos meses, se permitió sentir un poco de optimismo.
Sí. Podría con esto. Y, con esa certeza en mente, sonrió y se dispuso a bajar las cajas del coche.