Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1) PRÓLOGO
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Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1)

Conquistada Por El Tygrain (Lover Tygrain -Old Green- 1)

Por Kelly Dreams

© inepub.com

PRÓLOGO

Parque Nacional de Banff

Alberta, Canadá

El bosque respiraba. No era algo que se oyera exactamente, pero cualquiera que hubiese pasado suficiente tiempo en el Parque Nacional de Banff sabía reconocerlo.

El crujido de las ramas, el susurro del viento entre los pinos, el eco lejano de algún animal oculto en la espesura…

Todo formaba parte de ese pulso vivo que convertía aquel lugar en algo más que un simple paisaje.

Benjamin inspiró llenándose los pulmones de ese fresco y limpio aire y se dejó ir, apoyando la espalda contra el tronco de un abeto. Se cruzó de brazos y posó la mirada de nuevo sobre dos de sus compañeros, quienes habían iniciado una de esas discusiones absurdas con las que pasaban el rato.

—Si vuelves a decir que esa huella era de un alce, te juro que te dejo aquí tirado —gruñó Aidan, aún con el ceño fruncido.

—Era grande —replicó Rick, encogiéndose de hombros—. Y tenía patas.

—Todo tiene patas, imbécil.

Eli dejó escapar una risita desde la roca en la que se había sentado, afilando distraídamente su navaja favorita. Nunca lo había visto sin ella, era como si fuese una extensión de sí mismo.

—Técnicamente, Aidan tiene razón —apuntó él, señalando a continuación al otro implicado—. Pero Rick también. Los alces son grandes… y tienen patas.

El primero lo miró como si estuviese valorando seriamente empujarlo colina abajo, lo cual le arrancó una sonrisa.

—Sois incapaces de pasar una hora sin discutir, ¿eh?

Pasó la mirada de uno al otro. Estaba acostumbrado a este intercambio entre ellos.

De hecho, lo preocupante sería que no los hubiese.

Los cuatro eran amigos de toda la vida, se habían criado juntos en el mismo clan y, cuando se hicieron adultos, decidieron seguir el mismo camino, convirtiéndose en guardaparques del Banff.

Como tygrains tenían una conexión especial con el lado salvaje de la naturaleza y la enorme extensión del parque nacional les permitía dar rienda suelta a su lado felino sin que los humanos acabasen revelando la presencia de unos tigres de bengala donde no debería haberlos.

Su raza vivía entre los humanos. Para cualquiera que no supiese de su verdadera naturaleza, solo los verían como personas comunes y corrientes, pero bajo esa apariencia había un corazón felino, un tigre con el deseo de correr en libertad.

—Nos aburrimos —respondió Rick sin el menor atisbo de vergüenza—. Nos asignaste patrullar la zona más tranquila del bosque.

—Habla por ti —murmuró Eli—. Prefiero una zona tranquila a un puñado de excursionistas imbéciles que no son capaces de leer los carteles que ponen «prohibido el paso».

—Me sorprende no haber encontrado ninguno todavía —replicó Rick—. En esta época aparecen como setas.

Ben alzó una ceja ante su comentario.

—Los excursionistas suelen concentrarse en la otra sección del parque —le recordó—, esa que dijiste patrullarías esta tarde.

—¿Lo dije? —Lo miró horrorizado.

—Sí —corroboró Aidan.

—Mierda. La culpa es del alce.

La respuesta de Rick arrancó una pequeña risa general.

La tensión se disipó con la misma facilidad con la que había aparecido.

Siempre era así entre ellos. Discusiones rápidas, sin consecuencias, sabiendo hasta donde podían empujar y con quién podían meterse sin que eso trajese consigo graves consecuencias.

Normalmente, se distribuían las zonas de patrulla dentro del parque como parte del personal de campo, pero dado que estaban en temporada baja y la afluencia de turistas era menor, podían darse el lujo de pasar tiempo juntos y turnarse en la vigilancia por si alguno necesitaba dejar salir a su gato y echarse unas carreras a cuatro patas.

El viento cambió ligeramente de dirección, trayendo una ligera variación en el aroma del aire.

No era algo evidente, mas fue suficiente para que su cuerpo reaccionase antes que su mente.

Sus sentidos se agudizaron, conectándose con su entorno, reconociendo cada ruido del bosque hasta encontrar aquello que desentonaba.

—¿Ocurre algo? —preguntó Eli, levantando la mirada de la navaja. Sus ojos color café escanearon los alrededores.

Ladeó la cabeza, prestando más atención, agudizando el oído… y entonces se relajó.

—Es uno de los quads —anunció. Unos segundos después, el sonido de un motor irrumpió la calma, haciendo que los cuatro girasen la cabeza al unísono en la misma dirección.

—Habrá una emergencia —murmuró Eliot, poniéndose en pie.

—¿Y no llaman antes por radio? —inquirió Aidan, resoplando.

Fuese cual fuese el motivo que traía a uno de los guardas hasta ellos, estaban a punto de averiguarlo. Ben se adelantó, levantando el brazo para que el motorista los viese, en caso de que necesitase asistencia.

Ben reconoció a uno de los chicos de mantenimiento en cuanto se detuvo a su altura. Apagó el motor y se llevó la mano a la mochila que llevaba a la espalda para sacar un sobre.

—Savage —lo llamó—. Jason ha dejado esto en la estación para vosotros. Dijo que era importante y que teníais que recibirlo ya.

—¿Jason? No estaba en…

Asintió cogiendo el sobre con cierto recelo. Había una mezcla de olores, un par de ellos reconocibles y el otro… inquietante.

—Gracias, Peter. —Chocó la mano con el chico, quien volvió a prender el vehículo y se alejó con la misma premura con la que había llegado.

—Hay que joderse —masculló Rick, levantándose también—. ¿Desde cuándo recibimos el correo en mitad del bosque?

—Desde nunca —confirmó Aidan.

Era de lo más inusual. Sobre todo, teniendo en cuenta quién estaba detrás de semejante encargo, no podía sorprenderle menos.

Erik Jason era un veterano. Un tygrain como ellos, que llevaba prácticamente toda la vida en Parques de Canadá . Solía ir de un lado a otro, ocupándose de la gestión de distintos parques, pero desde luego nunca había hecho de recadero… Hasta hoy.

Los tres se acercaron a ver el sobre, el cual no tenía remitente. Lo abrió y encontró en su interior otro, este más pequeño y con sus nombres escritos a mano con una pulcra caligrafía. El aroma del papel fue suficiente para que todos clavasen la mirada en ello.

—Dime que no es lo que creo que es…

Ben se estremeció. Incluso antes de abrirlo, sabía lo que había dentro, lo que solo había podido enviarles la persona a la que pertenecía ese perfume.

Rompió el lacre y sacó la carta que había en su interior, desdoblándola.

El silencio se hizo más denso, cada uno de ellos parecía estar conteniendo la respiración.

—¿Recuerdas todavía cómo se lee o quieres que lo haga yo? —dijo Rick, impaciente.

No le escuchó. El corazón había empezado a latirle en los oídos mientras leía las líneas manuscritas… Soltó una lenta exhalación y levantó la cabeza.

—Es de Mint.

El nombre hizo que los tres diesen un paso atrás como si algo fuese a salir del papel para morderles el culo. Él habría hecho lo mismo de no tenerlo en las manos y más aún tras haber leído esas palabras que ahora le resonaban en la cabeza con la voz cantarina de esa… loca.

Mint era la chamana de la raza, una hembra tygrain un tanto particular que tenía la extraña habilidad de joder a todo gato soltero con cosas como… esta.

—Genial. Justo lo que necesitaba hoy. —Aidan dejó escapar un bufido.

—¿Qué dice? —preguntó Eli, acercándose de nuevo, tras el primer impulso de alejarse.

Levantó la mirada hacia ellos y los miró.

—Dice… —Hizo una pequeña pausa, saboreando las palabras e interiorizándolas—. Que estamos jodidos…

Rick resopló, le quitó la nota de las manos y leyó en voz alta:

— Alguien va a llamar pronto a vuestra puerta. Permaneced atentos, chicos, el reloj ya está en marcha — concluyó con un jadeo, tragando a duras penas el nudo que parecía habérsele hecho en la garganta—. No. Me. Jodas.

Aidan soltó una carcajada seca, sin humor.

—Tiene que ser una broma.

—Mint no gasta bromas con esto —señaló Eli, indicando el papel con un gesto de la mano.

—¿Cómo demonios sabe estas cosas? —resopló Aidan, cogiendo el papel de manos de Rick, para mirarlo él mismo.

Sacudió la cabeza. No era una respuesta que tuviese, que ninguno conociese en realidad, solo sabía que esa maldita mujer nunca se equivocaba. Cuando avisaba a alguien de algo como esto, era porque iba a suceder… Antes o después.

Rick pasó una mano por su pelo.

—¿Eso significa…?

—Sí —respondió Eli.

Aidan negó con la cabeza, todavía incrédulo.

—No puede ser tan… de repente.

—Oh, pude serlo, créeme —murmuró Rick—. No es como si no hubiese sido siempre una posibilidad, ¿no?

Sí. Era una posibilidad. Para su raza siempre existía esa pequeña posibilidad en la vida, la de encontrar a esa persona que estaba destinada a ti, a completarte, a caminar a tu lado el resto de tus días.

Se quedó callado, al igual que los demás. Podía oler en el aire las distintas reacciones de sus compañeros, el olor de la excitación, del miedo, sentir su nerviosismo, su anticipación…

La carta volvió a sus manos y leyó de nuevo esas palabras como si fuese Mint quien las pronunciase. Una sentencia lista para ser ejecutada.

Ben cerró los ojos solo un segundo, dejando que la sensación que le provocaron esas letras lo recorriese, saboreándola, entendiendo que… lo que secretamente había deseado iba a hacerse realidad.

En algún lugar, en algún momento cercano…

Ella está ahí fuera.

Y cuando la encontrara, todo cambiaría para él.

Abrió de nuevo los ojos y dobló la carta con calma, devolviéndola al interior del sobre.

—Parece que se acabó la tranquilidad —mencionó, mirando a sus compañeros, a sus hermanos de clan.

Rick soltó una risa nerviosa.

—Pues menos mal —mencionó. Su nerviosismo era evidente, a pesar de que intentaba ocultarlo bajo su usual despreocupación—. Ya empezaba a aburrirme.

Aidan negó con la cabeza, pero una media sonrisa tiró de sus labios.

Eli, asintió, señalando la carta.

—¿Puedo quedármela?

La fragilidad en la voz de su amigo lo tomó por sorpresa, pero no dudó en entregársela.

—Bueno, no me cabe duda de que el día acaba de cambiar… —chasqueó Rick.

Sí. Sin duda lo había hecho, porque incluso el bosque, que parecía haber estado conteniendo el aliento, volvió a respirar.