CAPÍTULO 12 #2
Y ella no le decepcionó. Sus gemidos eran casi tan deliciosos como su coño, aunque era este último el que le estaba dando lo que necesitaba, el que calmaba esa parte de sí mismo que solo deseaba devorarla y, cuando acabó corriéndose en su boca…
Ese momento fue incluso mejor y aplacó al tigre en su interior… al menos durante un rato.
Lamió hasta la última gota, hasta que su cuerpo dejó de estremecerse y su respiración pedía a gritos un momento para recuperarse.
—Por todos los santos… —jadeó ella, con la voz ronca de tanto gemir—. Tienes una lengua… asombrosa.
Se rio contra su sexo, le dio un último lametón, liberó su pierna y se levantó con elegancia, hasta quedar a la altura de su precioso rostro enrojecido por el deseo. Sus ojos estaban ligeramente vidriosos, sus pupilas dilatadas y esos labios semiabiertos pidiendo a gritos un beso.
Y se lo concedió. La besó, hundiendo la lengua en su boca, permitiéndole saborearse a sí misma en él.
—Eres jodidamente exquisita, cariño —murmuró, dándole un último beso en los labios—. Deliciosa.
—¿Sabes? —Ahora fue ella la que ronroneó, como una pequeña gatita satisfecha—. Tú sigues llevando demasiada ropa.
—Eso tiene fácil solución.
Empezó a desnudarse allí mismo, sin importarle lo más mínimo que estuviesen en el pasillo y no hubiesen llegado siquiera al dormitorio.
—Dios, qué decadente… —Maggie se mordió el labio, mirándole.
—¿Te gusta lo que ves? —Utilizó su misma frase, lo que la hizo sonreír y asentir con la cabeza.
—Oh, sí. Me gusta… —Bajó la mirada a sus pantalones, viéndole desabrocharlos y acto seguido bajárselos hasta los tobillos. Su polla saltó libre, erecta, toda una visión a juzgar por la manera en que su compañera abrió los ojos y se sonrojó antes de añadir—. Y mucho.
Se acercó a él lentamente, con pasos cortos, medidos, y volvió a lamerse los labios.
—¿Te ayudo con eso? —Señaló hacia abajo, dejando a su interpretación si se refería a su miembro o a los pantalones en torno a sus tobillos.
Sonrió, resbaló la lengua sobre sus propios labios y asintió.
—Soy todo tuyo.
La vio agacharse ante él, las rodillas al suelo, entonces le desató los cordones de las botas, permitiéndole quitarse los zapatos y deshacerse finalmente del pantalón.
Había algo casi pagano en ver a su mujer de rodillas ante él, completamente desnuda, mirándole con una mezcla de hambre y vergonzoso sonrojo.
—Y ahora me gustaría ayudarte con… esto otro.
Sus dedos se cerraron entonces en torno a su polla y la caricia fue como una descarga eléctrica directa a sus pelotas.
—Cristo… —jadeó, mientras la veía ahora recogerse el pelo hacia un lado e inclinarse sobre su sexo. Su pequeña boca muy cerca de la punta—. Dios, sí. Hazlo, Maggie.
No necesitó más estímulos para abrir la boca y empezar a tragárselo.
La visión de esos labios acogiendo su pene lo sacudieron, su tigre se desperezó, agitándose en su interior, atento a cada movimiento de la hembra, a cada caricia de esa lengua, pues donde a fin de cuentas su bestia y él eran uno mismo.
El gato en él era su fuerza, su naturaleza salvaje, sus instintos más primitivos… ¿Y qué había más primitivo que el sexo?
Bajó las manos a la cabeza femenina y le apartó el pelo, recogiéndoselo hacia atrás, sujetándola como si llevase una rienda. Quería verla bien, ver esa boca succionándole, llevándole más y más lejos en su garganta, solo para retirarse y atormentar la punta de su polla con la lengua.
Siseó de puro placer, empujando las caderas hacia delante por acto reflejo, queriendo profundizar en esa húmeda cavidad y obligándose a sí mismo a permanecer quieto, en cambio.
Esa muñequita sabía cómo torturar a un hombre, de eso no le cabía duda. Lo chupaba con el mismo ímpetu con el que él la había devorado, dispuesta a ponerle de rodillas, algo que le estaba saliendo la mar de bien.
—Dios, Maggie. Sigue… —jadeó, ciñendo su pelo—. No te detengas…
La escuchó reír en torno a su miembro, pudo notar la vibración de su garganta en su polla y cómo lo chupaba con más fuerza y rapidez, follándolo con esa dulce boquita en la que no veía el momento de correrse.
Quería marcarla de todas las formas posibles y esta le parecía tan buena como otra cualquiera.
Se relamió, conteniendo un ronroneo, disfrutando de la sensación de la lengua enroscándose alrededor de la punta de su miembro, aplanándose cada vez que lo llevaba un poco más adentro de la garganta…
Estaba al límite, ya no podía contenerse más, así que se dejó ir, eyaculando en su boca.
Ella no se apartó, se tragó su semen, bebiéndose hasta la última gota de él.
Solo entonces lo dejó ir y esos bonitos ojos del color del otoño se alzaron para encontrarse con los suyos.
—Delicioso —murmuró, lamiéndose los labios.
Lujuria. No había otra palabra para describir la emoción que lo recorrió e hizo que tirase de ella hasta ponerla en pie y terminase devorándole la boca. Ella gimió en sus labios y, al igual que Maggie antes, ahora fue él quien se probó a sí mismo en la lengua de ella.
—Mía… —gruñó contra sus labios—. Mía…
Su gato estaba muy cerca de la superficie, demandando a la hembra que le pertenecía, que era de ambos.
—Ben… —jadeó ella, el olor de su excitación era cada vez mayor—. Fóllame… Por favor, hazlo.
Sus palabras fueron igual que combustible, la atrajo contra su cuerpo, recorriéndola con las manos, para luego girarla entre sus brazos y sobarle los pechos, hundiendo los dedos en su sexo, encontrándolo mojado, muy mojado.
—Ben… —jadeó, restregándose contra él.
—No voy a poder ser suave… —murmuró entre dientes, totalmente sobrepasado por su lado felino—. Quiero montarte… rápido y fuerte…
—Lo quiero… —jadeó ella—. Rápido y fuerte.
Bendito destino.
Atrapó su boca en esa posición, girándole la cabeza. La devoró, dejándose ir y, un segundo después, la empujaba ya contra el primer mueble que encontraron en ese mismo pasillo, abriéndole las piernas y penetrándola desde atrás.
—¡Oh, Dios!
—Maggie —gruñó su nombre, enterrado completamente en ella. Sabía que había sido brusco, no le había dado tiempo ni a respirar—. Perdón… Estoy intentando… contenerme, pero…
—¿Bromeas? —jadeó ella, empujando las caderas contra él—. Fóllame. Ahora.
Dejó escapar un sonido felino a través de su garganta humana, clavó las manos en sus caderas y empezó a moverse, retirándose casi por completo para volver a empujar en su interior.
Ella estaba hecha para él. Sus cuerpos encajaban a la perfección, no había nada más perfecto que esa mujer y se lo demostró de la única manera en la que podía hacerlo en esos momentos, follándola sin restricciones, dándose por completo a ella y a ese momento.
La poseyó en tándem con su felino, dejando que él tomase el mando, que llevase su cuerpo al límite.
Sintió un molesto dolor en los incisivos, algo que solo le ocurría cuando su tigre estaba muy cerca de la superficie y casi podía verlo a través de su propia piel.
Sabía lo que significaba, era un instinto primitivo que demandaba ser satisfecho, que exigía cerrar el vínculo entre un tygrain y su compañera.
Se inclinó hacia delante, le apartó el pelo, haciéndolo caer a un lado del cuello. Entonces llevó sus manos por debajo de ella, a sus pechos. Encerró los duros pezones entre sus dedos, jugando con ellos mientras la cabalgaba.
Maggie estaba desatada, la manera en la que gemía, la excitación que recorría su cuerpo, la lujuria de la cópula había hecho presa en ella. Era una criatura a merced del placer, sin otro objetivo que satisfacer sus necesidades.
—Ben… —jadeaba su nombre—. Dioses… Esto es… Siento que… que ardo…
—Está bien, pequeña, déjate llevar… —gruñó él, besándole la base del cuello—, eres mía… Entrégate a mí por completo… dámelo todo, Maggie, tu lujuria, tu deseo… todo…
Empujó más profundo, el mueble empezó a protestar bajo ella, bajo aquella cópula desenfrenada. Los dientes le dolían cada vez más, hasta que los notó descender, como si su tigre hubiese expuesto sus propios colmillos…
—Mía —rugió y la mordió, aferrándose a ella sin dejar de poseerla, escuchándola gritar, su cuerpo tensándose momentáneamente, estallando en torno a él en un poderoso orgasmo.
Ben no se detuvo, estaba completamente perdido en la naturaleza del tigre.
Siguió invistiendo en ella, marcándola con su polla, asegurándose de que no le quedase duda de a quién pertenecía su cuerpo, de quién era su alma.
Su gato se liberó y con ello llegó su propio orgasmo.
Se corrió dentro de ella, incapaz de salirse, necesitando darle absolutamente todo.
Sus colmillos retrocedieron, desenganchándose de la carne, y empezó a lamerla, curando las incisiones con su saliva, hasta que ambos acabaron desplomándose contra el mueble, todavía unidos y jadeando.
—Maggie… —jadeó su nombre, haciendo un titánico esfuerzo para liberarla de su peso. Se salió de ella, y la atrajo a sus brazos, volviéndola para poder verle la cara—. ¿Estás bien?
Tenía el rostro enrojecido, los ojos vidriosos y respiraba aceleradamente, pero la sonrisa que le curvó los labios, fue todo lo que necesitó para tranquilizarse.
Su tigre, ahora satisfecho, volvió a relajarse, convirtiéndose en esa presencia silenciosa de su otra naturaleza. La había reclamado, era suya, su compañera y ya no había nada ni nadie que pudiese separarlos desde este momento y hasta que diese su último aliento.
—Mejor… que bien —musitó ella, pegándose a él, las piernas sosteniéndole a duras penas—. Esto… era justo… lo que necesitaba.
—¿Follar como animales? —bufó él, riendo a pesar de todo.
—A ti. Sin esa seria contención. —Levantó la cabeza y buscó sus labios, para besarle—. Gracias, Ben. Ha sido fantástico.
—No me des las gracias por follarte, compañera —se inclinó sobre ella, para besarla—. Solo pídeme más.
La notó sonreír contra sus labios.
—Más.
Ben se echó a reír, la apretó contra él e intercambió lugares con ella, apoyándose él contra el mueble para descansar unos segundos antes de arrastrarla, ahora sí, al dormitorio.