EPÍLOGO #2
Similar gesto se tuvo con Luisillo. Mandó su majestad que se le sacase de la calle y se le diese empleo en el alcázar como paje de escoba.
Allí estuvo varios años barriendo y manteniendo limpias las dependencias asignadas, ayudando a preparar las salas antes de las ceremonias, llevando recados fuera y dentro del palacio, asistiendo a pajes de mayor rango y prestando apoyo a los ujieres y a los oficiales de cámara en lo que fuera menester.
De paje de escoba ascendió con el tiempo a recadero de cámara, y de este oficio a ujier menor, puesto desde el que vivió el fin del reinado de Felipe y la coronación de su hijo Felipe III como nuevo rey de las Españas.
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El cardenal Enrique de Portugal murió el 31 de enero de 1580 sin que el Consejo de Regencia hubiera escogido a su sucesor.
Tres candidatos principales se postularon al trono: Felipe, rey de España, como nieto de Manuel I de Portugal; Catalina de Braganza, también nieta del rey, y Antonio, prior de Crato.
Descartada la candidatura de Catalina de Braganza por ser mujer y, por tanto, difusos sus derechos al trono, la lucha por la Corona de Portugal se iba a dirimir entre el prior y Felipe II.
El reino vecino quedó en manos de una junta integrada por los nobles portugueses Jorge de Almeida, Francisco de Sá de Meneses, João de Mascarenhas, João Telo de Meneses y Diogo Lopes de Sousa, hasta que el día 19 de junio de 1580 Antonio de Portugal, prior de Crato, hijo bastardo del infante Luis y nieto del rey Manuel, se proclamó rey en Santarém con el apoyo de parte del pueblo llano, que prefería ver en el trono a un personaje tan peculiar como el prior antes que a un rey castellano.
Y comenzó a reclutar soldados para enfrentarse a las tropas españolas.
Pocas veces Felipe, tan pausado siempre a la hora de tomar decisiones, infundió tanta celeridad a una empresa como cuando, muerto el soberano luso, ordenó la reunión del ejército en Badajoz y el buen orden de las galeras bajo el mando del marqués de Santa Cruz.
Aunque le costó aceptarlo, sus consejeros lo persuadieron de que nadie mejor que el duque de Alba para encabezar ese ejército, por lo que dispuso el levantamiento de su exilio y que se pusiera al frente de los tercios y restantes unidades de guerra.
Y el día 4 de marzo de 1980, antes incluso de que Antonio de Crato se proclamara rey, Felipe abandonó Madrid para desplazarse a Badajoz.
Fue acompañado por un reducido número de consejeros, entre los que se hallaban su secretario privado Mateo Vázquez y su confesor fray Diego de Chaves, así como por una parte de su casa real: los oficiales de boca, los de la caballeriza, varios miembros de la capilla y los cuerpos de guardia.
El 13 de junio de 1580 Felipe pasó revista a las tropas españolas.
El duque de Alba tenía bajo su mando un ejército de veintiséis mil hombres.
Al mismo tiempo, se alistaba en Cádiz una flota compuesta por ochenta y siete galeras, treinta naos y algunos pataches.
Las fuerzas portuguesas, a las órdenes de Antonio el prior, estaban integradas por veinticinco mil infantes y dos mil quinientos jinetes, la mayoría de ellos reclutados con prisa entre campesinos y milicianos voluntarios, bajo el mando de Francisco de Portugal, conde de Vimioso.
El almirante Gaspar Brito estaba al frente de las naos y galeones, y Diego López Sequeira de las galeras.
Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, zarpó con su flota de El Puerto de Santa María, rindió por mar a los pueblos del Algarve y entró en Setúbal, donde le esperaba el duque de Alba para embarcar sus tropas que, tras ocupar sin apenas resistencia las villas fronterizas de Elvas, Olivenza y Portalegre, tomó el rumbo de Cascaes.
Siguiendo las estrictas órdenes de Felipe, que no quería una conquista a base de sangre y fuego, que deseaba evitar los desmanes y saqueos de las tropas españolas y que consideraba a Portugal como país hermano, el duque de Alba respetó a la población portuguesa —que no era culpable de las insidiosas acusaciones del prior— y castigó severamente los intentos de pillaje de algunas compañías de soldados.
Tomada Cascaes por el duque, los ejércitos contendientes se encontraron a ambos lados del puente de Alcántara, unas dos leguas al oeste de Lisboa, con las tropas españolas ocupando la margen derecha del río.
La batalla se inició el 25 de agosto de 1580 con un intenso fuego de artillería por ambos bandos; los tercios españoles, tras dos intentos fallidos, consiguieron cruzar el río por el puente de Alcántara, cerca de la desembocadura, mientras que el general Sancho Dávila con sus fuerzas lograba atravesarlo río arriba.
El combate fue breve. Tan solo Lisboa opuso alguna resistencia.
Las experimentadas tropas del duque de Alba derrotaron a las portuguesas de Antonio de Crato, obligándolas a claudicar y a retirarse, dando por finalizada la campaña militar.
Felipe II arribó a Lisboa en la primavera de 1581 para tomar posesión del trono.
Las cortes portuguesas se reunieron en Tomar el 16 de abril de ese año y juraron a Felipe como rey con el título de Felipe I de Portugal.
El monarca residió en Lisboa hasta finales de 1582 y consiguió de esta manera no solo sellar la unión ibérica, cumpliendo así un deseo de sus antepasados, sino también acumular en su persona un imperio de dimensiones desconocidas hasta entonces.
Un imperio donde no se ponía el sol.