Conjura contra el rey Felipe EPÍLOGO
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EPÍLOGO

De aquella audiencia entre Felipe II, rey de España, y Gregorio XIII, papa de Roma, no quedó constancia escrita ni reseña en legajo alguno: solo el recuerdo imborrable en la memoria de quienes la vivieron.

En la memoria de Felipe, aquella audiencia secreta quedaría como un momento de rara desnudez en una vida hecha de reservas y de desconfianzas: el único instante en que habló como hombre antes que como rey y en que sintió, sin abdicar de su autoridad, que su razón había sido escuchada y confirmada por la Iglesia.

Con el paso de los años, al recordar aquella sala, no vería tanto el rostro del papa como la claridad que allí se hizo en su interior, una certeza que le permitió seguir gobernando sin vacilar, convencido de que su deber y su fe no caminaban en direcciones contrarias.

En la memoria de Gregorio, en cambio, aquella entrevista permanecería como el encuentro con un príncipe singular, poderoso y solitario, que llevaba sobre sí el peso de medio mundo y que, sin embargo, había sabido inclinarse con humildad ante el juicio de la Iglesia.

No lo recordaría como una victoria del papado sobre el poder temporal, sino como un equilibrio alcanzado entre ambos órdenes, una confirmación de que la autoridad espiritual podía aún orientar la conciencia de los reyes sin quebrar su cetro; y en esa memoria habría también una sombra de inquietud, porque el papa sabía que, al bendecir la resolución de Felipe en lo concerniente a Portugal, y aun entendiendo sus razones, había contribuido a poner en marcha decisiones que afectarían a reinos enteros, confiando en que aquel hombre, tan firme en su deber como en su fe, sabría gobernar la victoria con justicia y con temor de Dios.

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A su regreso a España, Felipe ordenó la inmediata detención de Ana Hurtado de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli, y de su secretario Antonio Pérez.

A la princesa de nada le valió ser la viuda de Ruy Gómez de Silva, sumiller de corps y amigo de la infancia del rey.

Este ordenó su confinamiento de por vida, inicialmente en la torre de Pinto, un castillo medieval utilizado entonces como prisión de nobles e ilustres.

Fue luego, en febrero de 1580, trasladada a la fortaleza de Santorcaz, para finalmente ser encerrada, en 1581, en su palacio ducal de Pastrana.

Su reclusión fue una de las más rigurosas que se recordaban: con barrotes en las ventanas y vigilancia estricta, que limitaba cualquier contacto con el mundo exterior.

Solo se le permitía asomarse a la ventana enrejada del palacio una hora al día, y desde allí Ana contemplaba al mundo, que caminaba al margen de ella, y era contemplada por los pastraneros, que observaban con inquietud desde la plaza —que desde entonces fue conocida como plaza de la Hora— cómo su duquesa había sido sometida al más duro de los cautiverios.

Su salud se fue poco a poco deteriorando, pero Ana de Mendoza jamás cejó en su empeño de defender su inocencia de los cargos de traición que se le imputaban y de obtener su libertad, que le fue una vez y otra negada.

Ni siquiera los buenos oficios de fray Hernando del Castillo, su protector, sirvieron ante la resolución inflexible del rey.

A partir de 1582, las restricciones se intensificaron: se le retiró la custodia de sus hijos menores, se designó un administrador para sus propiedades y se limitó su movilidad dentro de su prisión. Murió en Pastrana en 1592 sin haber sido sometida a proceso.

Fue enterrada junto a su esposo Ruy Gómez de Silva en la colegiata de Pastrana. Fue el único gesto de conmiseración que Felipe tuvo hacia ella.

Tras su muerte, muchos habitantes de Pastrana juraron que, en las noches de luna, se aparecía una silueta femenina asomada a la reja del torreón de levante del palacio ducal.

Muchos afirmaron que tal espectro era el alma de la princesa, cuyo espíritu se asomaba a la ventana para reclamar esa hora de libertad que Felipe le había concedido en vida.

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Con Antonio Pérez, tal vez porque sobre su implicación en lo que se dio en llamar la conjuración de Portugal había menores pruebas, o tal vez porque conservaba documentos que podían implicar al rey en la muerte de Juan de Escobedo, Felipe fue más clemente.

Tras su detención en 1579, se ordenó su arresto domiciliario y su vida se convirtió en una prolongada lucha entre el silencio, la intriga y la supervivencia.

Pese a su detención, tenía libertad para moverse por Madrid, aunque era vigilado continuamente.

Más tarde, en 1585 y debido a la presión de los familiares de Juan de Escobedo, fue de nuevo detenido bajo los cargos de tráfico de secretos y corrupción; fue encontrado culpable y condenado a dos años de prisión y una enorme multa.

En 1590 reconoció bajo tortura su implicación en el asesinato de Escobedo, pero jamás admitió estar implicado en la conjuración de Portugal.

Sabía que si con respecto a lo primero podría existir clemencia por parte del rey, no la habría con respecto a lo segundo.

Poco después, en abril de ese año, y ayudado por su esposa Juana Coello, Antonio Pérez escapó de su prisión en Madrid y huyó a Zaragoza, reclamando la protección especial que le aseguraban los fueros de Aragón.

Allí su caso se convirtió en un conflicto político de primer orden: la intervención de la Inquisición, la movilización de los aragoneses en defensa de sus leyes y la respuesta armada de la monarquía tensaron la situación hasta el límite.

Pérez terminó por escapar de nuevo, primero a Francia y luego a Inglaterra, donde vivió como exiliado, convertido en enemigo declarado de Felipe.

Desde el extranjero publicó escritos contra el rey y trató de ganarse el favor de otras cortes, viviendo el resto de sus días en una mezcla de resentimiento, nostalgia y defensa de su propia versión de los hechos, hasta morir en París en 1611, lejos de la corte que un día había dominado.

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Poco después de su regreso de Roma, Felipe promulgó un segundo edicto de proscripción contra Guillermo de Orange, declarando legítimo que cualquiera pudiera darle muerte y prometiendo recompensa a quien lo hiciera.

Guillermo respondió con un escrito titulado «Apología del príncipe d’Orange», presentado ante los Estados Generales reunidos en Delft en diciembre de 1581.

Había sido redactado por su capellán Villiers y por el hugonote Hubert Languet, y en él, al mismo tiempo que justificaba su rebelión, tachaba a Felipe de tirano fanático y cruel, atribuyéndole horrendas acciones.

Entre ellas, y siguiendo las insidias portuguesas, lo acusaba de haber provocado, por celos, la muerte de su hijo Carlos y la de su tercera esposa, Isabel de Valois.

El edicto de proscripción convirtió al príncipe en objetivo abierto de diversas tentativas de magnicidio.

En 1582, el joven español Juan de Jáuregui intentó asesinarlo en Amberes disparándole a quemarropa; Guillermo, aunque fue gravemente herido, sobrevivió, lo que reforzó su aura entre los rebeldes y su figura de líder resistente.

Sin embargo, la amenaza no cesó. El 10 de julio de 1584, en Delft, el francés Balthasar Gérard logró infiltrarse en el entorno del príncipe y le disparó en el Prinsenhof.

Esta vez Guillermo de Orange murió a consecuencia de las heridas.

Para Felipe II, la muerte de su adversario eliminaba a un enemigo clave, aunque no puso fin a la guerra; para los rebeldes flamencos, en cambio, Guillermo se transformó en mártir de la causa, símbolo de resistencia frente al poder español.

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En medio de tanto fárrago y tanta discordia, aún hubo tiempo para acciones misericordiosas.

Cristóbal Villafañe recibió el premio de la hidalguía y fue nombrado miembro del Consejo de Indias y con unas rentas perpetuas de muchos escudos anuales. Asimismo, fue recompensado con la baronía de Villafañe.

Antes, remitió a Mateo Vázquez una esquela reservada en la que daba cuenta de la participación crucial de dos personajes secundarios en la resolución del enigma de Saturno, como Mateo llamaba a la conjura de Portugal.

Así, habló de Luisillo, el pequeño rapaz que vivía en la calle de la ratería y el descuido, y de cómo había contribuido a la detención del bravonel Gonçalves dando cuenta de su paradero y de cómo, en cierta manera, había ayudado a salvar la vida del rey; y habló también de la pupila Patrocinio Suárez, la putilla de la mancebía de la calle de Toledo, esquina a la de Arganzuela, que, jugándose su propio pellejo, había identificado a Alonso de Iturbe y favorecido la detención de los jaques.

Informado Felipe de la intervención de ambos en la desarticulación de la conjura, ordenó que se les repartiera por partes iguales la prometida recompensa de cien escudos de oro.

Además, se proveyó lo necesario para que la hetaira Patro pudiese abandonar el burdel, dándosele empleo como marmitona en la casa de los Lujanes, encargados tradicionales de la custodia y mantenimiento de la muralla de Madrid, de donde salió al poco para contraer matrimonio con un palafrenero del marqués de Cañete, que se había prendado de su belleza sin importarle que su joven y hermoso cuerpo pudiera estar mancillado por las manos de otros muchos hombres.

«Otros pudieron tocar tu cuerpo, pero solo mío será tu corazón», se comentó que le dijo a la chiquilla su pretendiente cuando este la pidió en casamiento.