42. EL ÚLTIMO JUICIO DEL REY PRUDENTE #4
Tras estas palabras, que Felipe recibió con una emoción a duras penas contenida, el papa se puso en pie.
Hizo el rey igual gesto, dando la audiencia, ese último y singular juicio del rey prudente, por finalizada.
Sin embargo, su ademán fue aquietado por otro de Gregorio, que le indicó con la mano que permaneciera sentado.
Se acercó luego al escritorio de esa camera segreta y extrajo de un cajón un pliego que, acercándose, tendió a Felipe.
—Esta fue la carta anónima que recibí y de la que hablé a vuestro embajador Zúñiga —explicó, y tomó asiento de nuevo—.
En ella, como podéis leer, se os acusa de haber dado muerte a vuestro hijo Carlos, se afirma textualmente que «el padre fue responsable de su muerte, pues la ordenó».
Y se os llama «Saturno, el Devorador, el que engulle a sus propios hijos para que no le robaran el reino».
—Hizo una pausa para permitir que Felipe leyera el pasquín.
Cuando lo hubo hecho, se lo devolvió a Gregorio con un gesto que era mitad desdén y mitad asco—.
Hay una duda que me corroe —dijo el papa— y que me gustaría disipar.
¿Quién es, majestad, quien tan mal os quiere?
¿Quién está detrás de esas deplorables letras?
¿Es la Jezabel inglesa? —preguntó, en referencia a la reina Isabel Tudor de Inglaterra—.
¿Es el príncipe de Orange? ¿Son agentes del Turco?
Decidme, majestad: ¿habéis conseguido dar con la mano que escribió estas insidias?
Felipe esbozó una sonrisa tan pequeña como triste.
—Sí, santidad —respondió—. Y son letras escritas por manos católicas.
—¡¿Qué decís?! —exclamó el papa, turbado.
—Lo que oye su beatitud: que esas letras fueron escritas por manos que se dicen católicas y que comulgan en los mismos altares que yo.
—¿Alguien de vuestra corte?
—Don Antonio de Portugal y, tal vez, el propio rey Enrique, cardenal de esta Iglesia —explicó Felipe—. Ellos son los que me han acusado de la muerte de mi hijo.
Y relató lo acontecido en los últimos meses y en las últimas semanas en España, hasta la detención y confesión del bravonel José Gonçalves da Cruz.
—Es verdad que es más amarga la herida que viene de dentro que la que se recibe del enemigo declarado —dijo Gregorio, en un tono que quería ser conciliador, pues advirtió cómo el brillo de los ojos de Felipe había mudado desde la anterior amargura al recordar a su hijo muerto hasta la ira más profunda—, porque al hereje se le combate, y al infiel se le resiste, pero al hermano que yerra se le debe corregir y, si es posible, reconciliar.
No os turbe, majestad, que la murmuración nazca entre los propios hermanos: también en la Iglesia primitiva hubo discordias, y no por ello dejó de ser una.
El celo mal entendido, la ambición y el temor han vestido a veces ropajes de piedad, y bajo ese velo se han cometido injusticias mayores que las de los enemigos acérrimos.
Por eso conviene al príncipe no dejarse llevar por la cólera, sino discernir, corregir cuando sea necesario y perdonar cuando sea posible, porque la verdadera fortaleza no está solo en vencer al adversario, sino en mantener la unidad sin perder la justicia.
Y recordad que Dios permite a veces estas pruebas para purificar a los suyos, para que el juicio de los hombres no desvíe al justo del recto camino ni le aparte de la paz de su conciencia.
—No, santidad —repuso Felipe con una firmeza que no admitía réplica—.
Lo siento, pero no me es dado perdonar aquello que pone en peligro el orden que Dios me ha confiado guardar.
La clemencia es virtud del príncipe cuando no compromete la justicia, pero cuando la ambición y la deslealtad se encubren bajo nombre de piedad y siembran discordia entre los fieles, el rey no puede hacerse sordo ni indulgente sin faltar a su deber.
Y así os lo digo sin rodeos: a la muerte del cardenal Enrique, reclamaré para mí la Corona de Portugal, que por derecho me pertenece, y si para conseguirla hubiere de tomar las armas y entrar por la fuerza en aquel reino, que así sea.
Lo haré, no por codicia ni por gloria, sino por asegurar la unidad de la fe y la estabilidad de los reinos que están bajo mi custodia.
Porque también en lo temporal, santidad, se sirve a Dios cuando se impide que la división y la debilidad abran la puerta al enemigo y pongan en riesgo las almas de los que han sido confiados a mi gobierno.
—Hijo mío... —murmuró el papa, pero se quedó sin palabras ante la firmeza inquebrantable del rey de España.
—En ese instante, si he de tomar las armas para hacer valer mi derecho, ¿cuál será la postura del papado?
Gregorio levantó lentamente la mirada y, tras un breve silencio en que pareció pesar cada palabra ante Dios, habló con una gravedad que hizo que cada sílaba brotara de sus labios con un eco trémulo.
—Si vuestra pretensión es legítima, y si la reclamáis no por codicia sino por derecho y por el bien de la cristiandad, la sede apostólica no solo no se opondrá, sino que os dará su beneplácito y su bendición.
Porque más conviene a la Iglesia un reino unido bajo un príncipe católico firme que un trono vacilante expuesto a la discordia o a la herejía.
Si Portugal puede quedar en vuestras manos con justicia, y si con ello se asegura la paz de sus gentes y la defensa de la fe, tendréis en Roma un apoyo moral y espiritual, y no os faltará la bendición de la Iglesia en cuanto vuestra empresa se mantenga dentro del orden de Dios.
—Se incorporó Gregorio ligeramente en su sitial, y añadió con tono más bajo, pero aún más firme—: Id, pues, si ese es vuestro camino, con la conciencia puesta en la justicia y no en la ambición.
Y sabed que, mientras gobernéis como príncipe cristiano y guardéis la unidad de la fe, la Iglesia verá en vuestra causa no una guerra de conquista, sino una obra de providencia.
Y al decirlo, trazó sobre Felipe una señal de bendición que, en aquel instante, no era solo rito, sino aval.
Cuando el rey de España abandonó los apartamentos pontificios y atravesó en silencio las estancias del Vaticano, no llevaba en el ánimo la ligereza de quien ha salido absuelto de una acusación, sino la certeza jubilosa de quien siente haber sido confirmado en su destino: no solo había obtenido el juicio que buscaba para su conciencia, sino que salía de Roma con la íntima certidumbre de que su derecho al trono de Portugal había sido reconocido ante Dios y ante la Iglesia.
Caminaba sin apresurarse, con el mismo paso contenido que había tenido al entrar, pero algo en él había cambiado.
El peso que le oprimía el pecho se había transformado en una resolución irrevocable, y en su interior se mezclaban la paz de la absolución con la conciencia de una tarea que ya no podía eludir.
Bajo las bóvedas del Palacio Apostólico, mientras el eco de sus pasos se perdía en la piedra, Felipe percibió que dejaba atrás no solo una audiencia, sino una frontera: había entrado como un hombre en busca de juicio, y salía como un rey dispuesto a reclamar, con la aprobación de la Iglesia y la seguridad de su conciencia, un reino que desde ese momento consideraba suyo por derecho y por misión.