Conjura contra el rey Felipe 42. EL ÚLTIMO JUICIO DEL REY PRUDENTE #3
96%

42. EL ÚLTIMO JUICIO DEL REY PRUDENTE #3

—Y eso —inquirió con suavidad—, ¿no es también pensar en vos?

Felipe inclinó la cabeza.

—Lo es —reconoció al fin—, si se analiza con sinceridad.

Porque, aunque yo no buscara mi provecho, sí quise conservar lo que se me dio, salvaguardar lo que era mío, y en ello quizá se mezcló mi nombre con el de mis reinos, mi conciencia con la de todos los que estaban bajo mi cuidado.

—Se llevó la mano al pecho, como si la palabra hubiera encontrado allí su origen más profundo—.

He vivido creyendo que no tenía derecho a equivocarme —continuó—, y en ese pensamiento tal vez hubo soberbia, aunque se vistiera de deber.

Porque solo Dios no yerra, y yo, por ser rey, me exigí lo que solo a Dios pertenece.

El papa asintió lentamente, y lo hizo no como quien otorga, sino como quien comprende. Ni siquiera argumentó sobre su propia infalibilidad, que aún no era dogma pero sí común convicción, que el rey le había tácitamente negado.

—Quien lleva una carga tan grande —aseveró Gregorio— corre siempre el riesgo de olvidar que también es hombre. Y cuando olvida eso, puede confundir la voluntad de Dios con la suya propia.

Felipe cerró los ojos un instante.

—Ese es mi temor —susurró—. Que en el celo por servirle haya tomado por Suya una voz que en verdad era mía.

El silencio que siguió no fue vacío, sino denso, lleno de matices, como si en él pesara todo lo que había sido dicho y todo lo que aún quedaba por decir.

—Hablad de vuestro hijo, majestad —dijo Gregorio al cabo, abordando la esencia de aquel juicio, de aquella audiencia.

Felipe cerró los ojos. El nombre de Carlos no era para él una memoria, sino una herida.

—Jamás negué al papa Pío una explicación cabal de su muerte. ¿Habéis leído las cartas que entonces le remití?

Gregorio negó con la cabeza.

—Deberíais hacerlo —sugirió el rey—, para que su santidad comprenda que jamás negué al papado explicación alguna sobre la muerte de Carlos.

El día 9 de mayo de 1568, poco después de verme obligado a arrestar a mi hijo, escribí al papa Pío, vuestro antecesor en la silla de Pedro, una larga epístola, no redactada por ningún secretario, sino de mi puño y letra, en la que le ofrecía las razones que me forzaron a tan dolorosa decisión.

Le decía que esta no dependió ni de mi ira ni de mi indignación, ni de culpa del príncipe, ni estaba enderezada a castigo.

No descendí entonces a más particularidades, sino que dejé bien claro que me vi forzado a obrar como obré para mantener a la monarquía en paz y en justicia, y en quieto y tranquilo estado.

Y que no podía dejar el reino en manos de quien, por mis pecados, no disponía de la capacidad y el entendimiento necesarios para asegurar la sucesión, que en tanto le iba a la Iglesia.

Os ruego que leáis aquella carta que remití al papa Pío y habréis de entenderme.

—Lo haré —aseguró Gregorio—. Pero habladme de vuestro hijo, del príncipe Carlos.

Un ramalazo de dolor oscureció el rostro pálido de Felipe.

—Carlos fue mi primogénito —dijo lentamente—, y fue mi fracaso.

La palabra quedó suspendida en aquel aire antiguo de la camera segreta del Vaticano.

—Lo amé —prosiguió el rey de España, húmeda la voz—.

Lo amé como se ama a aquello que ha de continuar lo que uno es.

Pero, desde su nacimiento, mi pobre hijo estuvo marcado por la enfermedad, por la desmesura, por una inquietud del espíritu que ni los médicos ni los maestros supieron apaciguar.

Fui paciente. Le di honores. Lo presenté a mis reinos.

Lo senté a mi lado. Quise que aprendiera, que madurara, que entendiera el peso de la corona que algún día habría de llevar.

—La voz de Felipe se volvió más grave—. Pero él no quería esperar.

No quería aprender. No quería ser rey según el orden de Dios y del tiempo.

Quería serlo a su modo, a su prisa, a su capricho.

—Levantó la mirada hacia el papa—. Y llegó un día en que comprendí que no podía confiarle el mundo que yo había jurado guardar.

El silencio se hizo más espeso.

—Y lo encerrasteis —dijo Gregorio, rompiendo ese silencio intransitable.

—Lo encerré.

—¿Por miedo, pues?

—Por necesidad.

—¿Por el reino?

—Por el reino.

—¿No por vos?

Felipe no respondió de inmediato.

—También —dijo al fin—. Porque un rey no puede permitir que su propia sangre lo destruya.

El papa dio un paso más en su examen.

—¿Cuál fue la verdadera causa de su muerte?

Felipe no vaciló.

—Murió enfermo —dijo—, consumido por sus excesos, por su sed, por su propio desorden.

—¿No intervino mano mortal en su óbito?

—No, santidad. Solo la mano de Dios. Solo por su voluntad dejó su corazón de latir.

—¿Y vuestro corazón?

Entonces, por primera vez, Felipe no pudo mantener la firmeza de su voz.

—Una parte de mi corazón murió con él —dijo en un susurro—, aunque mi cuerpo siguió gobernando.

Gregorio lo contempló largamente.

—Y desde entonces —prosiguió Felipe, con una voz que se iba haciendo más humana, más frágil—, he vivido con esa duda, con ese peso, con esa sombra que ni el tiempo ni las victorias ni las conquistas han conseguido disipar: si hice lo que debía o si hice lo que me convenía; si salvé el reino o si me salvé a mí mismo.

—Se llevó una mano de nuevo al pecho. Levantó su mirada perpendicular—.

He rezado. He pedido luz. He pedido perdón por aquello que quizá no fue pecado, pero que se siente como tal.

Y cuanto más crecía el mundo bajo mi mando, más crecía también la soledad.

Creí servir a Dios —dijo—, pero muchas veces me pregunté si Dios me había puesto a prueba más allá de mis fuerzas.

—Dios —repuso Gregorio— jamás exige al hombre más de lo que el hombre puede dar. Y Dios no juzga al hombre por sus errores, sino por la verdad de su conciencia. Y yo os pregunto, hijo mío, ¿está en paz vuestra conciencia?

Felipe no respondió de inmediato. Bajó la mirada, como si buscara en lo más hondo de sí mismo una respuesta que no podía darse sin examen ni temblor.

Sus manos, que tantas veces habían firmado decretos y sentencias sin vacilar, permanecieron inmóviles, abiertas, como si por primera vez no tuvieran nada que ordenar ni mandar.

En un brevísimo instante pasaron por su mente todos los sucesos de su reinado en los que su conciencia había dudado, desde el arresto de su hijo Carlos a la muerte de Escobedo, que él, en efecto, había consentido.

—Sí, santidad —dijo, tras ese instante de reflexión, o tal vez de duda—.

En lo que toca a lo sucedido con mi hijo, mi conciencia está en paz.

No porque el dolor haya sido menor, ni porque no haya llorado en lo secreto lo que ningún padre debería sufrir, sino porque hice lo que creí necesario para guardar el bien de mis reinos y el orden que me fue confiado.

No obré por ira ni por provecho, ahora lo sé ciertamente, ni por temor de perder mi nombre, sino por impedir que se perdiera lo que Dios me había encomendado.

Siempre que actué, incluso cuando me vi en la necesidad de poner en juego una vida humana —y ahora sí se le vino a la mente con mayor nitidez el nombre de Juan de Escobedo—, lo hice por el bien del reino.

—Guardó un nuevo instante de silencio antes de proseguir, y levantó la mirada y la clavó en el papa—: Si en ello hubo culpa, será Dios quien la pese.

Mas en mi conciencia no hay remordimiento de haber obrado con injusticia.

Pude errar en el modo, pude errar por ingenuidad, pero no en la intención.

Y esa intención, santidad, es la que, en medio de mi tremendo dolor, me da reposo, porque sé que no busqué mi bien, sino el de todos aquellos cuya vida y fe estaban bajo mi cuidado.

No pido absolución ni gloria. Solo pido que se pesen mis actos como fueron: con mis errores, con mis cicatrices, con mis sacrificios, con mi fe, con mi amor tal vez mal entendido, con mi deber llevado hasta donde creí que debía llevarlo. Nada más.

Gregorio se dio un tiempo mínimo para la reflexión.

No porque hubiera duda en su veredicto, sino por la gravedad de lo que iba a pronunciar, y luego, alzando lentamente la mano, miró a Felipe fijamente.

Lo hizo, más que como a un rey, como a un hijo de la Iglesia que se había expuesto sin reserva ante Dios y ante los hombres; y en su voz hubo a la vez firmeza y consuelo cuando pronunció su sentencia.

—Hijo —emitió el papa su dictamen, el veredicto final en ese singular juicio del que no quedaría recuerdo en la historia escrita del mundo, pues así ambos lo quisieron—, la Iglesia, a quien Cristo confió las llaves para atar y desatar, no ignora la carga singular que pesa sobre los príncipes ni desconoce que hay decisiones que, aun nacidas del deber, dejan en el alma heridas que solo Dios puede curar.

Pero también sabe discernir la rectitud de la intención cuando no hay en ella odio ni provecho, sino celo por el bien común y temor de ofender a Dios.

Y por eso os digo que quien ha obrado según su conciencia y la ha puesto bajo la luz de la fe no camina en tinieblas, aunque lleve consigo el dolor de sus propios actos, y que ese mismo dolor es señal de que su corazón no se ha endurecido.

—Hizo una pausa brevísima—. En cuanto al juicio de la Iglesia, no hallo en lo que habéis referido culpa que aparte a vuestra majestad de la comunión de los fieles, y podéis tener por perdonado aquello en que la fragilidad del hombre haya podido mezclarse con el rigor del deber.

Lo demás, dejadlo al juicio perfecto de Dios, que ve lo que nosotros no vemos.

Id, pues, en paz, y acoged sin temor la misericordia que el Señor concede a quien la busca con verdad, porque Él conoce el peso de los reyes y la debilidad de los padres, y no niega su gracia a quien ha querido servirle con recta intención.

***