42. EL ÚLTIMO JUICIO DEL REY PRUDENTE #2
—Nos no pretendimos poner en duda vuestra moralidad, majestad —replicó Gregorio, suavemente, sin aparentar molestia por la tácita, o no tan tácita, acusación del rey—.
Lo que dijimos es que, ante una imputación como la que se os hizo en aquella carta que recibisteis, así como en la que Nos recibimos y en muchas otras que han circulado por las cortes europeas, la Iglesia no podía mantenerse al margen, pues lo que a vuestra majestad le afecta, a la Iglesia atañe, como principal defensor de la cristiandad que sois, como bien habéis dicho.
Age ut omnia bene eveniant . Eso fue lo que manifesté a vuestro embajador.
«Actuar para que todo acabe bien». Esa es la voluntad de la Iglesia.
Nos, sabedlo, solo queremos aclarar el rumor, para que este muera y se consuma.
Felipe guardó silencio durante unos instantes, durante los cuales mantuvo la mirada fija en los ojos del papa.
—Está bien —dijo al cabo, asintiendo mínimamente con la testa—.
En lo tocante al orden espiritual, santidad, siempre he reconocido en la Iglesia mi juez, y a su juicio he sujetado mi conciencia y mi gobierno.
En esa materia, jamás me he tenido por señor, sino por hijo obediente de la Iglesia, y a su juicio he rendido mi alma.
Pero en las cosas del orden temporal, que con la Corona me fueron encomendadas, solo a Dios tengo por juez y señor de mi conciencia.
En lo que pertenece al gobierno de mis reinos y a cuanto en ellos sucede, santidad, mi única instancia es Dios, de cuya justicia no puede excusarse ningún príncipe.
—Hizo una nueva pausa, como si necesitara tomar aire, o permitir que sus palabras calaran profundamente en el ánimo de su interlocutor—.
Me decís, empero, que he de someterme al juicio de la Iglesia en lo concerniente a lo sucedido con mi hijo Carlos, y que he de hacerlo para que el rumor, la insidia, no dañe a la Iglesia, pues a ella se daña cuando se ataca a mi persona.
—Movió la cabeza, asintiendo solemnemente—.
Lo acepto, beatísimo padre. Bajo esa premisa, y solo bajo esa premisa, me someto al juicio de su beatitud.
El papa asintió, complacido. Estaba disfrutando de aquel encuentro.
—Ese reconocimiento, hijo, os honra, es propio de un príncipe cristiano.
La Iglesia no busca condenar sin oír, sino discernir con caridad y verdad; y si en lo que hicisteis hubo error, Dios lo pesará, mas si hubo recta intención, Él mismo sabrá tenerlo en cuenta.
A Nos nos toca amonestar, consolar y guiar, no usurpar el juicio que solo pertenece al Altísimo.
—Suspiró Gregorio, y caló en sus ojos un brillo de agua—.
La muerte de un hijo es carga terrible para cualquier padre, y más para un rey.
La Iglesia examinará vuestra conciencia a la luz de la ley de Dios; pero recordad que ni Nos ni vuestra majestad tenemos la última palabra, porque el juicio perfecto solo pertenece a Aquel que ve lo oculto del corazón.
Quedaron las palabras del papa flotando en aquella atmósfera íntima durante unos momentos. Oyeron las campanas de San Pedro que en ese preciso minuto repicaban anunciando el ángelus. Musitaron ambos la oración del ángel.
—Angelus Domini nuntiavit Mariae.
—Et concepit de Spiritu Sancto.
Estuvieron, papa y rey, unos segundos recogidos, rezando el ángelus, mientras el eco de las campanas poco a poco se extinguía.
—Las relaciones de los reinos de España con el papado nunca fueron fáciles —prosiguió Felipe, acabado el rezo—.
Recuerdo ahora, santidad, por ejemplo, la pugna que mantenemos con su beatitud por el negocio de los concilios provinciales, que habremos algún día de solucionar —explicó, haciendo alusión a su defensa del regalismo, esto es, el control del rey sobre la Iglesia en sus reinos—, o cómo el papa Pío, antecesor de su beatitud, interfirió en el proceso del obispo Carranza.
Pero, por encima de todo ello, está la conciencia de que España y la sede apostólica representan los dos grandes pilares, el temporal y el espiritual, del orden cristiano del mundo.
Que este juicio no atenúe esa conciencia.
—No lo hará, hijo mío —aseguró Gregorio—.
Nos somos sabedores de que la relación entre España y Roma, tejida con los hilos tensos y necesarios de la fe y del poder, en cuanto que sois vos el guardián del orden temporal, y Nos el custodio de las almas, es de mutuo respeto.
Y así hemos de caminar juntos frente al avance de la herejía y las convulsiones de Europa, conscientes de que ninguno puede sostenerse sin el otro.
Asintió Felipe, sabedor de que ahí acababan los prolegómenos de esa audiencia.
—Nací heredero de un mundo que no había elegido —dijo entonces, sin un ápice de solemnidad en sus palabras, y sí de cierta humildad—.
Un mundo que mi padre había reunido con sangre, con alianzas, con guerras y con sacrificios, y que me fue entregado como se entrega una herencia sagrada, no para gozarla, sino para custodiarla.
Desde el día en que comprendí quién era, supe que mi vida no me pertenecía.
Habló de su juventud en Castilla, de los años en que fue regente, de las primeras decisiones tomadas bajo la sombra del emperador, de la responsabilidad prematura, de la desconfianza que el emperador le inculcó en sus «Instrucciones» y que había marcado tan poderosamente sus relaciones con sus criados, de la disciplina que hizo de él un hombre de despacho, de papeles, de vigilias interminables.
Y de su soledad. Por primera vez en sus cincuenta y un años de vida, abrió su alma a otro ser mortal más allá de un confesionario, y dejó que aquella contención que lo había caracterizado durante toda su vida se resquebrajara en la palabra, como si al pronunciar en voz alta lo que siempre había callado se aliviara en parte del peso que llevaba sobre los hombros desde la juventud.
Habló sin prisa, con la gravedad de quien no busca disculparse sino comprenderse, desgranando los años en que aprendió a gobernar vigilando, a desconfiar por mandato, a decidir en soledad, a ocultar el temblor de la duda bajo la apariencia de la certeza.
Reconoció la fatiga de tantas noches en vela, el silencio que se había ido instalando en su vida como una segunda naturaleza, la dificultad de distinguir, con el paso del tiempo, entre el deber y el temor de errar.
Y al decirlo, no con la voz del rey sino con la del hombre, sintió por primera vez que aquello que había sido su fortaleza —el método, la reserva, la desconfianza, el trabajo sin descanso— era también la raíz de su soledad, y que en esa soledad se había ido endureciendo su juicio, no por crueldad, sino por la convicción de que nadie más que él podía cargar con el gobierno del mundo que se le había confiado.
—Aprendí a gobernar sin tregua —dijo, enronquecida ya la voz, él que tan parco era en palabras—, porque el descanso de un rey es el desorden de sus reinos.
Aprendí a desconfiar, porque quien gobierna no puede permitirse el lujo de la ingenuidad.
Aprendí a callar, porque las palabras de un rey pueden incendiar el mundo.
El papa escuchaba sin interrumpirlo. Al oír a Felipe II hablar con aquella desnudez poco propia de un rey, Gregorio XIII notó cómo, tras la figura del monarca poderoso que había conocido en la distancia de la política, se alzaba ante él la fragilidad de un hombre cargado de deberes y culpas que ningún otro mortal había tenido que soportar en igual medida.
Pensó en la pesada corona que convertía cada decisión en un riesgo de pecado y cada silencio en un posible error, y comprendió que aquel hombre no venía a defenderse, sino a ser pesado en la balanza de su propia conciencia; y en esa confesión sin ornato no vio la altivez del poder, más bien la fatiga de quien ha vivido demasiado tiempo entre la obediencia a Dios y la responsabilidad ante y sobre los hombres.
Mientras lo escuchaba, el pontífice tuvo la sensación de que su papel no era el de un juez severo, sino el de un pastor que debía discernir con prudencia hasta dónde llegaba la culpa y dónde comenzaba el sacrificio, porque en aquel rostro no había desafío, solo necesidad de comprensión ante el misterio de haber gobernado sin haber podido nunca dejar de ser hombre.
—Defendí la fe —prosiguió el rey de España— porque creí, y sigo creyendo, que sin ella el mundo se descompone.
Combatí en Flandes no por ambición, sino porque no podía permitir que la herejía quebrara la unidad de la cristiandad.
Sostuve guerras, envié hombres a morir, ordené castigos y ejecuciones, firmé sentencias, levanté impuestos, cargué sobre mis pueblos pesos que ellos no habían elegido, porque creí que era mi deber preservar aquello que había recibido.
—Se detuvo. Respiró—. Y cuando hice todo ello —añadió luego—, jamás pensé en mí.
El papa lo miró con atención.
—¿Nunca? —preguntó, con interés no malsano, sino pastoral.
Felipe sostuvo un instante la mirada de Gregorio, como si la pregunta hubiese atravesado la coraza que le había acompañado toda su vida.
—Nunca —respondió—. O, al menos, así quise creerlo.
—Guardó de nuevo silencio, y en ese silencio se hizo visible la duda que hasta entonces había sabido ocultar incluso a sí mismo—.
Pero qué verdad es que el hombre no se conoce enteramente —agregó, cogitabundo, bajando la voz una octava, lo que hizo que el papa adelantara el torso en su sitial, como para no perderse una palabra de aquella insólita conversación entre quienes eran, con toda certeza, las dos personas más poderosas del mundo—.
Y quizá en lo más hondo, donde ni la razón ni la voluntad alcanzan, haya habido en mí algo que no era solo deber: el temor de perder lo que me fue confiado, el deseo de que no se dijera que fui débil, el miedo de que el mundo se deshiciera si yo cedía. El miedo a la historia, en suma.
El papa frunció las cejas.