42. EL ÚLTIMO JUICIO DEL REY PRUDENTE
E L ÚLTIMO JUICIO DEL REY PRUDENTE
No hubo trompetas ni recibimiento jubiloso ni aclamaciones ni revista de tropas cuando Felipe llegó a San Pedro.
Lo hizo como un fiel cualquiera que buscara indulgencias, un caballero anónimo, vestido de negro, con paños buenos pero sin ostentación, de peregrinaje al centro espiritual del mundo.
Varios gentilhombres lo acompañaban, con las armas ocultas bajo las capas.
Allí fue recibido discretamente, como el motivo de la visita recomendaba, por Tolomeo Gallio, cardenal secretario de Estado, y otros dos sacerdotes, vestidos los tres con humildes sotanas negras sin adornos, y sin el ornato cardenalicio Gallio.
Antes de encontrarse con el pontífice, Felipe solicitó visitar la tumba del apóstol Pedro, ante la que oró largo rato.
Luego pidió ver las reliquias que se conservaban en aquel gran templo que, pese a la importancia de algunas, eran menos que las que él había acopiado en El Escorial.
Finalmente, cuando estuvo dispuesto, fue conducido a las estancias privadas del papa.
La audiencia tuvo lugar en la camera segreta del pontífice, un espacio pequeño en comparación con la munificencia de otros sitios vaticanos, austero, situado en el corazón del Palacio Apostólico, apartado del ruido de las audiencias públicas y de la circulación de cardenales, embajadores, curas, monjas y criados.
Era una estancia agradable de proporciones sobrias, con techo no muy alto, cubierto de frescos y estucos en los que se representaban escenas bíblicas y alegorías de la Iglesia triunfante, como si quisieran recordar constantemente al ocupante de la sala la dimensión espiritual de su oficio.
La luz entraba por dos grandes ventanas, filtrada por cortinas pesadas que suavizaban el resplandor de Roma, de modo que en el interior predominaba una claridad leve, casi de penumbra, rota aquí y acullá por el brillo de un candelabro de plata o el reflejo de una cruz dorada sobre la pared.
En el centro se encontraba la silla pontificia, que más era un sitial de estudio que un trono, detrás de una mesa de madera maciza cubierta de papeles, breves apostólicos, sellos y libros de horas; a un lado, un reclinatorio con un crucifijo que manifestaban que aquel era también un lugar de oración.
Las paredes estaban forradas con tapices y colgaduras que amortiguaban los sonidos y daban a la estancia una sensación de recogimiento casi monástico.
No había más mobiliario que algunas sillas para los interlocutores y, en un ángulo discreto, un escritorio pequeño donde un secretario podía tomar nota si la audiencia lo requería.
Hoy, en aquella camera , no había nadie, ningún escribano, ningún clérigo, solo el papa.
—Su majestad el rey don Felipe de Austria, rey de las Españas —anunció el cardenal Gallio la llegada del rey Felipe.
—Pasad, majestad, os lo ruego —pidió el papa.
Gregorio recibió al rey católico de pie, con las manos entrelazadas a la altura del pecho, en actitud más de pontífice que de juez, aunque en aquel lugar, y dada la razón de la audiencia, ambos cargos se confundían en la mente de Ugo Buoncompagni.
Felipe entró en la camera y aguardó a que el cardenal Gallio cerrase las puertas de la estancia y lo dejara solo con el pontífice. Cuando oyó que las puertas macizas se clausuraban a sus espaldas, miró fijamente al papa, inclinó levemente la cabeza y lo saludó.
—Santidad. Gracias por recibirme.
No hubo ningún otro gesto ritual, ni abrazos ni besos de anillos. Era la consumación de un encuentro largamente esperado por ambos.
Felipe miró a Gregorio y reconoció que no era como se lo había representado.
No había visto nunca un retrato de él, y Zúñiga le había hablado de su carácter y su temperamento, pero no le había hecho una descripción de su físico.
Se lo había imaginado como un hombre de edad avanzada pero grande, robusto, de personalidad colérica, recio y potente, porque esa era la imagen que asociaba con su nombre, Gregorio, con tantas vocales fuertes y con su significado etimológico de «vigilante».
Mas quien se hallaba ante él era un anciano de aspecto flemático, de expresión culta y atenta, sereno y racional.
Reparó en su cara alargada y estrecha, sus pómulos marcados, su mandíbula fina, su nariz prominente, larga y recta, sus ojos pequeños, de mirada penetrante, su boca delgada, con labios finos, su barbita puntiaguda, sus cabellos blanquecinos.
Se dijo, sin saber muy bien la razón, que en otro tiempo y en otro lugar Gregorio y él podrían haber sido buenos amigos.
Gregorio miró a Felipe y pensó que tampoco era como había esperado.
Él sí había visto retratos del rey español, pero estos no le hacían justicia.
En ellos se veía a un hombre que, en su madurez, había cogido cuerpo, sin llegar a ser robusto; de rostro alargado, rasgos angulosos y frente amplia, expresión distante y poco gestual, ojos grandes de color azul grisáceo y cabello rubio en su juventud, cada vez más encanecido.
Pero esas pinturas no hablaban del autocontrol que se apreciaba en cada uno de sus gestos, de la fuerza que su mirada transmitía, de la energía que trasminaba su cuerpo, de la sensación de seguridad y poder que de él se desprendía.
No eran, esa seguridad y ese poder, los del monarca guerrero o carismático de presencia física desbordante, no; su fuerza era interior, metódica y sistemática, una energía de resistencia más que de movimiento, algo que provenía de su alma y no de su cuerpo.
El hombre que tenía frente a él no era de los que se dejaban llevar por la vehemencia, sino que absorbía la información, la analizaba y la retenía hasta formar una decisión firme y, una vez alcanzada su resolución, la mantenía con una constancia que podía parecer irreductible.
Y pensó que no le importaría compartir un buen vino de Orvieto y una larga sobremesa con ese hombre singular en cuyas manos, más incluso que en las suyas propias —por más que le costara reconocerlo—, se hallaba en gran medida el futuro de la cristiandad.
No era, sin embargo, tiempo ni de una cosa ni de la otra.
Era tiempo de afrontar la cuestión para la que uno había esperado y el otro había venido.
—Felipe de Habsburgo —dijo el papa, aún de pie ambos—, hijo de Carlos, llamado por los hombres el Prudente, sed bienvenido.
Felipe le sostuvo la mirada y asintió.
—Gracias, santidad. Agradezco de corazón que queráis escucharme.
«¿Escucharte? —se preguntó Gregorio—. Sí, tal vez fuera eso —se dijo al cabo el papa—: ¿No eran los juicios el lugar donde los acusados se explicaban y argumentaban su inocencia?».
—Sentaos, majestad, os lo ruego —invitó, señalando uno de los sillones al rey de España. Él retiró el suyo de detrás de la mesa y quedaron ambos enfrentados, sin nada que se interpusiera entre ellos. Y a la misma altura.
—Sí, santidad. Comparezco —prosiguió Felipe—, no para excusarme, sino para que su beatitud me escuche. He observado que enarcabais las cejas cuando he dicho que he venido para eso, para que me escuchéis.
Gregorio inclinó levemente la cabeza y juntó ambas manos sobre el regazo. Su expresión era cordial y atenta.
—Hablad, pues.
Felipe guardó un instante de silencio, como si necesitara ordenar tanto sus pensamientos como sus recuerdos.
Y comenzó.
—Mi embajador, don Juan de Zúñiga, me relató fielmente lo que habló con su beatitud en la audiencia que mantuvieron allá a principios del pasado mes de octubre.
Reconocisteis que España, junto con el papado, es el eje sobre el que gira la cristiandad armada, y que yo, como rey de la más poderosa de las naciones católicas, soy el defensor de la fe, como con la Liga Santa se puso de manifiesto, derrotando al sultán Selim.
—Eso dije, en efecto, casi con esas mismas palabras —reconoció Gregorio—. Vuestro embajador, don Juan de Zúñiga, es hombre de prodigiosa memoria, pues nada anotó durante la audiencia. Así lo convinimos.
—Y su santidad añadió —continuó Felipe— que, siendo alto el papel de España en la defensa de la cristiandad, mayor es por ello la responsabilidad de su príncipe.
Y mayor es la obligación de escrutar sus actos y su alma, y que su moralidad ha de ser absoluta, porque, dijisteis, cualquier mancha salpica a la fe, salpica a la cristiandad.
Y eso Roma y el papa no lo pueden consentir.
—No sé si el prodigio es la memoria de vuestro embajador o la de vuestra majestad —admitió Gregorio, francamente admirado. Recordaba que esas palabras, o unas muy similares, habían sido las pronunciadas durante la audiencia con Zúñiga.
—Con lo que —zanjó el rey de España, sin que la voz le temblara, con la mirada fija en las pupilas del pontífice— pusisteis en duda mi moralidad. Y lo hicisteis basándoos en una carta anónima, en algo que en ningún tribunal serviría más que para arrojarlo a la basura.
Gregorio esbozó una sonrisa mínima. La audiencia —o el juicio, como en su fuero interno consideraba aquel encuentro— no discurría conforme a lo previsto.
De todas maneras, le gustaba la dialéctica; su mente hallaba su deleite en el ejercicio de la razón y se nutría del combate de los argumentos.
Aunque jurista de formación, era el gran mecenas y promotor de la Segunda Escolástica, convirtiendo al Colegio Romano en el epicentro intelectual de esta corriente, y, como tal, gustaba de aplicar la lógica y la metafísica para resolver problemas prácticos.
Su formación legal, además, lo inclinaba a la polémica, como confrontación dialéctica de ideas fundamentales.