Conjura contra el rey Felipe 41. «NO ES BUENO DESPERTAR LA CÓLERA DEL REY» #2
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41. «NO ES BUENO DESPERTAR LA CÓLERA DEL REY» #2

Duarte también confesó que la carta anónima dirigida al papa de Roma había sido escrita por él, al dictado igualmente del prior de Crato, llevada a Roma en la valija diplomática y entregada a un clérigo portugués, estudiante en el Collegio Romano de los jesuitas, que la llevó a la sede apostólica.

Ese clérigo no pudo ser identificado, pues Duarte no conocía su nombre, por lo que ninguna medida se adoptó contra él.

Tampoco le interesaba a Felipe indisponerse con la Iglesia portuguesa, que, de hecho, sería a la postre un factor importante en la toma de Portugal, pues uno de sus principales como fue el obispo Jorge de Ataíde, miembro del Consejo de Estado de aquel país y capellán mayor de su casa real, apoyó desde el inicio a Felipe en sus pretensiones sucesorias, siendo de los primeros en servirle en Badajoz y asistiéndolo en asuntos eclesiásticos desde su llegada al reino lusitano.

Duarte de Meneses e Noronha fue condenado a galeras reales.

Murió, por un capricho del destino, sirviendo en una de ellas en la batalla de Ponta Delgada librada en las Azores en 1582, entre la escuadra española capitaneada por el marqués de Santa Cruz y la flota francesa que apoyaba al prior de Crato, batalla que culminó con una gran victoria española en el Atlántico que aseguró el control de las Azores y consolidó la unión con Portugal.

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Camino de Roma, 25 de febrero de 1579

El rey salió del alcázar camino de Roma al alba del día 25 de febrero de 1579.

Lo hizo en un coche anónimo, escoltado por un escuadrón de guardias vestidos como gentilhombres armados, sin uniformes.

Solo lo acompañaban dos aposentadores a caballo que se encargarían de acomodar al rey en las paradas.

No hubo trompetas ni pendones, ni tampoco el ir y venir de pajes y oficiales que acompañaban las salidas del rey en sus jornadas públicas.

Aquel grupo no era más que un pequeño cortejo de hombres vestidos de oscuro, montados en caballos sin divisa escoltando a un coche sin distintivos, que avanzaban a paso rápido por el camino de Alcalá.

Nadie en la corte fue advertido del viaje del rey.

Solo Mateo Vázquez y un par de criados supieron de su partida.

Para los demás, el rey estaba en sus aposentos aquejado de uno de sus frecuentes ataques de gota, que en este caso se había presentado con más gravedad y dolor que los habituales, por lo que se anunciaba una larga convalecencia.

Nadie en los caminos, al verlo pasar, habría podido decir que en aquel coche viajaba el señor de medio mundo.

En Alcalá no se detuvieron, pero sí lo hicieron en una posada a la salida de Guadalajara.

Allí comieron en silencio, en una sala apartada, sin permitir que otros huéspedes se acercaran, e hicieron noche.

El frío de la meseta se hizo más duro al subir hacia Medinaceli.

El viento descendía de las sierras y azotaba la cara con una sequedad que parecía arrancar la piel.

Pararon en Medinaceli, donde durmieron y cambiaron caballos en una posada de las afueras, y continuaron el viaje hasta Calatayud, adonde llegaron al atardecer del cuarto día.

Alcanzaron luego Zaragoza, desde donde Felipe observó el Ebro y recordó, sin quererlo, los años en que su hijo Carlos había sido jurado heredero.

En Lérida, la tierra se volvió más fértil, más abierta, y los caminos más transitados.

Los jinetes adelantados regresaban con más frecuencia.

Se evitaban las paradas largas y se elegían caminos secundarios cuando era posible.

En Barcelona, vieron el mar al caer la tarde del día décimo del viaje.

En el puerto aguardaban las dos galeras que esperaban la llegada del rey, en las que embarcaron algunos días después cuando los vientos se mostraron favorables.

El mar, pese al buen viento, no era amable.

Las olas golpeaban el casco con una constancia que no dejaba dormir.

El rey permanecía en cubierta más de lo que sus hombres consideraban prudente, observando el horizonte.

A veces hablaba con el capitán, pero pasaba casi todo el tiempo en silencio, embebido en sus propios pensamientos.

Nunca fue, al contrario que su padre, un rey viajero.

Tan solo en una ocasión, aún en vida del emperador, había abandonado los reinos de España, además de cuando asumió el trono de Inglaterra tras su boda con María Tudor.

Fue en lo que llamaron su «felicísimo viaje», entre 1548 y 1551, periplo que lo llevó a Génova, a Milán, a las ciudades de piedra y mármol donde los escudos imperiales se mezclaban con los de los príncipes italianos.

Allí comprendió que el poder no era algo inmutable, sino una red de fidelidades frágiles que había que sostener a toda costa.

Había cruzado luego los Alpes hacia Alemania, donde su padre le mostró no solo los territorios que debía heredar, sino también la dificultad de mantenerlos unidos entre sí, y en Augsburgo, ante príncipes y prelados, sintió por primera vez el peso de una herencia que era tanto gloria como obligación.

En Flandes, donde las ciudades eran ricas y orgullosas y el comercio llenaba los puertos de voces y de lenguas diversas, fue recibido con fiestas, arcos triunfales, entradas solemnes y juramentos, pero en medio de la música y de las alabanzas y muestras de fidelidad, comprendió que aquel aplauso era también una exigencia, una expectativa de gobierno, de justicia y de orden que algún día recaería enteramente sobre sus hombros.

Observó en silencio, aprendió a escuchar más que a hablar, a medir cada gesto y cada palabra, y cuando regresó de aquel largo peregrinaje que la corte llamó «felicísimo», ya no era el joven que había salido de Castilla, sino un hombre formado en la prudencia, consciente de la vastedad de sus dominios y de la soledad que acompañaba a quien debía gobernarlos.

La comitiva llegó a Génova al amanecer del vigésimo día desde su partida del alcázar de Madrid. Felipe cruzó los Apeninos por caminos estrechos, altos y pedregosos, y fue dejando atrás Parma, Módena, Bolonia, Florencia y Siena.

Alcanzó Roma al vigesimonoveno día desde su partida.

Y la Ciudad Eterna, adonde nunca había viajado el rey de España —en el tiempo de su «felicísimo viaje» las relaciones con el papado habían desaconsejado la visita—, se mostró ante Felipe como una ciudad de contrastes, donde la antigüedad de sus ruinas y la solemnidad de su presente se entrelazaban bajo la autoridad de la Iglesia y la memoria del imperio de los césares.

Las basílicas resplandecían con mármoles y frescos, mientras a su alrededor se extendían calles irregulares, palacios de familias poderosas y plazas donde mercaderes, peregrinos y clérigos se mezclaban en un rumor constante de lenguas y oraciones.

La cúpula de San Pedro dominaba el horizonte como una afirmación visible de la fe, y desde el Vaticano emanaba el gobierno espiritual de la cristiandad, en un tiempo marcado por la rebelión de los herejes Lutero y Calvino y la respuesta católica.

Por las mañanas el aire se llenaba del tañido de campanas y del murmullo de las oraciones, y al caer la tarde, cuando el sol doraba las piedras antiguas, la ciudad parecía suspenderse entre lo terrenal y lo divino, como si cada calle recordara a un tiempo la grandeza pasada de Roma y su papel presente como corazón del mundo cristiano.

Felipe se alojó en la mansión de Juan de Zúñiga, el embajador de España ante la Santa Sede, que había sido advertido de la llegada del rey.

Se enviaron mensajeros al Vaticano para dar cuenta de que el rey de España ya se hallaba en Roma y que todo estaba dispuesto para su encuentro secreto con el papa Gregorio.