Conjura contra el rey Felipe 41. «NO ES BUENO DESPERTAR LA CÓLERA DEL REY»
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41. «NO ES BUENO DESPERTAR LA CÓLERA DEL REY»

« N O ES BUENO DESPERTAR LA CÓLERA DEL REY»

Que no era otra que ocupar, por las buenas o por las bravas, el trono de Portugal.

Su justa venganza por la conspiración urdida por los portugueses.

Hasta ese momento, ni una palabra trascendió de la confesión del bravonel José Gonçalves da Cruz: nadie, más allá de quienes estuvieron en la cámara de tortura, supo de la autoría del prior de Crato de la carta anónima y de su inducción en los asesinatos del médico Velasco, del fray Tudela y del guardia Ocaña.

Nadie supo de la muerte a garrote de un sicario portugués en la cárcel de Corte ni de los cerdos que luego devoraron su cuerpo lacerado.

El alcalde Villafañe cerró la sumaria sin conclusiones y jamás dijo nada de lo acontecido.

La princesa de Éboli siguió residiendo en su palacio de la calle de la Almudena y Antonio Pérez continuó desempeñando sus funciones en el alcázar.

Ambos, aunque sometidos a discreta vigilancia, no fueron molestados por las acusaciones del bravonel.

Todo habría de esperar a que Felipe afrontara su juicio con el papa Gregorio y regresara de su viaje a Roma.

Lo que sí supieron todos fue de la decisión inexorable de Felipe de, a la muerte del cardenal Enrique, convertirse en rey de Portugal.

Costara lo que costase.

A tal fin ordenó el rey que se constituyera una junta para tratar de su decisión y de cómo convertirla en realidad.

La Junta Política de Portugal se implantó el día 24 de febrero.

Fue en el alcázar, en la pieza del Consejo de Estado, y la integraban Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo e inquisidor general del reino; el presidente del Consejo de Castilla Antonio Mauriño de Pazos; el del Consejo de Órdenes Antonio de Padilla; fray Diego de Chaves, confesor del rey; fray Hernando del Castillo, a quien Felipe había enviado el año anterior a Portugal, por sus dotes intelectuales y su honradez y perspicacia para afrontar las situaciones más complicadas, con la difícil misión de preparar el ánimo de Enrique, el rey cardenal, a favor de su sobrino Felipe; los marqueses de Aguilar y de Almazán y otros prohombres.

Recibieron el encargo de estudiar, como personas grandes y de ciencia y consciencia que eran, el derecho de Felipe II a la sucesión de Portugal.

Tras breves deliberaciones, coincidieron unánimemente todos en que tal derecho «justa y verdaderamente pertenece a vuestra majestad después de los días del rey don Enrique, tío de vuestra majestad, que hoy lo posee, y aun algunos que son de parecer que es intruso, y que a vuestra majestad le pertenecía desde luego más derechamente que a él, por ser vuestra majestad más propincuo al rey don Sebastián, su sobrino, que haya gloria».

Y acordaron de igual manera unánime «enviar a pedir al dicho rey, su tío, por medio del duque de Osuna, que lo declarase así, y le nombrase por sucesor desde luego, o que, a lo menos, no hiciese acto ni demostración alguna que pudiese perjudicar al derecho de vuestra majestad».

Simultáneamente a esta junta política, convocó el rey al marqués de Santa Cruz, héroe de Lepanto y capitán general de las galeras de España; a Juan Delgado, secretario del Consejo de Guerra; a Francisco de Garnica, uno de los máximos expertos en temas hacendísticos, y a Francisco de Ibarra, que, además de ser consejero de Guerra, tenía el oficio de proveedor general de los Ejércitos y Armadas reales.

A todos ellos les fue dado el encargo de diseñar una estrategia por si fuese menester el uso de las armas para hacer valer los derechos del rey Felipe en Portugal.

Siguiendo los consejos de Cristóbal de Moura, Felipe deseaba tener disponible cuanto antes una fuerza que pudiera intervenir de forma inmediata en cuanto fuera convocada a modo de punta de lanza, en tanto que, con más tiempo, se iría preparando un dispositivo mayor para atacar Portugal de ser necesario —si el cardenal Enrique o, a su muerte, la nobleza lusa no se plegaba a sus deseos— o, en caso de que no lo fuera, para atacar Larache, enclave de importancia estratégica para la seguridad de las costas de la península.

Todos acordaron que lo más oportuno sería un asalto combinado desde mar y tierra firme, aunque la elección de la vía terrestre de entrada a Portugal suscitó cierto debate, dudándose entre Toro y Zamora o Badajoz, aunque esta última, como apuntó el propio rey, tenía el inconveniente de situarse en la margen contraria del Tajo respecto de Lisboa.

Pero fue a la postre, pese a ello, el lugar elegido.

Acerca del tamaño del ejercito que finalmente se reuniría en Badajoz, Felipe II tenía muy claro que habría de ser lo bastante grande como para que no quedara la más mínima duda sobre la victoria final.

Para ello el rey ordenó una leva inicial de catorce mil hombres, divididos en tres tercios, y mandó que viniesen tropas veteranas desde Italia y Alemania.

Paralelamente, se diseñaron con cuidado todos los detalles de la campaña, en especial las acciones sobre el terreno.

Felipe ordenó que caballeros conocedores del territorio viajasen a las fronteras, para reconocerlas y para que, advertidos de su presencia, cundiera el nerviosismo en el cardenal Enrique y en quienes se oponían a los derechos de España: Pedro Bermúdez viajó a Galicia y Francisco de Valencia, Manuel Doria y el italiano Juan Bautista Antonelli a Jerez de los Caballeros, donde habrían de presentarse a Alonso de Vargas.

A otro nivel, se estudiaron con esmero las disposiciones a tomar en las zonas limítrofes con Portugal, se avisó con sigilo a los corregidores de los pueblos fronterizos y se responsabilizó al duque de Medina Sidonia del sector meridional, mientras en Galicia se multiplicaban los preparativos en aquellas ciudades y villas cercanas a la frontera lusa.

Mateo Vázquez —uno de los pocos en la corte que estaban al tanto de todos los acontecimientos pasados y de la implicación portuguesa en la conspiración que tanto había convulsionado los últimos meses— puso por escrito, en una relación exhaustiva, todas las disposiciones de Felipe para la toma de Portugal en garantía de sus derechos sucesorios al trono de allí.

«Quien a la avispa mueve sin saber su brío trae dolor a su propio nido —se dijo para sí el secretario mientras escribía tan exhaustivas y detalladas órdenes—. Ahora van a saber, quienes han osado desafiarle, que no es bueno despertar la cólera del rey de España».

***

Madrid, 1 de enero de 1579

Antes de todo ello, el día de Año Nuevo de 1579, el alcalde Villafañe, escoltado por alguaciles y ocho soldados de la guardia tudesca, asaltaron por sorpresa la casa de la calle de Embajadores que les había señalado el mozo Luisillo como aquella que había sido visitada semanas atrás por los jaques.

Resultó ser la mansión de un noble portugués llamado Duarte de Meneses e Noronha, caballero de la Ordem de Cristo, que en Madrid obraba en secreto por mandato del prior de Crato y que transmitía las órdenes de este al bravonel Gonçalves.

No hizo falta someterlo a tortura. A pesar de pertenecer a la indicada orden —creada en 1319 por el rey Dionisio de Portugal, que obtuvo del papa la autorización para instituirla y heredar los bienes y funciones de los templarios tras la disolución de la Orden del Temple y que, por tanto, tenía carácter tanto religioso como militar—, el tal Duarte no tenía espíritu bragado ni trazas de soldado, y cantó de plano en cuanto se le mostraron el potro y la garrucha.

Confesó que actuaba por mandato del prior, y que fue él quien escribió la carta anónima al dictado de este.

Reconoció asimismo que la conjura contemplaba el asesinato del rey Felipe a manos del jaque, que debería tener lugar en cuanto llegaran a España las noticias de la muerte del cardenal Enrique.

—Todos vincularían la muerte del rey español a las amenazas recibidas —explicó Duarte entre lágrimas— e impediría cualquier plan castellano de hacerse con el trono de Portugal.

Bastante tendrían los españoles con cuidar de su reino y procurar que, durante la regencia que se instaurara, dada la minoría de edad del príncipe Diego Félix y del infante Felipe, el imperio no se desmoronase.

De ese modo, don Antonio tendría el camino expedito para hacerse con la corona de mi país.

Confesó asimismo que la carta anónima recibida por Juan de Austria fue escrita por él y enviada a Namur con un soldado portugués alistado en los tercios, pues en este tiempo era frecuente que muchos nobles y soldados portugueses buscaran fama y fortuna alistándose en las banderas españolas que se reclutaban en la península.

El nombre del soldado era Gonçalo Martins Carvalho.

Informado Alejandro Farnesio de la felonía, ordenó de inmediato el apresamiento del soldado Martins, que estaba enrolado en el tercio de Francisco de Valdés.

Fue enjuiciado en un consejo de guerra sumario integrado por el maestre de campo del tercio, dos capitanes de compañías y un auditor militar, y condenado a pena de muerte.

Fue ejecutado un día de marzo de 1579, al amanecer, mediante su arcabuceamiento, y enterrado sin honores y sin lápida que señalara el lugar de su sepultura en un páramo helado.